18 de abril 2016    /   DIGITAL
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¿Podrá internet recordar por las personas?

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Todo comenzó el día que los recuerdos se cosificaron y, quizá por miedo a olvidar, creamos pequeños tesoros que podíamos tocar y oler. Las cartas, los mechones de pelo, los dientes y las fotografías abrieron la posibilidad de ser heredados para dejar testimonio de que alguna vez fuimos. Estos recuerdos, que no son tales, sino pistas que activan un recuerdo normalmente asociado a una emoción, contribuyen a convencernos de la propia existencia y reafirman la identidad en el presente, pero pensando en un futuro potencialmente hambriento de pasado. Si hemos dejado de atesorar cada uno de ellos de manera más o menos gradual es porque su valor ha ido cambiando a medida que la tecnología avanzaba. Quizá sea el turno de la fotografía.

Con el paso de la foto analógica a la digital y la eclosión de las redes sociales, unida a la necesidad de compartir hasta las vivencias más mundanas, hemos depositado estos detonantes de la memoria en lugares intangibles similares a la luna que describe Murakami en su novela 1Q84, cuyo vacío es «idóneo para conservar intactos los recuerdos». O eso creímos.

Antonio Miguel Nogués es profesor de Antropología Social en la Universidad Miguel Hernández de Elche y participa en un proyecto del Instituto de Neurociencias de la UMH que aborda la memoria desde el campo de la neuroantropología. Compartir estos fragmentos de cotidianidad en internet, según explica a Yorokobu, no implica estar «exportando nuestra memoria, sino gritando nuestra necesidad de comunicación en una sociedad cuyos espacios y ritmos de producción, y también de consumo, nos han aislado e individualizado en exceso».

Este hecho, para José María Ruiz-Vargas, catedrático de Psicología de la Memoria en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), constituye una paradoja: «Nunca antes en la historia la gente tuvo tantas fotografías personales y nunca antes se miró menos o se prestó menos atención a dichas fotografías».

La fotografía analógica convertía el hecho de hacer una foto en «todo un rito con su propia liturgia» que Ruiz-Vargas define como un proceso que iba desde el deseo impaciente a una fase de deleite, pasando por la eliminación de la tensión al recoger las fotos días después de hacerlas. Aquella espera, traducida en anhelo, conllevaba que las fotos tuviesen otro valor porque se visualizaban tantas veces que «en muchos casos se acababan convirtiendo en auténticos talismanes de tu vida pasada y futura».

El material que compartimos y, concretamente, la fotografía (y no la memoria), es lo que según Ruiz-Vargas está cambiando, puesto que ha dejado de ser «un aliado contra la fugacidad de la vida» y se ha convertido, para los adictos a las redes sociales, en «el nuevo disfraz de carnaval perpetuo en el que creen vivir».

Pero sí es posible que este hecho esté afectando a la memoria, puesto que la necesidad de fotografiarlo todo conlleva inevitables alteraciones de los recuerdos, que pierden precisión. «Está demostrado científicamente que las personas que hacen fotografías de un evento tienen después peor recuerdo de dicho evento que las que se dedican a contemplarlo», relata. Lo que explica esto es que, mientras esas personas hacen la foto, «su atención está concentrada en la acción de fotografiar, y no en el evento mismo, con lo cual su memoria no podrá procesar lo que está ocurriendo».

«Nunca antes en la historia la gente tuvo tantas fotografías personales y nunca antes se miró menos o se prestó menos atención a dichas fotografías»

Hasta los detalles más banales que activan la memoria se revalorizan con el tiempo. Según un estudio de la Universidad de Harvard publicado en la revista Psychological Science, esos momentos aparentemente insignificantes se convierten en grandes acontecimientos al ser rememorados. El placer que se experimenta al revivirlos después de varios años, al parecer, es similar al que deleita la memoria al ‘volver’ a un gran momento del pasado.

La desaparición de Fotolog, que ha arrastrado consigo miles de ‘recuerdos’, ha evidenciado el temor de haber estado ‘cediendo’ fragmentos de nuestras vivencias a lugares que, en realidad, son tan falibles como la propia mente. Por eso, Tuenti ha empezado a tomar medidas para que los usuarios no pierdan sus fotos desde que ha anunciado un cierre gradual de la red social.

