25 de abril 2017    /   IDEAS
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No soy borde, es que tu cara no me suena

25 de abril 2017    /   IDEAS     por          
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Mucha de la gente que conoce a Brad Pitt no lo soporta. Y nada tiene que ver con la turbulenta separación de Angelina Jolie, ni con los embrollos legales por la custodia de su abultada progenie, ni con que lleve eones sin protagonizar una película decente.

El actor padece prosopagnosia, esto es, que no puede identificar los rostros: los ve, pero no sabe a quién pertenecen. Siendo una estrella de Hollywood, ha sido fácil tildar esta incapacidad de altanería. «Hay muchas personas que me odian porque creen que les falto al respeto. Hubo un año en el que simplemente decidí decirle a la gente: «está bien, ¿dónde nos conocimos?». Pero todo empeoró. Las personas todavía se ofendían más… Entienden esto como que eres un ególatra. Eres vanidoso. Pero es un misterio para mí; simplemente no puedo recordar un rostro», asegura el actor en unas declaraciones que recoge La Vanguardia.

Esta salida del armario de Brad Pitt como prosopagnósico oficial no es una novedad para los estudiosos del tema. Rosa Ablanedo, enfermera de la Unidad de Neurología el Hospital de Cabueñes de Gijón y coautora del estudio Prosopagnosia, la discapacidad para reconocer una cara conocida, comenta que hace tiempo que los estudiosos del tema rumoreaban que el actor podría estar afectado. Lo que ha conseguido la confesión de Brad Pitt es poner el foco en una problemática que para muchos resultaba desconocida.

«La prosopagnosia no es una enfermedad en sí, es un síntoma que afecta únicamente al 2% de la población. En general, se relaciona con algún tipo de demencia o con una lesión cerebral». Ablanedo topó con la prosopagnosia por un caso que trataron en el hospital en el que trabaja. El paciente era un hombre de negocios que perdió muchos clientes porque no los reconocía cuando se los encontraba y estos consideraban que les estaba haciendo un desaire.

«La persona afectada no deja de reconocer los rostros de la noche a la mañana. Es progresivo y el individuo se va retrayendo. Es como cuando no quieres reconocer que estás perdiendo vista porque, por coquetería, no quieres ponerte unas gafas. La reacción más habitual es que rehuyan la interacción social e, incluso, dejen de ver películas porque no reconocen a los protagonistas. Suele ser la familia la que da la señal de alarma de que algo no está funcionando bien», explica Ablanedo.

El término, que proviene del griego (prosopo es cara y agnosia, desconocimiento), fue acuñado por Joachim Bodamer en 1947 y catapultado a la fama por el neurólogo y escritor Oliver Sacks en el libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En esta antología de casos curiosos en los que el especialista había intervenido, destacaban las historias de prosopagnósicos: como la un paciente que pensaba que su mujer era un sombrero y la de otro, cuya esposa lucía vistosos sombreros para ser reconocida por su cónyuge.

Este último es un buen truco, pues si la persona afectada por este síntoma tiene el resto de facultades intactas, puede intentar aferrarse a los detalles para construir la identidad de los que lo rodean. «Intentamos enseñarles a que reconozcan a las personas por la voz, por el pelo o por otras características. De todos modos, esto únicamente se puede trabajar con los pacientes que están cognitivamente bien. Si el síntoma es consecuencia de algún tipo de demencia, la cuestión se complica. También se ha de tener en cuenta que en muchos casos se relaciona con la depresión y entonces también resulta más difícil», puntualiza Ablanedo.

Advertencia para hipocondríacos: si has metido la pata por no reconocer a alguien, de hecho, si vives con la zanca sumergida en el fango porque lo tuyo no son las caras, no puedes parapetearte en la prosopagnosia. Una cosa es padecer un síntoma grave de una enfermedad neurológica y otra muy diferente es ser un tanto torpón a la hora de escrutar rostros ajenos.

