6 de diciembre 2017    /   CINE/TV
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Postureo nivel Dios: gente que contrata a un cineasta para que filme sus vacaciones

6 de diciembre 2017    /   CINE/TV     por          
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Famosos y gente bien macerada en pasta han llegado a una conclusión: su vida cotidiana debe quedar registrada con una calidad cinematográfica. Algunos pagan a cineastas para que los acompañen en sus vacaciones o celebraciones, es decir, están contratando paparazzis en beneficio propio: así pueden controlar la imagen que exhiben a través de las redes sociales.

Uno de estos directores se llama Andrew Gemmell. Como cuenta The Guardian, ha trabajado para Elton John, los Beckham, Poppy Delevinge o Gary Player. Sus servicios incluyen desplazarse junto a los clientes y estar disponible 24 horas para rodar.

Según explica Gemmell a Yorokobu, el motivo es que «quieren vivir el momento en lugar de buscar sus teléfonos y cámaras todo el tiempo, pero aun así desean que se graben los recuerdos».

No bastan las grabaciones caseras. Para él, es cuestión de calidad: «Un camarógrafo profesional puede hacer impresionantes películas que están a varios niveles por encima de las grabaciones domésticas, por lo que se están volviendo más populares».

¿Qué puede deducirse de que uno deje en manos de un profesional la recreación de algo tan lleno de intimidad como unas vacaciones? ¿Es una cesión del relato, una sustitución de la vivencia real por una reconstrucción con estilo? ¿Es sustraerse a lo natural y tratar de imprimirse una pátina sofisticada incluso en lo más cotidiano?

La raíz de esta tendencia se encuentra en Facebook, Instagram o Twitter. En las redes no se muestran solo las vivencias personales, sino que el usuario las emplea para promocionarse socialmente: por eso hace falta adaptarlas a un lenguaje atractivo. Hoy la gente se marcha de vacaciones sabiendo que tiene un público al que alimentar.

El rico se define diferenciándose del vulgo. Si hoy todo el mundo registra su día a día a través de los móviles y las cámaras, ellos dan un paso más y profesionalizan el postureo.

Gemmell hace el equipaje y sigue a sus clientes a cualquier lugar del mundo. Lo más duro, reconoce, es «estar alejado de amigos y familiares todo el tiempo y vivir en hoteles». Dice que no hay días normales en este trabajo: «Podemos levantarnos a las tres de la mañana para un paseo en globo aerostático sobre el Massái Mara [Kenia] y terminar 23 horas más tarde en una fiesta, y al día siguiente no filmar porque la familia necesita el descanso». La familia reposa, pero él no: «En esos días podemos usar los drones y grabar veleros para obtener un contenido adicional».

Lo interesante de prestar atención a las excentricidades en que incurren los famosos es que anticipan lo que vendrá. Las redes sociales hacen creer que las oleadas de postureo surgen de manera más o menos democrática o espontánea, es decir, que nacen en algún lugar del pueblo y se propagan.

Pero se trata de un efecto óptico. Los achaques posturistas, en muchos de los casos, siguen cociéndose en la cúspide (económica y mediática) y chorreando hasta la plebe («filtrado descendente» lo llaman los sociólogos de la moda); sin embargo, ahora sucede tan rápido que casi parecen producto de la generación espontánea. La sociedad no ha perdido su permeabilidad, sino que se empapa antes.

postureo
Foto: Andrew Gemmell

El caso es que si los famosos contratan cineastas particulares para grabar sus vacaciones o sus fiestas, es cuestión de tiempo que suceda algo parecido entre tus amigos y familiares. Se tratará de trabajos de menor calidad: un sucedáneo del glamour de los famosos lo suficientemente convincente como para que uno crea que merece la pena pagar por unas vacaciones lo que pagaría por dos.

El primer paso para que una excentricidad cara se expanda es hacerla pasar por un deseo moralmente aceptable y comprensible. «No hay un cliente promedio, se trata de si los recuerdos son lo suficientemente importantes como para garantizar la inversión», argumenta Gemmell. Un razonamiento exhortante: el gasto como medida del nivel de relevancia de tu vida.

