20 de septiembre 2017    /   CREATIVIDAD
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La dictadura de lo políticamente correcto se ceba con el arte

20 de septiembre 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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¿Qué hay en común entre El juicio final de Miguel Ángel, una imagen de Franco encerrada en una nevera, varias estatuas romanas tapadas por biombos y una exposición sobre cultura LGBT en la ciudad brasileña de Porto Alegre? La dictadura de lo políticamente correcto, o sea, censurar la libre expresión artística para plegarse a la moral imperante y agradar a los sectores sociales más influyentes.

En Brasil, un país cada vez más sumergido en una deriva a la derecha, la exposición Queermuseu – Cartografías de la Diferencia en el Arte Brasileño, programada hasta el 8 de octubre en el centro cultural del Banco Santander de Porto Alegre, ha sido retirada antes de tiempo por las protestas de un grupo católico que defiende la familia tradicional y heterosexual.

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El Movimiento Brasil Libre y otros grupos religiosos de matriz cristiana han alegado que la muestra, en cartel desde hace un mes, hacía apología de la pedofilia y de la zoofilia, además de ofender la moral cristiana. La campaña, lanzada también en español como puede verse en este vídeo, exigía el cierre de la exposición.

¿Qué tenían las obras en cuestión que tanto revuelo han causado? La muestra, que pretendía presentar al público trabajos sobre la diversidad de géneros y de sexualidad, estaba compuesta por 270 obras de 85 artistas. Entre los nombres más destacados estaban Adriana Varejão, Cândido Portinari, Lygia Clark y Fernando Baril.

Escena de Interior 2, de Adriana Varejão
Escena de Interior 2, de Adriana Varejão

Lo que ha enfurecido a los cato-talibanes ha sido la alusión a la cultura LGTB y la ironía con lo que han sido tratados algunos símbolos religiosos. Había una imagen de Jesús Cristo con varios brazos, representado como si de la diosa Shiva se tratara. También había hostias con la palabra culo y vagina, e imágenes de menores con la frase Niño gay travesti de la lambada y Niño gay diosa de las aguas.

Por su pintura Escena de Interior 2, Adriana Varejão ha sido acusada de promover la zoofilia. En realidad se trata de una parodia de un shunga, los antiguos grabados eróticos realizados en Japón. En la versión original, los protagonistas de estos grabados suelen ser señores que abusan sexualmente de sus esclavos. Una de las obras del célebre artista Katsushika Hokusai (1760-1849) retrata a una mujer que hace sexo con un pulpo. A ningún museo se le ha ocurrido prohibirlo, ni Hokusai ha sido acusado de hacer apología de la zoofilia.

Katsushika Hokusai
Katsushika Hokusai

Frente a la avalancha de críticas recibidas, el Santander no ha aguantado la presión y ha optado por una solución de autocensura, que ha enfurecido a la izquierda y ha generado una tempestad en las redes sociales. «El arte es un terreno político y lo que estamos viviendo hoy es una patrulla ideológica que va mucho más allá de una discusión sobre arte. Se ha tratado de la reacción de un grupo que no tiene la costumbre de visitar espacios expositivos contra el contenido político de algunas obras. No ha sido una reacción contra la manera en cómo estas obras han sido construidas desde un punto de vista plástico, y sí contra una idea que ellos perciben como una amenaza a la familia tradicional, heterosexual, blanca y machista», cuenta en los pasillos de la feria Art Rio Fernanda Pequeno, comisaria, crítica de arte y profesora de Historia del Arte de la Universidad el Estado de Río de Janeiro.

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«La postura del Santander es absolutamente inaceptable. Se disculpan por haber ofendido al público a través de una exposición artística que tenía justamente como tema la diversidad. El mínimo que podemos hacer es mostrar al banco que el cierre de la exposición va a generar un coste todavía mayor para su imagen y su marca. Si dejamos que estos intolerantes determinen lo que se puede y lo que no se puede ver, ya sabemos dónde va a acabar eso. Cada vez los años 2010 se parecen más a los años 1930», escribe el politólogo Pablo Ortellado.

