23 de marzo 2016    /   CINE/TV
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Poldark, el caballero antisistema

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Me repugnan los de mi propia clase, dice el capitán Ross Poldark a Demelza, su esposa, antes fregona. Poldark seduce al público contemporáneo con frases así que además acompaña de acciones en pro de los desfavorecidos. También enamora porque sus enemigos son los aristócratas, los especuladores y los banqueros, los mismos que pisotean y esquilman a la gente corriente en la Inglaterra del siglo XVIII. Los mismos que continúan manejando las finanzas y las políticas de nuestros tiempos. (Apenas, un ligero cambio: los aristócratas que fijaban leyes han sido desplazados en Europa por políticos, la nueva aristocracia).

La situación del Cornualles de 1782 recuerda una estampa actual: «Has vuelto a un Cornualles pobre. Los impuestos por las nubes, los salarios por los suelos, minas cerrando todas las semanas», dice un minero a Poldark.

«Todo pertenece a los Warleggan [los dueños del banco del mismo nombre]», dice un aristócrata venido a menos: las tierras, las propiedades cuyas hipotecas no puede satisfacerse, las minas del condado.

Tan solo los peces permanecen ajenos al control del banco y al control de las autoridades. Las tierras y todo lo contiene (conejos, perdices, jabalíes…) pertenecen a los señores. Cazar para alimentar a una esposa desnutrida equivale al destierro a Australia, en el mejor de los casos, o la horca con un juez severo. Por esto, las mujeres y los hombres sin trabajo miran el mar esperando la próxima cosecha de peces.

A esta triste Cornualles regresa Poldark de la guerra contra las colonias inglesas trayendo ideas impropias de su clase social y de su tiempo. El capitán Poldark no desahucia a sus inquilinos morosos: les permite tener un techo y acepta recibir el pago cuando le venga bien. Ofrece salarios justos a sus mineros, cosa que desquicia a la competencia. Y para estupor de la buena sociedad y descrédito propio se casa con una mujer de la clase baja, sin instrucción ni modales ni dinero. Sin embargo, el posible ostracismo no le preocupa; le duele más la injusticia social. La ira de Poldark le lleva a decir: «Iría encantado a la fiesta de los Warleggan si pudiera transmitir una enfermedad a todos los invitados».

Poldark dice lo que muchos espectadores querrían decir a los poseedores de las tarjetas blacks, al compi yogui y a sus amigos

Poldark o la catarsis del espectador cabreado

Con lo dicho, parece que parte del éxito de Poldark se debe a que el personaje canaliza la ira y la desazón de una importante parte del público. Poldark dice lo que muchos espectadores querrían decir a los poseedores de las tarjetas black, al compi yogui y a sus amigos, a los aforados y otros especímenes patrios y extranjeros de la cofradía de los ladrones de guante blanco, y salvapatrias a costa de curritos, enfermos y pensionistas.

Sin embargo, la serie de la BBC no establece una demagógica dualidad entre la moralidad de la clase baja y la alta (la aristocracia y la burguesía adinerada). En todos los estratos aparecen personajes mezquinos y personajes agradables y honestos. Por ejemplo, en la clase baja, los criados de Poldark o el padre de Demelza representan el egoísmo y la intransigencia; en la clase alta, frente a clasistas desalmados, están el propio Ross Poldark o su prima Verity o su cuñada y antiguo amor Elizabeth.

Sí es cierto que hay una distinción moral entre el origen de los delitos de unos y otros. El capitán Poldark considera que los delitos y los vicios de la clase baja se deben a la miseria. Sin embargo, los delitos y los vicios de la clase alta son fruto de la codicia.

«Usted se equivoca si cree que la codicia y la explotación son las marcas de un caballero», dice Poldark a un empresario sin escrúpulos.

Winston Graham, el autor acusador

El retrato poco complaciente de los personajes de la clase alta podría acercarse a la realidad. Winston Graham, autor de la saga de novelas de Poldark, era hijo de un próspero importador de té, la familia materna dirigía una empresa de mayoristas de comestibles, y su tío abuelo era un acaudalado miembro del partido conservador.

La visión de la sociedad de Graham recuerda en parte a la de Chabrol. Aunque el francés era hijo de farmacéutico, su primera esposa era la hija de un banquero que ofreció como dote 35 millones de francos de entonces, unos 5,34 millones de euros. Chabrol se movió en los ambientes de su esposa y pintó a la alta burguesía francesa como ruin en películas como La flor del mal o La ceremonia.

