18 de junio 2012    /   IDEAS
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¿Por qué los arquitectos no juegan al fútbol?

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La inexplicable fascinación que produce ver a once millonarios, que jamás se matricularon en la universidad, correr tras un balón, contrasta con la solidez de obras más duraderas. La arquitectura es la única de las seis bellas artes que puede ser ejecutada sin el menor rastro de arte y convertirse en pura funcionalidad. Las jugadas en el campo de juego solo quedan en la memoria, pero las casas las habitamos… o las sufrimos.

Los edificios son el espejo de las ciudades, su alma, su mirada y las raíces en torno a las cuales crece la espesura de su vida cotidiana. Las hay con urbanismos desaforados que devienen lugares icónicos, como es el caso de Benidorm o Shanghai, uniformes y coherentes hasta la extenuación, como Edimburgo, y otras acrisoladas, que contienen en su justa dosis las gotas de genialidad de quienes pensaron sus construcciones, pero sin pervertir el espíritu mismo de la urbe.

En esta categoría se inscribe Amsterdam, más evocada por su lucha contra el mar, sus diques, canales y soluciones estéticas a ese matrimonio forzoso con las aguas, pero que esconde en su geografía íntima numerosos ejemplos de líneas poderosas, núcleos flexibles y propuestas que sorprenden a la retina mientras hacen la vida más agradable en sus interiores, verdadera esencia de lo que debería ser la arquitectura.

En estos tiempos de trivialización y de funcionalidad, donde se abarata hasta el cemento, resulta muy estimulante descubrir piezas singulares en ciudades que las acogen sin aspavientos, sin quebrar sus esencias, su historia. Y sobre todo sin generar núcleos artificiales en torno a obras que no se precisaban, o que han modificado de manera irreversible el skyline, para placer de algunos y disgusto de otros.

Si en Madrid hiciéramos una encuesta sobre las, llamémoslas, “Cuatro Torres”, el resultado estaría reñido. Muy interesantes, sí, pero ahora se han convertido en el vergonzoso estigma de un modelo económico obsoleto, que nos ha llevado a ocupar los más negros titulares. Una de ellas, antiguamente llamada “Caja Madrid” (qué tiempos) y dibujada por Sir Norman Foster con un coste cercano a los 600 millones de euros, permanece vacía, pero hay que sufragar sus estratosféricos gastos de mantenimiento. Nadie sabe cómo se llama ese área. Nadie va a las “Cuatro Torres”, excepto súbditos británicos o israelitas que van a hacer algún trámite a sus bunkerizadas embajadas, a prueba de cócteles molotov.

Brad Pitt declaró hace algunos años en el show de Oprah Winfrey: “Amo que la arquitectura sea esta pieza de arte donde puedes estar dentro”. Desde entonces se ha involucrado en toda clase de proyectos. Nunca estudió arquitectura, pero sus opiniones se tienen en cuenta, y se lo ha ganado trabajando codo con codo junto a Frank Gehry, con quien diseñó un restaurante en Reino Unido (Hove). Ha aprendido a manejar el software “AutoCad” y ha diseñado un proyecto de viviendas sostenibles en su querida Nueva Orleans, tras el desastre del Katrina.

Marcelo Mastroiani narra en sus deliciosas memorias “Sí, ya me acuerdo” (Ediciones B) cómo era invitado a congresos internacionales de arquitectura simplemente para dar su opinión, que resultaba ser siempre acertada, original y mucho más culta y profunda de lo que su natural modestia le permitía admitir.

Peter Greenaway, Kandinsky, Xenakis… son muchos los cineastas, pintores o compositores fascinados por el arte de erigir estructuras que puedan acoger seres humanos en su interior (en otro caso serían escultores).

Hay arquitectos que no han ganado el Pritzker (el Nobel de la arquitectura) pero que aportan mucho más al entorno que las superestrellas. Me gustaría destacar a Daniel y Brigitte Hollegha, dos austriacos afincados en Madrid desde hace una década. Ellos señalan que no les interesa la arquitectura que no se realiza, que curiosamente a veces es la que catapulta a otros nombres, como Albert Speer, extraordinario artista ensombrecido por su biografía a las órdenes del siniestro Hitler (“Memorias” de Albert Speer, Editorial Acantilado).

Y respecto a la pregunta que da título a este post, ríanse con este breve y demoledor (en sentido literal) vídeo acerca de por qué los arquitectos no juegan al fútbol.

