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15 de febrero 2019    /   CIENCIA
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El ‘disc-jockey’ que permaneció ocho días despierto (y casi no lo cuenta)

15 de febrero 2019    /   CIENCIA     por          
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La privación de sueño tiene efectos extraordinariamente nocivos en el cuerpo humano. En un estudio reciente, por ejemplo, se sugería que dormir servía, literalmente, para eliminar desechos y toxinas que se acumulan en nuestro cerebro, un proceso facilitado por el llamado sistema glifático, como lo bautizó la neurocientífica danesa Maiken Nedergaard. Se cree, de hecho, que la acumulación de productos de desecho en el cerebro conduce a la enfermedad de Alzheimer y otras formas de demencia.

Por esa razón, llevar a cabo estudios de privación de sueño en humanos no es ético. Sin embargo, se han llevado a cabo algunas tentativas.

Como la protagonizada por el disc-jockey estadounidense Peter Tripp: durante la década de 1950, en su emisora de radio, anunció a sus oyentes que iba a permanecer despierto ocho días. Lo que le pasó a Tripp durante ese tiempo se parece a lo experimentado por Alicia cuando cruzó el espejo.

Ocho días de vigilia

Según un nuevo estudio llevado a cabo por la Escuela de Medicina David Geffen de la Universidad de Los Ángeles, California (Estados Unidos) y la Universidad de Tel Aviv (Israel), el déficit de sueño obra en el funcionamiento de nuestro cerebro de forma muy similar al consumo de alcohol.

Es decir, si no dormimos, sufrimos los lapsos cognitivos de cómo percibimos y reaccionamos ante el mundo que nos rodea. Además, cuando estamos somnolientos, las neuronas responden más lentamente y sus transmisiones se prolongan más de lo habitual.

No dormir, pues, es semejante a ingerir algún tipo de droga psicoactiva.

El sueño, además, es fundamental para la vida, como demostró Allan Rechtschaffen, de la Universidad de Chicago, en la década de 1980 privando de sueño a ratas. A pesar de que tenían acceso fácil a la comida, las ratas que no dormían empezaron a perder peso y sus pieles se tornaron amarillentas, hasta que murieron. Es más fácil, de hecho, morir por no dormir que por no comer.

A Peter Tripp, un famoso disco-jockey estadounidense de la década de 1950, no le importaban todos estos riesgos. Básicamente porque aún ignoraba mucho de ellos. Tripp era amante del rock and roll, y no solo pinchaba discos en la radio, sino que hablaba con un estilo provocador, a lo Robin Williams en Good Morning Vietnam. Cuando en 1955 se mudó a Nueva York, empezó a presentar uno de los programas de radio más conocidos del país.

Con 32 años, en 1959, Tripp lanzó el desafió a sus oyentes de que permanecería en antena ocho días sin dormir. Aquel evento se convirtió en un show extraordinario: el estudio de radio se montó en el interior de una estancia de cristal instalada en Times Square, donde la gente que pasara por allí podía contemplar en directo los efectos de la vigilia ininterrumpida de Tripp. A su vez, un equipo de médicos mantenían en continua observación al presentador insomne.

Empieza la decadencia

Tripp no salía del estudio móvil salvo para ir al baño; el resto del tiempo estaba al pie del cañón, hablando con sus oyentes. Al principio, todo iba bien. Tripp continuaba siendo el de siempre, exhibiendo su estilo entre irónico y sardónico mientras pinchaba rock and roll. Sin embargo, progresivamente su carácter se fue agriando. Por ejemplo, cuando vino un barbero amigo suyo a cortarle el pelo en antena, le trató con semejante grosería que el barbero acabó llorando.

A los pocos días de no dormir, Tripp empezó a mostrarse seriamente desorientado. Y empezó la locura, como relata Richard Wiseman en su libro Escuela nocturna:

Creía que había ratones corriendo por el estudio, que tenía los zapatos llenos de arañas y que se había prendido fuego a su mesa. En un momento dado entró un médico local a examinarlo. Convencido de que el médico en realidad era un sepulturero que había ido a enterrarlo, Tripp salió de la habitación medio desnudo y chillando. Hacia el final de la prueba, el exhausto locutor de radio no estaba muy seguro de su propia identidad, y creía que estaba representando a un hombre llamado Peter Tripp.

