11 de diciembre 2015    /   IDEAS
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La pseudociencia que ayudó al franquismo a combatir la prostitución

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Masones, rojos, judíos, vagos y maleantes en general (entre ellos, ‘los invertidos’)… Enemigos acérrimos del franquismo a los que se unió otro colectivo: las prostitutas. La persecución a la que las sometió el régimen contó como aliados con algunos de los psiquiatras de más renombre de la época.

Y eso que solo dos años después de su llegada al poder, el gobierno de Franco anuló el decreto con el que, en tiempos de la República, se ilegalizaba la prostitución.

«El tema de la prostitución es complejo y ha habido partidarios de su legalización tanto en los sectores conservadores como en los progresistas», aclara a Yorokobu el profesor de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Francisco Javier Bandrés.

Bandrés, junto a Eva Zubieta y Rafael Llavona, firman el estudio Mujeres extraviadas: psicología y prostitución en la España de postguerra, publicado en Universitas Psychologica, y en el queda demostrado cómo el franquismo se apoyó en estudios pseudocientíficos para tratar de controlar el lenocinio, tal y como recoge Agencia SINC.

Ocurrió cuando las autoridades comenzaron a ser conscientes de que hacer la calle se había convertido en la única salida para miles de mujeres que, en plena posguerra, veían cómo la miseria se apoderaba de sus hogares. El negocio de la prostitución crecía y con él las enfermedades de transmisión sexual. «Y luego, además, estaba la presión eclesiástica…». En definitiva, había que controlar a «las putas». 

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Por eso, y pese a la derogación de la citada normativa republicana, en 1941 Franco firmaba un decreto por el que cualquier mujer menor de edad, sospechosa de ejercer la prostitución, podía ser internada en un reformatorio. La denuncia podía partir de jueces o policías, pero también de cualquier ciudadano.

Con otro decreto firmado ese mismo año se anunciaba la creación de las conocidas como «prisiones para mujeres caídas». «Se trataba de cárceles donde la Policía podía recluir hasta dos años, sin proceso judicial, a las prostitutas que se considerara molestas o problemáticas», explican los investigadores en el estudio.

Las ‘prisiones para mujeres caídas’ se trataba de cárceles donde la Policía podía recluir hasta dos años, sin proceso judicial, a las prostitutas que se considerara molestas o problemáticas

Según estos, ambos decretos compartían un hilo argumental: «Las autoridades no se enfrentaban a un problema social o económico, sino de conducta moral desviada (…). El problema no era la prostitución sino la prostituta».

De ahí que el régimen contase con un equipo de especialistas en ‘Higiene Mental’, encargados de justificar las medidas tomadas por el gobierno de Franco en relación a este asunto. Para eso no dudaron de tirar de todo tipo de argumentos sin rigor científico alguno.

Los hombres que no amaban a las prostitutas (ni a las mujeres en general)

Probablemente, el mejor valedor de las políticas del régimen en este aspecto fue Antonio Vallejo-Nágera. El que fuera jefe de los servicios psiquiátricos del ejército rebelde daba así su visto bueno a las prisiones para mujeres caídas en un artículo de 1942 titulado Higiene mental en las grandes urbes:

«El elevado porcentaje de deficiencia mental, tendencias psicopáticas, amoralidad y analfabetismo registrados en las prostitutas indican la necesidad de su internamiento en Reformatorios, y en este sentido es loable que el poder público español haya creado ya establecimientos destinados a la redención moral de la mujer prostituida»

Para el psiquiatra, que una mujer se prostituyera solo podía explicarse desde un punto de vista psicopatológico. Aunque, en ocasiones, podían influir factores externos, en su opinión, estos no solían resultar determinantes en la mayoría de los casos:

Más del 50 por 100 de las rameras son deficientes mentales, unas eréticas, otras apáticas, algunas sensitivas, casi todas amorales. Claro está que en la prostitución intervienen complejos factores ambientales, pero son muchas las personas colocadas en iguales circunstancias que no se entregan al comercio sexual mercenario. Ha podido observarse la escasa intervención que tienen la pobreza, el alcoholismo de los padres, los malos tratos de la madrastra, las seducciones, etc. en la prostitución»

