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28 de enero 2015    /   BUSINESS
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¿Por qué internet debería ser ‘gratis’?

28 de enero 2015    /   BUSINESS     por          
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Para una vaca, un prado es un vergel, un all you can eat. Para Heidi, la oportunidad de disputar los cien metros lisos con los ojos como platos. Para Windows, el fondo de pantalla perfecto. Para algunos economistas, sin embargo, un prado es un bien común en el que todos tienen derecho a pastar, aunque cada individuo que recurra a él mermará la cantidad que queda para los demás. Es decir, un prado es un rompecabezas. Una encrucijada psicológica y logística.
El mayor problema de los bienes comunes o públicos es que se gastan, ergo, son finitos. Y que también pueden ser un foco para oportunistas o parásitos: por ejemplo, gente que no paga los impuestos pero se aprovecha de los bienes públicos conduciendo su coche por una carretera construida con impuestos de todos. Del mismo modo, habrá individuos que consumirán más recursos de los que necesita, o más que la mayoría.
Sin embargo, a pesar de todo, los casos de oportunismo o parasitismo son escasos (sobre todo en países como Suiza o Islandia). La mayoría de nosotros mantenemos los terrenos comunes, respetamos los límites de velocidad y no despilfarramos los recursos. No solo porque la ley puede perseguirnos, sino porque solemos castigar a quien no cumple las normas. Tocando el claxon frente a una imprudencia o llamando la atención a alguien que no respeta su turno. Mark Pagel ofrece algunas pistas de este comportamiento cooperador en su libro Conectados por la cultura:

Podemos suponer que las mismas motivaciones que llevan a las personas a cooperar en general afectarán también a esos bienes públicos. Mientras estos últimos sigan siendo rentables mediante la producción de realidades que no puedan obtener los individuos por sí mismos, el común de las personas debería estar dispuesto a mantenerlos. Brindar nuestra contribución a los bienes públicos podría ser también en algunas circunstancias un modo de comprar puntos de prestigio.

1freewifi
Comiendo de la misma olla
En pocas palabras: los bienes públicos funcionan porque sabemos que salimos ganando si los conservamos y porque queremos cuidarnos del qué dirán de nosotros. Naturalmente, ello no evitará totalmente la existencia de parásitos, pero estos acostumbran a ser marginales. Y por ello, también, internet debería ser un bien público. Y gratuito.
Internet es como esa clase de alimentos que nuestros antepasados cazadores-recolectores compartían con independencia de quienes los hubiesen obtenido. Son alimentos ricos en calorías, como la miel entre los hadza de Tanzania, y que, según la antropóloga Kristen Hawkes, se convierten en un bien común o público porque todos pueden beneficiarse de él sin tener que contribuir a la olla de la que comen todos.
La razón de que esta práctica funcione es que toda la tribu está mirando. Hacer trampas y guardar esta clase de alimentos para nosotros o nuestra familia es posible, pero resulta difícil. De ser descubierto, se pondría en peligro nuestra reputación.
Los puentes sin peaje
La conexión a internet ya se ha convertido en una necesidad de primer orden, en la base de la pirámide de Maslow, a la altura del fluido eléctrico, el agua corriente o el pan. A diferencia de estos recursos, internet es casi infinito, tiene un coste marginal próximo a cero. Sin embargo, los operadores de internet comercializan las conexiones como si fueran productos escasos para obtener mayor rendimiento económico.
Por ello, el primer paso para conseguir una conexión gratuita a internet pasa por que la Red deje de ser un negocio y pase a ser un servicio público como actualmente lo son las carreteras o los puentes. O los prados comunales.
Tal y como ya planteó el economista Harold Hotelling a la hora de determinar cómo debía organizarse la vida económica, social y económica ante la Asamblea General de la Econometric Society, en 1937, «el nivel óptimo del bienestar general se logra cuando el precio al que se vende cualquier cosa equivale a su coste marginal». Naturalmente, las empresas no pueden vender a ese precio porque entonces no obtendrían ningún beneficio, y mucho menos recuperaría su inversión inicial. Pero los servicios públicos son bienes que todo el mundo necesita para vivir, que no pueden catalogarse como lujo. Por ello, la mejor manera de mantener un bien público a un coste marginal bajo es que las infraestructuras no las inicie el capital privado, sino el Estado.
Si determinadas infraestructuras se sufragan mediante impuestos sobre la renta o los bienes inmuebles, por ejemplo, estas se construirían sin competencia y se podrían ofrecer al mínimo precio posible, pues no se persigue el beneficio privado. Para ejemplificarlo, Hotelling empleaba el ejemplo de un puente:

