15 de abril 2013    /   CREATIVIDAD
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Profesiones inútiles en caso de apocalipsis zombie

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Si usted se viera arrojado a un escenario prehistórico o postapocalíptico (pandemia vírica, holocausto nuclear, invasión alienígena)… ¿sobreviviría? ¿Cuáles son las habilidades necesarias? ¿Tendría más posibilidades un community manager o un lanzador de jabalina? ¿Un actor porno o una meteoróloga? ¿Eduard Punset o Mario Vaquerizo?
Estamos hablando de un mundo en el que ya no hay electricidad, ni dispositivos Android, ni WiFi. Un escenario en el que solo acordarse de Foursquare le arrancará una melancólica sonrisa, mientras arroja su inútil iPhone 5 al barranco más próximo, del que emerge una amenazadora columna de humo tóxico.
¿De qué nos sirve, en caso de inesperado viaje en el tiempo hacia el siglo III, saber que el bosón de Higgs efectivamente tiene una confirmación empírica? Y si alguien es un brillante programador en C++, ¿tendrá alguna utilidad esto en un mundo arrasado por la radiación donde hay que buscar agua y protegerse de fieras mutantes?
Si usted es enclenque pero listo, como Phil Spector, deberá granjearse la protección de otros supervivientes más musculosos pero menos dotados de materia gris. En este caso, la capacidad de liderazgo es un valor fundamental. La tienen los maîtres de los restaurantes o los capataces de obra, pero carecen de ella los especialistas en biología molecular, como los protagonistas de Soy Leyenda (Francis Lawrence, 2007) revisión de la anterior El último hombre vivo (Boris Sagal, 1971). Will Smith en un caso y Charlton Heston en otro fueron supervivientes de la terrible pandemia… pero, oh casualidad, eran científicos capaces de sintetizar la vacuna en su laboratorio. ¿Y si hubieran sido panaderos? ¿O violinistas?
Si el desastre le ha pillado en algún lugar con mucha comida enlatada… pero no tiene abrelatas, hay blogs que surgieron como setas los días anteriores al supuesto Armaggedon del pasado 21 de diciembre (ya saben, el calendario Maya, etc.) que resuelven estas contingencias. Las últimas entradas de todas estas bitácoras siempre son anteriores a la fatídica fecha, por lo que si alguien las leyera deduciría que efectivamente sobrevino el fin del mundo.
Quizá la más paradigmática de estas historias sea la novela Robinson Crusoe (Daniel Defoe), llevada al extremo patafísico con la serie Lost en donde la suma de las habilidades individuales de los supervivientes de aquel vuelo 815 de Oceanic Airlines resulta fundamental para sobrevivir. Pero, si solo se hubieran salvado el guapo Jack Sepphard o el calvo Locke, ¿cuánto tiempo habrían tardado en perecer?
En Náufrago (Robert Zemeckis, 2000), Tom Hanks, esforzado trabajador de FEDEX, se extrae una muela picada con no poco dolor y una inexplicable falta de infecciones. Construir un refugio, hacer fuego, cazar, pescar y defenderse… pero sobre todo no enloquecer ante una disrupción de ese calibre. El peor enemigo está dentro.
Si usted es un ingeniero con corbata que solo ha hecho diseños con el Autocad en la planta 23 de un rascacielos, no parece muy probable que sea capaz de construir con sus propias manos un puente para sortear el cauce de un río caudaloso.
También en Un yanqui en la corte del Rey Arturo (Mark Twain) alguien trasvasado desde el futuro se hace cargo de una Inglaterra supersticiosa y anquilosada. Introduce asombrosos avances (ferrocarril, telégrafo, periódicos, electricidad…) por lo que le suponemos un norteamericano realmente bien preparado. Pero, ¿cuántos de nosotros seríamos capaces de cambiar el curso de la Historia si apareciéramos súbitamente hace quince siglos? Resolver el cubo de Rubik rápidamente no parece una ventaja, ni ser un cotizado DJ, ni dedicarse a la cocina molecular, ser un delantero millonario, una presentadora de éxito o un ministro de Economía.
Haciendo el recorrido inverso podríamos preguntarnos si una persona procedente del siglo IV a. de C. sería capaz de sobrevivir en el mundo moderno. La respuesta es curiosa, pues esa persona solo tendría posibilidades en un entorno no afectado por la tecnología, por ejemplo, aislada en una aldea rural perdida entre las montañas.
Así pues, parece que la tecnología es una puerta giratoria por la que el homo sapiens transita peligrosamente; es un interruptor con dos posiciones, cuyo apagón nos devuelve a los albores de nuestra especie.
Escribiendo este artículo me he sentido cada vez más vulnerable (mi mayor habilidad consiste en fingir que soy ruso, talento de dudosa utilidad si las cosas se ponen feas).
Conviene estar preparado, y de todas las ofertas que he visto en la red, este curso llamado Zombie Survival Course me parece de los más completos.
Nos vemos el día después…

