14 de enero 2016    /   CIENCIA
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Poesía viviente en bacterias indestructibles

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El verdadero apellido de Christian Bök era Book. Que se apellidase libro, quizá careció de importancia cuando nació, pero hoy no. A él le gusta bromear con la idea de que, si es profesor de Literatura Inglesa, podría llegar a entender cualquier texto que hable de cualquier cosa, por ajena que le resulte. Como si ser de letras le hubiese predispuesto a las ciencias porque se estudian en los libros, más o menos.

Este profesor de la Universidad de Calgary (Canadá) es doctor en Lengua Inglesa y no tiene una formación científica. Al menos, que sea oficial. De forma autodidacta, ha estudiado ingeniería genética, proteómica, bioquímica molecular y programación informática. Todo esto, solo para llevar a cabo su idea de escribir un libro eterno a base de poesía viviente.

Pero, ¿cómo se puede escribir un libro eterno? En papel no, desde luego. «Los futuristas ya han empezado a especular con la idea de que incluso ahora mismo podríamos almacenar datos codificando información textual en nucleótidos, creando así ‘mensajes’ hechos de ADN; mensajes que podemos implantar dentro de células, donde esos datos podrían perdurar, ilesos e inalterables, a través de una infinidad de ciclos de mitosis. Todo ello, mientras se preserva para ser recuperado y decodificado», explica el poeta canadiense a Yorokobu.

La genética, según Bök, ha dado una posibilidad literaria a la biología, «concediendo a cada genetista el poder de convertirse en poeta». Ni más ni menos. Ya lo dijo Einstein, al comparar los procesos de la ciencia y la música: «En el pensamiento científico siempre están presentes elementos de la poesía».

XENOTEXT

Pero el poeta que se convierte en genetista no lo tiene tan fácil, porque llegar a crear The Xenotext le ha llevado a su autor una década. El 2 de abril de 2011 anunció el éxito de su experimento en la web Poetry Foundation. No cuesta imaginarle nervioso y entusiasmado ante el teclado: después de tantos años para conseguir un verso de vuelta, lo había logrado al fin. «Mi poema, de hecho, causa que la bacteria escriba, en respuesta, su propio poema», escribía el día que consiguió que le respondiese la primera bacteria con la que probó: una Escherichia Coli que, a nivel microscópico, es el mejor amigo del hombre.

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Aquello solo era una prueba de lo que acabaría buscando: el poema eterno. La segunda bacteria con la que probó fue una Deinococcus Radiodurans porque «es una extremófila capaz de sobrevivir en cualquier ambiente hostil». La bacteria en cuestión, asegura el poeta, es prácticamente indestructible. «Puedes quemarla, congelarla, fulminarla, y no muere. Puede sobrevivir en el vacío del espacio exterior y puede sobrevivir incluso a miles de dosis de radiación gamma, que podría matar instantáneamente a un ser humano».

Por su resistencia e invulnerabilidad se ha llegado a plantear la posibilidad de que el origen de este tipo de bacteria pudiera ser marciano, dado que la radiación ionizante que pueden llegar a soportar es hasta 1000 veces superior al resto de seres terrestres y no se da en la Tierra. A nivel de supervivencia y resistencia, la D. Radiodurans está muy por encima de las cucarachas, gracias a que dispone de varias copias de su genoma y a que regenera su ADN inmediatamente. Por eso la llaman Conan la bacteria.

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Lo que encendió la imaginación de Bök fue una idea del físico Paul Davies, que aseguraba que una civilización extraterrestre que quisiera ponerse en contacto con otra lo haría a través de robots autorreplicantes y autónomos. Pero Davies no hablaba exactamente de droides porque sabía que aquello ya era posible sin ellos. Esos robots, que parecían surgidos de una idea futurista, existen desde hace milenios y son esos organismos vivos con capacidad de réplica que llamamos bacterias.

El poeta reconoce que el valor de su trabajo no recae en haber escrito un poema utilizando el ADN como soporte porque no fue el primero en hacerlo. «Un puñado de artistas han codificado información en genomas de organismos, pero ninguno ha provocado que el organismo responda a este mensaje», dice Bök. «Mi poema está diseñado para entrar en diálogo con una bacteria, así que esta escribe un poema de respuesta; un poema que podría sobrevivir a la civilización terrestre».

Antes de The Xenotext, Pack Chung Wong codificó una canción de Disney en una bacteria. En 2005 los científicos de DNA 2.0 lo hicieron con Tomten, un poema que se pasó al ADN y de ahí al papel en forma de felicitación navideña.

Tanto Tomten como The Xenotext comparten una palabra: ‘glow’ (brillar, resplandecer). En el caso del segundo, su presencia no es fortuita: Bök ya tenía en mente la importancia de que la bacteria brillase, «la proteína que codifica el poema del microbio se expresará de modo que la célula resplandecerá en la oscuridad mostrando un color rojo». Y ese resplandor es, precisamente, el indicador de que la respuesta esperada está a punto de darse.