Imagen portada: Pearson Scott Foresman Wikimedia Commons

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La inexplicable fascinación que produce ver a once millonarios, que jamás se matricularon en la universidad, correr tras un balón, contrasta con la solidez de obras más duraderas. La arquitectura es la única de las seis bellas artes que puede ser ejecutada sin el menor rastro de arte y convertirse en pura funcionalidad. Las jugadas en el campo de juego solo quedan en la memoria, pero las casas las habitamos… o las sufrimos.

Los edificios son el espejo de las ciudades, su alma, su mirada y las raíces en torno a las cuales crece la espesura de su vida cotidiana. Las hay con urbanismos desaforados que devienen lugares icónicos, como es el caso de Benidorm o Shanghai, uniformes y coherentes hasta la extenuación, como Edimburgo, y otras acrisoladas, que contienen en su justa dosis las gotas de genialidad de quienes pensaron sus construcciones, pero sin pervertir el espíritu mismo de la urbe.

En esta categoría se inscribe Amsterdam, más evocada por su lucha contra el mar, sus diques, canales y soluciones estéticas a ese matrimonio forzoso con las aguas, pero que esconde en su geografía íntima numerosos ejemplos de líneas poderosas, núcleos flexibles y propuestas que sorprenden a la retina mientras hacen la vida más agradable en sus interiores, verdadera esencia de lo que debería ser la arquitectura.

En estos tiempos de trivialización y de funcionalidad, donde se abarata hasta el cemento, resulta muy estimulante descubrir piezas singulares en ciudades que las acogen sin aspavientos, sin quebrar sus esencias, su historia. Y sobre todo sin generar núcleos artificiales en torno a obras que no se precisaban, o que han modificado de manera irreversible el skyline, para placer de algunos y disgusto de otros.

Si en Madrid hiciéramos una encuesta sobre las, llamémoslas, “Cuatro Torres”, el resultado estaría reñido. Muy interesantes, sí, pero ahora se han convertido en el vergonzoso estigma de un modelo económico obsoleto, que nos ha llevado a ocupar los más negros titulares. Una de ellas, antiguamente llamada “Caja Madrid” (qué tiempos) y dibujada por Sir Norman Foster con un coste cercano a los 600 millones de euros, permanece vacía, pero hay que sufragar sus estratosféricos gastos de mantenimiento. Nadie sabe cómo se llama ese área. Nadie va a las “Cuatro Torres”, excepto súbditos británicos o israelitas que van a hacer algún trámite a sus bunkerizadas embajadas, a prueba de cócteles molotov.

Brad Pitt declaró hace algunos años en el show de Oprah Winfrey: “Amo que la arquitectura sea esta pieza de arte donde puedes estar dentro”. Desde entonces se ha involucrado en toda clase de proyectos. Nunca estudió arquitectura, pero sus opiniones se tienen en cuenta, y se lo ha ganado trabajando codo con codo junto a Frank Gehry, con quien diseñó un restaurante en Reino Unido (Hove). Ha aprendido a manejar el software “AutoCad” y ha diseñado un proyecto de viviendas sostenibles en su querida Nueva Orleans, tras el desastre del Katrina.

Marcelo Mastroiani narra en sus deliciosas memorias “Sí, ya me acuerdo” (Ediciones B) cómo era invitado a congresos internacionales de arquitectura simplemente para dar su opinión, que resultaba ser siempre acertada, original y mucho más culta y profunda de lo que su natural modestia le permitía admitir.

Peter Greenaway, Kandinsky, Xenakis… son muchos los cineastas, pintores o compositores fascinados por el arte de erigir estructuras que puedan acoger seres humanos en su interior (en otro caso serían escultores).

Hay arquitectos que no han ganado el Pritzker (el Nobel de la arquitectura) pero que aportan mucho más al entorno que las superestrellas. Me gustaría destacar a Daniel y Brigitte Hollegha, dos austriacos afincados en Madrid desde hace una década. Ellos señalan que no les interesa la arquitectura que no se realiza, que curiosamente a veces es la que catapulta a otros nombres, como Albert Speer, extraordinario artista ensombrecido por su biografía a las órdenes del siniestro Hitler (“Memorias” de Albert Speer, Editorial Acantilado).

Y respecto a la pregunta que da título a este post, ríanse con este breve y demoledor (en sentido literal) vídeo acerca de por qué los arquitectos no juegan al fútbol.

Imagen portada: Pearson Scott Foresman Wikimedia Commons

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