En su libro Eugenesia de la hispanidad y regeneración de la raza (1937), Vallejo-Nágera insiste en que para la mujer ‘normal’, el sexo no es más que ‘obligación’ con el que la mayoría cumple únicamente por amor, lo que subraya la «psicopatía constitucional» de las mujeres dedicadas al comercio sexual:

En las mujeres tiene insignificante importancia el impulso interno, siendo fácil a la mujer permanecer virgen de cuerpo y de espíritu durante mucho tiempo, si las influencias externas no quebrantan la virginidad (…) es el amor lo que la impulsa en más del 60 por 100 de los casos a entregarse al hombre, experimentando casi siempre repugnancia por la entrega, y sin sentir necesidad alguna de satisfacer su apetito genésico

De ahí que Vallejo propusiese como solución «la reeducación de las tendencias psicopáticas, previa una moralización del medio ambiente». Aunque el psiquiatra no descartaba que la manida conspiración internacional (judeo-masónica, comunista…) que amenazaba de forma latente y constante a la España del Generalísimo estuviese detrás de aquel creciente y degenerado negocio del sexo:

Padecemos fuerte marejada de comunismo sexual, gracias a una organización que fríamente propaga la depravación y el libertinaje, con arreglo a una táctica internacional maduramente premeditada

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Antonio Vallejo-Nágera (Commons.wikimedia.org)

[J]unto Vallejo, otros reconocidos psiquiatras de la época también contribuyeron a consolidar la teoría que vinculaba el lenocinio con los trastornos psíquicos de las mujeres que lo ejercían. Fue el caso de Eduardo Martínez, director de la Clínica Psiquiátrica Penitenciaria de Mujeres de Madrid, y quien durante la Guerra Civil colaboró con Vallejo, utilizando a las presas de Málaga en sus investigaciones sobre la personalidad de la mujer ‘antifascista’.

Desde sus primeros escritos, Martínez deja claro que su opinión respecto a la prostitución coincide plenamente con la defendida por Vallejo: «Está claro que no es el ambiente sino la constitución biopsíquica de estas mujeres la que las empuja a la prostitución y, por tanto, el trabajo del profesional consiste en estudiar biológicamente la personalidad biopsíquica de la prostituta, dentro de la anormalidad por trastornos de la evolución mental, o de la anomalía psicopática».

Para Martínez, lo que caracteriza a estas mujeres es «la minusvalía de la atención, la memoria, la imaginación y el juicio, todos insuficientes. De afectividad quebradiza y pueril, habitualmente cobardes, crueles, violentas con los débiles, atormentadoras de los animales, eróticas propensas a la bestialidad (…)».

Con las investigaciones relacionadas con internas de la clínica de la que era director, Martínez no hace si no afianzar su teoría. De ahí que su propuesta pase por apoyar el sistema de prisiones de mujeres caídas que el régimen acababa de poner en marcha:

Es misión del alienista el diagnóstico de la deficiencia mental o de la personalidad psicopática de la mujer caída a su ingreso en el Reformatorio. Y dentro del Reformatorio es función propia del alienista el estudio de las posibilidades de reforma y corrección de las internadas, prescribiendo la naturaleza de la reeducación psicoterápica a que deben someterse

Bandrés y el resto de investigadores lo explican así en su estudio: «Según Martínez no hay que engañarse: ni la delincuencia ni la prostitución son productos del medio social adverso, ni de la deficiente educación: “abrir una escuela hoy no es cerrar un prostíbulo mañana”»

Eugenesia, ¿la solución?

Francisco J. Echalecu era el nombre del tercer psiquiatra en el que el franquismo se apoyó para su campaña antiprostitución. Echalecu aprovechó su cargo como director de los servicios médicos del Patronato de Protección a la Mujer para realizar sus investigaciones sobre aquella práctica.

En sus conclusiones deja claro su total acuerdo con Vallejo y Martínez sobre lo innato de la prostitución: «…el factor hereditario es digno de tenerse en cuenta, es indudable; vemos que el 60 % de nuestro material tiene antecedentes mentales y de criminalidad». Los factores externos como la pobreza o la educación no harían si no agravar esta circunstancia.

