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26 de febrero 2018    /   CINE/TV
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La conciencia política no nace de artículos sesudos, sino de espectáculos de TV

26 de febrero 2018    /   CINE/TV     por          
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Si ves aparecer en pantalla a Adam Conover, pensarás cualquier cosa menos que va a tratar temas serios. Más bien parece sacado del barroco estilismo de la elite de Los Juegos del Hambre: chaqueta de vestir ceñida, gestos histriónicos, sobrevocalización y un flequillazo rubio enroscado hacia arriba. Él es el protagonista de Adam ruins everything, un pequeño apartado dentro de la web humorística College Humor que ha debutado con cierto éxito en televisión. ¿Cómo? Hablando de temas más bien serios.

La idea de su producto es sencilla: responder con argumentos a algunas de las principales creencias de la sociedad americana que, por lo general, tienden a ser falsas. Lo hace en vídeos breves, de unos seis minutos, interactuando con personajes un tanto estereotípicos. Pero la combinación funciona, especialmente cuando toca temas sociales sensibles.

El esquema se completa con algún contrapunto serio que dé trasfondo de veracidad a todo lo que Conover va argumentando. Puede ser un profesor de Princeton que se presta a entrar en escena desde detrás de un cactus, puede ser una periodista de The New York Times jugando a una especie de Monopoly sobre la segregación racial en los suburbios norteamericanos.

El fenómeno de Conover no es, ni mucho menos, exclusivo. Durante años una de las más duras pruebas a las que se han sometido algunos políticos estadounidenses ha sido la de ser imitados por humoristas en algunos shows televisivos, hasta el punto de forzar frases, guiños o gestos que fueran fácilmente imitables para evitar que se fijaran en algunos otros aspectos.

¿El motivo? La política, con humor, entra. Porque es cierto que existe una élite de gente con inquietud, opinión y formación política como para seguir la actualidad en entornos serios… pero un candidato necesita llegar no solo a ese selecto y reducido grupo, sino a la enorme mayoría de gente cuyos votos valen exactamente lo mismo.

Por eso gente como Hillary Clinton, que huyó de las ruedas de prensa y los medios de comunicación cuando era la candidata demócrata, se prestó a acudir al show de Stephen Colbert tras su derrota. Allí fue a presentar su libro y a bromear sobre cómo se dio al Chardonnay tras perder contra Trump, ya que no afeitarse durante un año, como hizo Al Gore tras perder con Bush, «no era una opción».

Este tipo de programas no son tampoco ajenos a España. Entornos en los que, con un trasfondo de humor, se tratan realidades serias. Consiste básicamente en llevar lo que los periodistas llamamos hard news (política, economía, sociedad) a un entorno más propio de soft news (cultura, deporte, entretenimiento). Así, espacios como Caiga quien caiga, Los guiñoles, El españolisto o los monólogos políticos de varios programas de humor –como lo que hace el Gran Wyoming– encajan en ese patrón.

Pero no se trata solo de eso. Existen teorías sociológicas que reflexionan acerca de cómo de grande es el impacto de ciertas informaciones cuando se varía su envoltorio. Y hay tres niveles: la información seria en un entorno serio, la información seria en un entorno humorístico y, por último, la información seria en un entorno que no lo es.

Lo primero respondería a hard news en un entorno de hard news. Es el caso de prensa especializada, artículos sesudos, crónicas parlamentarias y cosas así. Es la información política, económica o social en medios o programas de ese tipo que son, por supuesto, minoritarios. Lo segundo respondería a los casos citados anteriormente, y son algo más amplios en su audiencia. El salto, sin embargo, llega en el tercer caso.

Ana Rosa Quintana y Susana Griso, creadoras de opinión

El impacto de los mensajes varía mucho en función de la preparación de los receptores. Esa preparación no se refiere solo a lo académico o cultural, igual que hablar de élite no responde de forma exclusiva a una percepción clasista de la gente lista. La preparación va más por gente que esté advertida de lo que le van a contar, porque alguien que lee prensa especializada o ve un programa político con más o menos humor sabe lo que va a ver. El problema viene cuando te cuelan mensajes políticos donde no te los esperabas.

Es lo que sucede, por ejemplo, con los magacines televisivos matutinos en televisión. La forma en que se da voz a grupos de tertulianos más o menos preparados (ahí sí, en referencia a su formación profesional) para hablar de temas serios en un formato espectacularizante. Se toman las hard news y se mastican, se simplifican y se convierten en objeto de debate en un formato pensado para atraer. Se desvirtúan los hechos, se da voz a gente poco formada y se retuercen los argumentos. Y la mayoría de gente que no pertenece a esa élite preparada acaba informándose así.

