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5 de octubre 2014    /   CREATIVIDAD
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El poder de los objetos en la creación de historias

5 de octubre 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Me encantan los libros que parecen el maletín de Mary Poppins. Me refiero a los que guardan cientos de objetos dentro. Por cierto, que leemos «Mary Poppins» y por nuestra cabeza desfilan automáticamente una serie de objetos: el bolso, el sombrero, el paraguas… ¿Por qué nos encanta encontrar elementos materiales en la ficción?

Los objetos son palpables, son fáciles de entender. Producen el mismo efecto que encontrar un par de páginas con diálogos en un libro demasiado espeso: el lector respira aliviado, puede permitirse relajar su concentración; lo agradece.

Los conceptos abstractos y las reflexiones exigen de él una atención mayor, pero los objetos son sencillos. Llenar una película de objetos aporta a la misma un toque naïf. Pensad, si no, en Amelie, que logra ese ambiente de inocencia y cercanía gracias a los numerosos objetos que aparecen en ella: la caja, las lentejas, las fotos del fotomatón…

Recordad el paraguas amarillo de Cómo conocí a vuestra madre o la caja metálica de la película francesa Jeaux d´Enfants (me niego a escribir la pésima traducción que hicieron de ese título en el mercado español).

Todos estos objetos resultan simpáticos al receptor y son fáciles de retener en la memoria. ¿Acaso no recordáis muchas películas o libros a través de los objetos que aparecen en ellas?

Aunque no hayas leído Sherlock Holmes, seguro que tienes en tu cabeza una serie de objetos que asocias con el detective. Pensad en la utilidad que puede tener esto a la hora de diseñar el cartel de una película, promocionar un libro o realizar merchandising de una serie.

Además, los objetos disminuyen la distancia entre la intención del autor y la percepción del lector o espectador. Están menos abiertos a interpretaciones. El autor dice «una silla azul» y el lector ve una silla azul.

Parece simple, pero con otro tipo de descripciones no es posible estar seguro de que el receptor está entendiendo lo que el emisor pretendía. Quizá por eso el autor de El mago de Oz se aseguró de materializar los deseos intangibles de cada uno de los personajes en un objeto que los representara.

Los objetos son muy íntimos: acercan al lector físicamente a la escena, por eso se utilizan tanto en literatura erótica. Si a una secuencia se añade una descripción del tacto de una prenda de ropa, se está facilitando que la mente del lector haga un zoom inevitable que lo sumerge en la escena.

En medio de los mundos oníricos que relata Haruki Murakami, es un alivio encontrarse de pronto con el descanso de un pasaje que describe minuciosamente cómo el protagonista cocina su cena. Casi es posible sentir en las papilas el gusto del wakame o del aceite de sésamo.

Una de las principales ventajas de los objetos es que tienen una gran carga simbólica. Promueven sensaciones según sus características y propiedades. Por eso actúan como embudo o megáfono: es más sencillo ir del objeto a las sensaciones que al revés.

Una piedra, una cadena o un juguete tienen una serie de connotaciones universales que prácticamente todo el mundo entenderá. En este punto, los autores deben cerciorarse de que el significado que intentan atribuir a un objeto pertenece, en efecto, al imaginario colectivo; que no está ligado solo a experiencias personales.

Otra utilidad que tienen es que podemos utilizarlos para disimular otros objetos que son esenciales en la trama. Llevando un poco la contraria a Chéjov, que creía firmemente que si en una narración aparecía una pistola era porque esta iba a ser disparada en algún momento («no hagas promesas que no vas a cumplir», decía él); lo cierto es que si solo aparecen en la obra objetos que son imprescindibles para la misma, se nos «verá el plumero».