De esto último sabe mucho Margarita Diges, catedrática de Psicología de la Memoria de la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en Memoria de testigos. Ella misma reconoce que entre sus virtudes no se cuenta la de ser fisonomista y tal vez por ello se interesó por el tema.

A día de hoy, según explica esta especialista, la ciencia no ha llegado a descifrar el mecanismo por el que recordamos caras o las olvidamos. «Lo que parece probado es que nos hacemos una impresión de la persona por su físico y solemos hacer juicios: sobre si es simpático o nos resulta de fiar y también sabemos que no empleamos los mismos mecanismos para identificar a alguien que no conocemos como para hacerlo con una persona con la que hemos tenido una interacción más larga. Por ejemplo: hay muchísima gente que no sabe qué camarero que les ha atendido en un bar. La excepción suelen ser los individuos muy atractivos o los que no lo son en absoluto. De esos es más difícil olvidarse».

Guiémonos por las escasas certezas científicas que hacen las veces de brújula por el maremagno de los sin rostro. Cuando nos presentan a alguien por primera vez, recabamos nuestra atención en la parte exterior de su rostro: el pelo, el óvalo facial y como mucho los ojos. En cambio, cuando conocemos bien a una persona, nos fijamos en su expresividad: sobre todo en la que poseen los ojos y la boca y que nos sirven para tener una impresión emocional.

Por lo tanto, podríamos concluir curiosamente, cuando una persona se queja amargamente de que su pareja ya no se fija en ella pues no se ha dado cuenta de que se ha cercenado la pelambrera, está ocurriendo justamente lo contrario. Su atención está tan concentrada en su estado de ánimo que el cambio de peinado ha pasado inadvertido. ¿Quién es el superficial ahora?

Diges comenta que los malos reconocedores están en minoría y suelen tener problemas sociales derivados de su ineptitud a la hora de identificar los rostros. «Cuando una persona no es reconocida, tiene la impresión de que no le importa al otro y eso no tiene nada que ver. Es una habilidad que no se tiene y no hay forma de arreglarlo. No he visto ningún programa de entrenamiento que sea eficaz para llegar a ser mejor fisonomista. Si hubiera la posibilidad, por ejemplo, de mejorar aunque únicamente fuera en un 10%, yo no dudaría en hacerlo», comenta.

Sin embargo, cuando el puntilloso ego colisiona con unos ojos que no reconocen su plumaje, la afrenta difícilmente caerá en saco roto. Por mucho que se esgrima el manido «no eres tú, soy yo», cuesta creer para los que no carecen de dificultades a la hora de ubicar semblantes que su interlocutor sí que los sufra.

Pero, incluso los que nunca se han quedado con cara de pasmo ante un saludo aparentemente desconocido, tienen más dificultades de las que imaginan. Muchos son los que se precian, por ejemplo, de poder reconocer los ojos de su amado o amada en cualquier situación. Diges argumenta que no es así: cuando se pide reconocer los ojos de una persona conocida a través de fotografías, la mayoría falla, pues lo que ocurre es que se conoce su expresividad.

La cuestión se complica en las ruedas de identificación policial. Margarita Diges, que ha estudiado en profundidad el tema, asegura que la memoria juega muy malas pasadas a las víctimas y que esta es la prueba menos fiable que puede presentarse en un juicio: el margen de error es de un 50%.

Desde un punto de vista evolucionista, no es de extrañar que tengamos dificultades a la hora de clasificar rostros. Nuestra biblioteca de semblantes era hace unos siglos como una librería de barrio y en la actualidad se ha convertido en la de Alejandría. «Pensemos por un momento, ¿cuántas caras veían nuestros antepasados? ¿Cuántas vio, por ejemplo, Noé a lo largo de su vida?«, reflexiona Diges. «Nuestro cerebro no ha evolucionado tanto y, en cambio, la información se ha multiplicado. Siempre nos quejamos de los fallos, pero a mí me parece ya un milagro que recordemos a tantas personas».

Mucha de la gente que conoce a Brad Pitt no lo soporta. Y nada tiene que ver con la turbulenta separación de Angelina Jolie, ni con los embrollos legales por la custodia de su abultada progenie, ni con que lleve eones sin protagonizar una película decente.