Downton Abbey o el retrato complaciente de la aristocracia

En el tratamiento de la clase alta está también la mayor diferencia con Downton Abbey, la joya de la cadena ITV. La serie de Julian Fellowes está llena de aciertos de guion y aunque el retrato de personajes está en claroscuro, muestra un retrato complaciente de la aristocracia. Esta aparece como una institución útil para la creación de riqueza, el progreso social y el mantenimiento de la esencia británica. Robert Crawley, el patriarca de la familia Grantham considera que, gracias a él, otros hombres encuentran sustento y sentido a su vida como sirvientes. (Por otro lado, llama la atención que en las pasadas emisiones de Downton Abbey por Antena 3, los amplios resúmenes de capítulos mostraran más escenas de los señores que de los criados, como si los dramas de la clase baja carecieran de importancia. Con esto se busca provocar empatía hacia los Crawley).

En Downton Abbey hay una tibia crítica social que proviene de personajes antipáticos, como la maestra de primaria o el sirviente Thomas Barrow. (Los guiones procuran que los espectadores no salgan del sueño de sentirse miembros de los Crowley. Un sueño en el que no hay ruido ni voces disonantes ni groserías. Como demuestran los juegos de Facebook del tipo ‘quién fuiste en tu vida anterior’, la mayoría de las personas publican que fueron aristócratas, ilustres pensadores o artistas, y no porqueros o planchadoras). Por otro lado, personajes como Tom Branson, el cochero yerno de lord Grantham, se amolda a la vida de caballero.

Downton Abbey intenta fagocitar la disidencia. Como en algún momento dice uno de los Crawley: «¿Quién no se acostumbraría a vivir en Downton Abbey?» Por el contrario, Ross Poldark no pretende que su esposa acate la ideología de la alta burguesía. Ella toma como Pigmalión a Verity.

Poldark, el drama de buenos y malos

Poldark carece de sutilezas de los guiones de Downton Abbey: establece una clara distinción entre buenos y malos, y fuera de las frases impactantes del capitán Poldark hay poco que resaltar sobre la construcción dramática. Correctísima, eso sí, como corresponde al estándar de BBC, que esta vez recae en la guionista Debbie Horsfield. Un drama no tan romántico como la cartelería de la serie se empeña en mostrar: el héroe como pintado, como recién salido de una portada de la editorial Harlequín. Un culebrón del que muchos veríamos todos los episodios de una tacada si estuvieran disponibles. Queremos que los malos paguen por su codicia y falta de corazón.

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Me repugnan los de mi propia clase, dice el capitán Ross Poldark a Demelza, su esposa, antes fregona. Poldark seduce al público contemporáneo con frases así que además acompaña de acciones en pro de los desfavorecidos. También enamora porque sus enemigos son los aristócratas, los especuladores y los banqueros, los mismos que pisotean y esquilman a la gente corriente en la Inglaterra del siglo XVIII. Los mismos que continúan manejando las finanzas y las políticas de nuestros tiempos. (Apenas, un ligero cambio: los aristócratas que fijaban leyes han sido desplazados en Europa por políticos, la nueva aristocracia).

La situación del Cornualles de 1782 recuerda una estampa actual: «Has vuelto a un Cornualles pobre. Los impuestos por las nubes, los salarios por los suelos, minas cerrando todas las semanas», dice un minero a Poldark.

«Todo pertenece a los Warleggan [los dueños del banco del mismo nombre]», dice un aristócrata venido a menos: las tierras, las propiedades cuyas hipotecas no puede satisfacerse, las minas del condado.

Tan solo los peces permanecen ajenos al control del banco y al control de las autoridades. Las tierras y todo lo contiene (conejos, perdices, jabalíes…) pertenecen a los señores. Cazar para alimentar a una esposa desnutrida equivale al destierro a Australia, en el mejor de los casos, o la horca con un juez severo. Por esto, las mujeres y los hombres sin trabajo miran el mar esperando la próxima cosecha de peces.

A esta triste Cornualles regresa Poldark de la guerra contra las colonias inglesas trayendo ideas impropias de su clase social y de su tiempo. El capitán Poldark no desahucia a sus inquilinos morosos: les permite tener un techo y acepta recibir el pago cuando le venga bien. Ofrece salarios justos a sus mineros, cosa que desquicia a la competencia. Y para estupor de la buena sociedad y descrédito propio se casa con una mujer de la clase baja, sin instrucción ni modales ni dinero. Sin embargo, el posible ostracismo no le preocupa; le duele más la injusticia social. La ira de Poldark le lleva a decir: «Iría encantado a la fiesta de los Warleggan si pudiera transmitir una enfermedad a todos los invitados».