Antes de que se produjesen estos apagones, y considerando las ventajas de volver al álbum tradicional sin renunciar a las nuevas tecnologías, un grupo de amigos crearon Inkee, un servicio web que envía a casa todo lo necesario para montar un álbum tradicional. Desde el ordenador o desde Facebook, el usuario puede enviar las imágenes que recibirá impresas para crear su propio álbum.

Inkee surgió como «una memoria digital de recuerdos, con una pequeña parte de negocio centrada en el mundo del papel», explica Nuria Esteban, responsable de la startup. Pero pronto descubrieron que «la mejor forma de cuidar o volver a sentir esos momentos era tocándolos y que creando los álbumes físicos, escribiendo notas, implicándote en su elaboración, multiplicaba el valor del recuerdo, que además aumentaba con el tiempo».

Inkee no aspira a desprenderse de las nuevas tecnologías ni niega sus bondades, sino que trata de fusionar «lo práctico, la innovación y la implicación del usuario», aprovechando las posibilidades que conceden. «Pero es cierto que la inmediatez y facilidad que nos da puede desplazar y hacernos olvidar la importancia de otros procesos que bajo nuestro punto de vista, acentúan y desarrollan los sentidos que dan el valor en nuestro caso a los recuerdos», añade.

Que el lugar en el que millones de personas vuelcan información personal se denomine ‘muro’ parece evocar intencionadamente las paredes físicas en las que se colgaban las fotos que merecían ir más allá del álbum familiar. ¿Cuándo es su cumpleaños? ¿Qué ocurrió el 26 de abril de 2009? ¿A qué hora es la fiesta? No importa. Al cerebro le han dado la posibilidad de trabajar menos y la está aprovechando. Internet se ha convertido en ‘la secretaria’ y todas esas respuestas las tiene Facebook, que ya se encarga de invocar a sus usuarios que recuerden.

Mientras escribo esto, abro Facebook y salta un ‘recuerdo’. Es la imagen de un perro con peluca. Rescatando ‘recuerdos buenos’ (que el usuario ya puede filtrar), a menudo superfluos, la red social contribuye a generar más ruido e interacciones. Dos personajes literarios ilustran a la perfección que el exceso de recuerdos innecesarios está reñido con el pensamiento porque el abuso de lo concreto (los recuerdos) perjudica lo abstracto (el pensamiento): Funes el memorioso, de Jorge Luis Borges, y Brutha, de Terry Pratchett, son dos personajes tan saturados de recuerdos que carecen de la capacidad de pensar.

Investigadores de IBM acaban de patentar una herramienta de búsqueda de recuerdos. Si llegase a estar operativa, abriría la posibilidad de preguntar a Internet dónde están las llaves. Este modelo es lo más parecido a la memoria humana hasta la fecha, porque hay que tener en cuenta que la memoria de las personas no funciona igual que Internet, donde solo es un lugar de almacenamiento que no pasa por los procesos por los que discurre memoria humana. La aplicación está ideada como una herramienta para los momentos en los que se pierde la capacidad de acceder a los recuerdos. Pero no va a acordarse por las personas: solo almacenará una información que un día les podrá devolver.

Y eso es exactamente lo que hace Facebook cuando, como si tomase prestados los recuerdos ajenos y los devolviese, ‘clarifica’ la obviedad: «Tus recuerdos te pertenecen». Pero ¿puede realmente Internet recordar por las personas?

No (por ahora)

Ruiz-Vargas es contundente: «No creo que internet ni los robots ni ninguna de las tecnologías conocidas hasta hoy vayan a recordar por nosotros». Para él, solo podrán guardar información masivamente, «pero no sustituirán nunca (al menos, en su configuración actual) el acto de recordar de las personas». Explica su rotunda negación en base a la estructura narrativa de la memoria autobiográfica, que siempre se da en forma de historia o relato.

En su configuración actual, precisamente, es donde reside la clave de esta improbabilidad. «Cuando la robótica consiga crear sus propios significados y su propio lenguaje, se alterará el devenir de la humanidad», augura Nogués. Por ahora no va a ocurrir «porque los ordenadores no tienen la idea de finitud que tenemos los humanos y, por tanto, carecen de la idea de tiempo, que es consustancial a la noción de existencia», clarifica.

Nogués tampoco piensa que la tecnología pueda recordar por las personas, aunque reconoce que si de capacidad de almacenaje se trata y no de «esa otra memoria de la que bebemos para encontrar sentido a lo que hacemos, la guerra estuvo perdida desde el principio».