Construir un puente de paso gratuito no cuesta más que construir un puente de peaje y es menos costoso de operar; pero la sociedad, que de uno y otro modo debe pagar el coste, obtiene mucho más beneficio del puente si es gratuito porque, en tal caso, se utilizará más. Cobrar un peaje, aunque sea muy pequeño, hará que algunas personas pierdan tiempo y dinero siguiendo otras rutas más largas pero más baratas, y disuadirá a otras personas de usar el puente.

Los partidarios de la libre empresa probablemente no estén de acuerdo con los planteamientos de Hotelling. Otros economistas preferirán que se pague un coste fijo mediante impuestos, pero otro suplementario si se usa el servicio (como actualmente ya sucede con las compañías eléctricas). De hecho, las tesis de Hotelling no tienen un uso generalizado en el mundo actual, a pesar de que, paradójicamente, más de la mitad de los fondos para subvenciones estatales en Estados Unidos, por ejemplo, van a parar a empresas que hacen negocio vendiendo a un precio mayor del coste marginal.
WiFi gratis
Sin embargo, las matizaciones económicas finas que pudiéramos emplear en otros servicios públicos como la construcción de carreteras se vienen abajo si abordamos la conexión a internet. Básicamente porque ya no estamos hablando de átomos (en su mayoría), sino de bits. Y el coste marginal de los bits, en potencia, es prácticamente nulo. Y, además, nuestra manera de comportarnos en sociedad, como muestran los estudios antropológicos, tiende a la cooperación. Es decir, que si hay determinado ancho de banda y podemos monitorizar el ancho de banda que todo el mundo consume, también parece que pueda imponerse de un modo natural el uso racional de ese bien común con coste marginal próximo a cero que es internet.
De hecho, no es necesario que hagamos experimentos con gaseosa. Ya existen muchas iniciativas que sugieren que las conexiones inalámbricas a internet pueden ser gratuitas. En Estados Unidos, en febrero de 2013, la Federal Communications Commission (FCC) hizo una propuesta de Wi-Fi gratis a todo el mundo. Google ya ofrece Wi-Fi gratis en Chelsea, un distrito de Mahattan, y en varias zonas de Silicon Valley. Unas iniciativas que los analistas predicen que podrían sustituir al servicio que actualmente ofrecen las operadoras de telefonía. Según un estudio de comScore sobre las comunicaciones inalámbricas abiertas por redes Wi-Fi frente a las comunicaciones tradicionales por cable bajo licencia, en Estados Unidos el 40,3 % de las conexiones a Internet desde teléfonos móviles y el 92,3 % de las conexiones desde tabletas realizadas en diciembre de 2011 se hicieron por redes Wi-Fi. Tim Berners-Lee, uno de los padres de la Web, señala que el acceso a la Red es un derecho fundamental del ser humano.
Carol Rose, profesora de derecho de la Universidad de Northwestern, considera que hay bienes como los océanos, los bosques, los espacios abiertos, las carreteras o el aire que respiramos, que alcanzan otra categoría superior a los bienes públicos. Son derechos consuetudinarios. Internet puede ser ya uno de esos derechos.
Elinor Ostrom, economista y profesora de la Universidad de Indiana y de la Universidad Estatal de Arizona, escribió un análisis económico y antropológico sobre la historia de los bienes comunales, cuatro años después de los escritos de Rose, que le valió el Nobel de Economía en 2009. Ostrom sostenía que los bienes comunales no estaban destinados a la ruina por culpa de los parásitos, y que podrían constituir una forma nueva de dar forma a la sociedad gracias a las posibilidades del 2.0. Lawrence Lessig, autor de Free Culture, ponía un ejemplo parecido para explicar la razón de que el copyright no era una buena estrategia: las leyes estadounidenses permitían que el dueño de una tierra también fuese dueño de todo el espacio que hubiera sobre ella hasta el infinito. Cuando empezó a desarrollarse el tráfico aéreo, para evitar tener que pedir permiso a los dueños del espacio aéreo para cruzarlo en toda clase de aeronaves, esa ley se derogó en aras de beneficiar a la mayoría de la humanidad, y no solo a los dueños de las tierras. Del mismo modo, el copyright beneficia solo a los autores, pero no a la mayoría de consumidores. De manera que los beneficios económicos debían obtenerse por otras vías que implicaran el copyleft.
Las TIC, las telecomunicaciones inalámbricas y la tecnología de Internet se usan cada vez más para organizar y gestionar la información. Resultan tan valiosas como la miel de la olla común de las tribus de cazadores-recolectores. Tan pertinente como un puente sin peaje (o como mil millones de puentes, pues el espectro electromagnético y las tecnologías para emplearlo permiten un número de conexiones inimaginable). Todo ello a un coste marginal próximo a cero, tan barato que podrá ser gratuito en el sentido de que es gratuito el parking de unos grandes almacenes (el precio del parking es bajo y se sufraga subiendo de forma casi imperceptible el precio de los productos que se venden).
Tal vez, dentro de muy poco, pagar por una conexión a internet nos parecerá tan extraño como pagar por respirar o tomar el Sol (aunque haya quienes aspiren a privatizar el Sol, que hay gente para todo). Y, entonces, por fin, podremos ver todos los vídeos de gatitos que queramos sin que nuestro bolsillo se resienta por ello.

