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25 de junio 2019    /   IDEAS
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¿Quieres saber si lloverá mañana? No mires en Google, mira a los animales

25 de junio 2019    /   IDEAS     por          
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Mariano Medina era conocido como «el hombre del tiempo». No había otro. Comenzó con sus previsiones meteorológicas en la radio en 1986 y posteriormente se pasó a la televisión.

Pese a que utilizaba tan solo un mapa arcaico y una tiza (como todo buen maestro), el país entero le escuchaba con devoción. Era regordete, formal y aburrido, es decir, creíble. Y con su parsimonia creó un espacio televisivo en el que hoy compiten hombres y mujeres de todos los canales para arrancarle un trozo de audiencia a sus competidores.

Pero antes de Mariano Medina, ¿cómo se sabía si iba a llover? Solo había una forma: escudriñar la naturaleza tratando de averiguar lo que esta nos deparaba. El viento, las nubes, la humedad nos daban pistas. Sin embargo, y por encima de todas ellas, la más fiable era el comportamiento de los animales.

Hasta que llegó Mariano Medina, la mayoría de ellos eran mucho mejores que nosotros en esa labor prospectiva. Y prueba de ello es la infinidad de refranes que en el pasado nos enseñaban a observarlos para detectar si la ansiada lluvia iba a regar nuestros campos.

Aunque la mayoría de dichos refranes están desapareciendo, aquí van unos cuantos para que puedas comprobar si alguno aún te suena:

Cuando los tordos se bañan, agua viene.

Cuando canta el milano, agua en la mano.

Cuando chilla el mochuelo, pronto se moja el suelo.

Golondrina que con el ala roza la tierra, lluvia recela.

La urraca en el lugar, llover o nevar.

Junta de pájaros, agua segura.

Cuando los perros comen hierba, lluvia hay cerca.

Hormigas acordonadas, pronto mojadas.

Si las lombrices asoman en el huerto, se moja presto.

Cuando el sapo canta fuerte, agua promete.

Cuando a la vaca el cuerno le suda, agua segura.

Cuando bebe el gallo, llueve en verano.

Cuando al palomo veas en el agua, coge las botas y el paraguas.

Cuando la cabra estornuda, el tiempo muda.

Cuando el búho en diciembre canta, lluvia o templanza.

La tecnología digital, la inteligencia artificial y la infinidad de satélites que nos sobrevuelan permanentemente ha dejado obsoleto aquel saber basado en el comportamiento de la naturaleza.

Era inevitable y nadie puede cuestionar que una mejor previsión climatológica salva vidas y disminuye incertidumbres. Pero, como casi siempre, cuando algo se gana, algo se pierde.

Lo que hemos perdido es nuestra capacidad de leer la naturaleza. La relación simbiótica que manteníamos con ella cuando sus mensajes nos resultaban útiles y provechosos ha desaparecido. Y eso nos lleva a un analfabetismo ecológico que difícilmente suplantará la información de Siri, Google Now, Cortana o Alexia.

Mariano Medina fue la frontera entre el antes y el después. Pero, como todo ser fronterizo, sabía hablar el idioma de ambos lados. Prueba de ello es que cuando publicó su libro La mar y el tiempo, fue capaz de explicar con una enorme capacidad didáctica el comportamiento de los anticiclones, las borrascas y demás fenómenos meteorológicos.

Pero siempre terminaba cada capítulo con un viejo refrán para recordarnos que no debíamos perder tan profundo conocimiento.

Lamentablemente, no le hicimos caso.

Mariano Medina era conocido como «el hombre del tiempo». No había otro. Comenzó con sus previsiones meteorológicas en la radio en 1986 y posteriormente se pasó a la televisión.

Pese a que utilizaba tan solo un mapa arcaico y una tiza (como todo buen maestro), el país entero le escuchaba con devoción. Era regordete, formal y aburrido, es decir, creíble. Y con su parsimonia creó un espacio televisivo en el que hoy compiten hombres y mujeres de todos los canales para arrancarle un trozo de audiencia a sus competidores.

Pero antes de Mariano Medina, ¿cómo se sabía si iba a llover? Solo había una forma: escudriñar la naturaleza tratando de averiguar lo que esta nos deparaba. El viento, las nubes, la humedad nos daban pistas. Sin embargo, y por encima de todas ellas, la más fiable era el comportamiento de los animales.

Hasta que llegó Mariano Medina, la mayoría de ellos eran mucho mejores que nosotros en esa labor prospectiva. Y prueba de ello es la infinidad de refranes que en el pasado nos enseñaban a observarlos para detectar si la ansiada lluvia iba a regar nuestros campos.

Aunque la mayoría de dichos refranes están desapareciendo, aquí van unos cuantos para que puedas comprobar si alguno aún te suena:

Cuando los tordos se bañan, agua viene.

Cuando canta el milano, agua en la mano.

Cuando chilla el mochuelo, pronto se moja el suelo.

Golondrina que con el ala roza la tierra, lluvia recela.

La urraca en el lugar, llover o nevar.

Junta de pájaros, agua segura.

Cuando los perros comen hierba, lluvia hay cerca.

Hormigas acordonadas, pronto mojadas.

Si las lombrices asoman en el huerto, se moja presto.

Cuando el sapo canta fuerte, agua promete.

Cuando a la vaca el cuerno le suda, agua segura.

Cuando bebe el gallo, llueve en verano.

Cuando al palomo veas en el agua, coge las botas y el paraguas.

Cuando la cabra estornuda, el tiempo muda.

Cuando el búho en diciembre canta, lluvia o templanza.

La tecnología digital, la inteligencia artificial y la infinidad de satélites que nos sobrevuelan permanentemente ha dejado obsoleto aquel saber basado en el comportamiento de la naturaleza.

Era inevitable y nadie puede cuestionar que una mejor previsión climatológica salva vidas y disminuye incertidumbres. Pero, como casi siempre, cuando algo se gana, algo se pierde.

Lo que hemos perdido es nuestra capacidad de leer la naturaleza. La relación simbiótica que manteníamos con ella cuando sus mensajes nos resultaban útiles y provechosos ha desaparecido. Y eso nos lleva a un analfabetismo ecológico que difícilmente suplantará la información de Siri, Google Now, Cortana o Alexia.

Mariano Medina fue la frontera entre el antes y el después. Pero, como todo ser fronterizo, sabía hablar el idioma de ambos lados. Prueba de ello es que cuando publicó su libro La mar y el tiempo, fue capaz de explicar con una enorme capacidad didáctica el comportamiento de los anticiclones, las borrascas y demás fenómenos meteorológicos.

Pero siempre terminaba cada capítulo con un viejo refrán para recordarnos que no debíamos perder tan profundo conocimiento.

Lamentablemente, no le hicimos caso.

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