El tiro le ha salido por la culata y el banco Santander se llevado palos de todos los lados, tanto de los católicos más ortodoxos, que criticaban que la exposición contaba con financiamientos públicos, como de la izquierda que ha censurado la censura. «La institución cultural ha tenido una cierta dificultad a la hora de lidiar con las críticas y una visión negativa, algo que podría haber sucedido con cualquier exposición. Este tipo de situaciones son bastante comunes. Lo que es más grave es que la institución haya cedido a las críticas», remata Fernanda Pequeno.

El juicio final de Miguel Ángel
El juicio final de Miguel Ángel

Al final ha triunfado la dictadura de lo políticamente correcto, algo que defiende tanto la derecha como la izquierda y que tiene varios antecedentes a lo largo de la historia. El más célebre es quizás lo que ocurrió con al El juicio final de Miguel Ángel, que también pasó por la censura papal.

Los numerosos desnudos que aparecían en la versión original del fresco de la Capilla Sixtina no acababan de convencer a la Iglesia Católica, que los declaró impuros e inmorales. Por esta razón Daniele de Volterra, denominado irónicamente Maestro Bragazas, fue encargado de dibujar delicados trapos para tapar las vergüenzas de los personajes creados con maestría por Miguel Ángel durante un proceso que duró cinco años. Sin embargo, en la última restauración del fresco realizada a finales del siglo XX, las 28 bragas impuestas por la moral católica fueron eliminadas, dejando de nuevo al descubierto la versión original del pintor renacentista.

Capilla Sixtina
Capilla Sixtina

Más recientemente otros desnudos crearon un clamor en los Estados Unidos. Ocurrió hace 30 años, cuando el Congreso de este país cortó fondos por valor de casi 100 millones de dólares a una institución pública que había patrocinado muestras de artistas polémicos como el fotógrafo Robert Mapplethorpe, conocido por sus majestuosos desnudos de hombre afrodescendientes.

Muchos recordarán la polémica estatua de Francisco Franco que en 2012 causó un revuelo en Arco. El artista Eugenio Merino tuvo la osadía de meter al dictador en posición de fallecido en un frigorífico decorado con el diseño de Coca-Cola, luciendo unas simpáticas gafas de sol. La Fundación Nacional Francisco Franco puso el grito en el cielo ante la escultura hiperrealista y denunció al autor de Always Franco por daños contra el honor del caudillo. Al final, la demanda fue desestimada.

Y cómo olvidar la metedura de pata del ex primer ministro de Italia Matteo Renzi, que el año pasado tuvo la brillante idea de cubrir estatuas desnudas de la época romana durante la visita del presidente de Irán. Las autoridades italianas accedieron a una petición de la delegación persa de tapar con paneles varias esculturas romanas de los Museos Capitolinos para no herir la sensibilidad de Hassan Rouhani. El infeliz episodio también generó una avalancha de críticas dentro y fuera de Italia.

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La ensayista, profesora y comisaria de arte Ivana Bentes se pregunta qué pasaría si El Jardín de las delicias del pintor holandés Jheronimus Bosch estuviese en un museo brasileño: «La máquina de retrocesos que está operando en Brasil es primaria y estúpida. Este acto de odio e intolerancia contra artistas, contra obras, contra sujetos que luchan para expresarse es una señal no de un arte degenerado, y sí de una sociedad enferma que no soporta la democracia y la existencia del otro. ¿Qué dirían delante de El Jardín de las delicias de Bosch (1504), el cuadro extraordinario y suntuoso, expuesto con pompa en el Museo del Prado?».

Por lo pronto, la ola represiva que castiga a los artistas del país tropical parece estar fuera de control. El pasado 15 de septiembre, la policía aprehendió un cuadro de la artista Alessandra Cunha expuesto en el Museo de Arte Contemporánea del Estado de Mato Grosso do Sul. La denuncia vino de un grupo de diputados que juzgaron ofensiva la imagen de una niña retratada entre la silueta de dos hombres desnudos. Los organizadores de la exposición han señalado que el cuadro, titulado La pedofilia, pretendía criticar precisamente la explotación sexual de los niños, y no ensalzarla como han afirmado algunos políticos.

El Jardín de las delicias de Bosch
El Jardín de las delicias de Bosch

Ese mismo día también fue cancelada la representación de una obra teatral en el estado de São Paulo, en la que Jesucristo iba a ser representado como un transexual. La obra de las dramaturga inglesa y trans Jo Clifford habla de cómo lidió con su fe religiosa después de cambiar de sexo en 2006.

