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6 de octubre 2011    /   CIENCIA
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Por qué no podemos sobrevivir comiendo solo conejo

6 de octubre 2011    /   CIENCIA     por          
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En 1884 fueron rescatados los seis supervivientes de la expedición de Adolphus Greely al Ártico. Los otros 19, que embarcaron dos años antes para explorar el norte de Groenlandia, murieron de inanición. Y no fue por falta de víveres, ya que se alimentaron de las abundantes liebres árticas que cazaron, sino por la casi absoluta ausencia de grasa en los cuerpos de los animales.
La muerte por ingestión de carne de conejo (técnicamente, ‘inanición cunicular’) se produce por dos mecanismos. El primero, la malnutrición derivada de comer una carne extremadamente magra, como el conejo, sin el complemento de otros nutrientes. El segundo, el envenenamiento por exceso de proteínas: el hígado solo puede metabolizar 300 gramos de proteínas al día. El resto se convierte en una ponzoña letal que puede hacerte morder el polvo en menos de un mes, no importa lo delicioso que estuviera el conejo al ajillo.
En realidad, la muerte por abuso de conejo no es privativa de los roedores, sino extensiva a muchos otros animales salvajes. De hecho, también se conoce como ‘mal de caribú’, en referencia al reno que habita en los lindes del círculo polar ártico. Como bien saben los esquimales, una dieta exclusiva de reno (o combinada con conejo) provoca los siguientes efectos:
“(…) Durante los primeros días se come cada vez más y más, hasta que al cabo de una semana el consumo inicial se ha multiplicado por tres o cuatro. En ese momento se muestran a la vez signos de inanición y de envenenamiento por proteínas. Se hacen muchas comidas, pero al final de cada una se sigue hambriento; se está molesto debido a la hinchazón del estómago, repleto de comida, y se empieza a sentir un vano desasosiego. Transcurridos entre siete y diez días, comienza la diarrea, la cual no se aliviará hasta que no se procure uno grasa. La muerte sobrevendrá al cabo de varias semanas”.
Esta prolija descripción se la debemos al antropólogo Marvin Harris (‘Bueno para comer’), siempre tan preocupado por las cosas del comer.


¿Y qué te importa a ti esto, que no eres esquimal, ni expedicionario y ni siquiera te gusta el conejo?, te preguntarás. Puede servirte para escarmentar en carne ajena, por ejemplo, cuando te propongan hacer una dieta hiperproteínica, tipo Atkins. No queremos ser alarmistas, pero a finales de los 70, al menos 60 personas murieron tras seguir la Dieta de La Última Oportunidad (The Last Chance Diet, vaya nombrecito) que propugnaba la ingesta exclusiva de proteínas líquidas extraídas de tendones y pieles de animales.
Actualmente las dietas ricas en proteínas están de moda entre un grupúsculo de seguidores de las dietas paleolíticas, que rechazan los alimentos procesados, los cereales, los lácteos y cualquier otra ‘perversión moderna’ (del Neolítico para acá). No hay peligro, siempre que sepan complementar adecuadamente su régimen, según explica Darío Pescador, divulgador y autor del blog Transformer:
“En los últimos años se ha demostrado que una dieta alta en proteínas no es peligrosa para los riñones de las personas sanas. El riesgo no proviene de ingerir mucha cantidad de un nutriente, sino de descuidar los otros. En el ejemplo de los exploradores que sufren del ‘mal de caribú’, el problema es que comían solo el músculo, y no otras partes del animal. La grasa es la principal fuente de vitaminas y de energía en la dieta de los esquimales”.
En esto del control de peso, considerar las grasas y los hidratos de carbono como los malos de la película y las proteínas como los buenos es un error generalizado. Según Pescador, “no es el exceso de grasa sino el de azúcar lo que más afecta a la salud. La dieta tradicional de los esquimales, que están sanos comiendo proteína y grasa, es una prueba. La población de EEUU, que está enferma consumiendo grandes cantidades de azúcares y alimentos bajos en grasa, es la prueba definitiva”.

Ilustración: Juan Díaz Faes
Este artículo fue publicado en el número de noviembre de Ling Magazine.
En el mismo sentido:
 
Deportes paleolíticos: vuelve el hombre
Centenearia desvela el secreto de su longevidasd: un Cheeseburger diario
¿Y si al final resulta que la Coca Cola Ligth engorda más?
 


