11 de julio 2022    /   CREATIVIDAD
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Por qué mirar por la ventana

11 de julio 2022    /   CREATIVIDAD     por          
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«Es extraño que la gente piense que soy “prolífica” y que trabajo cada minuto mi tiempo libre. En realidad, como mis allegados siempre han sabido, paso la mayor parte de mi tiempo mirando la ventana».

La fe de un escritor. Joyce Carol Oates.

Desayuno mirando por una ventana de la cafetería del hospital Virgen del Rocío de Sevilla. A las 9 de la mañana de un domingo podría elegir casi cualquier mesa (hay cinco o seis clientes) pero necesito mirar por la ventana. He pasado mi cuarta tarde-noche en el hospital en una habitación con las persianas bajadas. Acompaño a mi madre (operada de la rodilla) y atiendo a su anciana compañera de habitación cuando está sola. (Mi madre volverá a casa a la mañana siguiente, pero en ese momento aún no lo sé).

Cuando llego por la tarde, la cuarta planta de traumatología devora la luz del impetuoso sol de finales de junio. Por la noche, las luces de los edificios matan la oscuridad compitiendo con un luminoso halógeno del hospital. Las persianas bajadas parecen un mal menor.

A través de la ventana de la cafetería veo a cuatro o cinco personas que esperan el autobús. Un cartel: «Buceo: volar sin caerse». Gente que se dirige a algún lugar o simplemente pasea. Algunas con andares que me parecen ridículos. No detengo mi vista en cada persona más que unos segundos. Y, sin embargo, me parecen tan frágiles como mi madre y su compañera de habitación.

Pienso si en este momento mi pensamiento es egoísta porque arriba ni mi madre ni su compañera pueden levantarse a mirar por la ventana. Lo necesitan más que yo.

Una mesa delante de mí, una enfermera se sienta con su bandeja de desayuno dándome la espalda. Veo su rostro en escorzo y me recuerda a una mujer de Edward Hopper: la mano derecha con una taza de café y la mirada atravesando la ventana quizá para mirar dentro de sí misma o evadirse por un momento de su trabajo.

(Abajo: Una habitación en Brooklyn 1932 – Edward Hopper).

Una habitación en Brooklyn 1932 - Edward Hopper

He reparado que cuando una enfermera entra en una habitación lo hace mirando a los pacientes. Hace su trabajo sin apartar la vista de los instrumentos y los rostros de las personas a las que atienden. No mira afuera ni un instante a través de las dos grandes ventanas que hay en cada habitación si con suerte no están bajadas. Ahora en la cafetería, libre por un momento de obligaciones, mira por la ventana después de horas de trabajo o antes de su jornada laboral. Sin duda lo necesita.

Los edificios sin ventanas crean estrés y depresión según estudios sobre salud.

La Escuela de Arquitectura de Lund (Suecia) examinó durante un año a niños y niñas de preescolar en aulas con y sin ventanas, y concluyó que las aulas sin ventanas irrita a los menores y los vuelve menos sociables.

Los dormitorios sin ventanas de Universidad de Michigan financiados en 2015 por el millonario Charles Munger, un socio de Warren Buffet, se han convertido en una tortura para los estudiantes residentes. Muchos de ellos tardaron más de un año en adaptarse a la minúscula habitación sin ventanas y otros prefirieron irse a vivir con compañeros ruidosos.

Aun así, Munger financia nuevos edificios dormitorios sin ventanas. Ante la prensa se defiende así: «Los dormitorios sin ventanas ayudan a reducir costos y frustrar defenestraciones, y obligar a los estudiantes a salir de sus cubículos y a relacionarse en los espacios comunes».

Rara vez nos percatamos de cuánto necesitamos «las cosas comunes de la vida» como las ventanas hasta que desaparecen. Necesitamos las ventanas ya sea por los beneficios del sol y ventilar las casas o simplemente para permitir que la mente divague.

(Abajo: Thelma Ritter y James Stewart en La ventana indiscreta).

