31 de mayo 2016    /   IDEAS
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El poliamor y la culpa

31 de mayo 2016    /   IDEAS     por          
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Se ha puesto de moda. Y ya casi ha pasado de moda. La palabra en sí ya hiede, como en su día lo hicieron otros vocablos cuya sugerente sonoridad se evaporó en menos de lo que se queman tres titulares: disruptivo, alternativo, sostenible ¡y tantos otros! Sin embargo, en el caso del poliamor nos encontramos ante el ánimo de definir una situación tan antigua como los yacimientos de Atapuerca.

El poliodio es algo más raro, pero a veces también se da. El odio exige mucha más energía emocional que el amor, por lo que odiar a más de una persona simultáneamente está fuera del alcance de este humilde cronista. Sin embargo, la principal diferencia es que odiar no genera sentimiento de culpa, y amar a más de una persona sí. Al menos a veces.

Por la misma razón, no es lo mismo un trío que un triángulo. El primero define una situación estrictamente sexual, pero en el segundo hay sentimientos y una relación a tres bandas en las que los tres elementos participan, o de dos en dos o todos juntos.

Según la asociación Poliamor Argentina, la palabra que nos ocupa «consiste en mantener una relación amorosa, seria y duradera de manera simultánea con más de una persona, con pleno conocimiento y consentimiento de todos los involucrados».

En estas latitudes casi todos tenemos unas raíces de educación judeocristiana que pesan mucho en algo que han inventado las religiones: la culpa

¿Quién no se ha planteado alguna vez un dilema como el que sigue, entrecomillado?: «Si pudiera encontrar a alguien con las virtudes de A y con las de B, incluso con esa otra virtud de C, sería completamente feliz». Pero ese Mr. Right (o Ms. Right) no existe nunca. Perdón, casi nunca. Hay gente que logra encontrar la famosa media naranja que desmonta con ingenio y pericia Magdalena de Santo en su brillante pieza Cuando la media naranja no es una sola.  Allí señala entre otras cosas que «La vida poliamorosa no supone “tolerar los engaños”, sino transformar radicalmente las concepciones habituales de fidelidad, respeto y libertad».

El corazón es un órgano emocional que puede palpitar por varias personas a la vez, pero lo normal es que lo haga por una. A veces dos. A menudo, y creo que casi nadie se sustrae a esta experiencia, durante un período más o menos prolongado, convivimos con dos relaciones, hasta que se produce el reemplazo de la antigua pareja por la nueva. En esa zona gris de intersección es donde se producen las anomalías más interesantes. Y los errores más imperdonables como, por ejemplo, renunciar a la pareja anterior cuando quizá sería posible explorar otras vías en las que todo el mundo tuviera cabida.

En estas latitudes casi todos tenemos unas raíces de educación judeocristiana que pesan mucho en algo que han inventado las religiones: la culpa. Nos sentimos culpables si mantenemos más de una relación sentimental simultánea, cuando en realidad eso debería ser lo normal. Si no se tiene la infinita suerte de encontrar una pareja que colma absolutamente todas nuestras expectativas: físicas, sexuales, intelectuales, de carácter, ideológicas, sentido del humor, de la aventura… entonces parece razonable tratar de paliar las carencias de nuestra relación con otra persona. O con otras. Pero entonces aparece la mencionada culpa, que en la mitología griega está personificada por las Erinias, dos de las cuales, Alecto y Megera, se ocupan precisamente de los delitos morales y de la infidelidad.

El sentido de este artículo es apelar a la ambición de la felicidad. No hay que elegir entre una persona y otra, quédese usted con las dos

La vida es más corta de lo que parece, y renunciar a personas que surcan accidentalmente nuestra biografía como estrellas, y que tanto pueden aportarnos, podría tacharse de temerario. No hay que renunciar a nada ni a nadie, ni sacrificarse ni exigir a nadie que lo haga por nosotros. La idea que asocia sacrificio con virtud hunde también sus raíces en las tres grandes religiones monoteístas, y por ello debe ser examinada con una distancia prudente.

Hay hombres y mujeres en la cuarentena o en la cincuentena que, aunque de mentalidad abierta y liberal, están atrapados en las asfixiantes jaulas ideológicas de sus padres, a quienes tanto criticaron antes de emanciparse. Para estas personas el amor que se siente por un amante disminuye el que se siente por otro, como si tuviéramos un frasco con una cantidad limitada de amor que administrar. Por el contrario, quienes creen en el poliamor sostienen que una relación se puede alimentar de los sentimientos de la otra, en vez de perjudicarla. El poliamor triunfa entre la gente veinteañera porque ser nativo digital no sólo significa tener un iPad bajo la almohada desde que se tienen recuerdos, también implica una concepción de la libertad emocional que quienes nacimos décadas antes hemos tenido que conquistar con mayor o menor éxito.

El sentido de este artículo es apelar a la ambición de la felicidad. No hay que elegir entre una persona y otra, quédese usted con las dos. O con las tres. Como decía Mario Puzo en El Padrino, la primera regla de la negociación es: «Pídelo todo».