Fotos: Shutterstock
No se vayan todavía. Aún hay más… Internet del procumún

Para una vaca, un prado es un vergel, un all you can eat. Para Heidi, la oportunidad de disputar los cien metros lisos con los ojos como platos. Para Windows, el fondo de pantalla perfecto. Para algunos economistas, sin embargo, un prado es un bien común en el que todos tienen derecho a pastar, aunque cada individuo que recurra a él mermará la cantidad que queda para los demás. Es decir, un prado es un rompecabezas. Una encrucijada psicológica y logística.
El mayor problema de los bienes comunes o públicos es que se gastan, ergo, son finitos. Y que también pueden ser un foco para oportunistas o parásitos: por ejemplo, gente que no paga los impuestos pero se aprovecha de los bienes públicos conduciendo su coche por una carretera construida con impuestos de todos. Del mismo modo, habrá individuos que consumirán más recursos de los que necesita, o más que la mayoría.
Sin embargo, a pesar de todo, los casos de oportunismo o parasitismo son escasos (sobre todo en países como Suiza o Islandia). La mayoría de nosotros mantenemos los terrenos comunes, respetamos los límites de velocidad y no despilfarramos los recursos. No solo porque la ley puede perseguirnos, sino porque solemos castigar a quien no cumple las normas. Tocando el claxon frente a una imprudencia o llamando la atención a alguien que no respeta su turno. Mark Pagel ofrece algunas pistas de este comportamiento cooperador en su libro Conectados por la cultura:

Podemos suponer que las mismas motivaciones que llevan a las personas a cooperar en general afectarán también a esos bienes públicos. Mientras estos últimos sigan siendo rentables mediante la producción de realidades que no puedan obtener los individuos por sí mismos, el común de las personas debería estar dispuesto a mantenerlos. Brindar nuestra contribución a los bienes públicos podría ser también en algunas circunstancias un modo de comprar puntos de prestigio.

