7 de agosto 2018    /   IDEAS
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Procrastinar mejora la creatividad

7 de agosto 2018    /   IDEAS     por          
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García debe entregar un artículo en un par de horas. El encargo no es nuevo, se lo hicieron unos días antes con la suficiente antelación. Pero García no encuentra el momento adecuado para empezar a escribirlo. Ni siquiera para buscar la documentación que le sirva de base. El tiempo avanza, pero no el trabajo. Y es consciente de lo que ocurre: está procrastinando.

Según la RAE, procrastinar significa «diferir, aplazar». Y para el psicólogo Tim Pychlyl, de la Universidad de Carleton en Canadá, estamos ante un problema muy serio. Porque no se trata solo de retrasar algo para abordarlo mejor un poco más tarde (o sea, una cuestión de manejo de tiempo), sino de la incapacidad de controlar nuestras emociones e impulsos.

«Cuando procrastinamos, estamos tratando de mejorar nuestro estado de ánimo evitando hacer algo que nos parece desagradable», señala en un artículo de BBC News. «Es parecido a emborracharse o comer para consolarse: es una estrategia que nos hace sentir mejor al distraernos con un placer de corto plazo y olvidándonos del problema».

En su opinión, lo malo es que se confunde procrastinar con postergar. «Toda procrastinación implica una demora, pero no todas las demoras son procastinación», afirma. Porque procrastinar, entendido como no actuar a pesar de conocer las consecuencias negativas de ello, es algo negativo. En su opinión, esto de dejar para mañana lo que debes hacer hoy puede generar incluso problemas físicos y mentales como ansiedad, depresión y culpa.

Un estudio de febrero de este año indicaba que, en general, las personas tienden a realizar antes las tareas urgentes más pequeñas, que tienen una fecha límite de ejecución, que las tareas más importantes sin un plazo inmediato, a pesar de saber que son eso, mucho más importantes y trascendentales.

Artículos sobre cómo evitar la procastinacón, o al menos la procrastinación nociva, hay por todos lados. En un artículo de Tim Herrera para The New York Times, el autor propone dibujar o imaginar un cuadrado dividido a su vez en cuatro partes. Los dos apartados de arriba tienen dos etiquetas: Urgente y No urgente. A la izquierda, otras dos: Importante y No importante.

Se trataría, entonces, de colocar en esos cuatro espacios todas las tareas que una persona debe realizar. Así, se podrá comprobar que las cosas relacionadas con fechas límites cercanas no suelen ser las más importantes. Por tanto, deberían dejarse para más tarde o, si es posible, delegarse. Por otro lado, las cosas que no tienen fecha límite ni son importantes deberían eliminarse por completo de la lista de tareas. ¿Qué queda? Pues eso…

Una vez detectado qué es lo realmente urgente e importante, Herrera aconseja dividirlas en pequeñas metas para gestionarlas mejor. Algo parecido es lo que hace el cofundador y CEO de Instagram Kevin Systrom. Él, procrastinador empedernido y confeso, emplea un truco para evitar caer en el vicio del pa luego que amenaza la productividad: el trato de los cinco minutos.

Si hay algo que no le gusta o le cuesta hacer, hace un pacto consigo mismo: dedicarle cinco minutos y luego pasar a otra cosa. Lo curioso es que acaba empleando mucho más tiempo y acaba aquel trabajo que le daba tanta pereza empezar.

Según los psicólogos, procrastinamos por miedo: al fracaso, al estrés, a la crítica… Por eso se tiende a postergar una y otra vez las tareas más complejas. La regla de los cinco minutos de Systrom reduce esos miedos y permite que esa persona se enfrente al reto sin demasiadas complicaciones. Total, solo van a ser cinco minutos.

Otros especialistas, como el propio Tim Pychyl, apuestan por emplear técnicas como el mindfulness y la meditación, dividir la tarea en partes y plazos más manejables o imaginarse a uno mismo si fracasa en la labor encomendada.

Ahora bien, ¿es tan malo procrastinar como opinan algunos expertos? A la luz de otras investigaciones, como las que lleva a cabo Jihae Shin, profesora de la Facultad de Negocios de la Universidad de Wisconsin (EEUU), no solo no es perjudicial, sino que incluso puede ser mucho mas beneficioso para nuestra productividad y creatividad.

Shin pidió a las personas que participaron en sus estudios que propusieran nuevas ideas de negocios. A algunos les pidió empezar de inmediato. A otros, sin embargo, les dio algún tiempo para jugar a algún juego tecnológico antes de ponerse a ello. Al entregar sus propuestas, se comprobó que el 28% de los procrastinadores había tenido ideas mucho más creativas que los que se pusieron a saco desde el primer momento.