«Estamos frente a una ola conservador a nivel mundial. En Brasil tenemos precedentes de represión artística en la época de la dictadura. Hoy vivimos un momento muy tenso de control ideológico, artístico y estético. Frente a eso, las instituciones culturales se tienen que posicionar como ha hecho el director del Museo de Arte Contemporánea de Mato Grosso do Sul. Lo que ha pasado con el Santander Cultural es gravísimo. Ha faltado rigor y poca habilidad para lidiar con la situación», señala Fernanda Pequeno.

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Lo que más ha espantado a algunos analistas es la alusión a la expresión arte degenerado, usada por los críticos de la exposición Queermuseu. Cabe recordar que en la década de los años 30 el Partido Nazi de Alemania perseguía toda expresión artística ligada a los movimientos vanguardistas. Vacas sagradas del arte mundial como Picasso, Matisse y Mondrian fueron considerados degenerados y sufrieron el ostracismo.

Arte Degenerado fue precisamente el título de una muestra organizada por los nazis en Munich en 1937, en la que las obras modernistas eran acompañadas de letreros que las ridiculizaban. «Estamos todos chocados con la difusión de expresiones como arte degenerado, que recuerdan demasiado la campaña antimodernista del nazismo. Es imposible no hacer paralelismos», afirma Pablo Ortellado.

Por lo pronto, el cierre anticipado de Queermuseu ha generado todo tipo de reacciones, incluso protestas en las calles de Porto Alegre, que han sido reprimidas por la policía. Este episodio muestra que la deriva a la derecha de Brasil y de gran parte de América Latina es imparable, y al mismo tiempo despierta un sentimiento inquietante de deja-vu que remite a tiempos de oscurantismo cultural.

¿Qué hay en común entre El juicio final de Miguel Ángel, una imagen de Franco encerrada en una nevera, varias estatuas romanas tapadas por biombos y una exposición sobre cultura LGBT en la ciudad brasileña de Porto Alegre? La dictadura de lo políticamente correcto, o sea, censurar la libre expresión artística para plegarse a la moral imperante y agradar a los sectores sociales más influyentes.

En Brasil, un país cada vez más sumergido en una deriva a la derecha, la exposición Queermuseu – Cartografías de la Diferencia en el Arte Brasileño, programada hasta el 8 de octubre en el centro cultural del Banco Santander de Porto Alegre, ha sido retirada antes de tiempo por las protestas de un grupo católico que defiende la familia tradicional y heterosexual.

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El Movimiento Brasil Libre y otros grupos religiosos de matriz cristiana han alegado que la muestra, en cartel desde hace un mes, hacía apología de la pedofilia y de la zoofilia, además de ofender la moral cristiana. La campaña, lanzada también en español como puede verse en este vídeo, exigía el cierre de la exposición.

¿Qué tenían las obras en cuestión que tanto revuelo han causado? La muestra, que pretendía presentar al público trabajos sobre la diversidad de géneros y de sexualidad, estaba compuesta por 270 obras de 85 artistas. Entre los nombres más destacados estaban Adriana Varejão, Cândido Portinari, Lygia Clark y Fernando Baril.

Escena de Interior 2, de Adriana Varejão
Escena de Interior 2, de Adriana Varejão

Lo que ha enfurecido a los cato-talibanes ha sido la alusión a la cultura LGTB y la ironía con lo que han sido tratados algunos símbolos religiosos. Había una imagen de Jesús Cristo con varios brazos, representado como si de la diosa Shiva se tratara. También había hostias con la palabra culo y vagina, e imágenes de menores con la frase Niño gay travesti de la lambada y Niño gay diosa de las aguas.

Por su pintura Escena de Interior 2, Adriana Varejão ha sido acusada de promover la zoofilia. En realidad se trata de una parodia de un shunga, los antiguos grabados eróticos realizados en Japón. En la versión original, los protagonistas de estos grabados suelen ser señores que abusan sexualmente de sus esclavos. Una de las obras del célebre artista Katsushika Hokusai (1760-1849) retrata a una mujer que hace sexo con un pulpo. A ningún museo se le ha ocurrido prohibirlo, ni Hokusai ha sido acusado de hacer apología de la zoofilia.