Orfeo y Eurídice

The Xenotext consiste en un soneto que, al traducirse en genes e integrarse en una célula, ésta logra leer el mensaje que recibe y «lo interpreta como una instrucción para construir una proteína benigna y viable, cuya secuencia de aminoácidos codifica otro soneto». Al juntar las letras con las que se identifican los aminoácidos, el poeta obtiene una respuesta convertida en verso.

Orfeo es el soneto que escribió Bök con una voz masculina, y Eurídice es la respuesta femenina que parte de la bacteria. Mientras que Orfeo habla de las bondades de la vida, Eurídice se muestra más pesimista y desconsolada ante el mundo. Así, los sonetos entran en diálogo; el poeta y la bacteria conversan.

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«Any style of life is prim…», dice Orfeo («Toda vida es ceremoniosa»). Eurídice brilla, cambia de color y responde: «The fairy is rosy of glow…» («el hada brilla con luz rosa»).

Es en inglés como puede apreciarse a qué carácter equivale cada letra del código genético. Las secuencias de aminoácidos, representadas por letras, conforman el verso. Y aquí es donde ciencia y poesía confluyen y dan razón a Bök y a Einstein. Igual que Orfeo enamoró a Eurídice con su canto, Bök logra despertar a la bacteria con su lírica. Hombre y bacteria protagonizando la tragedia griega en la que el amor se convierte en un viaje al inframundo en busca de la vida.

A Bök le gusta asomarse a otros mundos y lo hace a través del lenguaje. Él no solo mira, no solo muestra, sino que busca la interacción. «La mayoría de mis trabajos son proyectos de literatura conceptual que empujan el lenguaje a sus límites. A menudo escribo poemas que suelen coquetear con lo imposible. Intento hacer algo así como ingeniería inversa con el lenguaje», relata. En resumen: «máquinas antigravedad a base de palabras».

Christian Bök se ha propuesto transmitir mensajes a distancias estelares; mensajes que podrían viajar en el tiempo o vivir en él sin sentir su paso, «persistiendo como un mensaje secreto en una botella lanzado al azar en un océano gigante». Quién sabe si en el futuro no se convertirán las bacterias poetas en la forma de cortejo que deje definitivamente obsoletas las cartas, las flores y hasta los whatsapps.

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El verdadero apellido de Christian Bök era Book. Que se apellidase libro, quizá careció de importancia cuando nació, pero hoy no. A él le gusta bromear con la idea de que, si es profesor de Literatura Inglesa, podría llegar a entender cualquier texto que hable de cualquier cosa, por ajena que le resulte. Como si ser de letras le hubiese predispuesto a las ciencias porque se estudian en los libros, más o menos.

Este profesor de la Universidad de Calgary (Canadá) es doctor en Lengua Inglesa y no tiene una formación científica. Al menos, que sea oficial. De forma autodidacta, ha estudiado ingeniería genética, proteómica, bioquímica molecular y programación informática. Todo esto, solo para llevar a cabo su idea de escribir un libro eterno a base de poesía viviente.

Pero, ¿cómo se puede escribir un libro eterno? En papel no, desde luego. «Los futuristas ya han empezado a especular con la idea de que incluso ahora mismo podríamos almacenar datos codificando información textual en nucleótidos, creando así ‘mensajes’ hechos de ADN; mensajes que podemos implantar dentro de células, donde esos datos podrían perdurar, ilesos e inalterables, a través de una infinidad de ciclos de mitosis. Todo ello, mientras se preserva para ser recuperado y decodificado», explica el poeta canadiense a Yorokobu.

La genética, según Bök, ha dado una posibilidad literaria a la biología, «concediendo a cada genetista el poder de convertirse en poeta». Ni más ni menos. Ya lo dijo Einstein, al comparar los procesos de la ciencia y la música: «En el pensamiento científico siempre están presentes elementos de la poesía».

XENOTEXT

Pero el poeta que se convierte en genetista no lo tiene tan fácil, porque llegar a crear The Xenotext le ha llevado a su autor una década. El 2 de abril de 2011 anunció el éxito de su experimento en la web Poetry Foundation. No cuesta imaginarle nervioso y entusiasmado ante el teclado: después de tantos años para conseguir un verso de vuelta, lo había logrado al fin. «Mi poema, de hecho, causa que la bacteria escriba, en respuesta, su propio poema», escribía el día que consiguió que le respondiese la primera bacteria con la que probó: una Escherichia Coli que, a nivel microscópico, es el mejor amigo del hombre.

