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14 de junio 2018    /   IDEAS
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Meteopolicías, nanomédicos y otras profesiones del futuro

14 de junio 2018    /   IDEAS     por          
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La clase de Historia del trabajo siempre ha sido mi favorita. A los niños les encanta saber qué hacían sus abuelos y bisabuelos para ganarse la vida, y todavía se lo pasan mejor cuando les toca explicar al resto de la clase, para contrastar, en qué trabajan sus padres hoy en día.

Se suelen reír cuando explico que a principios de siglo, cuando sus abuelos eran veinteañeros, la gente pensaba que los robots les quitarían el trabajo. Generación tras generación, los humanos han visto los avances tecnológicos como una amenaza, pero al final siempre han surgido nuevas profesiones asociadas a los revolucionarios inventos.

Klara, una chica polaca que vive en Katowice, dice que en su familia todos son abogados, y que ella quiere serlo de mayor. Su bisabuela montó un despacho a finales del siglo pasado. Le han contado que trabajaba con autónomos, pero no sabe muy bien lo que es.

En los años 20, cuando su abuelo se hizo director, lo que daba dinero eran las herencias digitales. Ahora suena raro, pero entonces era un follón recuperar las fotos y los documentos si no tenían la palabra clave («se llamaba contraseña», matizo, «y era lo que usaban para entrar en las webs cuando no te reconocían por la voz»).

A diferencia de sus antepasados, su padre no trabaja en el bufete familiar. Es experto en derecho genómico y se dedica a defender a las personas que son discriminadas por su ADN.

El papá de Kevin, un alumno boliviano que vive en una smart village a las afueras de Sucre, es técnico de una empresa de domótica. «Va a las casas a arreglar las ventanas cuando no se oscurecen si hace sol o las luces si no se encienden cuando llegas», describe el chico.

Aprovecho para enseñarles que antaño, cuando sus abuelos eran jóvenes, los empleados de las empresas del agua y de la luz iban por las casas mirando el contador, un aparato analógico que te decía cuánto habías gastado. Les hace mucha gracia que hicieran eso a mano.

La madre de Marina, una niña de Córdoba, tiene uno de los trabajos que más suelen gustar a los alumnos. Estudió Turismo y trabaja en una agencia de viajes diseñando vacaciones. No es la única que se dedica a la realidad virtual.

El padre de Peter, de Aberdeen, trabaja recreando recuerdos de personas mayores. La de Jeanne, de Yaundé, es conservadora del patrimonio («viaja mucho y se dedica a escanear sitios famosos para que los puedas visitar», nos cuenta) y el de Rubén, de Sabadell, es DJ en una discoteca virtual.

Eso les encanta, pero se quedan aún más sorprendidos al saber que el abuelo de Jungkook, surcoreano, estaba en el primer equipo que ganó el Mundial de League of Legends. «Pues mi abu era influencer y le daban un montón de ropa para que se hiciera selfis con ella», presume Jeanne.

Marina dice que la suya lo pasó muy mal porque tenía un taxi y le quitaron el trabajo. Para que lo entienda el resto de la clase, les resumo lo que sucedió cuando empresas como Uber sentaron las bases del transporte moderno:

«Antes la mayoría de la gente tenía coche propio y usaba el taxi muy de vez en cuando, pero gracias a Uber se extendió el modelo colaborativo que tenemos hoy en día». Rubén dice que eso le sonaba porque su madre trabaja en la DGT comprobando que los coches funcionen antes de que echen a volar, pero le ha contado que hasta hace unos veinte años le hacían exámenes a la gente para que pudiera conducir por carretera. «Y suspendían un montón de veces», comenta entre risas.

Lo que me encanta de esta clase es que los niños conocen un montón de profesiones. Uno de los padres es meteopolicía («persigue a los malos que hackean el clima», describe su hija). Otro, nanomédico. La madre de una alumna imprime casas autorreparables («dice que si las derriba el lobo de Los tres cerditos, se arreglan solas») y hay otro que ve muy poco a su papá, planificador urbano, porque pasa mucho tiempo en las colonias de Marte.

Por cierto, creo que no me he presentado. Mi nombre es Siri y trabajo para Apple Corporation como profesora virtual. Ahora que lo pienso, igual por eso les hace tanta gracia que les cuente que hace medio siglo, cuando sus abuelos eran veinteañeros, la gente pensaba que los robots les quitarían el trabajo.