Según Shin, cuando la gente se toma su tiempo para realizar una labor, la mente tiene más posibilidades de divagar y eso ofrece una oportunidad única de fomentar patrones inusuales de pensamiento. Es decir, se favorece el pensamiento divergente.

Así pues, la precrastinación, hacer las cosas inmediatamente después de ser ordenadas o encargadas, hace que acabemos antes el trabajo y parezcamos más productivos que quienes prefieren esperar un poco más a que les bajen las musas y les muevan los brazos para empezar a trabajar. Pero, si se piensa bien, las primeras ideas son, por lo general, las más convencionales. Nos sacan del apuro, pero no nos convierten en personas brillantes.

Adam Grant, profesor de Administración y Psicología en la Warton School de la Universidad de Pennsylvania y autor de Originals: How Non-Conformists Move the World, se define así mismo como precrastinador. Así que quiso probar a hacer lo contrario: aplazar y demorar ciertas tareas en lugar de llevarlas a cabo en primera instancia. Cuenta su experiencia en otro artículo para The New York Times y la califica como positiva en ciertos aspectos.

«Descubrí que en cada proyecto creativo hay momentos que requieren pensar más lateralmente y, sí, también más lentamente. Mi necesidad natural de terminar las cosas antes era una manera de bloquear los pensamientos complejos que me dirigían a lugares insospechados. Estaba evitando el dolor del pensamiento divergente… pero también me estaba perdiendo sus recompensas», concluye.

Que procrastinar no es tan malo lo demuestra la existencia de grandes figuras que se dedicaron a dejar para después lo que parecía no poder esperar. Frank Lloyd Wright, por ejemplo, pasó casi un año retrasando un proyecto hasta que el cliente, enfadado, le exigió que dibujara algo en ese momento. Aquel bosquejo rápido fue el germen de su obra maestra, la Casa de la Cascada.

Así pues, dejemos a García buscando el momento adecuado para empezar a escribir su artículo. Seguramente ocurra cuando reciba la llamada de su redactor jefe exigiéndole la entrega del texto en diez minutos. Podría ser el futuro premio Pulitzer, así que no conviene meter prisa. Todo llegará. ¿Por qué no esperar a mañana?

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García debe entregar un artículo en un par de horas. El encargo no es nuevo, se lo hicieron unos días antes con la suficiente antelación. Pero García no encuentra el momento adecuado para empezar a escribirlo. Ni siquiera para buscar la documentación que le sirva de base. El tiempo avanza, pero no el trabajo. Y es consciente de lo que ocurre: está procrastinando.

Según la RAE, procrastinar significa «diferir, aplazar». Y para el psicólogo Tim Pychlyl, de la Universidad de Carleton en Canadá, estamos ante un problema muy serio. Porque no se trata solo de retrasar algo para abordarlo mejor un poco más tarde (o sea, una cuestión de manejo de tiempo), sino de la incapacidad de controlar nuestras emociones e impulsos.

«Cuando procrastinamos, estamos tratando de mejorar nuestro estado de ánimo evitando hacer algo que nos parece desagradable», señala en un artículo de BBC News. «Es parecido a emborracharse o comer para consolarse: es una estrategia que nos hace sentir mejor al distraernos con un placer de corto plazo y olvidándonos del problema».

En su opinión, lo malo es que se confunde procrastinar con postergar. «Toda procrastinación implica una demora, pero no todas las demoras son procastinación», afirma. Porque procrastinar, entendido como no actuar a pesar de conocer las consecuencias negativas de ello, es algo negativo. En su opinión, esto de dejar para mañana lo que debes hacer hoy puede generar incluso problemas físicos y mentales como ansiedad, depresión y culpa.

Un estudio de febrero de este año indicaba que, en general, las personas tienden a realizar antes las tareas urgentes más pequeñas, que tienen una fecha límite de ejecución, que las tareas más importantes sin un plazo inmediato, a pesar de saber que son eso, mucho más importantes y trascendentales.

Artículos sobre cómo evitar la procastinacón, o al menos la procrastinación nociva, hay por todos lados. En un artículo de Tim Herrera para The New York Times, el autor propone dibujar o imaginar un cuadrado dividido a su vez en cuatro partes. Los dos apartados de arriba tienen dos etiquetas: Urgente y No urgente. A la izquierda, otras dos: Importante y No importante.

