26 de diciembre 2019    /   IDEAS
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Se nos ha cronificado la prisa

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¿Tú también detienes el microondas unos segundos antes de que acabe? ¿O te levantas de tu asiento antes de que el tren llegue a la estación? ¿O quizá eres de los que activan el móvil justo cuando el avión aterriza? Si es así quizá deberías plantearte, como muchas otras personas, una sencilla pregunta: ¿por qué?

Es evidente que no se gana absolutamente nada parando el microondas antes de tiempo (por cierto, para no agotar el que uno mismo ha programado). Ni levantándose del asiento a coger el equipaje si es que el tren aún no se ha detenido.

Tampoco se obtiene ninguna ganancia conectando el teléfono unos segundos antes cuando el avión toma tierra. De hecho, no pasaría absolutamente nada aunque pasaran varios minutos e incluso horas, si es que somos verdaderamente sinceros.

¿De dónde viene esta ubicua tendencia a vivir por delante del reloj? ¿Cómo ha aparecido en nuestra vida esa sensación de urgencia que nos lleva a no esperar ni las demoras obvias e inevitables? ¿Por qué tenemos esta constante sensación de que siempre lo interesante o importante es lo que viene después?

Se nos ha cronificado la prisa. Es como la cicatriz de una quemadura que, aunque el fuego ya no exista, permanece sobre la piel dejándola dañada de por vida. Se nos ha cronificado tanto que ya no sabemos si es que realmente tenemos mucho que hacer o que ya no sabemos hacer nada si no es con precipitación.

Si en tiempos pasados el anhelo era vivir el momento, en el sentido de disfrutar de lo que nos estaba pasando en cada instante, ahora da la impresión de que hemos involucionado. La simple permanencia en el instante que nos toca vivir supone un reto extraordinario para la mayoría de nosotros.

Y la pregunta más importante es a dónde van los segundos ahorrados al microondas, los minutos de espera en el pasillo del tren, o el tiempo que aparentemente hemos recuperado conectando el móvil en el avión un poco antes de que suene por la megafonía el aviso que lo permite. No hacemos más deporte, no leemos más libros y hasta es posible que no pasemos más tiempo con nuestros seres queridos que hace décadas.

Y eso que se suponía que el progreso nos iba a ayudar a tener más tiempo para todo ello. Pero ahora que disponemos de teléfonos inteligentes, trenes, aviones y otros avances, no estamos seguros de qué ha pasado con todas esas horas que, en teoría, deberíamos estar atesorando.

Así es que llegamos finalmente a la conclusión de que la prisa no es el resultado del ajetreo de la existencia: la prisa es una forma de vivir la vida. Y así es que nos damos cuenta de que los asuntos verdaderamente apremiantes son más bien pocos y de que nada justifica caminar por nuestra biografía como si nos fuera la vida en ello, nunca mejor dicho.

Y así es que nos percatamos, finalmente, de que esperar los segundos, minutos u horas que correspondan no es perder el tiempo, sino vivir en el tiempo. En el que nos ha tocado. Es sincronizarnos con la vida que es, no con la que anticipamos. Es estar donde tenemos que estar y vivir cuando tenemos que vivir. Nada más, nada menos.

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Es evidente que no se gana absolutamente nada parando el microondas antes de tiempo (por cierto, para no agotar el que uno mismo ha programado). Ni levantándose del asiento a coger el equipaje si es que el tren aún no se ha detenido.

Tampoco se obtiene ninguna ganancia conectando el teléfono unos segundos antes cuando el avión toma tierra. De hecho, no pasaría absolutamente nada aunque pasaran varios minutos e incluso horas, si es que somos verdaderamente sinceros.

¿De dónde viene esta ubicua tendencia a vivir por delante del reloj? ¿Cómo ha aparecido en nuestra vida esa sensación de urgencia que nos lleva a no esperar ni las demoras obvias e inevitables? ¿Por qué tenemos esta constante sensación de que siempre lo interesante o importante es lo que viene después?

Se nos ha cronificado la prisa. Es como la cicatriz de una quemadura que, aunque el fuego ya no exista, permanece sobre la piel dejándola dañada de por vida. Se nos ha cronificado tanto que ya no sabemos si es que realmente tenemos mucho que hacer o que ya no sabemos hacer nada si no es con precipitación.

Si en tiempos pasados el anhelo era vivir el momento, en el sentido de disfrutar de lo que nos estaba pasando en cada instante, ahora da la impresión de que hemos involucionado. La simple permanencia en el instante que nos toca vivir supone un reto extraordinario para la mayoría de nosotros.

Y la pregunta más importante es a dónde van los segundos ahorrados al microondas, los minutos de espera en el pasillo del tren, o el tiempo que aparentemente hemos recuperado conectando el móvil en el avión un poco antes de que suene por la megafonía el aviso que lo permite. No hacemos más deporte, no leemos más libros y hasta es posible que no pasemos más tiempo con nuestros seres queridos que hace décadas.

Y eso que se suponía que el progreso nos iba a ayudar a tener más tiempo para todo ello. Pero ahora que disponemos de teléfonos inteligentes, trenes, aviones y otros avances, no estamos seguros de qué ha pasado con todas esas horas que, en teoría, deberíamos estar atesorando.

Así es que llegamos finalmente a la conclusión de que la prisa no es el resultado del ajetreo de la existencia: la prisa es una forma de vivir la vida. Y así es que nos damos cuenta de que los asuntos verdaderamente apremiantes son más bien pocos y de que nada justifica caminar por nuestra biografía como si nos fuera la vida en ello, nunca mejor dicho.

Y así es que nos percatamos, finalmente, de que esperar los segundos, minutos u horas que correspondan no es perder el tiempo, sino vivir en el tiempo. En el que nos ha tocado. Es sincronizarnos con la vida que es, no con la que anticipamos. Es estar donde tenemos que estar y vivir cuando tenemos que vivir. Nada más, nada menos.

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En busca y captura de un trabajo en Berlín
Pero… ¿quién carajo inventó las ventanas del ordenador?
Y tú mas: ¡Cazurro!
Respeta el brutalismo (I) o los edificios que acabaron siendo símbolo de la distopía
 
Especiales
 
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Opiniones 2
  • El cambio es lo único que permanece, estimula y se cronifica. Su antónimo es la muerte. Por ello los humanos inventaron el tiempo, para medirlo con precisión y anticiparse al cambio. Obteniendo con ello la ilusión de una vida renovada en base a absurdeces como las relatada aquí para anticiparse al cambio en vez de esperarlo para adaptarnos a él.. Por ello los humanos inventaron la cibernÉtica, para acelerarlo o frenarlo y con ello vivir plenamente en harmonía con el Santo cambio.

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