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26 de diciembre 2018    /   BUSINESS
por
fotografia  Kristina Tripkovic

¿Por qué las poetas se suicidan?

26 de diciembre 2018    /   BUSINESS     por        fotografia  Kristina Tripkovic
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Envejecer consiste en dejar de usar palabras. Primero algunas, como comba o recreo. Luego, más difícil de soportar, otras como abuela, papá o mamá. Por eso, las poetas se suicidan. Porque se niegan a renunciar mientras avanzan.

«Se acabó, digo, y me alejo de la iglesia,
rehusando la rígida procesión hacia la sepultura,
dejando a los muertos viajar solos en el coche fúnebre.
Es junio. Estoy cansada de ser valiente».

Anne Sexton se cansó de ser valiente y dejó la vida en manos del monóxido de carbono de su automóvil. No fue la única. La lista es tan larga que resulta escalofriante.

Karin Boye prefirió los somníferos. Antes había escrito, a modo de advertencia, estos versos premonitorios:

«El peso tira hacia abajo, pero siguen las notas.
Es duro ser incierto y temeroso, escindido,
duro sentir como el abismo llama y atrae,
sentarse de pronto y apenas temblar
es duro querer quedarse
y querer caer».

Danielle Collobert, por su parte, esperó a ver publicado su último libro. Lo tituló Supervivencia, como una súplica infructuosa. Después, justo el día de su cumpleaños y buscando, tal vez, una armonía innecesaria, se quitó la vida en un hotel de París. Pero antes de hacerlo, en uno de sus poemas en prosa más conocido nos confiesa:

«Ya no puedo decir mi nombre (…) Esto es para mí algo insoportable. Tengo la impresión de tener que extraerlo del fondo de mí misma, como un escupitajo. Me despellejo, estoy en carne viva. Y de repente, a menudo, me siento desnuda, avergonzada, culpable».

La palabra que se pierde y el cuerpo que se agota. Es esta doble presencia en la poesía femenina la que la hace tan real, profunda e inconfundible.

Volviendo a Anne Sexton, son estos otros versos (editados por fin en español gracias a Ediciones Linteo) los que nos ayudan a entreabrir esa puerta hacia el abismo:

«No pienso en mi cuerpo como si fuera un bordado.
Incluso la córnea y los residuos de orina se fueron.
Los suicidas están listos para traicionar al cuerpo».

Algo tiene el suicidio de traición, pero también de rebeldía extrema. Shirley Barker, que, como Sexton, eligió el monóxido de carbono, se negaba a dejar de aceptarse tal y como era: 

«Y me niego absolutamente
a ser parte de los que callan,
de los que temen, de los que lloran».

¿Será cierto que la conciencia nos lleva a la muerte? ¿Que la lucidez nos condena? Alejandra Pizarnik se pasó la vida excavando sobre esa duda y acabó enterrándose bajo una sobredosis de Saconal. Le pudo la quiebra, la fatiga. El desgaste de no cejar, que le mostró la rendición como otra forma de aprendizaje.   

«Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas.
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos».

O tal vez sea que la rendición existe desde el principio. Como Sylvia Plath, que se pasó la vida suicidándose. El primer intento lo fraguó apenas comenzados sus estudios universitarios.  Luego vinieron otros, subrayados siempre con esa tenacidad depresiva tan presente en sus poemas:

«El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla».

Amelia Rosselli saltó por la ventana de un quinto piso dejando atrás este verso: «La esperanza es un daño quizá definitivo».  Marina Tsvetáyeva desapareció advirtiendo: «¡Amigo, no me busques! ¡Los tiempos han cambiado y ya no me recuerdan ni los viejos!». Unica Zürn también se lanzó al vacío «mientras alguien dice a tu madre cuál es tu verdadero nombre».

Podríamos seguir añadiendo verdaderos nombres para corroborar que, tal vez, morir sea la única elección sensata cuando el dolor te gana la partida. O cuando las palabras que te importan dejan de pronunciarse en tu memoria. 

También cabría hacerlo para refutar a aquellos que dirán que esta decisión irreversible no es patrimonio exclusivo de las poetas, que ellos también se suicidan. Es cierto, pero su muerte suele ser otra, más grandilocuente y banal. Porque ellos mueren para seguir.  Y ellas mueren para olvidar.

Envejecer consiste en dejar de usar palabras. Primero algunas, como comba o recreo. Luego, más difícil de soportar, otras como abuela, papá o mamá. Por eso, las poetas se suicidan. Porque se niegan a renunciar mientras avanzan.

«Se acabó, digo, y me alejo de la iglesia,
rehusando la rígida procesión hacia la sepultura,
dejando a los muertos viajar solos en el coche fúnebre.
Es junio. Estoy cansada de ser valiente».

Anne Sexton se cansó de ser valiente y dejó la vida en manos del monóxido de carbono de su automóvil. No fue la única. La lista es tan larga que resulta escalofriante.

Karin Boye prefirió los somníferos. Antes había escrito, a modo de advertencia, estos versos premonitorios:

«El peso tira hacia abajo, pero siguen las notas.
Es duro ser incierto y temeroso, escindido,
duro sentir como el abismo llama y atrae,
sentarse de pronto y apenas temblar
es duro querer quedarse
y querer caer».

