Publicado: 20 de noviembre 2023 10:34  /   CIENCIA
por
Ilustración  Miriam Persand

El placentero viaje entre lo novedoso y lo familiar

Publicado: 20 de noviembre 2023 10:34  /   CIENCIA     por        Ilustración  Miriam Persand
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predisposición genética al placerfamiliar

La línea divisoria entre lo novedoso y lo familiar es fina, pero sus efectos no lo son. Por ejemplo, si invoco la metáfora ya gastada por el uso «aquella bruja tenía nariz aguileña», los lectores más avezados no sentirán gran cosa. Es posible que ni siquiera se imaginen vívidamente la nariz. Porque ese epíteto apenas ofrece información nueva. 

Por el contrario, si escribimos que la bruja exhibe un apéndice nasal de connotaciones ornitológicas, la novedad puede detener al lector. Incluso es posible que trate de extraer un poco más de significado: ¿como un pájaro? ¿Grande? ¿Picuda? Al final, esa nariz acaba adquiriendo mayor sustancia literaria porque resulta novedosa, porque abre senda hacia un nuevo finisterre evitando en lo posible los caminos más trillados (he aquí otro intento de buscar la novedad).

Los efectos entre lo novedoso y lo familiar son claros. Pero, como decía, la línea divisoria puede no serlo tanto. Por ejemplo, uno puede reencantarse con el mundo si trata de escudriñarlo desde otro ángulo, o con otra predisposición. O si adquiere cierto background

Supongamos el enorme flujo de datos sobre el color, el tono, la forma, el movimiento y la orientación de un objeto cotidiano como un brick de leche. Uno puede examinar algunos detalles que antes le pasaron desapercibidos. Descubrir la apasionante historia del inventor del brick o de su proceso de fabricación. Puede, incluso, observar (que no mirar) lo que ya conoce y extraer un nuevo significado.

predisposición genética al placer

Y entonces el brick, por arte de magia, se convierte en un objeto sugerente, casi exótico. Como si fuera la reliquia de una antigua civilización. 

Supervivencia

Nuestro sistema de recompensa ha evolucionado para promover la supervivencia. Por ejemplo, los alimentos ricos en grasas y azúcares son placenteros porque nuestros antepasados necesitaban este superávit de calorías para sobrevivir. Lo mismo ocurre con el sexo: es placentero porque promueve la reproducción y, por consiguiente, la supervivencia de la especie.

Asimismo, las variaciones genéticas pueden jugar un papel significativo en la cantidad de placer que obtenemos de diversas actividades y sustancias. Por ejemplo, hay personas que tienen una predisposición genética a disfrutar más de las actividades físicas y, por tanto, son más propensas a hacer ejercicio regularmente. Lo mismo sucede con la comida. Es decir, que nuestras inclinaciones al placer moldean nuestros cuerpos y nuestros entornos que, a su vez, también influyen en nuestras inclinaciones al placer, en continuos bucles de retroalimentación. 

Esto es particularmente significativo cuando abordamos cómo lo nuevo o lo viejo nos suscitan placer.

Toda actividad interesante para un ser humano debe bascular entre la neofobia y la neofilia, entre lo extremadamente familiar y lo extremadamente desconocido, entre lo que se puede predecir completamente y lo que resulta de todo punto impredecible.

Si se inclina demasiado la balanza hacia uno u otro extremo, la actividad entonces produce aburrimiento o rechazo. Solo las actividades que se encuentran a medio camino entre ambos extremos resultan estimulantes, originando infinitos loops de dopamina. 

Los genes-ambiente determinan dónde está el fiel de la balanza. Y los extremos.

Laberintos

Supongamos que la vida es un laberinto. Pero no todos los laberintos son iguales, como tampoco lo son todos los estilos de vida. 

Los laberintos multicursales, por ejemplo, presentan giros ocultos y callejones sin salida en los que uno puede extraviarse para siempre. Por el contrario, los laberintos unicursales presentan una sola ruta posible y están diseñados para conducir a una persona a través de un viaje controlado, con un inicio y un final claros.

Si el laberinto unicursal es muy sencillo, nos aburre, pero si es lo suficientemente intrincado, nos divierte. Del mismo modo, los laberintos multicursales tienden a crear más frustración porque apenas presentan elementos familiares a los que aferrarse. Todo es una confusión. No hay patrones. No hay pistas. No sirve de nada memorizar el camino ni probar una técnica. Un laberinto multicursal podría estar construido sobre la marcha, hasta el punto de que ni sus propios constructores supieron salir de él. 