Thelma Ritter y James Stewart en La ventana indiscreta

«Nos hemos convertido en una raza de mirones», dice Thelma Ritter a James Stewart en La ventana indiscreta. «Lo que la gente debería hacer es salir de su propia casa y mirar hacia adentro para variar».

La enfermera interpretada por Ritter erró con la primera frase. Acertó con la segunda.

No somos una raza de mirones. En esto no somos distintos a la Celestina: ella disfrutaba los placeres viendo cómo disfrutaban otros. Muchas personas miran la realidad a través de la mirada ajena o incluso las palabras.

De la calle nos llega música y griterío de niños o discusiones a voces o sirenas cercanas de policías y bomberos. Pero en vez de asomarnos a la ventana miramos al móvil «para ver si alguien dice algo». No encontramos qué ocurre. No todo está detallado al momento en la red.

«Si quieres saber qué tiempo hace asómate a la ventana», dice con frecuencia Ángel Martín en su Informativo para no perder el tiempo.

Salimos de casa sin haber mirado el cielo a través de la ventana: ¿Llueve? ¿Hay nubes negras que sugieran una inminente lluvia? ¿Un viento mece árboles o arrastra tierra, papeles, bolsas y hojas muertas?

No somos una raza de mirones. Y quizá deberíamos serlo. Un poco. No significa escudriñar tras una ventana qué hacen los vecinos. Basta con asomarse afuera o aún más simple: detener la mirada en cristal o el aire entre los marcos. Mirar también afuera yendo en autobús, en tren, de copiloto en un coche, tomando café tras un ventanal…

Lo que la cuidadora de Stewart no sabía es que mirar por la ventana es una manera de escapar de un presente no deseado y una fuente de ideas para los artistas.

Muchos pintores comenzaron a retratar las vistas a través de las ventanas.  También a mujeres asomándose a la ventana o atareada o leyendo o durmiendo junto a una ventana La periodista Elena Viktorovna Nastyuk dice que el tema representa para la mujer «una llamada a romper con la aburrida vida cotidiana, abandonar los límites de la casa, la existencia pequeñoburguesa y precipitarse a lo lejos».

(Abajo: Joyce Carol-Oates en su ventana en el vídeo de The New Yorker: Writer Joyce Carol Oates at home.  Fuente: https://youtu.be/gEnROS8bcTI)

Joyce Carol-Oates en su ventana en vídeo de The New Yorker

Joyce Carol Oates siempre se aseguró de tener su escritorio mirando a la ventana. El poeta y erudito Walt Whitman consideraba que mirar por la ventana en la mañana era más satisfactorio que los libros. «Soy muy, muy vago. Me encanta sentarme en una silla y mirar por la ventana y no hacer nada» dijo Ingmar Bergman.

(Abajo: Fotograma de COMO UN ESPEJO de Ingman Bergman).

Fotograma de COMO UN ESPEJO de Ingman Bergman

La guionista Julia Cameron relata en El camino del artista un momento de epifanía tras mirar por la ventana a un gran pájaro:

«Al otro lado de mi ventana, por encima del Hudson, un gran pájaro alza el vuelo. Llevo días viendo a este pájaro surcando el cielo, navegando en el aire feroz que son los vientos de hélice que rodean esta isla. Es demasiado grande para ser un halcón, aunque no tiene la forma de una gaviota, pero más arriba el Valle del Hudson está lleno de águilas. Me resulta difícil creer que esta lo sea, pero ella sí parece saber lo que es con exactitud: un águila. No dice su nombre; lo lleva puesto. Tal vez como artistas nosotros seamos igual que esos pájaros, navegando la corriente de nuestros sueños. Para los artistas la improvisación y el «que sea lo que Dios» quiera son una forma habitual de obrar. Debemos confiar en nuestros procedimientos y ver más allá de los “resultados”».