Poldark dice lo que muchos espectadores querrían decir a los poseedores de las tarjetas blacks, al compi yogui y a sus amigos

Poldark o la catarsis del espectador cabreado

Con lo dicho, parece que parte del éxito de Poldark se debe a que el personaje canaliza la ira y la desazón de una importante parte del público. Poldark dice lo que muchos espectadores querrían decir a los poseedores de las tarjetas black, al compi yogui y a sus amigos, a los aforados y otros especímenes patrios y extranjeros de la cofradía de los ladrones de guante blanco, y salvapatrias a costa de curritos, enfermos y pensionistas.

Sin embargo, la serie de la BBC no establece una demagógica dualidad entre la moralidad de la clase baja y la alta (la aristocracia y la burguesía adinerada). En todos los estratos aparecen personajes mezquinos y personajes agradables y honestos. Por ejemplo, en la clase baja, los criados de Poldark o el padre de Demelza representan el egoísmo y la intransigencia; en la clase alta, frente a clasistas desalmados, están el propio Ross Poldark o su prima Verity o su cuñada y antiguo amor Elizabeth.

Sí es cierto que hay una distinción moral entre el origen de los delitos de unos y otros. El capitán Poldark considera que los delitos y los vicios de la clase baja se deben a la miseria. Sin embargo, los delitos y los vicios de la clase alta son fruto de la codicia.

«Usted se equivoca si cree que la codicia y la explotación son las marcas de un caballero», dice Poldark a un empresario sin escrúpulos.

Winston Graham, el autor acusador

El retrato poco complaciente de los personajes de la clase alta podría acercarse a la realidad. Winston Graham, autor de la saga de novelas de Poldark, era hijo de un próspero importador de té, la familia materna dirigía una empresa de mayoristas de comestibles, y su tío abuelo era un acaudalado miembro del partido conservador.

La visión de la sociedad de Graham recuerda en parte a la de Chabrol. Aunque el francés era hijo de farmacéutico, su primera esposa era la hija de un banquero que ofreció como dote 35 millones de francos de entonces, unos 5,34 millones de euros. Chabrol se movió en los ambientes de su esposa y pintó a la alta burguesía francesa como ruin en películas como La flor del mal o La ceremonia.

Downton Abbey o el retrato complaciente de la aristocracia

En el tratamiento de la clase alta está también la mayor diferencia con Downton Abbey, la joya de la cadena ITV. La serie de Julian Fellowes está llena de aciertos de guion y aunque el retrato de personajes está en claroscuro, muestra un retrato complaciente de la aristocracia. Esta aparece como una institución útil para la creación de riqueza, el progreso social y el mantenimiento de la esencia británica. Robert Crawley, el patriarca de la familia Grantham considera que, gracias a él, otros hombres encuentran sustento y sentido a su vida como sirvientes. (Por otro lado, llama la atención que en las pasadas emisiones de Downton Abbey por Antena 3, los amplios resúmenes de capítulos mostraran más escenas de los señores que de los criados, como si los dramas de la clase baja carecieran de importancia. Con esto se busca provocar empatía hacia los Crawley).

En Downton Abbey hay una tibia crítica social que proviene de personajes antipáticos, como la maestra de primaria o el sirviente Thomas Barrow. (Los guiones procuran que los espectadores no salgan del sueño de sentirse miembros de los Crowley. Un sueño en el que no hay ruido ni voces disonantes ni groserías. Como demuestran los juegos de Facebook del tipo ‘quién fuiste en tu vida anterior’, la mayoría de las personas publican que fueron aristócratas, ilustres pensadores o artistas, y no porqueros o planchadoras). Por otro lado, personajes como Tom Branson, el cochero yerno de lord Grantham, se amolda a la vida de caballero.

Downton Abbey intenta fagocitar la disidencia. Como en algún momento dice uno de los Crawley: «¿Quién no se acostumbraría a vivir en Downton Abbey?» Por el contrario, Ross Poldark no pretende que su esposa acate la ideología de la alta burguesía. Ella toma como Pigmalión a Verity.

Poldark, el drama de buenos y malos

Poldark carece de sutilezas de los guiones de Downton Abbey: establece una clara distinción entre buenos y malos, y fuera de las frases impactantes del capitán Poldark hay poco que resaltar sobre la construcción dramática. Correctísima, eso sí, como corresponde al estándar de BBC, que esta vez recae en la guionista Debbie Horsfield. Un drama no tan romántico como la cartelería de la serie se empeña en mostrar: el héroe como pintado, como recién salido de una portada de la editorial Harlequín. Un culebrón del que muchos veríamos todos los episodios de una tacada si estuvieran disponibles. Queremos que los malos paguen por su codicia y falta de corazón.

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