Por ello, nadie es puramente progresista o conservador. Como tampoco nos gusta que los laberintos sean, en todos los contextos, totalmente unicursales o multicursales. Todos tendemos a ser razonablemente conservadores o razonablemente progresistas. Pero razonable, en ese caso, está tamizado por nuestros circuitos de placer, que a su vez están moldeados por nuestra biología, que a su vez está retroalimentada por el ambiente. 

predisposición genética al placer

 

Nadie es responsable de que sienta mayor placer con una postura frente a otra. Como tampoco que uno prefiera la tortilla de patatas con cebolla o sin (bien, en este caso quizá podríamos hacer una excepción).

De esto se sigue que no deberíamos menospreciar o deshumanizar a quienes prefieren enfrentarse a unos u otros tipos de laberintos en la vida. Más aún: quienes, en aras de sintonizar con su cosmovisión, respaldan que su país se parezca más a uno u otro tipo de laberinto. 

La verdadera diversidad laberíntica

Ayaan Hirsi Ali, una joven somalí refugiada en los Países Bajos, huyó de una vida llena de dificultades y sometimientos en Somalia y Kenia. Absorbida por los principios de la Ilustración que encontró en los Países Bajos, Ali defendió con fervor la necesidad de un Voltaire en el islam, un faro de la Ilustración, en un debate en 2001.

Hirsi Ali halló un laberinto que le resultaba más placentero. Uno que presentaba un camino que sintonizaba mejor con su forma de ver el mundo. Quizá más ordenado, como un jardín francés que ha sido mil veces podado, con esa minuciosidad con la que el ebanista pasa la garlopa para pulir aristas. 

Sin embargo, Hirsi Ali, además de ser feminista, atea e ilustrada, es una defensora de la diversidad. Sabe que nadie debería morir por sus ideas. Sabe que el mayor respeto, más allá de la cantidad de melanina de tu piel o tu género, es el que se concede a la mente. Allí donde anida tu propio laberinto vital, ideológico y hasta religioso. 

Sí, puedes argumentar, convencer y persuadir, pero no deshumanizar o matar. O como ella misma dejó por escrito: «Necesitamos una diversidad nueva: no basada en características biológicas y políticas identitarias, sino una diversidad de opiniones y visiones del mundo.»

El problema es que no todos experimentamos el mismo placer recorriendo idénticos laberintos. Intentaremos que el mundo se parezca lo máximo posible al laberinto más idóneo para nosotros, a la vez que los demás hacen lo propio. Llegados a este punto, quizá, aunque no resulte del todo placentero, vale la pena tomar perspectiva, salir del laberinto y, desde un punto de vista cenital, constatar que todos los laberintos son esencialmente iguales. Rutas hedónicas más o menos desordenadas. 

La línea divisoria entre lo novedoso y lo familiar es fina, pero sus efectos no lo son. Por ejemplo, si invoco la metáfora ya gastada por el uso «aquella bruja tenía nariz aguileña», los lectores más avezados no sentirán gran cosa. Es posible que ni siquiera se imaginen vívidamente la nariz. Porque ese epíteto apenas ofrece información nueva. 

Por el contrario, si escribimos que la bruja exhibe un apéndice nasal de connotaciones ornitológicas, la novedad puede detener al lector. Incluso es posible que trate de extraer un poco más de significado: ¿como un pájaro? ¿Grande? ¿Picuda? Al final, esa nariz acaba adquiriendo mayor sustancia literaria porque resulta novedosa, porque abre senda hacia un nuevo finisterre evitando en lo posible los caminos más trillados (he aquí otro intento de buscar la novedad).

Los efectos entre lo novedoso y lo familiar son claros. Pero, como decía, la línea divisoria puede no serlo tanto. Por ejemplo, uno puede reencantarse con el mundo si trata de escudriñarlo desde otro ángulo, o con otra predisposición. O si adquiere cierto background

Supongamos el enorme flujo de datos sobre el color, el tono, la forma, el movimiento y la orientación de un objeto cotidiano como un brick de leche. Uno puede examinar algunos detalles que antes le pasaron desapercibidos. Descubrir la apasionante historia del inventor del brick o de su proceso de fabricación. Puede, incluso, observar (que no mirar) lo que ya conoce y extraer un nuevo significado.

predisposición genética al placer

Y entonces el brick, por arte de magia, se convierte en un objeto sugerente, casi exótico. Como si fuera la reliquia de una antigua civilización. 

Supervivencia

Nuestro sistema de recompensa ha evolucionado para promover la supervivencia. Por ejemplo, los alimentos ricos en grasas y azúcares son placenteros porque nuestros antepasados necesitaban este superávit de calorías para sobrevivir. Lo mismo ocurre con el sexo: es placentero porque promueve la reproducción y, por consiguiente, la supervivencia de la especie.

