23 de octubre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Plagiar está mal visto, pero en música no tanto

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La música clásica siempre ha sido una fuente de inspiración para los compositores modernos. Pero en muchas ocasiones, esa inspiración se acerca peligrosamente al plagio.

Esto es algo que se descubre en todos los géneros y en todas las épocas. Si quieres comprobarlo, no tienes más que entrar en Youtube y buscar algunos de estos ejemplos.

En el cine, por ejemplo, puedes escuchar la música de Star Wars o Tiburón de John Willians y a continuación La consagración de la primavera de Stravinsky. Como verás, en ambos casos la presencia del compositor ruso es evidente. También puede sorprenderte el parecido de la banda sonora de Gladiator de Hans Zimmer con el Siegfried de Richard Wagner.

Los himnos también han tirado mucho de los clásicos. El de la Champions, que todos conocemos, se creó «inspirándose» descaradamente en Zadok the Priest de Händel.

Pero los plagios no solo se nutren de la música clásica, sino también de sus propios contemporáneos. Si sigues en Youtube, puedes comenzar escuchando I go To Rio, de Peter Allen, para pasar luego a Ritmo de la noche, de Mystic y terminar en Every teardrop is a waterfall de Coldplay. Como verás, las tres canciones parecen prácticamente la misma.

En el otro extremo están los excesivamente puristas con los parecidos musicales.  Cuando Chopin compuso la Fantasía Impromptu, decidió no mostrársela al gran público dada, según él, su enorme semejanza con el Claro de luna de Beethoven (algo, por cierto, muy discutible). Lo que hizo, en su lugar, fue pedirle a su amigo Julián Fontana que quemara la partitura después de su muerte. Pero afortunadamente Fontana se abstuvo de hacerlo, publicando esta hermosa pieza seis años después de la muerte del gran compositor para disfrute de todos.

Chopin no quería poner en juego su reputación. Cosa curiosa, pues en aquella época la costumbre de transformar, reinterpretar o directamente fusilar una partitura no estaba tan mal vista como ahora. Bastaba con incluir la palabra D’aprés con el nombre y la obra que sirvió como fuente de inspiración para que todos los pecados fueran perdonados.

La cosa cambió con el invento del fonógrafo. Aunque en principio Edison tan solo consideraba su creación útil para reproducir palabras y no música, el posterior desarrollo del gramófono por parte de Berliner, incorporando el disco plano, supuso toda una revolución en el mundo de la música. Fue entonces cuando esta se convirtió en industria, permitiendo que una misma composición pudiera escucharse a través de millones de discos.

Eso fue lo que trajo el desarrollo de los derechos de autor y la más despiadada lucha por defenderlos. Abogados, representantes, discográficas, compositores e intérpretes formaron un solo ejército para proteger sus elevados beneficios.

La música se convirtió en un negocio global y el plagio en un tema de litigio. Pero como hemos podido ver en los ejemplos anteriores, aún queda mucho recorrido en el tortuoso arte de plagiar las notas, sin que se note del todo.

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La música clásica siempre ha sido una fuente de inspiración para los compositores modernos. Pero en muchas ocasiones, esa inspiración se acerca peligrosamente al plagio.

Esto es algo que se descubre en todos los géneros y en todas las épocas. Si quieres comprobarlo, no tienes más que entrar en Youtube y buscar algunos de estos ejemplos.

En el cine, por ejemplo, puedes escuchar la música de Star Wars o Tiburón de John Willians y a continuación La consagración de la primavera de Stravinsky. Como verás, en ambos casos la presencia del compositor ruso es evidente. También puede sorprenderte el parecido de la banda sonora de Gladiator de Hans Zimmer con el Siegfried de Richard Wagner.

Los himnos también han tirado mucho de los clásicos. El de la Champions, que todos conocemos, se creó «inspirándose» descaradamente en Zadok the Priest de Händel.

Pero los plagios no solo se nutren de la música clásica, sino también de sus propios contemporáneos. Si sigues en Youtube, puedes comenzar escuchando I go To Rio, de Peter Allen, para pasar luego a Ritmo de la noche, de Mystic y terminar en Every teardrop is a waterfall de Coldplay. Como verás, las tres canciones parecen prácticamente la misma.

En el otro extremo están los excesivamente puristas con los parecidos musicales.  Cuando Chopin compuso la Fantasía Impromptu, decidió no mostrársela al gran público dada, según él, su enorme semejanza con el Claro de luna de Beethoven (algo, por cierto, muy discutible). Lo que hizo, en su lugar, fue pedirle a su amigo Julián Fontana que quemara la partitura después de su muerte. Pero afortunadamente Fontana se abstuvo de hacerlo, publicando esta hermosa pieza seis años después de la muerte del gran compositor para disfrute de todos.

Chopin no quería poner en juego su reputación. Cosa curiosa, pues en aquella época la costumbre de transformar, reinterpretar o directamente fusilar una partitura no estaba tan mal vista como ahora. Bastaba con incluir la palabra D’aprés con el nombre y la obra que sirvió como fuente de inspiración para que todos los pecados fueran perdonados.

La cosa cambió con el invento del fonógrafo. Aunque en principio Edison tan solo consideraba su creación útil para reproducir palabras y no música, el posterior desarrollo del gramófono por parte de Berliner, incorporando el disco plano, supuso toda una revolución en el mundo de la música. Fue entonces cuando esta se convirtió en industria, permitiendo que una misma composición pudiera escucharse a través de millones de discos.

Eso fue lo que trajo el desarrollo de los derechos de autor y la más despiadada lucha por defenderlos. Abogados, representantes, discográficas, compositores e intérpretes formaron un solo ejército para proteger sus elevados beneficios.

La música se convirtió en un negocio global y el plagio en un tema de litigio. Pero como hemos podido ver en los ejemplos anteriores, aún queda mucho recorrido en el tortuoso arte de plagiar las notas, sin que se note del todo.

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