A veces, para que un objeto que tendrá importancia más tarde pase desapercibido, es muy útil esconderlo detrás de otros. Estoy pensando, por ejemplo, en una escena de la serie El tiempo entre costuras, basada en la novela del mismo nombre. La protagonista entraba a hurtadillas en un despacho y, mientras fisgoneaba, perdía una pluma del tocado. La cámara enfocó esa pluma posada sobre la mesa durante un tiempo bastante largo, dejando así bien claro que descubrirían a la intrusa por ese detalle.

Si utilizamos los objetos de una forma tan evidente, estamos insultando, de alguna manera, la inteligencia del espectador.

Los objetos son máquinas del tiempo. Evocan épocas y momentos pasados mejor que cualquier sonido u olor. Su materialidad es lo que les hace ser un buen vehículo para transportarnos. Actúan como tornillos: nos ayudan a conectar una cosa con otra y facilitan que la trama llegue donde queremos.

Como explica muy bien Javier Meléndez en el apartado «Objetos en los guiones» de su blog La solución elegante, se usan a menudo para hilar el tiempo, para que los espectadores se sitúen.

Por ejemplo, hay capítulos de Breaking Bad que empiezan con un flashforward (una imagen del futuro) donde aparece un objeto, para después comenzar a contar la historia en orden cronológico.

Cuando se llega al momento que se adelantó al principio, el espectador puede reconocerlo gracias al objeto. Muchos de esos objetos son MacGuffins (un término que inventó Hitchcock para referirse a aquellos elementos esenciales para que la trama avance pero que son intercambiables): podrían ser sustituidos por otros y la historia continuaría exactamente igual, pero es necesario que existan.

En esa misma serie, los objetos también se utilizan para definir a los personajes y los espacios. Un ejemplo muy bueno es el robot de limpieza de Jessie, que evoluciona junto al personaje, pasando de simbolizar el lujo a transmitir decadencia. En el caso del sombrero de Heisenberg, explica Meléndez, «como todo objeto que se convierte en mítico, rara vez aparece».

Estas son solo algunas de las ventajas que podemos conseguir cuando incluimos elementos materiales en una historia. Quizá tenga una especie de síndrome de Diógenes narrativo, pero casi todas las obras que más admiro están plagadas de objetos.

Me encantan los libros que parecen el maletín de Mary Poppins. Me refiero a los que guardan cientos de objetos dentro. Por cierto, que leemos «Mary Poppins» y por nuestra cabeza desfilan automáticamente una serie de objetos: el bolso, el sombrero, el paraguas… ¿Por qué nos encanta encontrar elementos materiales en la ficción?

Los objetos son palpables, son fáciles de entender. Producen el mismo efecto que encontrar un par de páginas con diálogos en un libro demasiado espeso: el lector respira aliviado, puede permitirse relajar su concentración; lo agradece.

Los conceptos abstractos y las reflexiones exigen de él una atención mayor, pero los objetos son sencillos. Llenar una película de objetos aporta a la misma un toque naïf. Pensad, si no, en Amelie, que logra ese ambiente de inocencia y cercanía gracias a los numerosos objetos que aparecen en ella: la caja, las lentejas, las fotos del fotomatón…

Recordad el paraguas amarillo de Cómo conocí a vuestra madre o la caja metálica de la película francesa Jeaux d´Enfants (me niego a escribir la pésima traducción que hicieron de ese título en el mercado español).

Todos estos objetos resultan simpáticos al receptor y son fáciles de retener en la memoria. ¿Acaso no recordáis muchas películas o libros a través de los objetos que aparecen en ellas?

Aunque no hayas leído Sherlock Holmes, seguro que tienes en tu cabeza una serie de objetos que asocias con el detective. Pensad en la utilidad que puede tener esto a la hora de diseñar el cartel de una película, promocionar un libro o realizar merchandising de una serie.

Además, los objetos disminuyen la distancia entre la intención del autor y la percepción del lector o espectador. Están menos abiertos a interpretaciones. El autor dice «una silla azul» y el lector ve una silla azul.