Se trataría, entonces, de colocar en esos cuatro espacios todas las tareas que una persona debe realizar. Así, se podrá comprobar que las cosas relacionadas con fechas límites cercanas no suelen ser las más importantes. Por tanto, deberían dejarse para más tarde o, si es posible, delegarse. Por otro lado, las cosas que no tienen fecha límite ni son importantes deberían eliminarse por completo de la lista de tareas. ¿Qué queda? Pues eso…

Una vez detectado qué es lo realmente urgente e importante, Herrera aconseja dividirlas en pequeñas metas para gestionarlas mejor. Algo parecido es lo que hace el cofundador y CEO de Instagram Kevin Systrom. Él, procrastinador empedernido y confeso, emplea un truco para evitar caer en el vicio del pa luego que amenaza la productividad: el trato de los cinco minutos.

Si hay algo que no le gusta o le cuesta hacer, hace un pacto consigo mismo: dedicarle cinco minutos y luego pasar a otra cosa. Lo curioso es que acaba empleando mucho más tiempo y acaba aquel trabajo que le daba tanta pereza empezar.

Según los psicólogos, procrastinamos por miedo: al fracaso, al estrés, a la crítica… Por eso se tiende a postergar una y otra vez las tareas más complejas. La regla de los cinco minutos de Systrom reduce esos miedos y permite que esa persona se enfrente al reto sin demasiadas complicaciones. Total, solo van a ser cinco minutos.

Otros especialistas, como el propio Tim Pychyl, apuestan por emplear técnicas como el mindfulness y la meditación, dividir la tarea en partes y plazos más manejables o imaginarse a uno mismo si fracasa en la labor encomendada.

Ahora bien, ¿es tan malo procrastinar como opinan algunos expertos? A la luz de otras investigaciones, como las que lleva a cabo Jihae Shin, profesora de la Facultad de Negocios de la Universidad de Wisconsin (EEUU), no solo no es perjudicial, sino que incluso puede ser mucho mas beneficioso para nuestra productividad y creatividad.

Shin pidió a las personas que participaron en sus estudios que propusieran nuevas ideas de negocios. A algunos les pidió empezar de inmediato. A otros, sin embargo, les dio algún tiempo para jugar a algún juego tecnológico antes de ponerse a ello. Al entregar sus propuestas, se comprobó que el 28% de los procrastinadores había tenido ideas mucho más creativas que los que se pusieron a saco desde el primer momento.

Según Shin, cuando la gente se toma su tiempo para realizar una labor, la mente tiene más posibilidades de divagar y eso ofrece una oportunidad única de fomentar patrones inusuales de pensamiento. Es decir, se favorece el pensamiento divergente.

Así pues, la precrastinación, hacer las cosas inmediatamente después de ser ordenadas o encargadas, hace que acabemos antes el trabajo y parezcamos más productivos que quienes prefieren esperar un poco más a que les bajen las musas y les muevan los brazos para empezar a trabajar. Pero, si se piensa bien, las primeras ideas son, por lo general, las más convencionales. Nos sacan del apuro, pero no nos convierten en personas brillantes.

Adam Grant, profesor de Administración y Psicología en la Warton School de la Universidad de Pennsylvania y autor de Originals: How Non-Conformists Move the World, se define así mismo como precrastinador. Así que quiso probar a hacer lo contrario: aplazar y demorar ciertas tareas en lugar de llevarlas a cabo en primera instancia. Cuenta su experiencia en otro artículo para The New York Times y la califica como positiva en ciertos aspectos.

«Descubrí que en cada proyecto creativo hay momentos que requieren pensar más lateralmente y, sí, también más lentamente. Mi necesidad natural de terminar las cosas antes era una manera de bloquear los pensamientos complejos que me dirigían a lugares insospechados. Estaba evitando el dolor del pensamiento divergente… pero también me estaba perdiendo sus recompensas», concluye.

Que procrastinar no es tan malo lo demuestra la existencia de grandes figuras que se dedicaron a dejar para después lo que parecía no poder esperar. Frank Lloyd Wright, por ejemplo, pasó casi un año retrasando un proyecto hasta que el cliente, enfadado, le exigió que dibujara algo en ese momento. Aquel bosquejo rápido fue el germen de su obra maestra, la Casa de la Cascada.

Así pues, dejemos a García buscando el momento adecuado para empezar a escribir su artículo. Seguramente ocurra cuando reciba la llamada de su redactor jefe exigiéndole la entrega del texto en diez minutos. Podría ser el futuro premio Pulitzer, así que no conviene meter prisa. Todo llegará. ¿Por qué no esperar a mañana?

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