8 de mayo 2020    /   BUSINESS
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«Papá, ¡límpiame el culo!» ¡💻🙄! ¿Acabará el teletrabajo con la pose impertérrita del ‘profesional’?

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La forma de trabajar está en plena convulsión. Los empleos de oficina arrastran la cultura decimonónica de la fábrica: todos los empleados juntos, en un mismo recinto, con un horario fijo. A muchos, muchísimos, hasta hace dos meses, les parecía imposible otra opción. Pero es posible. Ya se ha hecho. En la Edad Media, los oficios se ejercían en el hogar o en un taller ubicado en la vivienda. 

Ahora la tecnología digital lo ha vuelto a poner en bandeja. Desde hace más de una década hay dispositivos y programas que permiten trabajar desde casa. Lo único que lo retrasaba era la resistencia de muchos jefes y otros tantos empleados: no me fío, no me apaño, no va a funcionar (el eterno palo humano en la rueda de la técnica). Pero qué han importado esos recelos al coronavirus. La COVID-19 ha tomado la decisión por los humanos: ¡por mis narices, vais a trabajar en casa! 

A muchos esto de no tener que coger el coche para ir de la vida profesional a la vida personal les ha pillado de nuevas. Es el Gran Descoloque. Aún no habían probado el trabajo en remoto que algunos ya hacían con el fin de alcanzar uno de los retos actuales: la tan sonada «conciliación laboral y familiar». 

El cierre de los colegios ya no deja otra opción. Al principio de la cuarentena parecía que esto sería una eventualidad de dos semanas. Pero no lo ha sido y puede que durante el próximo curso académico los niños pasen mucho tiempo en sus casas porque el Gobierno estudia la posibilidad de que una parte de la formación académica sea en el aula y otra sea online.  

Esta idea, en principio, descoloca mucho. ¡¿Los niños en casa?! Y si la madre y el padre trabajan fuera, ¡¿qué van a hacer?! Para algunos, no es tan susto. «Si los niños van 15 días a clase y estudian 15 en casa, los padres adaptarán su forma de trabajar. Tendremos que hacer parte de nuestra actividad en el hogar», dice el fotógrafo Carlos Spottorno.  

Esas apariciones de niños en medio de una videorreunión que hoy hacen tanta gracia se convertirán en algo habitual. Esas voces de niños que dicen Papá, vamos a jugar al baloncesto o ¡Límpiame el culo! ya no provocarán sorpresa. «Estas cosas nos humanizan», indica Spottorno. «Ya somos y seremos más tolerantes con este tipo de situaciones. Nadie se mofará de nadie si esto ocurre». 

Aunque el fotógrafo piensa que estas interrupciones se controlarán más: «Creo que desarrollaremos modos de evitarlas. Será una cuestión de educación básica para los niños, quizás». O… ¿debería dejarse la puerta del despacho entreabierta? «Estoy pensando en los enormes beneficios. Cualquier reunión de trabajo que se esté poniendo un poco tensa se suaviza instantáneamente si aparece un niño por ahí».

ESCENARIOS MÁS HUMANOS

El trabajo en remoto cambia el escenario de las reuniones. En vez de despachos y mobiliario de oficina, de fondo hay un salón, un dormitorio, una cocina, un estudio casero. Esto transforma el ambiente de trabajo: arranca la parte impersonal de lo que entendemos por profesional y lleva lo profesional a una esfera más personal.  

También la ropa habitual de las videollamadas está humanizando el entorno de trabajo. Las camisas sin una arruga y los zapatos de tacón que dan a una persona la apariencia de profesional resultan ridículas cuando trabajan en casa. Esto empuja más aún el concepto que teníamos de lo profesional hacia lo humano, lo terrenal, lo doméstico y familiar

Incluso las formalidades y los saludos han cambiado. Antes las reuniones arrancaban con un ¿qué tal? de trámite. Pero ni el que preguntaba ni el que contestaba lo hacían con la intención real de interesarse por la vida de la otra persona. Ahora «empezamos las reuniones preguntando, durante 5 o 10 minutos, ¿cómo estás?, ¿cómo lo llevas?, ¿qué tal tus padres?», dice el experto en futuro del trabajo Albert Cañigueral. «Es lo que se llama un check-in antes de entrar en la materia que toque. Todo esto nos acerca más a las organizaciones teal (más humanas, menos jerárquicas) que Frederic Laloux describe en su libro Reinventando organizaciones».

Es una reacción lógica en una situación llena de tragedias y ansiedades. El profesional impertérrito de antes no podía mostrar ni una pequeña emoción. Todo era productividad y eficacia. Pero esto también está mutando. No hace falta esconder que hay más vida que el oficio. Incluso hay quien dice que ahora sienten menos las jerarquías: no hay tanta distancia entre un jefe y un empleado cuando los dos están en sudadera y en las reuniones de trabajo se ven asaltados por asuntos familiares y escenas domésticas. 