No recuerdan por nosotros. Si acaso, aclara Ruiz-Vargas, «lo que hacen es ‘recordarnos que tenemos que recordar’» porque, según puntualiza e insiste en ello, «el acto de recordar es individual e íntimo y no lo pueden sustituir agentes externos». En este sentido, Emilio Lledó escribe en El surco del tiempo que «el acto de recordar se construye como un proceso en el que solo cuenta el sujeto que recuerda». Y Ruiz-Vargas remacha: «Nunca podrán robar nuestros recuerdos».

Las redes sociales, asevera, no son más que «una fuente inagotable de claves y pistas para recordar o no olvidar determinados eventos, pero eso no significa que estén cambiando la ‘forma’ de recordar». Esas claves son necesarias solo como detonantes que «ponen en marcha el proceso de recuperación de algún episodio pasado», pero no constituyen recuerdos en sí mismos.

Para Nogués, esos detalles que compartimos no tienen la capacidad de «producir memoria» porque entiende este proceso como «la forma en la que los grupos humanos nos representamos e imaginamos el pasado para explicarnos el presente con el objetivo de dibujarnos en el futuro».

Memoria e identidad siempre han caminado juntas. Es la consciencia autonoética lo que da coherencia a la propia vida e identidad. Se trata de ser consciente, explica Ruiz-Vargas, de que el yo que recuerda es el yo que vivió el momento recordado.

Quizá esa necesidad de reafirmarse contando al mundo lo que se está comiendo o los kilómetros recorridos tenga que ver mucho más con la memoria de lo que parece. Una memoria selectiva, indudablemente: todos son felices en las redes sociales, que a su vez están interesadas en que así lo sea. Por eso Facebook permite descartar los malos recuerdos en sus efemérides. Aunque ni siquiera eso es inmutable: los malos recuerdos ya se pueden convertir en buenos. Así lo explica un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) publicado en Nature, según el cual, la emoción asociada a cada recuerdo también es maleable gracias a la optogenética, una técnica que controla las neuronas mediante el uso de la luz.

En un mundo que Lledó define como «apenas real», mucho antes de los cambios que ha ido produciendo la tecnología, la consciencia ya se enfrentaba a «pequeños fogonazos rápidamente ensombrecidos por los desgarros de una vida colectiva que llega a alienar y pervertir el normal desarrollo de la consciencia».

Las redes sociales no son más efímeras ni más falibles que la memoria o que el propio ser humano. No todo está perdido en la luna de Murakami.

En ella no había aire ni viento. Su vacío era idóneo para conservar intactos los recuerdos. Nadie podía abrir el corazón de la luna

Ilustración: Shutterstock

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Con el paso de la foto analógica a la digital y la eclosión de las redes sociales, unida a la necesidad de compartir hasta las vivencias más mundanas, hemos depositado estos detonantes de la memoria en lugares intangibles similares a la luna que describe Murakami en su novela 1Q84, cuyo vacío es «idóneo para conservar intactos los recuerdos». O eso creímos.

Antonio Miguel Nogués es profesor de Antropología Social en la Universidad Miguel Hernández de Elche y participa en un proyecto del Instituto de Neurociencias de la UMH que aborda la memoria desde el campo de la neuroantropología. Compartir estos fragmentos de cotidianidad en internet, según explica a Yorokobu, no implica estar «exportando nuestra memoria, sino gritando nuestra necesidad de comunicación en una sociedad cuyos espacios y ritmos de producción, y también de consumo, nos han aislado e individualizado en exceso».

Este hecho, para José María Ruiz-Vargas, catedrático de Psicología de la Memoria en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), constituye una paradoja: «Nunca antes en la historia la gente tuvo tantas fotografías personales y nunca antes se miró menos o se prestó menos atención a dichas fotografías».

La fotografía analógica convertía el hecho de hacer una foto en «todo un rito con su propia liturgia» que Ruiz-Vargas define como un proceso que iba desde el deseo impaciente a una fase de deleite, pasando por la eliminación de la tensión al recoger las fotos días después de hacerlas. Aquella espera, traducida en anhelo, conllevaba que las fotos tuviesen otro valor porque se visualizaban tantas veces que «en muchos casos se acababan convirtiendo en auténticos talismanes de tu vida pasada y futura».

