19 de mayo 2020    /   IDEAS
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¿Por qué nos obsesiona tanto ganar?

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Mucho antes de ser unas zapatillas, Nike (o Niké) fue la diosa griega de la victoria. Una señora a la que solo le gustaba ganar y que sentía, por tanto, un enorme desprecio por cualquiera que no ocupase el lugar más elevado en el pódium de los vencedores.

«Solo la victoria es bella», lamentó Thomas Coville tras lograr tan solo el tercer puesto en la regata de la Route du Rhum, una competición transatlántica en solitario, sin escalas ni asistencia, que te exige llevar al límite tu velero desde Bretaña a Guadalupe.

¿Tan cruel es la victoria que te lleva a deprimirte tras haber logrado tal hazaña? La respuesta es sí.

En la regata de la Fasnet de 1979, una terrible tormenta acabó con la vida de 19 personas. Solo 86 yates de los 303 inscritos pudieron completarla. Cuentan que cuando el barco vencedor, ostensiblemente dañado, cruzó la meta, el patrón le gritó a su tripulación: «Hemos ganado, podéis hundirlo».

La diosa Nike es implacable. Carece de compasión y nos obliga a dirigir nuestra mirada hacia el vencedor, ignorando con ello las historias, en ocasiones mucho más heroicas, de los demás participantes.

Laureles para el vencedor; ignominia y oprobio para el segundo. Según esa lógica, ganar una medalla de plata solo quiere decir que no has ganado la de oro. Y, en ocasiones, es todavía peor porque la plata ni siquiera existe.

Siguiendo con la náutica, cabe recordar la anécdota de la regata más famosa del mundo, la America’s Cup. Su nombre proviene de que, en su primera edición, en 1851, el yate vencedor fue la goleta America la que superó a todos sus rivales británicos.

Cuando la America cruzó la meta, la reina Victoria I, que presidía el evento, preguntó quién era el vencedor. Al responderle que el único yate no inglés participante, ella preguntó entonces quién era el segundo. Con gran turbación, alguien tuvo que explicarle: «Majestad, en esta regata no hay segundo».

Esta concepción de «o eres el primero o no eres nadie» viene de antiguo. Incluso de mucho antes de que la diosa Nike implantara su obsesión por el vencedor único. En las tribus primitivas, el macho alfa detentaba ya el liderazgo de forma exclusiva hasta que el aumento de población en las mismas le exigió compartir ciertos territorios de poder (el religioso, el sanitario, el narrativo) con otros individuos sin que en ningún caso ello cuestionara su dominio.

Con el tiempo, esta moda se trasladó al deporte y en él ha permanecido hasta nuestros días. Pero lo más curioso de esta devoción por el héroe solitario es que, con la llegada del consumo de masas, la cosa se ha exacerbado.

Desde el momento en que las marcas descubrieron la rentabilidad de una fijación tan antigua por el ganador, no existe ninguno que no lleve impresa, al menos, una de ellas en su camiseta al presidir el podio.

En ese sentido, la mejor historia ha sido precisamente, la de Nike. De pequeña diosa alada pasó a ser una marca de zapatillas, y de ahí, a ser el calzado con el que Michael Jordan se elevaba hasta los cielos para introducir la pelota en la canasta.

Asistir a un partido suyo en el United Center de Chicago era una experiencia casi mitológica. Por los altavoces se pronunciaban los nombres de los jugadores del Chicago Bulls conforme iban apareciendo. De repente, la música cesaba, se apagaban las luces y un solo foco apuntaba al último en entrar, mientras el locutor se limitaba a decir en tono enfervorecido: «And… ¡Michael Jordan!».

En ese momento, con un público absolutamente enloquecido, la diosa Nike sonreía desde el Olimpo, sabedora de que en realidad era ella la que había vuelto a ganar… incluso mucho antes de comenzar el partido.

Mucho antes de ser unas zapatillas, Nike (o Niké) fue la diosa griega de la victoria. Una señora a la que solo le gustaba ganar y que sentía, por tanto, un enorme desprecio por cualquiera que no ocupase el lugar más elevado en el pódium de los vencedores.

«Solo la victoria es bella», lamentó Thomas Coville tras lograr tan solo el tercer puesto en la regata de la Route du Rhum, una competición transatlántica en solitario, sin escalas ni asistencia, que te exige llevar al límite tu velero desde Bretaña a Guadalupe.

¿Tan cruel es la victoria que te lleva a deprimirte tras haber logrado tal hazaña? La respuesta es sí.

En la regata de la Fasnet de 1979, una terrible tormenta acabó con la vida de 19 personas. Solo 86 yates de los 303 inscritos pudieron completarla. Cuentan que cuando el barco vencedor, ostensiblemente dañado, cruzó la meta, el patrón le gritó a su tripulación: «Hemos ganado, podéis hundirlo».

La diosa Nike es implacable. Carece de compasión y nos obliga a dirigir nuestra mirada hacia el vencedor, ignorando con ello las historias, en ocasiones mucho más heroicas, de los demás participantes.

Laureles para el vencedor; ignominia y oprobio para el segundo. Según esa lógica, ganar una medalla de plata solo quiere decir que no has ganado la de oro. Y, en ocasiones, es todavía peor porque la plata ni siquiera existe.

Siguiendo con la náutica, cabe recordar la anécdota de la regata más famosa del mundo, la America’s Cup. Su nombre proviene de que, en su primera edición, en 1851, el yate vencedor fue la goleta America la que superó a todos sus rivales británicos.

Cuando la America cruzó la meta, la reina Victoria I, que presidía el evento, preguntó quién era el vencedor. Al responderle que el único yate no inglés participante, ella preguntó entonces quién era el segundo. Con gran turbación, alguien tuvo que explicarle: «Majestad, en esta regata no hay segundo».

Esta concepción de «o eres el primero o no eres nadie» viene de antiguo. Incluso de mucho antes de que la diosa Nike implantara su obsesión por el vencedor único. En las tribus primitivas, el macho alfa detentaba ya el liderazgo de forma exclusiva hasta que el aumento de población en las mismas le exigió compartir ciertos territorios de poder (el religioso, el sanitario, el narrativo) con otros individuos sin que en ningún caso ello cuestionara su dominio.

Con el tiempo, esta moda se trasladó al deporte y en él ha permanecido hasta nuestros días. Pero lo más curioso de esta devoción por el héroe solitario es que, con la llegada del consumo de masas, la cosa se ha exacerbado.

Desde el momento en que las marcas descubrieron la rentabilidad de una fijación tan antigua por el ganador, no existe ninguno que no lleve impresa, al menos, una de ellas en su camiseta al presidir el podio.

En ese sentido, la mejor historia ha sido precisamente, la de Nike. De pequeña diosa alada pasó a ser una marca de zapatillas, y de ahí, a ser el calzado con el que Michael Jordan se elevaba hasta los cielos para introducir la pelota en la canasta.

Asistir a un partido suyo en el United Center de Chicago era una experiencia casi mitológica. Por los altavoces se pronunciaban los nombres de los jugadores del Chicago Bulls conforme iban apareciendo. De repente, la música cesaba, se apagaban las luces y un solo foco apuntaba al último en entrar, mientras el locutor se limitaba a decir en tono enfervorecido: «And… ¡Michael Jordan!».

En ese momento, con un público absolutamente enloquecido, la diosa Nike sonreía desde el Olimpo, sabedora de que en realidad era ella la que había vuelto a ganar… incluso mucho antes de comenzar el partido.

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