¿HACIA LA EXTINCIÓN DEL ‘PROFESIONAL’ IMPASIBLE?

Se extinguieron los yuppies de los años 90. Desaparecieron los viajantes del siglo XX. Es cuestión de tiempo que se expire la idea del profesional impasible que teníamos hasta hace solo tres meses. Porque, desde que apareció la pandemia, «ya no somos los mismos». Lo dicen las investigaciones de Ideas for Change. «Nuestras capacidades han cambiado. Ha despertado el potencial personal. Nos conocemos mejor a nosotros mismos. Nos hemos puesto a prueba y hemos descubierto de qué somos capaces», explica el fundador de esta compañía, Javi Creus.

También nuestros valores son otros: «La parte más humana de la vida importa más que antes y la distancia física ha hecho aflorar la intimidad emocional», dice. La familia y los amigos se han revalorizado. El barrio se ha convertido en el único mundo que pisar. La comunidad es la red de apoyo y el bien común es lo que nos protege. «Somos conscientes de que en esto estamos todos juntos. Dependemos unos de otros y cada uno puede contribuir». 

El mundo que parecía el único posible ha desaparecido en dos semanas y, de pronto, nos hemos dado cuenta de que «hay otra manera de hacer las cosas: se puede trabajar o estudiar a distancia, y no hacen falta tantas prisas ni tantas cosas».

En uno de los estudios de Ideas for Change para averiguar qué hemos aprendido de esta situación, preguntaron ¿qué quieres hacer más y mejor? La respuesta mayoritaria fue: «Ahora más que nunca, es imprescindible dar valor al tiempo. Es el momento de la acción», indica Creus. «Destaca la necesidad de sentirnos valiosos, de apreciar lo positivo que hay en nuestras vidas y de enfocar mejor nuestras prioridades y necesidades». 

A la cuestión ¿qué quieres dejar de hacer y dejarlo con alegría? no hubo excepción. «Queremos dejar de perder el tiempo», dijeron. «Y no nos referimos solo al tiempo que empleamos en desplazarnos, sino al tiempo que hasta ahora invertimos en expectativas y elementos superfluos que no nos aportan valor. Queremos liberarnos del miedo. La situación actual ha manifestado nuestra vulnerabilidad, pero también nuestra fortaleza, y no estamos dispuestos a seguir viviendo desde el recelo».

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La forma de trabajar está en plena convulsión. Los empleos de oficina arrastran la cultura decimonónica de la fábrica: todos los empleados juntos, en un mismo recinto, con un horario fijo. A muchos, muchísimos, hasta hace dos meses, les parecía imposible otra opción. Pero es posible. Ya se ha hecho. En la Edad Media, los oficios se ejercían en el hogar o en un taller ubicado en la vivienda. 

Ahora la tecnología digital lo ha vuelto a poner en bandeja. Desde hace más de una década hay dispositivos y programas que permiten trabajar desde casa. Lo único que lo retrasaba era la resistencia de muchos jefes y otros tantos empleados: no me fío, no me apaño, no va a funcionar (el eterno palo humano en la rueda de la técnica). Pero qué han importado esos recelos al coronavirus. La COVID-19 ha tomado la decisión por los humanos: ¡por mis narices, vais a trabajar en casa! 

A muchos esto de no tener que coger el coche para ir de la vida profesional a la vida personal les ha pillado de nuevas. Es el Gran Descoloque. Aún no habían probado el trabajo en remoto que algunos ya hacían con el fin de alcanzar uno de los retos actuales: la tan sonada «conciliación laboral y familiar». 

El cierre de los colegios ya no deja otra opción. Al principio de la cuarentena parecía que esto sería una eventualidad de dos semanas. Pero no lo ha sido y puede que durante el próximo curso académico los niños pasen mucho tiempo en sus casas porque el Gobierno estudia la posibilidad de que una parte de la formación académica sea en el aula y otra sea online.  

Esta idea, en principio, descoloca mucho. ¡¿Los niños en casa?! Y si la madre y el padre trabajan fuera, ¡¿qué van a hacer?! Para algunos, no es tan susto. «Si los niños van 15 días a clase y estudian 15 en casa, los padres adaptarán su forma de trabajar. Tendremos que hacer parte de nuestra actividad en el hogar», dice el fotógrafo Carlos Spottorno.  

Esas apariciones de niños en medio de una videorreunión que hoy hacen tanta gracia se convertirán en algo habitual. Esas voces de niños que dicen Papá, vamos a jugar al baloncesto o ¡Límpiame el culo! ya no provocarán sorpresa. «Estas cosas nos humanizan», indica Spottorno. «Ya somos y seremos más tolerantes con este tipo de situaciones. Nadie se mofará de nadie si esto ocurre». 