El material que compartimos y, concretamente, la fotografía (y no la memoria), es lo que según Ruiz-Vargas está cambiando, puesto que ha dejado de ser «un aliado contra la fugacidad de la vida» y se ha convertido, para los adictos a las redes sociales, en «el nuevo disfraz de carnaval perpetuo en el que creen vivir».

Pero sí es posible que este hecho esté afectando a la memoria, puesto que la necesidad de fotografiarlo todo conlleva inevitables alteraciones de los recuerdos, que pierden precisión. «Está demostrado científicamente que las personas que hacen fotografías de un evento tienen después peor recuerdo de dicho evento que las que se dedican a contemplarlo», relata. Lo que explica esto es que, mientras esas personas hacen la foto, «su atención está concentrada en la acción de fotografiar, y no en el evento mismo, con lo cual su memoria no podrá procesar lo que está ocurriendo».

«Nunca antes en la historia la gente tuvo tantas fotografías personales y nunca antes se miró menos o se prestó menos atención a dichas fotografías»

Hasta los detalles más banales que activan la memoria se revalorizan con el tiempo. Según un estudio de la Universidad de Harvard publicado en la revista Psychological Science, esos momentos aparentemente insignificantes se convierten en grandes acontecimientos al ser rememorados. El placer que se experimenta al revivirlos después de varios años, al parecer, es similar al que deleita la memoria al ‘volver’ a un gran momento del pasado.

La desaparición de Fotolog, que ha arrastrado consigo miles de ‘recuerdos’, ha evidenciado el temor de haber estado ‘cediendo’ fragmentos de nuestras vivencias a lugares que, en realidad, son tan falibles como la propia mente. Por eso, Tuenti ha empezado a tomar medidas para que los usuarios no pierdan sus fotos desde que ha anunciado un cierre gradual de la red social.

Antes de que se produjesen estos apagones, y considerando las ventajas de volver al álbum tradicional sin renunciar a las nuevas tecnologías, un grupo de amigos crearon Inkee, un servicio web que envía a casa todo lo necesario para montar un álbum tradicional. Desde el ordenador o desde Facebook, el usuario puede enviar las imágenes que recibirá impresas para crear su propio álbum.

Inkee surgió como «una memoria digital de recuerdos, con una pequeña parte de negocio centrada en el mundo del papel», explica Nuria Esteban, responsable de la startup. Pero pronto descubrieron que «la mejor forma de cuidar o volver a sentir esos momentos era tocándolos y que creando los álbumes físicos, escribiendo notas, implicándote en su elaboración, multiplicaba el valor del recuerdo, que además aumentaba con el tiempo».

Inkee no aspira a desprenderse de las nuevas tecnologías ni niega sus bondades, sino que trata de fusionar «lo práctico, la innovación y la implicación del usuario», aprovechando las posibilidades que conceden. «Pero es cierto que la inmediatez y facilidad que nos da puede desplazar y hacernos olvidar la importancia de otros procesos que bajo nuestro punto de vista, acentúan y desarrollan los sentidos que dan el valor en nuestro caso a los recuerdos», añade.

Que el lugar en el que millones de personas vuelcan información personal se denomine ‘muro’ parece evocar intencionadamente las paredes físicas en las que se colgaban las fotos que merecían ir más allá del álbum familiar. ¿Cuándo es su cumpleaños? ¿Qué ocurrió el 26 de abril de 2009? ¿A qué hora es la fiesta? No importa. Al cerebro le han dado la posibilidad de trabajar menos y la está aprovechando. Internet se ha convertido en ‘la secretaria’ y todas esas respuestas las tiene Facebook, que ya se encarga de invocar a sus usuarios que recuerden.

Mientras escribo esto, abro Facebook y salta un ‘recuerdo’. Es la imagen de un perro con peluca. Rescatando ‘recuerdos buenos’ (que el usuario ya puede filtrar), a menudo superfluos, la red social contribuye a generar más ruido e interacciones. Dos personajes literarios ilustran a la perfección que el exceso de recuerdos innecesarios está reñido con el pensamiento porque el abuso de lo concreto (los recuerdos) perjudica lo abstracto (el pensamiento): Funes el memorioso, de Jorge Luis Borges, y Brutha, de Terry Pratchett, son dos personajes tan saturados de recuerdos que carecen de la capacidad de pensar.