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Aquello solo era una prueba de lo que acabaría buscando: el poema eterno. La segunda bacteria con la que probó fue una Deinococcus Radiodurans porque «es una extremófila capaz de sobrevivir en cualquier ambiente hostil». La bacteria en cuestión, asegura el poeta, es prácticamente indestructible. «Puedes quemarla, congelarla, fulminarla, y no muere. Puede sobrevivir en el vacío del espacio exterior y puede sobrevivir incluso a miles de dosis de radiación gamma, que podría matar instantáneamente a un ser humano».

Por su resistencia e invulnerabilidad se ha llegado a plantear la posibilidad de que el origen de este tipo de bacteria pudiera ser marciano, dado que la radiación ionizante que pueden llegar a soportar es hasta 1000 veces superior al resto de seres terrestres y no se da en la Tierra. A nivel de supervivencia y resistencia, la D. Radiodurans está muy por encima de las cucarachas, gracias a que dispone de varias copias de su genoma y a que regenera su ADN inmediatamente. Por eso la llaman Conan la bacteria.

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Lo que encendió la imaginación de Bök fue una idea del físico Paul Davies, que aseguraba que una civilización extraterrestre que quisiera ponerse en contacto con otra lo haría a través de robots autorreplicantes y autónomos. Pero Davies no hablaba exactamente de droides porque sabía que aquello ya era posible sin ellos. Esos robots, que parecían surgidos de una idea futurista, existen desde hace milenios y son esos organismos vivos con capacidad de réplica que llamamos bacterias.

El poeta reconoce que el valor de su trabajo no recae en haber escrito un poema utilizando el ADN como soporte porque no fue el primero en hacerlo. «Un puñado de artistas han codificado información en genomas de organismos, pero ninguno ha provocado que el organismo responda a este mensaje», dice Bök. «Mi poema está diseñado para entrar en diálogo con una bacteria, así que esta escribe un poema de respuesta; un poema que podría sobrevivir a la civilización terrestre».

Antes de The Xenotext, Pack Chung Wong codificó una canción de Disney en una bacteria. En 2005 los científicos de DNA 2.0 lo hicieron con Tomten, un poema que se pasó al ADN y de ahí al papel en forma de felicitación navideña.

Tanto Tomten como The Xenotext comparten una palabra: ‘glow’ (brillar, resplandecer). En el caso del segundo, su presencia no es fortuita: Bök ya tenía en mente la importancia de que la bacteria brillase, «la proteína que codifica el poema del microbio se expresará de modo que la célula resplandecerá en la oscuridad mostrando un color rojo». Y ese resplandor es, precisamente, el indicador de que la respuesta esperada está a punto de darse.

Orfeo y Eurídice

The Xenotext consiste en un soneto que, al traducirse en genes e integrarse en una célula, ésta logra leer el mensaje que recibe y «lo interpreta como una instrucción para construir una proteína benigna y viable, cuya secuencia de aminoácidos codifica otro soneto». Al juntar las letras con las que se identifican los aminoácidos, el poeta obtiene una respuesta convertida en verso.

Orfeo es el soneto que escribió Bök con una voz masculina, y Eurídice es la respuesta femenina que parte de la bacteria. Mientras que Orfeo habla de las bondades de la vida, Eurídice se muestra más pesimista y desconsolada ante el mundo. Así, los sonetos entran en diálogo; el poeta y la bacteria conversan.

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«Any style of life is prim…», dice Orfeo («Toda vida es ceremoniosa»). Eurídice brilla, cambia de color y responde: «The fairy is rosy of glow…» («el hada brilla con luz rosa»).

Es en inglés como puede apreciarse a qué carácter equivale cada letra del código genético. Las secuencias de aminoácidos, representadas por letras, conforman el verso. Y aquí es donde ciencia y poesía confluyen y dan razón a Bök y a Einstein. Igual que Orfeo enamoró a Eurídice con su canto, Bök logra despertar a la bacteria con su lírica. Hombre y bacteria protagonizando la tragedia griega en la que el amor se convierte en un viaje al inframundo en busca de la vida.

A Bök le gusta asomarse a otros mundos y lo hace a través del lenguaje. Él no solo mira, no solo muestra, sino que busca la interacción. «La mayoría de mis trabajos son proyectos de literatura conceptual que empujan el lenguaje a sus límites. A menudo escribo poemas que suelen coquetear con lo imposible. Intento hacer algo así como ingeniería inversa con el lenguaje», relata. En resumen: «máquinas antigravedad a base de palabras».

Christian Bök se ha propuesto transmitir mensajes a distancias estelares; mensajes que podrían viajar en el tiempo o vivir en él sin sentir su paso, «persistiendo como un mensaje secreto en una botella lanzado al azar en un océano gigante». Quién sabe si en el futuro no se convertirán las bacterias poetas en la forma de cortejo que deje definitivamente obsoletas las cartas, las flores y hasta los whatsapps.

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