Katsushika Hokusai
Katsushika Hokusai

Frente a la avalancha de críticas recibidas, el Santander no ha aguantado la presión y ha optado por una solución de autocensura, que ha enfurecido a la izquierda y ha generado una tempestad en las redes sociales. «El arte es un terreno político y lo que estamos viviendo hoy es una patrulla ideológica que va mucho más allá de una discusión sobre arte. Se ha tratado de la reacción de un grupo que no tiene la costumbre de visitar espacios expositivos contra el contenido político de algunas obras. No ha sido una reacción contra la manera en cómo estas obras han sido construidas desde un punto de vista plástico, y sí contra una idea que ellos perciben como una amenaza a la familia tradicional, heterosexual, blanca y machista», cuenta en los pasillos de la feria Art Rio Fernanda Pequeno, comisaria, crítica de arte y profesora de Historia del Arte de la Universidad el Estado de Río de Janeiro.

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«La postura del Santander es absolutamente inaceptable. Se disculpan por haber ofendido al público a través de una exposición artística que tenía justamente como tema la diversidad. El mínimo que podemos hacer es mostrar al banco que el cierre de la exposición va a generar un coste todavía mayor para su imagen y su marca. Si dejamos que estos intolerantes determinen lo que se puede y lo que no se puede ver, ya sabemos dónde va a acabar eso. Cada vez los años 2010 se parecen más a los años 1930», escribe el politólogo Pablo Ortellado.

El tiro le ha salido por la culata y el banco Santander se llevado palos de todos los lados, tanto de los católicos más ortodoxos, que criticaban que la exposición contaba con financiamientos públicos, como de la izquierda que ha censurado la censura. «La institución cultural ha tenido una cierta dificultad a la hora de lidiar con las críticas y una visión negativa, algo que podría haber sucedido con cualquier exposición. Este tipo de situaciones son bastante comunes. Lo que es más grave es que la institución haya cedido a las críticas», remata Fernanda Pequeno.

El juicio final de Miguel Ángel
El juicio final de Miguel Ángel

Al final ha triunfado la dictadura de lo políticamente correcto, algo que defiende tanto la derecha como la izquierda y que tiene varios antecedentes a lo largo de la historia. El más célebre es quizás lo que ocurrió con al El juicio final de Miguel Ángel, que también pasó por la censura papal.

Los numerosos desnudos que aparecían en la versión original del fresco de la Capilla Sixtina no acababan de convencer a la Iglesia Católica, que los declaró impuros e inmorales. Por esta razón Daniele de Volterra, denominado irónicamente Maestro Bragazas, fue encargado de dibujar delicados trapos para tapar las vergüenzas de los personajes creados con maestría por Miguel Ángel durante un proceso que duró cinco años. Sin embargo, en la última restauración del fresco realizada a finales del siglo XX, las 28 bragas impuestas por la moral católica fueron eliminadas, dejando de nuevo al descubierto la versión original del pintor renacentista.

Capilla Sixtina
Capilla Sixtina

Más recientemente otros desnudos crearon un clamor en los Estados Unidos. Ocurrió hace 30 años, cuando el Congreso de este país cortó fondos por valor de casi 100 millones de dólares a una institución pública que había patrocinado muestras de artistas polémicos como el fotógrafo Robert Mapplethorpe, conocido por sus majestuosos desnudos de hombre afrodescendientes.

Muchos recordarán la polémica estatua de Francisco Franco que en 2012 causó un revuelo en Arco. El artista Eugenio Merino tuvo la osadía de meter al dictador en posición de fallecido en un frigorífico decorado con el diseño de Coca-Cola, luciendo unas simpáticas gafas de sol. La Fundación Nacional Francisco Franco puso el grito en el cielo ante la escultura hiperrealista y denunció al autor de Always Franco por daños contra el honor del caudillo. Al final, la demanda fue desestimada.

Y cómo olvidar la metedura de pata del ex primer ministro de Italia Matteo Renzi, que el año pasado tuvo la brillante idea de cubrir estatuas desnudas de la época romana durante la visita del presidente de Irán. Las autoridades italianas accedieron a una petición de la delegación persa de tapar con paneles varias esculturas romanas de los Museos Capitolinos para no herir la sensibilidad de Hassan Rouhani. El infeliz episodio también generó una avalancha de críticas dentro y fuera de Italia.