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Imagen Commons.wikimedia.org

Las posibles soluciones propuestas por Echalecu para acabar con el problema no tienen desperdicio. Aunque la «eliminación física de los considerados inferiores» es su primera sugerencia, Echalecu es consciente de que «el eliminar a los inferiores, el extirparlos una moral católica y cristiana, no lo puede admitir» por lo que opta por otras opciones menos ¿drásticas? como la «reclusión a perpetuidad». No obstante, el principal problema de esta última generaría demasiado coste a las arcas del gobierno, apostilla, por lo que el psiquiatra acaba concluyendo que la eugenesia es la mejor de las soluciones posibles: «La prohibición de matrimonio puede basarse en enfermedades mentales, sexuales, crónicas, alcoholismo y otras toxicomanías o tara hereditaria demostrable».

Así, de paso, se podrían paliar otros males de la sociedad porque, como escribió Echalecu en un texto dirigido a los alumnos de la Escuela General de Policia:

De todos ustedes es conocida la relación de la prostituta con el ladrón, el chulo (…) siendo muchas veces planeados los robos con cualquiera de sus características en los lupanares y en los prostíbulos

 

 La demonización de las putas

Para los autores del estudio, la posguerra sacó a la luz las contradicciones que la prostitución planteaba a las autoridades franquistas. Así, un documento elaborado por el Patronato dirigido por Echalecu reconocía, entre las razones que llevaron a tal salida a decenas de mujeres, el encarecimiento de la vida, la «escasez y estrecheces» de las viviendas y el abandono al que les había sumido la guerra.

«Sin embargo, los autores del informe debían ser plenamente conscientes de que estas duras conclusiones suponían un alegato implícito contra el discurso oficial acerca de la armoniosa y cristiana España de Franco, por lo que decidieron dejar abierta la otra interpretación que manejaba el régimen». Esta interpretación a la que se refieren Bandrés y su equipo no es otra que la avalada por científicos como Vallejo, Martínez o Echalecu.

«El trabajo de Vallejo, Martínez y Echalecu puede entenderse como un ejemplo de la Biopsicología puesta al servicio de un proyecto de Biopolítica en el marco de un estado totalitario». El primer paso para controlar a las putas pasaba por su demonización: «Una vez demonizada científicamente como psicópata por los especialistas en salud mental, las instituciones podían ejercer el poder sobre la prostituta de forma indiscriminada, o mirar para otro lado, cuando conviniera, en aras de los valores superiores: la estabilidad de la familia, la salvaguarda de la mujer “honrada” y la canalización de los impulsos sexuales masculinos desordenados». En definitiva, mejor que los hombres hicieran «ciertas cosas» fuera de casa…

El primer paso para controlar a las putas pasaba por su demonización. Una vez demonizada científicamente como psicópata por los especialistas en salud mental, las instituciones podían ejercer el poder sobre la prostituta de forma indiscriminada

Pero la proliferación de la prostitución con el transcurso de los años fue tal que las autoridades decidieron optar por otras medidas de «protección social»: «El franquismo, con el apoyo entusiasta de sus especialistas en higiene mental, puso en pie todo un entramado de reformatorios y cárceles especiales para segregar a esas mujeres ajenas a la comunidad. Y para segregarlas las bautizó: «las mujeres extraviadas».

Pese a la «escasa y dispersa» documentación, Bandrés explica que él y el resto del equipo pudieron realizar su estudio gracias a los informes internos del Ministerio de Gobernación y a las publicaciones donde los psiquiatras divulgaron sus investigaciones.

Una vez terminada su investigación, Bandrés considera si hay un colectivo al que la ‘memoria histórica’ debería resarcir, ese es el de aquellas mujeres: «No se hizo nunca un seguimiento de las mujeres que, obviamente, intentaban desaparecer al ser puestas en libertad».

«Las prostitutas han sido víctimas siempre de un doble prejuicio. Para la sociedad conservadora y bienpensante son unas pervertidas, y lo que les pase se lo han buscado. Para muchas «progresistas» son todas esclavas, ignorantes o inconscientes y aunque no quieran, hay que «redimirlas» (confundiendo la prostitución con el problema de la explotación sexual). No es extraño, por tanto, que ni a unos ni a otros les haya atraído el tema. (Aunque hay excepciones, como los trabajos de Mirta Núñez Díaz-Balart)», concluye.