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Comiendo de la misma olla
En pocas palabras: los bienes públicos funcionan porque sabemos que salimos ganando si los conservamos y porque queremos cuidarnos del qué dirán de nosotros. Naturalmente, ello no evitará totalmente la existencia de parásitos, pero estos acostumbran a ser marginales. Y por ello, también, internet debería ser un bien público. Y gratuito.
Internet es como esa clase de alimentos que nuestros antepasados cazadores-recolectores compartían con independencia de quienes los hubiesen obtenido. Son alimentos ricos en calorías, como la miel entre los hadza de Tanzania, y que, según la antropóloga Kristen Hawkes, se convierten en un bien común o público porque todos pueden beneficiarse de él sin tener que contribuir a la olla de la que comen todos.
La razón de que esta práctica funcione es que toda la tribu está mirando. Hacer trampas y guardar esta clase de alimentos para nosotros o nuestra familia es posible, pero resulta difícil. De ser descubierto, se pondría en peligro nuestra reputación.
Los puentes sin peaje
La conexión a internet ya se ha convertido en una necesidad de primer orden, en la base de la pirámide de Maslow, a la altura del fluido eléctrico, el agua corriente o el pan. A diferencia de estos recursos, internet es casi infinito, tiene un coste marginal próximo a cero. Sin embargo, los operadores de internet comercializan las conexiones como si fueran productos escasos para obtener mayor rendimiento económico.
Por ello, el primer paso para conseguir una conexión gratuita a internet pasa por que la Red deje de ser un negocio y pase a ser un servicio público como actualmente lo son las carreteras o los puentes. O los prados comunales.
Tal y como ya planteó el economista Harold Hotelling a la hora de determinar cómo debía organizarse la vida económica, social y económica ante la Asamblea General de la Econometric Society, en 1937, «el nivel óptimo del bienestar general se logra cuando el precio al que se vende cualquier cosa equivale a su coste marginal». Naturalmente, las empresas no pueden vender a ese precio porque entonces no obtendrían ningún beneficio, y mucho menos recuperaría su inversión inicial. Pero los servicios públicos son bienes que todo el mundo necesita para vivir, que no pueden catalogarse como lujo. Por ello, la mejor manera de mantener un bien público a un coste marginal bajo es que las infraestructuras no las inicie el capital privado, sino el Estado.
Si determinadas infraestructuras se sufragan mediante impuestos sobre la renta o los bienes inmuebles, por ejemplo, estas se construirían sin competencia y se podrían ofrecer al mínimo precio posible, pues no se persigue el beneficio privado. Para ejemplificarlo, Hotelling empleaba el ejemplo de un puente:

Construir un puente de paso gratuito no cuesta más que construir un puente de peaje y es menos costoso de operar; pero la sociedad, que de uno y otro modo debe pagar el coste, obtiene mucho más beneficio del puente si es gratuito porque, en tal caso, se utilizará más. Cobrar un peaje, aunque sea muy pequeño, hará que algunas personas pierdan tiempo y dinero siguiendo otras rutas más largas pero más baratas, y disuadirá a otras personas de usar el puente.