Aunque el fotógrafo piensa que estas interrupciones se controlarán más: «Creo que desarrollaremos modos de evitarlas. Será una cuestión de educación básica para los niños, quizás». O… ¿debería dejarse la puerta del despacho entreabierta? «Estoy pensando en los enormes beneficios. Cualquier reunión de trabajo que se esté poniendo un poco tensa se suaviza instantáneamente si aparece un niño por ahí».

ESCENARIOS MÁS HUMANOS

El trabajo en remoto cambia el escenario de las reuniones. En vez de despachos y mobiliario de oficina, de fondo hay un salón, un dormitorio, una cocina, un estudio casero. Esto transforma el ambiente de trabajo: arranca la parte impersonal de lo que entendemos por profesional y lleva lo profesional a una esfera más personal.  

También la ropa habitual de las videollamadas está humanizando el entorno de trabajo. Las camisas sin una arruga y los zapatos de tacón que dan a una persona la apariencia de profesional resultan ridículas cuando trabajan en casa. Esto empuja más aún el concepto que teníamos de lo profesional hacia lo humano, lo terrenal, lo doméstico y familiar

Incluso las formalidades y los saludos han cambiado. Antes las reuniones arrancaban con un ¿qué tal? de trámite. Pero ni el que preguntaba ni el que contestaba lo hacían con la intención real de interesarse por la vida de la otra persona. Ahora «empezamos las reuniones preguntando, durante 5 o 10 minutos, ¿cómo estás?, ¿cómo lo llevas?, ¿qué tal tus padres?», dice el experto en futuro del trabajo Albert Cañigueral. «Es lo que se llama un check-in antes de entrar en la materia que toque. Todo esto nos acerca más a las organizaciones teal (más humanas, menos jerárquicas) que Frederic Laloux describe en su libro Reinventando organizaciones».

Es una reacción lógica en una situación llena de tragedias y ansiedades. El profesional impertérrito de antes no podía mostrar ni una pequeña emoción. Todo era productividad y eficacia. Pero esto también está mutando. No hace falta esconder que hay más vida que el oficio. Incluso hay quien dice que ahora sienten menos las jerarquías: no hay tanta distancia entre un jefe y un empleado cuando los dos están en sudadera y en las reuniones de trabajo se ven asaltados por asuntos familiares y escenas domésticas. 

¿HACIA LA EXTINCIÓN DEL ‘PROFESIONAL’ IMPASIBLE?

Se extinguieron los yuppies de los años 90. Desaparecieron los viajantes del siglo XX. Es cuestión de tiempo que se expire la idea del profesional impasible que teníamos hasta hace solo tres meses. Porque, desde que apareció la pandemia, «ya no somos los mismos». Lo dicen las investigaciones de Ideas for Change. «Nuestras capacidades han cambiado. Ha despertado el potencial personal. Nos conocemos mejor a nosotros mismos. Nos hemos puesto a prueba y hemos descubierto de qué somos capaces», explica el fundador de esta compañía, Javi Creus.

También nuestros valores son otros: «La parte más humana de la vida importa más que antes y la distancia física ha hecho aflorar la intimidad emocional», dice. La familia y los amigos se han revalorizado. El barrio se ha convertido en el único mundo que pisar. La comunidad es la red de apoyo y el bien común es lo que nos protege. «Somos conscientes de que en esto estamos todos juntos. Dependemos unos de otros y cada uno puede contribuir». 

El mundo que parecía el único posible ha desaparecido en dos semanas y, de pronto, nos hemos dado cuenta de que «hay otra manera de hacer las cosas: se puede trabajar o estudiar a distancia, y no hacen falta tantas prisas ni tantas cosas».

En uno de los estudios de Ideas for Change para averiguar qué hemos aprendido de esta situación, preguntaron ¿qué quieres hacer más y mejor? La respuesta mayoritaria fue: «Ahora más que nunca, es imprescindible dar valor al tiempo. Es el momento de la acción», indica Creus. «Destaca la necesidad de sentirnos valiosos, de apreciar lo positivo que hay en nuestras vidas y de enfocar mejor nuestras prioridades y necesidades». 

A la cuestión ¿qué quieres dejar de hacer y dejarlo con alegría? no hubo excepción. «Queremos dejar de perder el tiempo», dijeron. «Y no nos referimos solo al tiempo que empleamos en desplazarnos, sino al tiempo que hasta ahora invertimos en expectativas y elementos superfluos que no nos aportan valor. Queremos liberarnos del miedo. La situación actual ha manifestado nuestra vulnerabilidad, pero también nuestra fortaleza, y no estamos dispuestos a seguir viviendo desde el recelo».

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