Tripp logró permanecer despierto los ocho días que se había propuesto, si bien parecía que parte de aquellos días hubieran transcurrido en un mundo onírico. Tras aquel ímprobo esfuerzo, se marchó a casa y durmió veinticuatro horas seguidas.

Once días

El caso de Tripp fue el más mediático, pero no el más prolongado. Hay una persona que logró pasar más días que Tripp sin dormir, concretamente once: Randy Gardner, un estadounidense que trató de establecer un nuevo récord mundial en 1964. Gardner solo tenía 17 años.

Para mantenerse despierto, recibió la ayuda de dos amigos, que le llevaban de paseo a la tienda local de donuts, le ponían música a todo volumen o jugaban con él interminablemente a las máquinas recreativas. El comandante John Ross, médico de la Unidad Médica de Investigaciones Neuropsiquiátricas de la Marina de Estados Unidos, monitorizó a Gardner todo el tiempo. Así describe el neurólogo David Linden su caso en el libro El cerebro accidental:

Durante este período, Gardner al principio se fue poniendo de mal humor, sus gestos se fueron haciendo más torpes y su estado de ánimo era más irritable. A medida que el tiempo avanzaba, empezó a tener delirios (decía que era un famoso jugador profesional de fútbol americano), luego tuvo alucinaciones visuales (vio un camino que cruzaba un bosque que se extendía justo donde terminaba su dormitorio), paranoias y una ausencia completa de concentración mental.

De forma sorprendente, después de 15 horas de sueño, casi todos estos síntomas se mitigaron. Aquel incidente, al parecer, no dejó en Gardner ninguna lesión física, cognitiva o emocional duradera.

El tiempo máximo que una persona puede mantenerse sin dormir no se conoce con exactitud, aunque algunos documentos de torturas llevadas a cabo en campos de exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial sugieren que esta llega a las tres o cuatro semanas de no dormir. Así, tal vez la vida sea sueño, como decía Calderón de la Barca, pero si asumimos la frase en su sentido más literal, su exceso es, con toda probabilidad, muerte.

La privación de sueño tiene efectos extraordinariamente nocivos en el cuerpo humano. En un estudio reciente, por ejemplo, se sugería que dormir servía, literalmente, para eliminar desechos y toxinas que se acumulan en nuestro cerebro, un proceso facilitado por el llamado sistema glifático, como lo bautizó la neurocientífica danesa Maiken Nedergaard. Se cree, de hecho, que la acumulación de productos de desecho en el cerebro conduce a la enfermedad de Alzheimer y otras formas de demencia.

Por esa razón, llevar a cabo estudios de privación de sueño en humanos no es ético. Sin embargo, se han llevado a cabo algunas tentativas.

Como la protagonizada por el disc-jockey estadounidense Peter Tripp: durante la década de 1950, en su emisora de radio, anunció a sus oyentes que iba a permanecer despierto ocho días. Lo que le pasó a Tripp durante ese tiempo se parece a lo experimentado por Alicia cuando cruzó el espejo.

Ocho días de vigilia

Según un nuevo estudio llevado a cabo por la Escuela de Medicina David Geffen de la Universidad de Los Ángeles, California (Estados Unidos) y la Universidad de Tel Aviv (Israel), el déficit de sueño obra en el funcionamiento de nuestro cerebro de forma muy similar al consumo de alcohol.

Es decir, si no dormimos, sufrimos los lapsos cognitivos de cómo percibimos y reaccionamos ante el mundo que nos rodea. Además, cuando estamos somnolientos, las neuronas responden más lentamente y sus transmisiones se prolongan más de lo habitual.

No dormir, pues, es semejante a ingerir algún tipo de droga psicoactiva.

El sueño, además, es fundamental para la vida, como demostró Allan Rechtschaffen, de la Universidad de Chicago, en la década de 1980 privando de sueño a ratas. A pesar de que tenían acceso fácil a la comida, las ratas que no dormían empezaron a perder peso y sus pieles se tornaron amarillentas, hasta que murieron. Es más fácil, de hecho, morir por no dormir que por no comer.