En 1884 fueron rescatados los seis supervivientes de la expedición de Adolphus Greely al Ártico. Los otros 19, que embarcaron dos años antes para explorar el norte de Groenlandia, murieron de inanición. Y no fue por falta de víveres, ya que se alimentaron de las abundantes liebres árticas que cazaron, sino por la casi absoluta ausencia de grasa en los cuerpos de los animales.
La muerte por ingestión de carne de conejo (técnicamente, ‘inanición cunicular’) se produce por dos mecanismos. El primero, la malnutrición derivada de comer una carne extremadamente magra, como el conejo, sin el complemento de otros nutrientes. El segundo, el envenenamiento por exceso de proteínas: el hígado solo puede metabolizar 300 gramos de proteínas al día. El resto se convierte en una ponzoña letal que puede hacerte morder el polvo en menos de un mes, no importa lo delicioso que estuviera el conejo al ajillo.
En realidad, la muerte por abuso de conejo no es privativa de los roedores, sino extensiva a muchos otros animales salvajes. De hecho, también se conoce como ‘mal de caribú’, en referencia al reno que habita en los lindes del círculo polar ártico. Como bien saben los esquimales, una dieta exclusiva de reno (o combinada con conejo) provoca los siguientes efectos:
“(…) Durante los primeros días se come cada vez más y más, hasta que al cabo de una semana el consumo inicial se ha multiplicado por tres o cuatro. En ese momento se muestran a la vez signos de inanición y de envenenamiento por proteínas. Se hacen muchas comidas, pero al final de cada una se sigue hambriento; se está molesto debido a la hinchazón del estómago, repleto de comida, y se empieza a sentir un vano desasosiego. Transcurridos entre siete y diez días, comienza la diarrea, la cual no se aliviará hasta que no se procure uno grasa. La muerte sobrevendrá al cabo de varias semanas”.
Esta prolija descripción se la debemos al antropólogo Marvin Harris (‘Bueno para comer’), siempre tan preocupado por las cosas del comer.


¿Y qué te importa a ti esto, que no eres esquimal, ni expedicionario y ni siquiera te gusta el conejo?, te preguntarás. Puede servirte para escarmentar en carne ajena, por ejemplo, cuando te propongan hacer una dieta hiperproteínica, tipo Atkins. No queremos ser alarmistas, pero a finales de los 70, al menos 60 personas murieron tras seguir la Dieta de La Última Oportunidad (The Last Chance Diet, vaya nombrecito) que propugnaba la ingesta exclusiva de proteínas líquidas extraídas de tendones y pieles de animales.
Actualmente las dietas ricas en proteínas están de moda entre un grupúsculo de seguidores de las dietas paleolíticas, que rechazan los alimentos procesados, los cereales, los lácteos y cualquier otra ‘perversión moderna’ (del Neolítico para acá). No hay peligro, siempre que sepan complementar adecuadamente su régimen, según explica Darío Pescador, divulgador y autor del blog Transformer:
“En los últimos años se ha demostrado que una dieta alta en proteínas no es peligrosa para los riñones de las personas sanas. El riesgo no proviene de ingerir mucha cantidad de un nutriente, sino de descuidar los otros. En el ejemplo de los exploradores que sufren del ‘mal de caribú’, el problema es que comían solo el músculo, y no otras partes del animal. La grasa es la principal fuente de vitaminas y de energía en la dieta de los esquimales”.
En esto del control de peso, considerar las grasas y los hidratos de carbono como los malos de la película y las proteínas como los buenos es un error generalizado. Según Pescador, “no es el exceso de grasa sino el de azúcar lo que más afecta a la salud. La dieta tradicional de los esquimales, que están sanos comiendo proteína y grasa, es una prueba. La población de EEUU, que está enferma consumiendo grandes cantidades de azúcares y alimentos bajos en grasa, es la prueba definitiva”.

Ilustración: Juan Díaz Faes
Este artículo fue publicado en el número de noviembre de Ling Magazine.
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Opiniones 19
  • Pingback: Anónimo
  • No te estarás confundiendo a los paleos con los Dukan??
    En la dieta paleo la mayor proporción de macronutriente proviene de las grasas, y sí tomamos lacteos. Del neolítico para acá lo que hay es mucha desinformación y prisas.

  • Pingback: Anónimo
  • Muy buen artículo. Lo encontré buscando información sobre la expedición de los marineros que murieron mientras comían solamente carne de conejo.
    Ahora entiendo mejor la razón y el peligro de ver todo como si existiesen dos bandos: grasas e hidratos son malos pero proteínas son buenas y cuantas más, mejor.
    Absolutamente todo es malo si se consume o usa en demasía.
    Saludos.

  • No existe tal cosa como envenenamiento (o ponzoña) por consumo de proteínas. Es un mito. Es cierto que el cuerpo tiene una tasa de metabolización pero el intestino acumula esas proteínas sobrantes y las libera luego o simplemente las desecha.

  • Interesante artículo pero sólo una precisión: la dieta Atkins no se basa en ingerir una mayoría de calorías de proteínas sino precisamente en el consumo de grasas. Lo dice claramente el doctor en sus dos libros.

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