Mirar por la ventana es justo eso: mirar por mirar; sin esperar nada a cambio. Al menos no de manera inmediata. Divagar. Soñar.

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«Es extraño que la gente piense que soy “prolífica” y que trabajo cada minuto mi tiempo libre. En realidad, como mis allegados siempre han sabido, paso la mayor parte de mi tiempo mirando la ventana».

La fe de un escritor. Joyce Carol Oates.

Desayuno mirando por una ventana de la cafetería del hospital Virgen del Rocío de Sevilla. A las 9 de la mañana de un domingo podría elegir casi cualquier mesa (hay cinco o seis clientes) pero necesito mirar por la ventana. He pasado mi cuarta tarde-noche en el hospital en una habitación con las persianas bajadas. Acompaño a mi madre (operada de la rodilla) y atiendo a su anciana compañera de habitación cuando está sola. (Mi madre volverá a casa a la mañana siguiente, pero en ese momento aún no lo sé).

Cuando llego por la tarde, la cuarta planta de traumatología devora la luz del impetuoso sol de finales de junio. Por la noche, las luces de los edificios matan la oscuridad compitiendo con un luminoso halógeno del hospital. Las persianas bajadas parecen un mal menor.

A través de la ventana de la cafetería veo a cuatro o cinco personas que esperan el autobús. Un cartel: «Buceo: volar sin caerse». Gente que se dirige a algún lugar o simplemente pasea. Algunas con andares que me parecen ridículos. No detengo mi vista en cada persona más que unos segundos. Y, sin embargo, me parecen tan frágiles como mi madre y su compañera de habitación.

Pienso si en este momento mi pensamiento es egoísta porque arriba ni mi madre ni su compañera pueden levantarse a mirar por la ventana. Lo necesitan más que yo.

Una mesa delante de mí, una enfermera se sienta con su bandeja de desayuno dándome la espalda. Veo su rostro en escorzo y me recuerda a una mujer de Edward Hopper: la mano derecha con una taza de café y la mirada atravesando la ventana quizá para mirar dentro de sí misma o evadirse por un momento de su trabajo.

(Abajo: Una habitación en Brooklyn 1932 – Edward Hopper).

Una habitación en Brooklyn 1932 - Edward Hopper

He reparado que cuando una enfermera entra en una habitación lo hace mirando a los pacientes. Hace su trabajo sin apartar la vista de los instrumentos y los rostros de las personas a las que atienden. No mira afuera ni un instante a través de las dos grandes ventanas que hay en cada habitación si con suerte no están bajadas. Ahora en la cafetería, libre por un momento de obligaciones, mira por la ventana después de horas de trabajo o antes de su jornada laboral. Sin duda lo necesita.

Los edificios sin ventanas crean estrés y depresión según estudios sobre salud.

La Escuela de Arquitectura de Lund (Suecia) examinó durante un año a niños y niñas de preescolar en aulas con y sin ventanas, y concluyó que las aulas sin ventanas irrita a los menores y los vuelve menos sociables.

Los dormitorios sin ventanas de Universidad de Michigan financiados en 2015 por el millonario Charles Munger, un socio de Warren Buffet, se han convertido en una tortura para los estudiantes residentes. Muchos de ellos tardaron más de un año en adaptarse a la minúscula habitación sin ventanas y otros prefirieron irse a vivir con compañeros ruidosos.

Aun así, Munger financia nuevos edificios dormitorios sin ventanas. Ante la prensa se defiende así: «Los dormitorios sin ventanas ayudan a reducir costos y frustrar defenestraciones, y obligar a los estudiantes a salir de sus cubículos y a relacionarse en los espacios comunes».

Rara vez nos percatamos de cuánto necesitamos «las cosas comunes de la vida» como las ventanas hasta que desaparecen. Necesitamos las ventanas ya sea por los beneficios del sol y ventilar las casas o simplemente para permitir que la mente divague.

(Abajo: Thelma Ritter y James Stewart en La ventana indiscreta).