Investigadores de IBM acaban de patentar una herramienta de búsqueda de recuerdos. Si llegase a estar operativa, abriría la posibilidad de preguntar a Internet dónde están las llaves. Este modelo es lo más parecido a la memoria humana hasta la fecha, porque hay que tener en cuenta que la memoria de las personas no funciona igual que Internet, donde solo es un lugar de almacenamiento que no pasa por los procesos por los que discurre memoria humana. La aplicación está ideada como una herramienta para los momentos en los que se pierde la capacidad de acceder a los recuerdos. Pero no va a acordarse por las personas: solo almacenará una información que un día les podrá devolver.

Y eso es exactamente lo que hace Facebook cuando, como si tomase prestados los recuerdos ajenos y los devolviese, ‘clarifica’ la obviedad: «Tus recuerdos te pertenecen». Pero ¿puede realmente Internet recordar por las personas?

No (por ahora)

Ruiz-Vargas es contundente: «No creo que internet ni los robots ni ninguna de las tecnologías conocidas hasta hoy vayan a recordar por nosotros». Para él, solo podrán guardar información masivamente, «pero no sustituirán nunca (al menos, en su configuración actual) el acto de recordar de las personas». Explica su rotunda negación en base a la estructura narrativa de la memoria autobiográfica, que siempre se da en forma de historia o relato.

En su configuración actual, precisamente, es donde reside la clave de esta improbabilidad. «Cuando la robótica consiga crear sus propios significados y su propio lenguaje, se alterará el devenir de la humanidad», augura Nogués. Por ahora no va a ocurrir «porque los ordenadores no tienen la idea de finitud que tenemos los humanos y, por tanto, carecen de la idea de tiempo, que es consustancial a la noción de existencia», clarifica.

Nogués tampoco piensa que la tecnología pueda recordar por las personas, aunque reconoce que si de capacidad de almacenaje se trata y no de «esa otra memoria de la que bebemos para encontrar sentido a lo que hacemos, la guerra estuvo perdida desde el principio».

No recuerdan por nosotros. Si acaso, aclara Ruiz-Vargas, «lo que hacen es ‘recordarnos que tenemos que recordar’» porque, según puntualiza e insiste en ello, «el acto de recordar es individual e íntimo y no lo pueden sustituir agentes externos». En este sentido, Emilio Lledó escribe en El surco del tiempo que «el acto de recordar se construye como un proceso en el que solo cuenta el sujeto que recuerda». Y Ruiz-Vargas remacha: «Nunca podrán robar nuestros recuerdos».

Las redes sociales, asevera, no son más que «una fuente inagotable de claves y pistas para recordar o no olvidar determinados eventos, pero eso no significa que estén cambiando la ‘forma’ de recordar». Esas claves son necesarias solo como detonantes que «ponen en marcha el proceso de recuperación de algún episodio pasado», pero no constituyen recuerdos en sí mismos.

Para Nogués, esos detalles que compartimos no tienen la capacidad de «producir memoria» porque entiende este proceso como «la forma en la que los grupos humanos nos representamos e imaginamos el pasado para explicarnos el presente con el objetivo de dibujarnos en el futuro».

Memoria e identidad siempre han caminado juntas. Es la consciencia autonoética lo que da coherencia a la propia vida e identidad. Se trata de ser consciente, explica Ruiz-Vargas, de que el yo que recuerda es el yo que vivió el momento recordado.

Quizá esa necesidad de reafirmarse contando al mundo lo que se está comiendo o los kilómetros recorridos tenga que ver mucho más con la memoria de lo que parece. Una memoria selectiva, indudablemente: todos son felices en las redes sociales, que a su vez están interesadas en que así lo sea. Por eso Facebook permite descartar los malos recuerdos en sus efemérides. Aunque ni siquiera eso es inmutable: los malos recuerdos ya se pueden convertir en buenos. Así lo explica un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) publicado en Nature, según el cual, la emoción asociada a cada recuerdo también es maleable gracias a la optogenética, una técnica que controla las neuronas mediante el uso de la luz.

En un mundo que Lledó define como «apenas real», mucho antes de los cambios que ha ido produciendo la tecnología, la consciencia ya se enfrentaba a «pequeños fogonazos rápidamente ensombrecidos por los desgarros de una vida colectiva que llega a alienar y pervertir el normal desarrollo de la consciencia».

Las redes sociales no son más efímeras ni más falibles que la memoria o que el propio ser humano. No todo está perdido en la luna de Murakami.

En ella no había aire ni viento. Su vacío era idóneo para conservar intactos los recuerdos. Nadie podía abrir el corazón de la luna

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