De esta manera, poca gente vio la portada de ABC en la que se hablaba de que el Ayuntamiento de Castellón sugería a los padres valencianizar los apellidos de sus hijos. Pero muchísima gente vio cómo Ana Rosa Quintana y sus tertulianos debatían sobre las imposiciones lingüísticas como forma de hacer política. De ahí se puede pasar, según el día, a hablar del visado de Isabel Pantoja, a los ultras rusos, al espeto de sardinas o a cerrar un debate cantando. O, en el caso de Espejo público de Susana Griso, a analizar con un estilista el cambio de imagen de la líder de las CUP.

Así, hay un público no interesado en hard news que consume hard news y que se forma opinión a través de esas visiones deformadas, simplificadas y reducidas. Y el efecto se multiplica cuando ese tipo de programas son los que acaban estando de fondo en lugares de paso de mucha otra gente que, inadvertida, acaba escuchando o viendo fragmentos de esa programación: la cola de la gasolinera, el café en el bar o el muro de Facebook donde alguien difunde el contenido.

«Desde el punto de vista cognitivo, ver soft news requiere mucha menos energía que ver hard news (…) mientras que las soft news provén de un valor añadido de entretenimiento que las hace atractivas», recoge una investigación de Mattehw A. Baum al respecto. «Los asuntos menos accesibles o dramáticos y los asuntos más partidistas suelen ser menos cubiertos por los medios que trabajan con soft news», explica.

Su trabajo, publicado más de una década atrás, investigaba cómo un gran porcentaje de los espectadores estadounidenses aprendían y formaban sus opiniones respecto a política internacional de forma casi exclusiva a través de esos programas soft.

Ese fenómeno explica por qué Oriol Junqueras acabó sentado en la mesa de una familia andaluza para hablar de independentismo catalán. O por qué la vicepresidenta bailó dando saltos con Pablo Motos. O por qué Pedro Sánchez entró en directo en Sálvame para intervenir en un debate. Los políticos intentan llegar a cuanta más gente posible, aunque eso suponga que la parte seria de su mensaje se pierda por el camino. O que la gente vote sin entender realmente qué vota.

Si ves aparecer en pantalla a Adam Conover, pensarás cualquier cosa menos que va a tratar temas serios. Más bien parece sacado del barroco estilismo de la elite de Los Juegos del Hambre: chaqueta de vestir ceñida, gestos histriónicos, sobrevocalización y un flequillazo rubio enroscado hacia arriba. Él es el protagonista de Adam ruins everything, un pequeño apartado dentro de la web humorística College Humor que ha debutado con cierto éxito en televisión. ¿Cómo? Hablando de temas más bien serios.

La idea de su producto es sencilla: responder con argumentos a algunas de las principales creencias de la sociedad americana que, por lo general, tienden a ser falsas. Lo hace en vídeos breves, de unos seis minutos, interactuando con personajes un tanto estereotípicos. Pero la combinación funciona, especialmente cuando toca temas sociales sensibles.

El esquema se completa con algún contrapunto serio que dé trasfondo de veracidad a todo lo que Conover va argumentando. Puede ser un profesor de Princeton que se presta a entrar en escena desde detrás de un cactus, puede ser una periodista de The New York Times jugando a una especie de Monopoly sobre la segregación racial en los suburbios norteamericanos.

El fenómeno de Conover no es, ni mucho menos, exclusivo. Durante años una de las más duras pruebas a las que se han sometido algunos políticos estadounidenses ha sido la de ser imitados por humoristas en algunos shows televisivos, hasta el punto de forzar frases, guiños o gestos que fueran fácilmente imitables para evitar que se fijaran en algunos otros aspectos.

¿El motivo? La política, con humor, entra. Porque es cierto que existe una élite de gente con inquietud, opinión y formación política como para seguir la actualidad en entornos serios… pero un candidato necesita llegar no solo a ese selecto y reducido grupo, sino a la enorme mayoría de gente cuyos votos valen exactamente lo mismo.

Por eso gente como Hillary Clinton, que huyó de las ruedas de prensa y los medios de comunicación cuando era la candidata demócrata, se prestó a acudir al show de Stephen Colbert tras su derrota. Allí fue a presentar su libro y a bromear sobre cómo se dio al Chardonnay tras perder contra Trump, ya que no afeitarse durante un año, como hizo Al Gore tras perder con Bush, «no era una opción».