El actor padece prosopagnosia, esto es, que no puede identificar los rostros: los ve, pero no sabe a quién pertenecen. Siendo una estrella de Hollywood, ha sido fácil tildar esta incapacidad de altanería. «Hay muchas personas que me odian porque creen que les falto al respeto. Hubo un año en el que simplemente decidí decirle a la gente: «está bien, ¿dónde nos conocimos?». Pero todo empeoró. Las personas todavía se ofendían más… Entienden esto como que eres un ególatra. Eres vanidoso. Pero es un misterio para mí; simplemente no puedo recordar un rostro», asegura el actor en unas declaraciones que recoge La Vanguardia.

Esta salida del armario de Brad Pitt como prosopagnósico oficial no es una novedad para los estudiosos del tema. Rosa Ablanedo, enfermera de la Unidad de Neurología el Hospital de Cabueñes de Gijón y coautora del estudio Prosopagnosia, la discapacidad para reconocer una cara conocida, comenta que hace tiempo que los estudiosos del tema rumoreaban que el actor podría estar afectado. Lo que ha conseguido la confesión de Brad Pitt es poner el foco en una problemática que para muchos resultaba desconocida.

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«La prosopagnosia no es una enfermedad en sí, es un síntoma que afecta únicamente al 2% de la población. En general, se relaciona con algún tipo de demencia o con una lesión cerebral». Ablanedo topó con la prosopagnosia por un caso que trataron en el hospital en el que trabaja. El paciente era un hombre de negocios que perdió muchos clientes porque no los reconocía cuando se los encontraba y estos consideraban que les estaba haciendo un desaire.

«La persona afectada no deja de reconocer los rostros de la noche a la mañana. Es progresivo y el individuo se va retrayendo. Es como cuando no quieres reconocer que estás perdiendo vista porque, por coquetería, no quieres ponerte unas gafas. La reacción más habitual es que rehuyan la interacción social e, incluso, dejen de ver películas porque no reconocen a los protagonistas. Suele ser la familia la que da la señal de alarma de que algo no está funcionando bien», explica Ablanedo.

El término, que proviene del griego (prosopo es cara y agnosia, desconocimiento), fue acuñado por Joachim Bodamer en 1947 y catapultado a la fama por el neurólogo y escritor Oliver Sacks en el libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En esta antología de casos curiosos en los que el especialista había intervenido, destacaban las historias de prosopagnósicos: como la un paciente que pensaba que su mujer era un sombrero y la de otro, cuya esposa lucía vistosos sombreros para ser reconocida por su cónyuge.

Este último es un buen truco, pues si la persona afectada por este síntoma tiene el resto de facultades intactas, puede intentar aferrarse a los detalles para construir la identidad de los que lo rodean. «Intentamos enseñarles a que reconozcan a las personas por la voz, por el pelo o por otras características. De todos modos, esto únicamente se puede trabajar con los pacientes que están cognitivamente bien. Si el síntoma es consecuencia de algún tipo de demencia, la cuestión se complica. También se ha de tener en cuenta que en muchos casos se relaciona con la depresión y entonces también resulta más difícil», puntualiza Ablanedo.

Advertencia para hipocondríacos: si has metido la pata por no reconocer a alguien, de hecho, si vives con la zanca sumergida en el fango porque lo tuyo no son las caras, no puedes parapetearte en la prosopagnosia. Una cosa es padecer un síntoma grave de una enfermedad neurológica y otra muy diferente es ser un tanto torpón a la hora de escrutar rostros ajenos.

De esto último sabe mucho Margarita Diges, catedrática de Psicología de la Memoria de la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en Memoria de testigos. Ella misma reconoce que entre sus virtudes no se cuenta la de ser fisonomista y tal vez por ello se interesó por el tema.