 

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Y eso que solo dos años después de su llegada al poder, el gobierno de Franco anuló el decreto con el que, en tiempos de la República, se ilegalizaba la prostitución.

«El tema de la prostitución es complejo y ha habido partidarios de su legalización tanto en los sectores conservadores como en los progresistas», aclara a Yorokobu el profesor de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Francisco Javier Bandrés.

Bandrés, junto a Eva Zubieta y Rafael Llavona, firman el estudio Mujeres extraviadas: psicología y prostitución en la España de postguerra, publicado en Universitas Psychologica, y en el queda demostrado cómo el franquismo se apoyó en estudios pseudocientíficos para tratar de controlar el lenocinio, tal y como recoge Agencia SINC.

Ocurrió cuando las autoridades comenzaron a ser conscientes de que hacer la calle se había convertido en la única salida para miles de mujeres que, en plena posguerra, veían cómo la miseria se apoderaba de sus hogares. El negocio de la prostitución crecía y con él las enfermedades de transmisión sexual. «Y luego, además, estaba la presión eclesiástica…». En definitiva, había que controlar a «las putas». 

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Por eso, y pese a la derogación de la citada normativa republicana, en 1941 Franco firmaba un decreto por el que cualquier mujer menor de edad, sospechosa de ejercer la prostitución, podía ser internada en un reformatorio. La denuncia podía partir de jueces o policías, pero también de cualquier ciudadano.

Con otro decreto firmado ese mismo año se anunciaba la creación de las conocidas como «prisiones para mujeres caídas». «Se trataba de cárceles donde la Policía podía recluir hasta dos años, sin proceso judicial, a las prostitutas que se considerara molestas o problemáticas», explican los investigadores en el estudio.

Las ‘prisiones para mujeres caídas’ se trataba de cárceles donde la Policía podía recluir hasta dos años, sin proceso judicial, a las prostitutas que se considerara molestas o problemáticas

Según estos, ambos decretos compartían un hilo argumental: «Las autoridades no se enfrentaban a un problema social o económico, sino de conducta moral desviada (…). El problema no era la prostitución sino la prostituta».

De ahí que el régimen contase con un equipo de especialistas en ‘Higiene Mental’, encargados de justificar las medidas tomadas por el gobierno de Franco en relación a este asunto. Para eso no dudaron de tirar de todo tipo de argumentos sin rigor científico alguno.

Los hombres que no amaban a las prostitutas (ni a las mujeres en general)

Probablemente, el mejor valedor de las políticas del régimen en este aspecto fue Antonio Vallejo-Nágera. El que fuera jefe de los servicios psiquiátricos del ejército rebelde daba así su visto bueno a las prisiones para mujeres caídas en un artículo de 1942 titulado Higiene mental en las grandes urbes:

«El elevado porcentaje de deficiencia mental, tendencias psicopáticas, amoralidad y analfabetismo registrados en las prostitutas indican la necesidad de su internamiento en Reformatorios, y en este sentido es loable que el poder público español haya creado ya establecimientos destinados a la redención moral de la mujer prostituida»

Para el psiquiatra, que una mujer se prostituyera solo podía explicarse desde un punto de vista psicopatológico. Aunque, en ocasiones, podían influir factores externos, en su opinión, estos no solían resultar determinantes en la mayoría de los casos:

Más del 50 por 100 de las rameras son deficientes mentales, unas eréticas, otras apáticas, algunas sensitivas, casi todas amorales. Claro está que en la prostitución intervienen complejos factores ambientales, pero son muchas las personas colocadas en iguales circunstancias que no se entregan al comercio sexual mercenario. Ha podido observarse la escasa intervención que tienen la pobreza, el alcoholismo de los padres, los malos tratos de la madrastra, las seducciones, etc. en la prostitución»