Parece simple, pero con otro tipo de descripciones no es posible estar seguro de que el receptor está entendiendo lo que el emisor pretendía. Quizá por eso el autor de El mago de Oz se aseguró de materializar los deseos intangibles de cada uno de los personajes en un objeto que los representara.

Los objetos son muy íntimos: acercan al lector físicamente a la escena, por eso se utilizan tanto en literatura erótica. Si a una secuencia se añade una descripción del tacto de una prenda de ropa, se está facilitando que la mente del lector haga un zoom inevitable que lo sumerge en la escena.

En medio de los mundos oníricos que relata Haruki Murakami, es un alivio encontrarse de pronto con el descanso de un pasaje que describe minuciosamente cómo el protagonista cocina su cena. Casi es posible sentir en las papilas el gusto del wakame o del aceite de sésamo.

Una de las principales ventajas de los objetos es que tienen una gran carga simbólica. Promueven sensaciones según sus características y propiedades. Por eso actúan como embudo o megáfono: es más sencillo ir del objeto a las sensaciones que al revés.

Una piedra, una cadena o un juguete tienen una serie de connotaciones universales que prácticamente todo el mundo entenderá. En este punto, los autores deben cerciorarse de que el significado que intentan atribuir a un objeto pertenece, en efecto, al imaginario colectivo; que no está ligado solo a experiencias personales.

Otra utilidad que tienen es que podemos utilizarlos para disimular otros objetos que son esenciales en la trama. Llevando un poco la contraria a Chéjov, que creía firmemente que si en una narración aparecía una pistola era porque esta iba a ser disparada en algún momento («no hagas promesas que no vas a cumplir», decía él); lo cierto es que si solo aparecen en la obra objetos que son imprescindibles para la misma, se nos «verá el plumero».

A veces, para que un objeto que tendrá importancia más tarde pase desapercibido, es muy útil esconderlo detrás de otros. Estoy pensando, por ejemplo, en una escena de la serie El tiempo entre costuras, basada en la novela del mismo nombre. La protagonista entraba a hurtadillas en un despacho y, mientras fisgoneaba, perdía una pluma del tocado. La cámara enfocó esa pluma posada sobre la mesa durante un tiempo bastante largo, dejando así bien claro que descubrirían a la intrusa por ese detalle.

Si utilizamos los objetos de una forma tan evidente, estamos insultando, de alguna manera, la inteligencia del espectador.

Los objetos son máquinas del tiempo. Evocan épocas y momentos pasados mejor que cualquier sonido u olor. Su materialidad es lo que les hace ser un buen vehículo para transportarnos. Actúan como tornillos: nos ayudan a conectar una cosa con otra y facilitan que la trama llegue donde queremos.

Como explica muy bien Javier Meléndez en el apartado «Objetos en los guiones» de su blog La solución elegante, se usan a menudo para hilar el tiempo, para que los espectadores se sitúen.

Por ejemplo, hay capítulos de Breaking Bad que empiezan con un flashforward (una imagen del futuro) donde aparece un objeto, para después comenzar a contar la historia en orden cronológico.

Cuando se llega al momento que se adelantó al principio, el espectador puede reconocerlo gracias al objeto. Muchos de esos objetos son MacGuffins (un término que inventó Hitchcock para referirse a aquellos elementos esenciales para que la trama avance pero que son intercambiables): podrían ser sustituidos por otros y la historia continuaría exactamente igual, pero es necesario que existan.

En esa misma serie, los objetos también se utilizan para definir a los personajes y los espacios. Un ejemplo muy bueno es el robot de limpieza de Jessie, que evoluciona junto al personaje, pasando de simbolizar el lujo a transmitir decadencia. En el caso del sombrero de Heisenberg, explica Meléndez, «como todo objeto que se convierte en mítico, rara vez aparece».

Estas son solo algunas de las ventajas que podemos conseguir cuando incluimos elementos materiales en una historia. Quizá tenga una especie de síndrome de Diógenes narrativo, pero casi todas las obras que más admiro están plagadas de objetos.

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