La clase de Historia del trabajo siempre ha sido mi favorita. A los niños les encanta saber qué hacían sus abuelos y bisabuelos para ganarse la vida, y todavía se lo pasan mejor cuando les toca explicar al resto de la clase, para contrastar, en qué trabajan sus padres hoy en día.

Se suelen reír cuando explico que a principios de siglo, cuando sus abuelos eran veinteañeros, la gente pensaba que los robots les quitarían el trabajo. Generación tras generación, los humanos han visto los avances tecnológicos como una amenaza, pero al final siempre han surgido nuevas profesiones asociadas a los revolucionarios inventos.

Klara, una chica polaca que vive en Katowice, dice que en su familia todos son abogados, y que ella quiere serlo de mayor. Su bisabuela montó un despacho a finales del siglo pasado. Le han contado que trabajaba con autónomos, pero no sabe muy bien lo que es.

En los años 20, cuando su abuelo se hizo director, lo que daba dinero eran las herencias digitales. Ahora suena raro, pero entonces era un follón recuperar las fotos y los documentos si no tenían la palabra clave («se llamaba contraseña», matizo, «y era lo que usaban para entrar en las webs cuando no te reconocían por la voz»).

A diferencia de sus antepasados, su padre no trabaja en el bufete familiar. Es experto en derecho genómico y se dedica a defender a las personas que son discriminadas por su ADN.

El papá de Kevin, un alumno boliviano que vive en una smart village a las afueras de Sucre, es técnico de una empresa de domótica. «Va a las casas a arreglar las ventanas cuando no se oscurecen si hace sol o las luces si no se encienden cuando llegas», describe el chico.

Aprovecho para enseñarles que antaño, cuando sus abuelos eran jóvenes, los empleados de las empresas del agua y de la luz iban por las casas mirando el contador, un aparato analógico que te decía cuánto habías gastado. Les hace mucha gracia que hicieran eso a mano.

La madre de Marina, una niña de Córdoba, tiene uno de los trabajos que más suelen gustar a los alumnos. Estudió Turismo y trabaja en una agencia de viajes diseñando vacaciones. No es la única que se dedica a la realidad virtual.

El padre de Peter, de Aberdeen, trabaja recreando recuerdos de personas mayores. La de Jeanne, de Yaundé, es conservadora del patrimonio («viaja mucho y se dedica a escanear sitios famosos para que los puedas visitar», nos cuenta) y el de Rubén, de Sabadell, es DJ en una discoteca virtual.

Eso les encanta, pero se quedan aún más sorprendidos al saber que el abuelo de Jungkook, surcoreano, estaba en el primer equipo que ganó el Mundial de League of Legends. «Pues mi abu era influencer y le daban un montón de ropa para que se hiciera selfis con ella», presume Jeanne.

Marina dice que la suya lo pasó muy mal porque tenía un taxi y le quitaron el trabajo. Para que lo entienda el resto de la clase, les resumo lo que sucedió cuando empresas como Uber sentaron las bases del transporte moderno:

«Antes la mayoría de la gente tenía coche propio y usaba el taxi muy de vez en cuando, pero gracias a Uber se extendió el modelo colaborativo que tenemos hoy en día». Rubén dice que eso le sonaba porque su madre trabaja en la DGT comprobando que los coches funcionen antes de que echen a volar, pero le ha contado que hasta hace unos veinte años le hacían exámenes a la gente para que pudiera conducir por carretera. «Y suspendían un montón de veces», comenta entre risas.

Lo que me encanta de esta clase es que los niños conocen un montón de profesiones. Uno de los padres es meteopolicía («persigue a los malos que hackean el clima», describe su hija). Otro, nanomédico. La madre de una alumna imprime casas autorreparables («dice que si las derriba el lobo de Los tres cerditos, se arreglan solas») y hay otro que ve muy poco a su papá, planificador urbano, porque pasa mucho tiempo en las colonias de Marte.

Por cierto, creo que no me he presentado. Mi nombre es Siri y trabajo para Apple Corporation como profesora virtual. Ahora que lo pienso, igual por eso les hace tanta gracia que les cuente que hace medio siglo, cuando sus abuelos eran veinteañeros, la gente pensaba que los robots les quitarían el trabajo.

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