 

 

Se ha puesto de moda. Y ya casi ha pasado de moda. La palabra en sí ya hiede, como en su día lo hicieron otros vocablos cuya sugerente sonoridad se evaporó en menos de lo que se queman tres titulares: disruptivo, alternativo, sostenible ¡y tantos otros! Sin embargo, en el caso del poliamor nos encontramos ante el ánimo de definir una situación tan antigua como los yacimientos de Atapuerca.

El poliodio es algo más raro, pero a veces también se da. El odio exige mucha más energía emocional que el amor, por lo que odiar a más de una persona simultáneamente está fuera del alcance de este humilde cronista. Sin embargo, la principal diferencia es que odiar no genera sentimiento de culpa, y amar a más de una persona sí. Al menos a veces.

Por la misma razón, no es lo mismo un trío que un triángulo. El primero define una situación estrictamente sexual, pero en el segundo hay sentimientos y una relación a tres bandas en las que los tres elementos participan, o de dos en dos o todos juntos.

Según la asociación Poliamor Argentina, la palabra que nos ocupa «consiste en mantener una relación amorosa, seria y duradera de manera simultánea con más de una persona, con pleno conocimiento y consentimiento de todos los involucrados».

En estas latitudes casi todos tenemos unas raíces de educación judeocristiana que pesan mucho en algo que han inventado las religiones: la culpa

¿Quién no se ha planteado alguna vez un dilema como el que sigue, entrecomillado?: «Si pudiera encontrar a alguien con las virtudes de A y con las de B, incluso con esa otra virtud de C, sería completamente feliz». Pero ese Mr. Right (o Ms. Right) no existe nunca. Perdón, casi nunca. Hay gente que logra encontrar la famosa media naranja que desmonta con ingenio y pericia Magdalena de Santo en su brillante pieza Cuando la media naranja no es una sola.  Allí señala entre otras cosas que «La vida poliamorosa no supone “tolerar los engaños”, sino transformar radicalmente las concepciones habituales de fidelidad, respeto y libertad».

El corazón es un órgano emocional que puede palpitar por varias personas a la vez, pero lo normal es que lo haga por una. A veces dos. A menudo, y creo que casi nadie se sustrae a esta experiencia, durante un período más o menos prolongado, convivimos con dos relaciones, hasta que se produce el reemplazo de la antigua pareja por la nueva. En esa zona gris de intersección es donde se producen las anomalías más interesantes. Y los errores más imperdonables como, por ejemplo, renunciar a la pareja anterior cuando quizá sería posible explorar otras vías en las que todo el mundo tuviera cabida.

En estas latitudes casi todos tenemos unas raíces de educación judeocristiana que pesan mucho en algo que han inventado las religiones: la culpa. Nos sentimos culpables si mantenemos más de una relación sentimental simultánea, cuando en realidad eso debería ser lo normal. Si no se tiene la infinita suerte de encontrar una pareja que colma absolutamente todas nuestras expectativas: físicas, sexuales, intelectuales, de carácter, ideológicas, sentido del humor, de la aventura… entonces parece razonable tratar de paliar las carencias de nuestra relación con otra persona. O con otras. Pero entonces aparece la mencionada culpa, que en la mitología griega está personificada por las Erinias, dos de las cuales, Alecto y Megera, se ocupan precisamente de los delitos morales y de la infidelidad.

El sentido de este artículo es apelar a la ambición de la felicidad. No hay que elegir entre una persona y otra, quédese usted con las dos

La vida es más corta de lo que parece, y renunciar a personas que surcan accidentalmente nuestra biografía como estrellas, y que tanto pueden aportarnos, podría tacharse de temerario. No hay que renunciar a nada ni a nadie, ni sacrificarse ni exigir a nadie que lo haga por nosotros. La idea que asocia sacrificio con virtud hunde también sus raíces en las tres grandes religiones monoteístas, y por ello debe ser examinada con una distancia prudente.

Hay hombres y mujeres en la cuarentena o en la cincuentena que, aunque de mentalidad abierta y liberal, están atrapados en las asfixiantes jaulas ideológicas de sus padres, a quienes tanto criticaron antes de emanciparse. Para estas personas el amor que se siente por un amante disminuye el que se siente por otro, como si tuviéramos un frasco con una cantidad limitada de amor que administrar. Por el contrario, quienes creen en el poliamor sostienen que una relación se puede alimentar de los sentimientos de la otra, en vez de perjudicarla. El poliamor triunfa entre la gente veinteañera porque ser nativo digital no sólo significa tener un iPad bajo la almohada desde que se tienen recuerdos, también implica una concepción de la libertad emocional que quienes nacimos décadas antes hemos tenido que conquistar con mayor o menor éxito.

El sentido de este artículo es apelar a la ambición de la felicidad. No hay que elegir entre una persona y otra, quédese usted con las dos. O con las tres. Como decía Mario Puzo en El Padrino, la primera regla de la negociación es: «Pídelo todo».

 

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