A Peter Tripp, un famoso disco-jockey estadounidense de la década de 1950, no le importaban todos estos riesgos. Básicamente porque aún ignoraba mucho de ellos. Tripp era amante del rock and roll, y no solo pinchaba discos en la radio, sino que hablaba con un estilo provocador, a lo Robin Williams en Good Morning Vietnam. Cuando en 1955 se mudó a Nueva York, empezó a presentar uno de los programas de radio más conocidos del país.

Con 32 años, en 1959, Tripp lanzó el desafió a sus oyentes de que permanecería en antena ocho días sin dormir. Aquel evento se convirtió en un show extraordinario: el estudio de radio se montó en el interior de una estancia de cristal instalada en Times Square, donde la gente que pasara por allí podía contemplar en directo los efectos de la vigilia ininterrumpida de Tripp. A su vez, un equipo de médicos mantenían en continua observación al presentador insomne.

Empieza la decadencia

Tripp no salía del estudio móvil salvo para ir al baño; el resto del tiempo estaba al pie del cañón, hablando con sus oyentes. Al principio, todo iba bien. Tripp continuaba siendo el de siempre, exhibiendo su estilo entre irónico y sardónico mientras pinchaba rock and roll. Sin embargo, progresivamente su carácter se fue agriando. Por ejemplo, cuando vino un barbero amigo suyo a cortarle el pelo en antena, le trató con semejante grosería que el barbero acabó llorando.

A los pocos días de no dormir, Tripp empezó a mostrarse seriamente desorientado. Y empezó la locura, como relata Richard Wiseman en su libro Escuela nocturna:

Creía que había ratones corriendo por el estudio, que tenía los zapatos llenos de arañas y que se había prendido fuego a su mesa. En un momento dado entró un médico local a examinarlo. Convencido de que el médico en realidad era un sepulturero que había ido a enterrarlo, Tripp salió de la habitación medio desnudo y chillando. Hacia el final de la prueba, el exhausto locutor de radio no estaba muy seguro de su propia identidad, y creía que estaba representando a un hombre llamado Peter Tripp.

Tripp logró permanecer despierto los ocho días que se había propuesto, si bien parecía que parte de aquellos días hubieran transcurrido en un mundo onírico. Tras aquel ímprobo esfuerzo, se marchó a casa y durmió veinticuatro horas seguidas.

Once días

El caso de Tripp fue el más mediático, pero no el más prolongado. Hay una persona que logró pasar más días que Tripp sin dormir, concretamente once: Randy Gardner, un estadounidense que trató de establecer un nuevo récord mundial en 1964. Gardner solo tenía 17 años.

Para mantenerse despierto, recibió la ayuda de dos amigos, que le llevaban de paseo a la tienda local de donuts, le ponían música a todo volumen o jugaban con él interminablemente a las máquinas recreativas. El comandante John Ross, médico de la Unidad Médica de Investigaciones Neuropsiquiátricas de la Marina de Estados Unidos, monitorizó a Gardner todo el tiempo. Así describe el neurólogo David Linden su caso en el libro El cerebro accidental:

Durante este período, Gardner al principio se fue poniendo de mal humor, sus gestos se fueron haciendo más torpes y su estado de ánimo era más irritable. A medida que el tiempo avanzaba, empezó a tener delirios (decía que era un famoso jugador profesional de fútbol americano), luego tuvo alucinaciones visuales (vio un camino que cruzaba un bosque que se extendía justo donde terminaba su dormitorio), paranoias y una ausencia completa de concentración mental.

De forma sorprendente, después de 15 horas de sueño, casi todos estos síntomas se mitigaron. Aquel incidente, al parecer, no dejó en Gardner ninguna lesión física, cognitiva o emocional duradera.

El tiempo máximo que una persona puede mantenerse sin dormir no se conoce con exactitud, aunque algunos documentos de torturas llevadas a cabo en campos de exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial sugieren que esta llega a las tres o cuatro semanas de no dormir. Así, tal vez la vida sea sueño, como decía Calderón de la Barca, pero si asumimos la frase en su sentido más literal, su exceso es, con toda probabilidad, muerte.

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Opiniones 1
  • Fui testigo intermitente de una “proeza” mucho más breve, un programa de radio de 55 horas. Y por la mitad los locutores ya estaban bastante idiotizados, no delirando, pero cerca. No debe ser agradable vivir ni ver lo que pasa a partir del tercer o cuarto día.

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