Los partidarios de la libre empresa probablemente no estén de acuerdo con los planteamientos de Hotelling. Otros economistas preferirán que se pague un coste fijo mediante impuestos, pero otro suplementario si se usa el servicio (como actualmente ya sucede con las compañías eléctricas). De hecho, las tesis de Hotelling no tienen un uso generalizado en el mundo actual, a pesar de que, paradójicamente, más de la mitad de los fondos para subvenciones estatales en Estados Unidos, por ejemplo, van a parar a empresas que hacen negocio vendiendo a un precio mayor del coste marginal.
WiFi gratis
Sin embargo, las matizaciones económicas finas que pudiéramos emplear en otros servicios públicos como la construcción de carreteras se vienen abajo si abordamos la conexión a internet. Básicamente porque ya no estamos hablando de átomos (en su mayoría), sino de bits. Y el coste marginal de los bits, en potencia, es prácticamente nulo. Y, además, nuestra manera de comportarnos en sociedad, como muestran los estudios antropológicos, tiende a la cooperación. Es decir, que si hay determinado ancho de banda y podemos monitorizar el ancho de banda que todo el mundo consume, también parece que pueda imponerse de un modo natural el uso racional de ese bien común con coste marginal próximo a cero que es internet.
De hecho, no es necesario que hagamos experimentos con gaseosa. Ya existen muchas iniciativas que sugieren que las conexiones inalámbricas a internet pueden ser gratuitas. En Estados Unidos, en febrero de 2013, la Federal Communications Commission (FCC) hizo una propuesta de Wi-Fi gratis a todo el mundo. Google ya ofrece Wi-Fi gratis en Chelsea, un distrito de Mahattan, y en varias zonas de Silicon Valley. Unas iniciativas que los analistas predicen que podrían sustituir al servicio que actualmente ofrecen las operadoras de telefonía. Según un estudio de comScore sobre las comunicaciones inalámbricas abiertas por redes Wi-Fi frente a las comunicaciones tradicionales por cable bajo licencia, en Estados Unidos el 40,3 % de las conexiones a Internet desde teléfonos móviles y el 92,3 % de las conexiones desde tabletas realizadas en diciembre de 2011 se hicieron por redes Wi-Fi. Tim Berners-Lee, uno de los padres de la Web, señala que el acceso a la Red es un derecho fundamental del ser humano.
Carol Rose, profesora de derecho de la Universidad de Northwestern, considera que hay bienes como los océanos, los bosques, los espacios abiertos, las carreteras o el aire que respiramos, que alcanzan otra categoría superior a los bienes públicos. Son derechos consuetudinarios. Internet puede ser ya uno de esos derechos.
Elinor Ostrom, economista y profesora de la Universidad de Indiana y de la Universidad Estatal de Arizona, escribió un análisis económico y antropológico sobre la historia de los bienes comunales, cuatro años después de los escritos de Rose, que le valió el Nobel de Economía en 2009. Ostrom sostenía que los bienes comunales no estaban destinados a la ruina por culpa de los parásitos, y que podrían constituir una forma nueva de dar forma a la sociedad gracias a las posibilidades del 2.0. Lawrence Lessig, autor de Free Culture, ponía un ejemplo parecido para explicar la razón de que el copyright no era una buena estrategia: las leyes estadounidenses permitían que el dueño de una tierra también fuese dueño de todo el espacio que hubiera sobre ella hasta el infinito. Cuando empezó a desarrollarse el tráfico aéreo, para evitar tener que pedir permiso a los dueños del espacio aéreo para cruzarlo en toda clase de aeronaves, esa ley se derogó en aras de beneficiar a la mayoría de la humanidad, y no solo a los dueños de las tierras. Del mismo modo, el copyright beneficia solo a los autores, pero no a la mayoría de consumidores. De manera que los beneficios económicos debían obtenerse por otras vías que implicaran el copyleft.
Las TIC, las telecomunicaciones inalámbricas y la tecnología de Internet se usan cada vez más para organizar y gestionar la información. Resultan tan valiosas como la miel de la olla común de las tribus de cazadores-recolectores. Tan pertinente como un puente sin peaje (o como mil millones de puentes, pues el espectro electromagnético y las tecnologías para emplearlo permiten un número de conexiones inimaginable). Todo ello a un coste marginal próximo a cero, tan barato que podrá ser gratuito en el sentido de que es gratuito el parking de unos grandes almacenes (el precio del parking es bajo y se sufraga subiendo de forma casi imperceptible el precio de los productos que se venden).
Tal vez, dentro de muy poco, pagar por una conexión a internet nos parecerá tan extraño como pagar por respirar o tomar el Sol (aunque haya quienes aspiren a privatizar el Sol, que hay gente para todo). Y, entonces, por fin, podremos ver todos los vídeos de gatitos que queramos sin que nuestro bolsillo se resienta por ello.

Fotos: Shutterstock
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