«Aunque para algunos el dinero puede no ser un problema, otros sólo quieren invertir lo que puedan en la preservación de recuerdos», continúa. Sus servicios 24/7 salen a unos 2.800 euros diarios.

«Una vez tuvimos que filmar con un dron a un anfitrión que se lanzó a su fiesta desde un avión en paracaídas. El salto, el aterrizaje y la entrada en la fiesta fueron transmitidos en vivo a través de pantallas». O sea: no es cuestión de dinero, sino de la importancia que otorgues a tus recuerdos.

Algunos de los clientes de Gemmell, según cuenta, utilizan estas películas para consumo interno, no para compartir en público: «Generalmente no les gusta compartir las imágenes, sino que las guardan para que sus amigos y familiares las disfruten y para las generaciones venideras». No obstante, el interés por encapsular la propia vida a través de vídeos que siguen criterios estéticos externos (los que están de moda en cada momento) es inseparable de las redes sociales. Poco importa que luego se difundan en círculos más cerrados o más abiertos.

Existen ya otras opciones más baratas. Algunas empresas componen películas a partir de las fotografías que el cliente ha ido reuniendo durante un año en su teléfono. Así funciona Smitten Films, de Lisa Ridd. La idea, según detalla en su web, es «dar vida» a las vivencias capturadas para que puedan compartirse con amigos y familiares.

De momento, en España este tipo de vídeos de ámbito privado se limitan a bodas, bautizos o comuniones. La sofisticación se ha venido palpando en la última década. Los vídeos de las ceremonias ahora no solo registran, también crean. Los montajes adquieren mayor complejidad técnica año tras año y se orientan a las redes sociales mediante la creación de pequeños videoclips: cortos, rápidos, saltarines; adaptados a las leyes del marketing online.

Hace tiempo, si un amigo te invitaba a ver el vídeo de su boda a su casa, lo primero que hacías era comprar seis latas de cerveza para aligerar la velada. La intimidad de aquellas cintas, entonces, era más auténtica porque estaba menos decantada, y se hacía insoportable. Ahora, el relato audiovisual de una boda se reorienta con un fin: atraer al otro y arrancarle un me gusta.

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Uno de estos directores se llama Andrew Gemmell. Como cuenta The Guardian, ha trabajado para Elton John, los Beckham, Poppy Delevinge o Gary Player. Sus servicios incluyen desplazarse junto a los clientes y estar disponible 24 horas para rodar.

Según explica Gemmell a Yorokobu, el motivo es que «quieren vivir el momento en lugar de buscar sus teléfonos y cámaras todo el tiempo, pero aun así desean que se graben los recuerdos».

No bastan las grabaciones caseras. Para él, es cuestión de calidad: «Un camarógrafo profesional puede hacer impresionantes películas que están a varios niveles por encima de las grabaciones domésticas, por lo que se están volviendo más populares».

¿Qué puede deducirse de que uno deje en manos de un profesional la recreación de algo tan lleno de intimidad como unas vacaciones? ¿Es una cesión del relato, una sustitución de la vivencia real por una reconstrucción con estilo? ¿Es sustraerse a lo natural y tratar de imprimirse una pátina sofisticada incluso en lo más cotidiano?

La raíz de esta tendencia se encuentra en Facebook, Instagram o Twitter. En las redes no se muestran solo las vivencias personales, sino que el usuario las emplea para promocionarse socialmente: por eso hace falta adaptarlas a un lenguaje atractivo. Hoy la gente se marcha de vacaciones sabiendo que tiene un público al que alimentar.

El rico se define diferenciándose del vulgo. Si hoy todo el mundo registra su día a día a través de los móviles y las cámaras, ellos dan un paso más y profesionalizan el postureo.