Este tipo de programas no son tampoco ajenos a España. Entornos en los que, con un trasfondo de humor, se tratan realidades serias. Consiste básicamente en llevar lo que los periodistas llamamos hard news (política, economía, sociedad) a un entorno más propio de soft news (cultura, deporte, entretenimiento). Así, espacios como Caiga quien caiga, Los guiñoles, El españolisto o los monólogos políticos de varios programas de humor –como lo que hace el Gran Wyoming– encajan en ese patrón.

Pero no se trata solo de eso. Existen teorías sociológicas que reflexionan acerca de cómo de grande es el impacto de ciertas informaciones cuando se varía su envoltorio. Y hay tres niveles: la información seria en un entorno serio, la información seria en un entorno humorístico y, por último, la información seria en un entorno que no lo es.

Lo primero respondería a hard news en un entorno de hard news. Es el caso de prensa especializada, artículos sesudos, crónicas parlamentarias y cosas así. Es la información política, económica o social en medios o programas de ese tipo que son, por supuesto, minoritarios. Lo segundo respondería a los casos citados anteriormente, y son algo más amplios en su audiencia. El salto, sin embargo, llega en el tercer caso.

Ana Rosa Quintana y Susana Griso, creadoras de opinión

El impacto de los mensajes varía mucho en función de la preparación de los receptores. Esa preparación no se refiere solo a lo académico o cultural, igual que hablar de élite no responde de forma exclusiva a una percepción clasista de la gente lista. La preparación va más por gente que esté advertida de lo que le van a contar, porque alguien que lee prensa especializada o ve un programa político con más o menos humor sabe lo que va a ver. El problema viene cuando te cuelan mensajes políticos donde no te los esperabas.

Es lo que sucede, por ejemplo, con los magacines televisivos matutinos en televisión. La forma en que se da voz a grupos de tertulianos más o menos preparados (ahí sí, en referencia a su formación profesional) para hablar de temas serios en un formato espectacularizante. Se toman las hard news y se mastican, se simplifican y se convierten en objeto de debate en un formato pensado para atraer. Se desvirtúan los hechos, se da voz a gente poco formada y se retuercen los argumentos. Y la mayoría de gente que no pertenece a esa élite preparada acaba informándose así.

De esta manera, poca gente vio la portada de ABC en la que se hablaba de que el Ayuntamiento de Castellón sugería a los padres valencianizar los apellidos de sus hijos. Pero muchísima gente vio cómo Ana Rosa Quintana y sus tertulianos debatían sobre las imposiciones lingüísticas como forma de hacer política. De ahí se puede pasar, según el día, a hablar del visado de Isabel Pantoja, a los ultras rusos, al espeto de sardinas o a cerrar un debate cantando. O, en el caso de Espejo público de Susana Griso, a analizar con un estilista el cambio de imagen de la líder de las CUP.

Así, hay un público no interesado en hard news que consume hard news y que se forma opinión a través de esas visiones deformadas, simplificadas y reducidas. Y el efecto se multiplica cuando ese tipo de programas son los que acaban estando de fondo en lugares de paso de mucha otra gente que, inadvertida, acaba escuchando o viendo fragmentos de esa programación: la cola de la gasolinera, el café en el bar o el muro de Facebook donde alguien difunde el contenido.

«Desde el punto de vista cognitivo, ver soft news requiere mucha menos energía que ver hard news (…) mientras que las soft news provén de un valor añadido de entretenimiento que las hace atractivas», recoge una investigación de Mattehw A. Baum al respecto. «Los asuntos menos accesibles o dramáticos y los asuntos más partidistas suelen ser menos cubiertos por los medios que trabajan con soft news», explica.

Su trabajo, publicado más de una década atrás, investigaba cómo un gran porcentaje de los espectadores estadounidenses aprendían y formaban sus opiniones respecto a política internacional de forma casi exclusiva a través de esos programas soft.

Ese fenómeno explica por qué Oriol Junqueras acabó sentado en la mesa de una familia andaluza para hablar de independentismo catalán. O por qué la vicepresidenta bailó dando saltos con Pablo Motos. O por qué Pedro Sánchez entró en directo en Sálvame para intervenir en un debate. Los políticos intentan llegar a cuanta más gente posible, aunque eso suponga que la parte seria de su mensaje se pierda por el camino. O que la gente vote sin entender realmente qué vota.

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