En su libro Eugenesia de la hispanidad y regeneración de la raza (1937), Vallejo-Nágera insiste en que para la mujer ‘normal’, el sexo no es más que ‘obligación’ con el que la mayoría cumple únicamente por amor, lo que subraya la «psicopatía constitucional» de las mujeres dedicadas al comercio sexual:

En las mujeres tiene insignificante importancia el impulso interno, siendo fácil a la mujer permanecer virgen de cuerpo y de espíritu durante mucho tiempo, si las influencias externas no quebrantan la virginidad (…) es el amor lo que la impulsa en más del 60 por 100 de los casos a entregarse al hombre, experimentando casi siempre repugnancia por la entrega, y sin sentir necesidad alguna de satisfacer su apetito genésico

De ahí que Vallejo propusiese como solución «la reeducación de las tendencias psicopáticas, previa una moralización del medio ambiente». Aunque el psiquiatra no descartaba que la manida conspiración internacional (judeo-masónica, comunista…) que amenazaba de forma latente y constante a la España del Generalísimo estuviese detrás de aquel creciente y degenerado negocio del sexo:

Padecemos fuerte marejada de comunismo sexual, gracias a una organización que fríamente propaga la depravación y el libertinaje, con arreglo a una táctica internacional maduramente premeditada

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Antonio Vallejo-Nágera (Commons.wikimedia.org)

[J]unto Vallejo, otros reconocidos psiquiatras de la época también contribuyeron a consolidar la teoría que vinculaba el lenocinio con los trastornos psíquicos de las mujeres que lo ejercían. Fue el caso de Eduardo Martínez, director de la Clínica Psiquiátrica Penitenciaria de Mujeres de Madrid, y quien durante la Guerra Civil colaboró con Vallejo, utilizando a las presas de Málaga en sus investigaciones sobre la personalidad de la mujer ‘antifascista’.

Desde sus primeros escritos, Martínez deja claro que su opinión respecto a la prostitución coincide plenamente con la defendida por Vallejo: «Está claro que no es el ambiente sino la constitución biopsíquica de estas mujeres la que las empuja a la prostitución y, por tanto, el trabajo del profesional consiste en estudiar biológicamente la personalidad biopsíquica de la prostituta, dentro de la anormalidad por trastornos de la evolución mental, o de la anomalía psicopática».

Para Martínez, lo que caracteriza a estas mujeres es «la minusvalía de la atención, la memoria, la imaginación y el juicio, todos insuficientes. De afectividad quebradiza y pueril, habitualmente cobardes, crueles, violentas con los débiles, atormentadoras de los animales, eróticas propensas a la bestialidad (…)».

Con las investigaciones relacionadas con internas de la clínica de la que era director, Martínez no hace si no afianzar su teoría. De ahí que su propuesta pase por apoyar el sistema de prisiones de mujeres caídas que el régimen acababa de poner en marcha:

Es misión del alienista el diagnóstico de la deficiencia mental o de la personalidad psicopática de la mujer caída a su ingreso en el Reformatorio. Y dentro del Reformatorio es función propia del alienista el estudio de las posibilidades de reforma y corrección de las internadas, prescribiendo la naturaleza de la reeducación psicoterápica a que deben someterse

Bandrés y el resto de investigadores lo explican así en su estudio: «Según Martínez no hay que engañarse: ni la delincuencia ni la prostitución son productos del medio social adverso, ni de la deficiente educación: “abrir una escuela hoy no es cerrar un prostíbulo mañana”»

Eugenesia, ¿la solución?

Francisco J. Echalecu era el nombre del tercer psiquiatra en el que el franquismo se apoyó para su campaña antiprostitución. Echalecu aprovechó su cargo como director de los servicios médicos del Patronato de Protección a la Mujer para realizar sus investigaciones sobre aquella práctica.

En sus conclusiones deja claro su total acuerdo con Vallejo y Martínez sobre lo innato de la prostitución: «…el factor hereditario es digno de tenerse en cuenta, es indudable; vemos que el 60 % de nuestro material tiene antecedentes mentales y de criminalidad». Los factores externos como la pobreza o la educación no harían si no agravar esta circunstancia.