Gemmell hace el equipaje y sigue a sus clientes a cualquier lugar del mundo. Lo más duro, reconoce, es «estar alejado de amigos y familiares todo el tiempo y vivir en hoteles». Dice que no hay días normales en este trabajo: «Podemos levantarnos a las tres de la mañana para un paseo en globo aerostático sobre el Massái Mara [Kenia] y terminar 23 horas más tarde en una fiesta, y al día siguiente no filmar porque la familia necesita el descanso». La familia reposa, pero él no: «En esos días podemos usar los drones y grabar veleros para obtener un contenido adicional».

Lo interesante de prestar atención a las excentricidades en que incurren los famosos es que anticipan lo que vendrá. Las redes sociales hacen creer que las oleadas de postureo surgen de manera más o menos democrática o espontánea, es decir, que nacen en algún lugar del pueblo y se propagan.

Pero se trata de un efecto óptico. Los achaques posturistas, en muchos de los casos, siguen cociéndose en la cúspide (económica y mediática) y chorreando hasta la plebe («filtrado descendente» lo llaman los sociólogos de la moda); sin embargo, ahora sucede tan rápido que casi parecen producto de la generación espontánea. La sociedad no ha perdido su permeabilidad, sino que se empapa antes.

postureo
Foto: Andrew Gemmell

El caso es que si los famosos contratan cineastas particulares para grabar sus vacaciones o sus fiestas, es cuestión de tiempo que suceda algo parecido entre tus amigos y familiares. Se tratará de trabajos de menor calidad: un sucedáneo del glamour de los famosos lo suficientemente convincente como para que uno crea que merece la pena pagar por unas vacaciones lo que pagaría por dos.

El primer paso para que una excentricidad cara se expanda es hacerla pasar por un deseo moralmente aceptable y comprensible. «No hay un cliente promedio, se trata de si los recuerdos son lo suficientemente importantes como para garantizar la inversión», argumenta Gemmell. Un razonamiento exhortante: el gasto como medida del nivel de relevancia de tu vida.

«Aunque para algunos el dinero puede no ser un problema, otros sólo quieren invertir lo que puedan en la preservación de recuerdos», continúa. Sus servicios 24/7 salen a unos 2.800 euros diarios.

«Una vez tuvimos que filmar con un dron a un anfitrión que se lanzó a su fiesta desde un avión en paracaídas. El salto, el aterrizaje y la entrada en la fiesta fueron transmitidos en vivo a través de pantallas». O sea: no es cuestión de dinero, sino de la importancia que otorgues a tus recuerdos.

Algunos de los clientes de Gemmell, según cuenta, utilizan estas películas para consumo interno, no para compartir en público: «Generalmente no les gusta compartir las imágenes, sino que las guardan para que sus amigos y familiares las disfruten y para las generaciones venideras». No obstante, el interés por encapsular la propia vida a través de vídeos que siguen criterios estéticos externos (los que están de moda en cada momento) es inseparable de las redes sociales. Poco importa que luego se difundan en círculos más cerrados o más abiertos.

Existen ya otras opciones más baratas. Algunas empresas componen películas a partir de las fotografías que el cliente ha ido reuniendo durante un año en su teléfono. Así funciona Smitten Films, de Lisa Ridd. La idea, según detalla en su web, es «dar vida» a las vivencias capturadas para que puedan compartirse con amigos y familiares.

De momento, en España este tipo de vídeos de ámbito privado se limitan a bodas, bautizos o comuniones. La sofisticación se ha venido palpando en la última década. Los vídeos de las ceremonias ahora no solo registran, también crean. Los montajes adquieren mayor complejidad técnica año tras año y se orientan a las redes sociales mediante la creación de pequeños videoclips: cortos, rápidos, saltarines; adaptados a las leyes del marketing online.

Hace tiempo, si un amigo te invitaba a ver el vídeo de su boda a su casa, lo primero que hacías era comprar seis latas de cerveza para aligerar la velada. La intimidad de aquellas cintas, entonces, era más auténtica porque estaba menos decantada, y se hacía insoportable. Ahora, el relato audiovisual de una boda se reorienta con un fin: atraer al otro y arrancarle un me gusta.

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