Danielle Collobert, por su parte, esperó a ver publicado su último libro. Lo tituló Supervivencia, como una súplica infructuosa. Después, justo el día de su cumpleaños y buscando, tal vez, una armonía innecesaria, se quitó la vida en un hotel de París. Pero antes de hacerlo, en uno de sus poemas en prosa más conocido nos confiesa:

«Ya no puedo decir mi nombre (…) Esto es para mí algo insoportable. Tengo la impresión de tener que extraerlo del fondo de mí misma, como un escupitajo. Me despellejo, estoy en carne viva. Y de repente, a menudo, me siento desnuda, avergonzada, culpable».

La palabra que se pierde y el cuerpo que se agota. Es esta doble presencia en la poesía femenina la que la hace tan real, profunda e inconfundible.

Volviendo a Anne Sexton, son estos otros versos (editados por fin en español gracias a Ediciones Linteo) los que nos ayudan a entreabrir esa puerta hacia el abismo:

«No pienso en mi cuerpo como si fuera un bordado.
Incluso la córnea y los residuos de orina se fueron.
Los suicidas están listos para traicionar al cuerpo».

Algo tiene el suicidio de traición, pero también de rebeldía extrema. Shirley Barker, que, como Sexton, eligió el monóxido de carbono, se negaba a dejar de aceptarse tal y como era: 

«Y me niego absolutamente
a ser parte de los que callan,
de los que temen, de los que lloran».

¿Será cierto que la conciencia nos lleva a la muerte? ¿Que la lucidez nos condena? Alejandra Pizarnik se pasó la vida excavando sobre esa duda y acabó enterrándose bajo una sobredosis de Saconal. Le pudo la quiebra, la fatiga. El desgaste de no cejar, que le mostró la rendición como otra forma de aprendizaje.   

«Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas.
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos».

O tal vez sea que la rendición existe desde el principio. Como Sylvia Plath, que se pasó la vida suicidándose. El primer intento lo fraguó apenas comenzados sus estudios universitarios.  Luego vinieron otros, subrayados siempre con esa tenacidad depresiva tan presente en sus poemas:

«El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla».

Amelia Rosselli saltó por la ventana de un quinto piso dejando atrás este verso: «La esperanza es un daño quizá definitivo».  Marina Tsvetáyeva desapareció advirtiendo: «¡Amigo, no me busques! ¡Los tiempos han cambiado y ya no me recuerdan ni los viejos!». Unica Zürn también se lanzó al vacío «mientras alguien dice a tu madre cuál es tu verdadero nombre».

Podríamos seguir añadiendo verdaderos nombres para corroborar que, tal vez, morir sea la única elección sensata cuando el dolor te gana la partida. O cuando las palabras que te importan dejan de pronunciarse en tu memoria. 

También cabría hacerlo para refutar a aquellos que dirán que esta decisión irreversible no es patrimonio exclusivo de las poetas, que ellos también se suicidan. Es cierto, pero su muerte suele ser otra, más grandilocuente y banal. Porque ellos mueren para seguir.  Y ellas mueren para olvidar.

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Opiniones 7
  • Profundo, intenso y doloroso. También Florbela Espanca, la más romántica de las poetas portuguesas, sucumbió al suicidio como fórmula para poner fin al dolor intrínseco de su alma.

  • A veces escribir puede salvarte de volverte loco. Otra veces sigues rascando hasta sacarte las entrañas fuera, ¿Quién puede vivir así?

    Cuanto más profundo llegas tanto más peligro de perderse existe. Si vas al fondo, mantén -aunque sea pequeña-, una llama encendida, y no olvides «no» llevarte todo.

  • Para la reflexión. Se necesita valentía para tomar esa lúgubre decisión. Basta recordar al gran escritor José María de la Concepción Apolinar Vargas Vila Bonilla, quien dijera; “Cuando la vida es un martirio el suicidio es un deber”. Sin embargo, hay otros, que piensan lo contrario. Albert Camus, sostenía: «Pero al final, uno necesita mas coraje para vivir que para quitarse la vida».

  • Poéticamente descripto un fenómeno que se enuncia con poca rigurosidad. Es cierto, las poetas se suicidan, pero también las telefonistas y los panaderos. Es cierto, los poetas también se suicidan, pero no me atrevería a calificar de banal el suicidio de un Mayakovsky, por ejemplo.
    Creo que hay que manejar con más cuidado un tema que puede parecer hasta hermoso, pero es trágico: las poetas (las que se suicidan y las que llegan a viejas felices y luchadoras) son personas y las personas, todas, también se suicidan.

  • Soy parte de ti y tú de mí, compartes mi fracaso y mi agonía, la soledad pesa y el dolor sangra y no encuentro la paz y la armonía. Sé que al alcanzarte seré feliz, nadie extrañará esta vida vacía, las voces ya no se plasman en papeles, se han ido buscando tu eterna compañía.
    …… En efecto, la muerte es la confidente inseparable del poeta……

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