Asimismo, las variaciones genéticas pueden jugar un papel significativo en la cantidad de placer que obtenemos de diversas actividades y sustancias. Por ejemplo, hay personas que tienen una predisposición genética a disfrutar más de las actividades físicas y, por tanto, son más propensas a hacer ejercicio regularmente. Lo mismo sucede con la comida. Es decir, que nuestras inclinaciones al placer moldean nuestros cuerpos y nuestros entornos que, a su vez, también influyen en nuestras inclinaciones al placer, en continuos bucles de retroalimentación. 

Esto es particularmente significativo cuando abordamos cómo lo nuevo o lo viejo nos suscitan placer.

Toda actividad interesante para un ser humano debe bascular entre la neofobia y la neofilia, entre lo extremadamente familiar y lo extremadamente desconocido, entre lo que se puede predecir completamente y lo que resulta de todo punto impredecible.

Si se inclina demasiado la balanza hacia uno u otro extremo, la actividad entonces produce aburrimiento o rechazo. Solo las actividades que se encuentran a medio camino entre ambos extremos resultan estimulantes, originando infinitos loops de dopamina. 

Los genes-ambiente determinan dónde está el fiel de la balanza. Y los extremos.

Laberintos

Supongamos que la vida es un laberinto. Pero no todos los laberintos son iguales, como tampoco lo son todos los estilos de vida. 

Los laberintos multicursales, por ejemplo, presentan giros ocultos y callejones sin salida en los que uno puede extraviarse para siempre. Por el contrario, los laberintos unicursales presentan una sola ruta posible y están diseñados para conducir a una persona a través de un viaje controlado, con un inicio y un final claros.

Si el laberinto unicursal es muy sencillo, nos aburre, pero si es lo suficientemente intrincado, nos divierte. Del mismo modo, los laberintos multicursales tienden a crear más frustración porque apenas presentan elementos familiares a los que aferrarse. Todo es una confusión. No hay patrones. No hay pistas. No sirve de nada memorizar el camino ni probar una técnica. Un laberinto multicursal podría estar construido sobre la marcha, hasta el punto de que ni sus propios constructores supieron salir de él. 

Por ello, nadie es puramente progresista o conservador. Como tampoco nos gusta que los laberintos sean, en todos los contextos, totalmente unicursales o multicursales. Todos tendemos a ser razonablemente conservadores o razonablemente progresistas. Pero razonable, en ese caso, está tamizado por nuestros circuitos de placer, que a su vez están moldeados por nuestra biología, que a su vez está retroalimentada por el ambiente. 

predisposición genética al placer

 

Nadie es responsable de que sienta mayor placer con una postura frente a otra. Como tampoco que uno prefiera la tortilla de patatas con cebolla o sin (bien, en este caso quizá podríamos hacer una excepción).

De esto se sigue que no deberíamos menospreciar o deshumanizar a quienes prefieren enfrentarse a unos u otros tipos de laberintos en la vida. Más aún: quienes, en aras de sintonizar con su cosmovisión, respaldan que su país se parezca más a uno u otro tipo de laberinto. 

La verdadera diversidad laberíntica

Ayaan Hirsi Ali, una joven somalí refugiada en los Países Bajos, huyó de una vida llena de dificultades y sometimientos en Somalia y Kenia. Absorbida por los principios de la Ilustración que encontró en los Países Bajos, Ali defendió con fervor la necesidad de un Voltaire en el islam, un faro de la Ilustración, en un debate en 2001.

Hirsi Ali halló un laberinto que le resultaba más placentero. Uno que presentaba un camino que sintonizaba mejor con su forma de ver el mundo. Quizá más ordenado, como un jardín francés que ha sido mil veces podado, con esa minuciosidad con la que el ebanista pasa la garlopa para pulir aristas. 

Sin embargo, Hirsi Ali, además de ser feminista, atea e ilustrada, es una defensora de la diversidad. Sabe que nadie debería morir por sus ideas. Sabe que el mayor respeto, más allá de la cantidad de melanina de tu piel o tu género, es el que se concede a la mente. Allí donde anida tu propio laberinto vital, ideológico y hasta religioso. 

Sí, puedes argumentar, convencer y persuadir, pero no deshumanizar o matar. O como ella misma dejó por escrito: «Necesitamos una diversidad nueva: no basada en características biológicas y políticas identitarias, sino una diversidad de opiniones y visiones del mundo.»

El problema es que no todos experimentamos el mismo placer recorriendo idénticos laberintos. Intentaremos que el mundo se parezca lo máximo posible al laberinto más idóneo para nosotros, a la vez que los demás hacen lo propio. Llegados a este punto, quizá, aunque no resulte del todo placentero, vale la pena tomar perspectiva, salir del laberinto y, desde un punto de vista cenital, constatar que todos los laberintos son esencialmente iguales. Rutas hedónicas más o menos desordenadas. 

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