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12 de mayo 2016    /   IDEAS
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Pero, por Dios, ¿al final qué era el extraño ruido de Oregón?

12 de mayo 2016    /   IDEAS     por          
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Salió en todos los telediarios, provocó todo tipo de conjeturas. Científicos, curiosos y las típicas furgos de TV con antena llenas de letras mayúsculas recorrían el tranquilo pueblo de Forest Grove, en Oregón, buscando indicios. Un pitido del demonio, ilocalizable, inexplicable e inquietante sonaba aleatoriamente envolviendo a los forestgrovenses en una gigantesca interrogación.

Un gato de cien kilos en celo, el pito de un nicanor amplificado, el llanto de un bebé marciano abandonado en este planeta… Muy difícil de explicar. Testimonios inquietantes de los vecinos, gente rebuscando en su biblioteca de palabras para explicar la textura de ese sonido… Si tecleas «Extraño ruido», seguro que Google te propone Oregón.

Pero yo me quedé ahí enganchado. Ha pasado más de un mes y vivo aún en la angustia. Hoy he tecleado «Pero entonces qué carajo era lo de Oregón» y no voy a tener suerte. Algo así como lo que pasó con ese olor a caca que envolvió Barcelona hace un tiempo y que al parecer no era nada político, sino orgánico, y por tanto se perdió el interés. ¿Sigue oliendo? ¿Qué era?

El efectismo funciona así: dame algo potente que yo lo lanzo, que ya yo luego, si eso… Y supongo que eso es lo que pasa con una noticia así.

Dentro de mi deformación profesional llegué a pensar que era una de esas ideas out of the box de alguna agencia y que dos días después sabríamos que se trataba de la nueva Power Sound Station de SONY, capaz de despertar una ciudad. Microsoft se apropió de un pueblo entero en España una vez, así que no sería tan raro.

En realidad, hay como un ansia general por tener algo que contar. Ya sean los medios, las marcas o incluso las personas. Todos, a cualquier nivel, estamos en modo deseando-que-el-mundo-lo-sepa. Cada cosa que hacemos, cada momento, cada detalle y, sobre todo, cada noticia que nos llega y nos provoca la difundimos. Que sea verdad o no, que se arregle o no, eso ya, si eso.

Es parte del cambio de paradigma en el que vivimos. En lugar de informarnos o conocer las cosas, cada uno hemos creado ecosistemas, hemos construido redes y alimentamos nuestro sistema social y vital con contenidos. Pero ojalá no se quede en eso. En general las personas dedicamos cada vez menos tiempo a reflexionar, a generar contenidos, y nos quedamos en la fase 1 de las cosas. Reenviar, compartir, insistir, abundar, emoticonear, jajajar… Y todo eso tiene poco de aportación personal. Poca frase propia y poca reflexión.

Es suficiente con hacerse eco de algo, participar de la corriente, reenviar el sonido de Oregón… y esperar al siguiente contenido. Ese es nuestro rol.

Vayamos a la fase 2 de las cosas. Aportar, opinar, conocer, crear, investigar, descubrir… Sepamos lo que era el maldito pitido de Oregón y no nos quedemos con la pregunta dentro. Añadir un icono a una denuncia no soluciona un problema. Reenviar una información no nos hace dueños de las ideas. Reenviar un vídeo gracioso no nos hace graciosos. Pensar como Steve Jobs después de Steve Jobs no nos hace más Steve Jobs por más que usemos su nombre.

Sí. Yo he usado el gancho del pitido de Oregón para empezar esta reflexión, pero al menos tenía una intención.

Dedicado a todos aquellos que siguen intrigados acerca del pitido de Oregón… y que seguimos imaginando al pobre bebé marciano mirando al cielo.

Salió en todos los telediarios, provocó todo tipo de conjeturas. Científicos, curiosos y las típicas furgos de TV con antena llenas de letras mayúsculas recorrían el tranquilo pueblo de Forest Grove, en Oregón, buscando indicios. Un pitido del demonio, ilocalizable, inexplicable e inquietante sonaba aleatoriamente envolviendo a los forestgrovenses en una gigantesca interrogación.

Un gato de cien kilos en celo, el pito de un nicanor amplificado, el llanto de un bebé marciano abandonado en este planeta… Muy difícil de explicar. Testimonios inquietantes de los vecinos, gente rebuscando en su biblioteca de palabras para explicar la textura de ese sonido… Si tecleas «Extraño ruido», seguro que Google te propone Oregón.

Pero yo me quedé ahí enganchado. Ha pasado más de un mes y vivo aún en la angustia. Hoy he tecleado «Pero entonces qué carajo era lo de Oregón» y no voy a tener suerte. Algo así como lo que pasó con ese olor a caca que envolvió Barcelona hace un tiempo y que al parecer no era nada político, sino orgánico, y por tanto se perdió el interés. ¿Sigue oliendo? ¿Qué era?

El efectismo funciona así: dame algo potente que yo lo lanzo, que ya yo luego, si eso… Y supongo que eso es lo que pasa con una noticia así.

Dentro de mi deformación profesional llegué a pensar que era una de esas ideas out of the box de alguna agencia y que dos días después sabríamos que se trataba de la nueva Power Sound Station de SONY, capaz de despertar una ciudad. Microsoft se apropió de un pueblo entero en España una vez, así que no sería tan raro.

En realidad, hay como un ansia general por tener algo que contar. Ya sean los medios, las marcas o incluso las personas. Todos, a cualquier nivel, estamos en modo deseando-que-el-mundo-lo-sepa. Cada cosa que hacemos, cada momento, cada detalle y, sobre todo, cada noticia que nos llega y nos provoca la difundimos. Que sea verdad o no, que se arregle o no, eso ya, si eso.

Es parte del cambio de paradigma en el que vivimos. En lugar de informarnos o conocer las cosas, cada uno hemos creado ecosistemas, hemos construido redes y alimentamos nuestro sistema social y vital con contenidos. Pero ojalá no se quede en eso. En general las personas dedicamos cada vez menos tiempo a reflexionar, a generar contenidos, y nos quedamos en la fase 1 de las cosas. Reenviar, compartir, insistir, abundar, emoticonear, jajajar… Y todo eso tiene poco de aportación personal. Poca frase propia y poca reflexión.

Es suficiente con hacerse eco de algo, participar de la corriente, reenviar el sonido de Oregón… y esperar al siguiente contenido. Ese es nuestro rol.

Vayamos a la fase 2 de las cosas. Aportar, opinar, conocer, crear, investigar, descubrir… Sepamos lo que era el maldito pitido de Oregón y no nos quedemos con la pregunta dentro. Añadir un icono a una denuncia no soluciona un problema. Reenviar una información no nos hace dueños de las ideas. Reenviar un vídeo gracioso no nos hace graciosos. Pensar como Steve Jobs después de Steve Jobs no nos hace más Steve Jobs por más que usemos su nombre.

Sí. Yo he usado el gancho del pitido de Oregón para empezar esta reflexión, pero al menos tenía una intención.

Dedicado a todos aquellos que siguen intrigados acerca del pitido de Oregón… y que seguimos imaginando al pobre bebé marciano mirando al cielo.

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Opiniones 2
  • El problema es el medio: las redes sociales (maldito Zuckerberg) se han convertido en máquinas expendedoras de contenido fácil. Han desaparecido los comentarios, ha desaparecido la reflexión. Facebook se ha comido Internet.

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