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17 de septiembre 2014    /   IDEAS
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El trono y el jardín

17 de septiembre 2014    /   IDEAS     por          
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El verano de 2014 se recordará en España por la coronación de Felipe VI. Curiosamente, el primer rey «coronado» en la península fue Felipe V, y es que antes de la llegada de los Borbones, la tradición quería que los reyes se «entronaran». En el simbolismo del Estado lo importante era el espacio, el trono, y no el atributo, la corona. De forma interesante, en el escudo republicano, la corona real se sustituye por una corona de almenas, la ciudad soberana.
Ocurre que al poder nos referimos casi siempre como un lugar: el poder «reside en», al poder se «llega», se «accede»; el poder se «ocupa» o se «conquista». En el antiguo régimen se hablaba de la alianza «del trono y el altar» (dos lugares) y la prensa sigue llena de referencias a la Casa Blanca y al Kremlin, a la Casa Rosada y al Eliseo como si fueran sinónimos de las presidencias que alojan. No es algo nuevo: la monarquía más antigua del Mediterráneo conocía a sus reyes como faraones, pero «faraón» no significa rey, sino «casa grande», «palacio». Otro de los nombres del poder.
Del mismo modo hablamos del Maidan o de Sol, de Tiananmen o de Tazir para nombrar movimientos sociales y políticos que buscan convertirse en alternativas. Tenemos tan interiorizada la metáfora del poder como un espacio que a nadie parece importarle la contradicción entre «movimiento» (dinámico) y «plaza» (estática). Tampoco viene de ayer.
Los grandes movimientos sociales de finales del siglo XIX, el socialismo, el anarquismo y el sindicalismo, se expandieron sembrando Europa de ateneos y «casas del pueblo». La romanización de las regiones más aisladas se data por la presencia de templos del «cultus deorum» y la expansión del cristianismo por la época en que esos mismos templos fueron reciclados en iglesias.
Cada época, cada movimiento genuinamente nuevo propone sus propios espacios. En el límite, si el ateísmo 2.0 resulta subversivo es porque propone a los ateos construir «templos» dedicados a los valores que les identifiquen. Nos damos cuenta de que tener lugares propios cambiaría completamente la experiencia vital del ateo, convirtiéndola en una experiencia comunitaria y por tanto social.
Es decir, si el poder es un lugar, la alteridad se convierte en alternativa cuando se hace espacio.
Pero ¿cuáles son los espacios que nos adelantan el mundo que viene? Algunos piensan que ese nuevo «comunal urbano» que va emergiendo entre las ruinas dejadas por la crisis entre espacios vecinaleshuertos. No hace falta ir muy lejos para encontrar verdaderos «ecosistemas» sociales en los que trabajan y socializan miles de personas en la experimentación de nuevas formas de relacionarse entre si, con la ciudad y la naturaleza.
Hay quien ve todo eso demasiado lejano de los lugares del poder real como para ser viable. Pero a lo mejor es que el poder que viene no conoce de palacios ni de tronos, sino de espacios compartidos y zonas verdes, a lo mejor se parece más a un patio de juegos que a un patio de armas.

El verano de 2014 se recordará en España por la coronación de Felipe VI. Curiosamente, el primer rey «coronado» en la península fue Felipe V, y es que antes de la llegada de los Borbones, la tradición quería que los reyes se «entronaran». En el simbolismo del Estado lo importante era el espacio, el trono, y no el atributo, la corona. De forma interesante, en el escudo republicano, la corona real se sustituye por una corona de almenas, la ciudad soberana.
Ocurre que al poder nos referimos casi siempre como un lugar: el poder «reside en», al poder se «llega», se «accede»; el poder se «ocupa» o se «conquista». En el antiguo régimen se hablaba de la alianza «del trono y el altar» (dos lugares) y la prensa sigue llena de referencias a la Casa Blanca y al Kremlin, a la Casa Rosada y al Eliseo como si fueran sinónimos de las presidencias que alojan. No es algo nuevo: la monarquía más antigua del Mediterráneo conocía a sus reyes como faraones, pero «faraón» no significa rey, sino «casa grande», «palacio». Otro de los nombres del poder.
Del mismo modo hablamos del Maidan o de Sol, de Tiananmen o de Tazir para nombrar movimientos sociales y políticos que buscan convertirse en alternativas. Tenemos tan interiorizada la metáfora del poder como un espacio que a nadie parece importarle la contradicción entre «movimiento» (dinámico) y «plaza» (estática). Tampoco viene de ayer.
Los grandes movimientos sociales de finales del siglo XIX, el socialismo, el anarquismo y el sindicalismo, se expandieron sembrando Europa de ateneos y «casas del pueblo». La romanización de las regiones más aisladas se data por la presencia de templos del «cultus deorum» y la expansión del cristianismo por la época en que esos mismos templos fueron reciclados en iglesias.
Cada época, cada movimiento genuinamente nuevo propone sus propios espacios. En el límite, si el ateísmo 2.0 resulta subversivo es porque propone a los ateos construir «templos» dedicados a los valores que les identifiquen. Nos damos cuenta de que tener lugares propios cambiaría completamente la experiencia vital del ateo, convirtiéndola en una experiencia comunitaria y por tanto social.
Es decir, si el poder es un lugar, la alteridad se convierte en alternativa cuando se hace espacio.
Pero ¿cuáles son los espacios que nos adelantan el mundo que viene? Algunos piensan que ese nuevo «comunal urbano» que va emergiendo entre las ruinas dejadas por la crisis entre espacios vecinaleshuertos. No hace falta ir muy lejos para encontrar verdaderos «ecosistemas» sociales en los que trabajan y socializan miles de personas en la experimentación de nuevas formas de relacionarse entre si, con la ciudad y la naturaleza.
Hay quien ve todo eso demasiado lejano de los lugares del poder real como para ser viable. Pero a lo mejor es que el poder que viene no conoce de palacios ni de tronos, sino de espacios compartidos y zonas verdes, a lo mejor se parece más a un patio de juegos que a un patio de armas.

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