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Las posibles soluciones propuestas por Echalecu para acabar con el problema no tienen desperdicio. Aunque la «eliminación física de los considerados inferiores» es su primera sugerencia, Echalecu es consciente de que «el eliminar a los inferiores, el extirparlos una moral católica y cristiana, no lo puede admitir» por lo que opta por otras opciones menos ¿drásticas? como la «reclusión a perpetuidad». No obstante, el principal problema de esta última generaría demasiado coste a las arcas del gobierno, apostilla, por lo que el psiquiatra acaba concluyendo que la eugenesia es la mejor de las soluciones posibles: «La prohibición de matrimonio puede basarse en enfermedades mentales, sexuales, crónicas, alcoholismo y otras toxicomanías o tara hereditaria demostrable».

Así, de paso, se podrían paliar otros males de la sociedad porque, como escribió Echalecu en un texto dirigido a los alumnos de la Escuela General de Policia:

De todos ustedes es conocida la relación de la prostituta con el ladrón, el chulo (…) siendo muchas veces planeados los robos con cualquiera de sus características en los lupanares y en los prostíbulos

 

 La demonización de las putas

Para los autores del estudio, la posguerra sacó a la luz las contradicciones que la prostitución planteaba a las autoridades franquistas. Así, un documento elaborado por el Patronato dirigido por Echalecu reconocía, entre las razones que llevaron a tal salida a decenas de mujeres, el encarecimiento de la vida, la «escasez y estrecheces» de las viviendas y el abandono al que les había sumido la guerra.

«Sin embargo, los autores del informe debían ser plenamente conscientes de que estas duras conclusiones suponían un alegato implícito contra el discurso oficial acerca de la armoniosa y cristiana España de Franco, por lo que decidieron dejar abierta la otra interpretación que manejaba el régimen». Esta interpretación a la que se refieren Bandrés y su equipo no es otra que la avalada por científicos como Vallejo, Martínez o Echalecu.

«El trabajo de Vallejo, Martínez y Echalecu puede entenderse como un ejemplo de la Biopsicología puesta al servicio de un proyecto de Biopolítica en el marco de un estado totalitario». El primer paso para controlar a las putas pasaba por su demonización: «Una vez demonizada científicamente como psicópata por los especialistas en salud mental, las instituciones podían ejercer el poder sobre la prostituta de forma indiscriminada, o mirar para otro lado, cuando conviniera, en aras de los valores superiores: la estabilidad de la familia, la salvaguarda de la mujer “honrada” y la canalización de los impulsos sexuales masculinos desordenados». En definitiva, mejor que los hombres hicieran «ciertas cosas» fuera de casa…

El primer paso para controlar a las putas pasaba por su demonización. Una vez demonizada científicamente como psicópata por los especialistas en salud mental, las instituciones podían ejercer el poder sobre la prostituta de forma indiscriminada

Pero la proliferación de la prostitución con el transcurso de los años fue tal que las autoridades decidieron optar por otras medidas de «protección social»: «El franquismo, con el apoyo entusiasta de sus especialistas en higiene mental, puso en pie todo un entramado de reformatorios y cárceles especiales para segregar a esas mujeres ajenas a la comunidad. Y para segregarlas las bautizó: «las mujeres extraviadas».

Pese a la «escasa y dispersa» documentación, Bandrés explica que él y el resto del equipo pudieron realizar su estudio gracias a los informes internos del Ministerio de Gobernación y a las publicaciones donde los psiquiatras divulgaron sus investigaciones.

Una vez terminada su investigación, Bandrés considera si hay un colectivo al que la ‘memoria histórica’ debería resarcir, ese es el de aquellas mujeres: «No se hizo nunca un seguimiento de las mujeres que, obviamente, intentaban desaparecer al ser puestas en libertad».

«Las prostitutas han sido víctimas siempre de un doble prejuicio. Para la sociedad conservadora y bienpensante son unas pervertidas, y lo que les pase se lo han buscado. Para muchas «progresistas» son todas esclavas, ignorantes o inconscientes y aunque no quieran, hay que «redimirlas» (confundiendo la prostitución con el problema de la explotación sexual). No es extraño, por tanto, que ni a unos ni a otros les haya atraído el tema. (Aunque hay excepciones, como los trabajos de Mirta Núñez Díaz-Balart)», concluye.

 

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