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La ensayista, profesora y comisaria de arte Ivana Bentes se pregunta qué pasaría si El Jardín de las delicias del pintor holandés Jheronimus Bosch estuviese en un museo brasileño: «La máquina de retrocesos que está operando en Brasil es primaria y estúpida. Este acto de odio e intolerancia contra artistas, contra obras, contra sujetos que luchan para expresarse es una señal no de un arte degenerado, y sí de una sociedad enferma que no soporta la democracia y la existencia del otro. ¿Qué dirían delante de El Jardín de las delicias de Bosch (1504), el cuadro extraordinario y suntuoso, expuesto con pompa en el Museo del Prado?».

Por lo pronto, la ola represiva que castiga a los artistas del país tropical parece estar fuera de control. El pasado 15 de septiembre, la policía aprehendió un cuadro de la artista Alessandra Cunha expuesto en el Museo de Arte Contemporánea del Estado de Mato Grosso do Sul. La denuncia vino de un grupo de diputados que juzgaron ofensiva la imagen de una niña retratada entre la silueta de dos hombres desnudos. Los organizadores de la exposición han señalado que el cuadro, titulado La pedofilia, pretendía criticar precisamente la explotación sexual de los niños, y no ensalzarla como han afirmado algunos políticos.

El Jardín de las delicias de Bosch
El Jardín de las delicias de Bosch

Ese mismo día también fue cancelada la representación de una obra teatral en el estado de São Paulo, en la que Jesucristo iba a ser representado como un transexual. La obra de las dramaturga inglesa y trans Jo Clifford habla de cómo lidió con su fe religiosa después de cambiar de sexo en 2006.

«Estamos frente a una ola conservador a nivel mundial. En Brasil tenemos precedentes de represión artística en la época de la dictadura. Hoy vivimos un momento muy tenso de control ideológico, artístico y estético. Frente a eso, las instituciones culturales se tienen que posicionar como ha hecho el director del Museo de Arte Contemporánea de Mato Grosso do Sul. Lo que ha pasado con el Santander Cultural es gravísimo. Ha faltado rigor y poca habilidad para lidiar con la situación», señala Fernanda Pequeno.

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Lo que más ha espantado a algunos analistas es la alusión a la expresión arte degenerado, usada por los críticos de la exposición Queermuseu. Cabe recordar que en la década de los años 30 el Partido Nazi de Alemania perseguía toda expresión artística ligada a los movimientos vanguardistas. Vacas sagradas del arte mundial como Picasso, Matisse y Mondrian fueron considerados degenerados y sufrieron el ostracismo.

Arte Degenerado fue precisamente el título de una muestra organizada por los nazis en Munich en 1937, en la que las obras modernistas eran acompañadas de letreros que las ridiculizaban. «Estamos todos chocados con la difusión de expresiones como arte degenerado, que recuerdan demasiado la campaña antimodernista del nazismo. Es imposible no hacer paralelismos», afirma Pablo Ortellado.

Por lo pronto, el cierre anticipado de Queermuseu ha generado todo tipo de reacciones, incluso protestas en las calles de Porto Alegre, que han sido reprimidas por la policía. Este episodio muestra que la deriva a la derecha de Brasil y de gran parte de América Latina es imparable, y al mismo tiempo despierta un sentimiento inquietante de deja-vu que remite a tiempos de oscurantismo cultural.

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Opiniones 3
  • Precisamente lo políticamente correcto no son los católicos sino la censura izquierdista que emana de la antropología social y la sociología crítica con sus rollos de semiótica y psicoanálisis descatalogadísimo. Como homosexual egodistónico me gustaría saber en qué influye para el cambio social esa supuesta sátira y burla. A mí me particularmente me da asco que me relacionen con esa gente que echa balones fuera y no es capaz de criticar al colectivo para que mejore. Es que es una excusa muy manida ya. Parece que tienen muchas ganas de molestar. Casi como si sintieran que tienen que demostrar algo. A mí me parecería transgresor que hubiera fusilamientos masivos de «artistas» como esos. Pero nada, este puñetero infierno heteropatriarcal-capitalista les monta exposiciones. Qué barbaridad.
    PD: Políglota, en tu artículo sobre los colegios mayores rusos has transcrito la palabra «residencia» del ruso de aquella manera. Irías pedo o algo.

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