(Foto: Marine Corps, Dominio Público)
 

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Estamos hablando de un mundo en el que ya no hay electricidad, ni dispositivos Android, ni WiFi. Un escenario en el que solo acordarse de Foursquare le arrancará una melancólica sonrisa, mientras arroja su inútil iPhone 5 al barranco más próximo, del que emerge una amenazadora columna de humo tóxico.
¿De qué nos sirve, en caso de inesperado viaje en el tiempo hacia el siglo III, saber que el bosón de Higgs efectivamente tiene una confirmación empírica? Y si alguien es un brillante programador en C++, ¿tendrá alguna utilidad esto en un mundo arrasado por la radiación donde hay que buscar agua y protegerse de fieras mutantes?
Si usted es enclenque pero listo, como Phil Spector, deberá granjearse la protección de otros supervivientes más musculosos pero menos dotados de materia gris. En este caso, la capacidad de liderazgo es un valor fundamental. La tienen los maîtres de los restaurantes o los capataces de obra, pero carecen de ella los especialistas en biología molecular, como los protagonistas de Soy Leyenda (Francis Lawrence, 2007) revisión de la anterior El último hombre vivo (Boris Sagal, 1971). Will Smith en un caso y Charlton Heston en otro fueron supervivientes de la terrible pandemia… pero, oh casualidad, eran científicos capaces de sintetizar la vacuna en su laboratorio. ¿Y si hubieran sido panaderos? ¿O violinistas?
Si el desastre le ha pillado en algún lugar con mucha comida enlatada… pero no tiene abrelatas, hay blogs que surgieron como setas los días anteriores al supuesto Armaggedon del pasado 21 de diciembre (ya saben, el calendario Maya, etc.) que resuelven estas contingencias. Las últimas entradas de todas estas bitácoras siempre son anteriores a la fatídica fecha, por lo que si alguien las leyera deduciría que efectivamente sobrevino el fin del mundo.
Quizá la más paradigmática de estas historias sea la novela Robinson Crusoe (Daniel Defoe), llevada al extremo patafísico con la serie Lost en donde la suma de las habilidades individuales de los supervivientes de aquel vuelo 815 de Oceanic Airlines resulta fundamental para sobrevivir. Pero, si solo se hubieran salvado el guapo Jack Sepphard o el calvo Locke, ¿cuánto tiempo habrían tardado en perecer?
En Náufrago (Robert Zemeckis, 2000), Tom Hanks, esforzado trabajador de FEDEX, se extrae una muela picada con no poco dolor y una inexplicable falta de infecciones. Construir un refugio, hacer fuego, cazar, pescar y defenderse… pero sobre todo no enloquecer ante una disrupción de ese calibre. El peor enemigo está dentro.
Si usted es un ingeniero con corbata que solo ha hecho diseños con el Autocad en la planta 23 de un rascacielos, no parece muy probable que sea capaz de construir con sus propias manos un puente para sortear el cauce de un río caudaloso.
También en Un yanqui en la corte del Rey Arturo (Mark Twain) alguien trasvasado desde el futuro se hace cargo de una Inglaterra supersticiosa y anquilosada. Introduce asombrosos avances (ferrocarril, telégrafo, periódicos, electricidad…) por lo que le suponemos un norteamericano realmente bien preparado. Pero, ¿cuántos de nosotros seríamos capaces de cambiar el curso de la Historia si apareciéramos súbitamente hace quince siglos? Resolver el cubo de Rubik rápidamente no parece una ventaja, ni ser un cotizado DJ, ni dedicarse a la cocina molecular, ser un delantero millonario, una presentadora de éxito o un ministro de Economía.
Haciendo el recorrido inverso podríamos preguntarnos si una persona procedente del siglo IV a. de C. sería capaz de sobrevivir en el mundo moderno. La respuesta es curiosa, pues esa persona solo tendría posibilidades en un entorno no afectado por la tecnología, por ejemplo, aislada en una aldea rural perdida entre las montañas.
Así pues, parece que la tecnología es una puerta giratoria por la que el homo sapiens transita peligrosamente; es un interruptor con dos posiciones, cuyo apagón nos devuelve a los albores de nuestra especie.
Escribiendo este artículo me he sentido cada vez más vulnerable (mi mayor habilidad consiste en fingir que soy ruso, talento de dudosa utilidad si las cosas se ponen feas).
Conviene estar preparado, y de todas las ofertas que he visto en la red, este curso llamado Zombie Survival Course me parece de los más completos.
Nos vemos el día después…

(Foto: Marine Corps, Dominio Público)
 

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