Thelma Ritter y James Stewart en La ventana indiscreta

«Nos hemos convertido en una raza de mirones», dice Thelma Ritter a James Stewart en La ventana indiscreta. «Lo que la gente debería hacer es salir de su propia casa y mirar hacia adentro para variar».

La enfermera interpretada por Ritter erró con la primera frase. Acertó con la segunda.

No somos una raza de mirones. En esto no somos distintos a la Celestina: ella disfrutaba los placeres viendo cómo disfrutaban otros. Muchas personas miran la realidad a través de la mirada ajena o incluso las palabras.

De la calle nos llega música y griterío de niños o discusiones a voces o sirenas cercanas de policías y bomberos. Pero en vez de asomarnos a la ventana miramos al móvil «para ver si alguien dice algo». No encontramos qué ocurre. No todo está detallado al momento en la red.

«Si quieres saber qué tiempo hace asómate a la ventana», dice con frecuencia Ángel Martín en su Informativo para no perder el tiempo.

Salimos de casa sin haber mirado el cielo a través de la ventana: ¿Llueve? ¿Hay nubes negras que sugieran una inminente lluvia? ¿Un viento mece árboles o arrastra tierra, papeles, bolsas y hojas muertas?

No somos una raza de mirones. Y quizá deberíamos serlo. Un poco. No significa escudriñar tras una ventana qué hacen los vecinos. Basta con asomarse afuera o aún más simple: detener la mirada en cristal o el aire entre los marcos. Mirar también afuera yendo en autobús, en tren, de copiloto en un coche, tomando café tras un ventanal…

Lo que la cuidadora de Stewart no sabía es que mirar por la ventana es una manera de escapar de un presente no deseado y una fuente de ideas para los artistas.

Muchos pintores comenzaron a retratar las vistas a través de las ventanas.  También a mujeres asomándose a la ventana o atareada o leyendo o durmiendo junto a una ventana La periodista Elena Viktorovna Nastyuk dice que el tema representa para la mujer «una llamada a romper con la aburrida vida cotidiana, abandonar los límites de la casa, la existencia pequeñoburguesa y precipitarse a lo lejos».

(Abajo: Joyce Carol-Oates en su ventana en el vídeo de The New Yorker: Writer Joyce Carol Oates at home.  Fuente: https://youtu.be/gEnROS8bcTI)

Joyce Carol-Oates en su ventana en vídeo de The New Yorker

Joyce Carol Oates siempre se aseguró de tener su escritorio mirando a la ventana. El poeta y erudito Walt Whitman consideraba que mirar por la ventana en la mañana era más satisfactorio que los libros. «Soy muy, muy vago. Me encanta sentarme en una silla y mirar por la ventana y no hacer nada» dijo Ingmar Bergman.

(Abajo: Fotograma de COMO UN ESPEJO de Ingman Bergman).

Fotograma de COMO UN ESPEJO de Ingman Bergman

La guionista Julia Cameron relata en El camino del artista un momento de epifanía tras mirar por la ventana a un gran pájaro:

«Al otro lado de mi ventana, por encima del Hudson, un gran pájaro alza el vuelo. Llevo días viendo a este pájaro surcando el cielo, navegando en el aire feroz que son los vientos de hélice que rodean esta isla. Es demasiado grande para ser un halcón, aunque no tiene la forma de una gaviota, pero más arriba el Valle del Hudson está lleno de águilas. Me resulta difícil creer que esta lo sea, pero ella sí parece saber lo que es con exactitud: un águila. No dice su nombre; lo lleva puesto. Tal vez como artistas nosotros seamos igual que esos pájaros, navegando la corriente de nuestros sueños. Para los artistas la improvisación y el «que sea lo que Dios» quiera son una forma habitual de obrar. Debemos confiar en nuestros procedimientos y ver más allá de los “resultados”».

Mirar por la ventana es justo eso: mirar por mirar; sin esperar nada a cambio. Al menos no de manera inmediata. Divagar. Soñar.

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