A día de hoy, según explica esta especialista, la ciencia no ha llegado a descifrar el mecanismo por el que recordamos caras o las olvidamos. «Lo que parece probado es que nos hacemos una impresión de la persona por su físico y solemos hacer juicios: sobre si es simpático o nos resulta de fiar y también sabemos que no empleamos los mismos mecanismos para identificar a alguien que no conocemos como para hacerlo con una persona con la que hemos tenido una interacción más larga. Por ejemplo: hay muchísima gente que no sabe qué camarero que les ha atendido en un bar. La excepción suelen ser los individuos muy atractivos o los que no lo son en absoluto. De esos es más difícil olvidarse».

Guiémonos por las escasas certezas científicas que hacen las veces de brújula por el maremagno de los sin rostro. Cuando nos presentan a alguien por primera vez, recabamos nuestra atención en la parte exterior de su rostro: el pelo, el óvalo facial y como mucho los ojos. En cambio, cuando conocemos bien a una persona, nos fijamos en su expresividad: sobre todo en la que poseen los ojos y la boca y que nos sirven para tener una impresión emocional.

Por lo tanto, podríamos concluir curiosamente, cuando una persona se queja amargamente de que su pareja ya no se fija en ella pues no se ha dado cuenta de que se ha cercenado la pelambrera, está ocurriendo justamente lo contrario. Su atención está tan concentrada en su estado de ánimo que el cambio de peinado ha pasado inadvertido. ¿Quién es el superficial ahora?

Diges comenta que los malos reconocedores están en minoría y suelen tener problemas sociales derivados de su ineptitud a la hora de identificar los rostros. «Cuando una persona no es reconocida, tiene la impresión de que no le importa al otro y eso no tiene nada que ver. Es una habilidad que no se tiene y no hay forma de arreglarlo. No he visto ningún programa de entrenamiento que sea eficaz para llegar a ser mejor fisonomista. Si hubiera la posibilidad, por ejemplo, de mejorar aunque únicamente fuera en un 10%, yo no dudaría en hacerlo», comenta.

Sin embargo, cuando el puntilloso ego colisiona con unos ojos que no reconocen su plumaje, la afrenta difícilmente caerá en saco roto. Por mucho que se esgrima el manido «no eres tú, soy yo», cuesta creer para los que no carecen de dificultades a la hora de ubicar semblantes que su interlocutor sí que los sufra.

Pero, incluso los que nunca se han quedado con cara de pasmo ante un saludo aparentemente desconocido, tienen más dificultades de las que imaginan. Muchos son los que se precian, por ejemplo, de poder reconocer los ojos de su amado o amada en cualquier situación. Diges argumenta que no es así: cuando se pide reconocer los ojos de una persona conocida a través de fotografías, la mayoría falla, pues lo que ocurre es que se conoce su expresividad.

La cuestión se complica en las ruedas de identificación policial. Margarita Diges, que ha estudiado en profundidad el tema, asegura que la memoria juega muy malas pasadas a las víctimas y que esta es la prueba menos fiable que puede presentarse en un juicio: el margen de error es de un 50%.

Desde un punto de vista evolucionista, no es de extrañar que tengamos dificultades a la hora de clasificar rostros. Nuestra biblioteca de semblantes era hace unos siglos como una librería de barrio y en la actualidad se ha convertido en la de Alejandría. «Pensemos por un momento, ¿cuántas caras veían nuestros antepasados? ¿Cuántas vio, por ejemplo, Noé a lo largo de su vida?«, reflexiona Diges. «Nuestro cerebro no ha evolucionado tanto y, en cambio, la información se ha multiplicado. Siempre nos quejamos de los fallos, pero a mí me parece ya un milagro que recordemos a tantas personas».

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Opiniones 4
  • La incapacidad de reconocer caras es «aprosopagnosia» ya que la prosopagnosia es, justamente, la capacidad de reconocerlas. Grosso modo: A- (no), prosopon es máscara/cara en griego, gnosis es conocimiento.

  • Por eso es agnosia y no gnosia, de ahí que prosopo-Agnosia sea lo correcto, sino sería negación de la negación,entiendo yo. Tal vez me equivoco

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