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7 de febrero 2017    /   BUSINESS
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Guía de supervivencia contra las noticias falsas

7 de febrero 2017    /   BUSINESS     por          
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Todos cometemos errores, servidor el primero. Hace unas semanas el panorama mediático español se alteró porque uno de los periodistas más conocidos del país había dado pie a una historia inverosímil que tenía todos los elementos para triunfar: una niña en apuros, unos padres heroicos y una situación desesperada ante la que actuar. Lo malo es que la historia era falsa.

Internet ha traído muchas cosas, la enorme mayoría buenas, a la industria de los medios. Una de ellas, por ejemplo, es la brutal exposición de cualquier creador de contenido, que ahora ve cómo sus errores son denunciados, expuestos y a menudo criticados en tiempo real. Digo que es bueno en aras de un bien mayor —conocer la verdad y descartar los errores— aunque tiene también una cara negativa: el ser señalado, la crítica despiadada de gente que tiene más motivos para permanecer callada que para abrir la boca y, en último término, el linchamiento. Internet al final es como el veneno: todo es veneno y nada es veneno, todo depende de la dosis… y de cómo se use.

Internet es al final una plataforma de difusión de enorme potencia: tiene un alcance masivo e inmediato, con lo que cualquier cosa se sabe en todo el mundo en pocos minutos. El riesgo viene cuando eso que se comparte es falso y, más aún, cuando esa falsedad es intencionada.

El ejemplo de la historia de Nadia era una historia falsa, sin más. No había mala intención por parte de quien la contó, más allá de una práctica deficiente de lo que se supone que debemos hacer los periodistas —desconfiar de todo, comprobarlo todo— y que tantas veces, servidor el primero, olvidamos. Además, en este caso los mecanismos funcionaron, para lo bueno y para lo malo: se descubrió la mentira (había historia, pero era otra), y junto a ella el fraude, lo que salvó a la niña de un entorno de abusos a costa de que hubiera señalamiento y linchamiento del periodista que inició la cadena.

Fuera de nuestras fronteras, sin embargo, las mentiras intencionales han saltado a la escena política y en esta ocasión internet ha servido de potente plataforma de expansión sin ejercer de contrapoder. Así, muchos británicos descubrieron con horror las mentiras del Brexit cuando ya era demasiado tarde, y muchos estadounidenses fueron pasto de la propaganda —parece que rusa— que intervino en la campaña presidencial para decantarla a favor de Trump. De hecho, el padre de Breitbart, cabecera de falsedades ultra de referencia del nuevo presidente, se sienta ahora en el consejo de seguridad nacional de la primera potencia del mundo.

La cuestión es que una cosa es contar mentiras por error o dejación y otra muy distinta contarlas con intereses ocultos. En cualquier caso, las fake news, que no son más que noticias falsas, se han convertido en poco tiempo en una amenaza de primer orden. El potencial de alcance y movilización de las redes sociales y la falta de control sobre los contenidos que se comparten en la Red (como no podía ser de otra forma) han hecho que para mucha gente acabe siendo difícil distinguir realidades a veces sorprendentes de mentiras atractivas e indignantes.

Primer paso: nosotros, gatekeepers 

Una de las funciones del periodismo (además de distinguir lo importante de lo accesorio y de contar lo que sucede y explicarlo) ha sido siempre comprobar la veracidad de lo que se cuenta. Antes de internet, tener un medio de comunicación era algo inalcanzable para la mayoría, pero ahora crear un portal a través del que difundir contenido está al alcance de cualquiera. Si ese alguien tiene medios y recursos, además de una motivación, el efecto puede ser demoledor si las intenciones no son buenas.

¿Quiere eso decir que democratizar el acceso a la difusión de la información es negativo? En absoluto, pero de nuevo volvemos al veneno: el agua es necesaria e, ingerida en exceso, es sin embargo letal.

Antaño una de las críticas al periodismo ciudadano era advertir que, de la misma forma que no te pondrías en las manos de un ‘médico ciudadano’, no era recomendable confiar en lo que alguien no profesional pudiera contar. El argumento es falaz: hay una enorme cantidad de periodistas que son los peores enemigos del periodismo, y rigurosos profesionales que jamás han estudiado para ser periodistas titulados. Sin embargo, escondía una advertencia interesante: de alguna manera hay que controlar (entiéndase como control de calidad) la información que se comparte.

Ese control antes lo hacían los medios, también sujetos a sus intereses (económicos e ideológicos). Ahora son las compañías que distribuyen ese contenido las que quieren hacerlo (Google, Facebook, Twitter). Sin embargo, controlar el contenido al que se puede acceder es un peligroso antecedente. La mejor forma sería que fuera el propio lector el que supiera discernir lo real de lo falso, algo que no sólo no es sencillo, sino que supone una renuncia a la responsabilidad de quien publica. Sin embargo, algo de juicio sería recomendable… y a la vez casi imposible en una sociedad que, como defendían las antiguas teorías de la comunicación, parece engullir sin freno y creer a pies juntillas todo ese contenido de dudosa veracidad.

Segundo paso: recursos

Lo de las noticias falsas ha explotado ahora, pero no es nuevo. En España El Mundo sostuvo durante años una tesis inverosímil sobre una especie de golpe encubierto tras el atentado del 11M, de forma que se habría encubierto la participación de ETA en el mismo. Por citar otro ejemplo, El País llegó a publicar en portada una supuesta fotografía de Hugo Chávez entubado y al borde de la muerte que resultó no ser auténtica y que tuvo que retirar de la circulación. Ninguno de ambos ejemplos tuvo que ver con internet o las redes sociales. De hecho, en el segundo ejemplo se descubrió el error rápidamente gracias precisamente a la cantidad de comentarios de aviso recibidos a través de Twitter.

Posiciones y errores editoriales al margen, una fuente de bulos muy común en estos tiempos son las imágenes espectaculares sobre lugares remotos. Fotografías sobre supuestos eventos actuales que en el mejor de los casos se dieron mucho tiempo atrás y, en ocasiones, en lugares distintos. Ya en 2013 la BBC desmontó un bulo sobre la supuesta incineración de urnas electorales en Venezuela, a pesar de las críticas que en un primer momento recibieron por no haber cubierto esa supuesta información. Porque no, igual que no todas las mentiras vienen con internet, tampoco todas las mentiras son conservadoras.

De un tiempo a esta parte, son muchos los medios que han lanzado plataformas para hacer precisamente lo que se supone que los medios hacen siempre. La propia BBC lo hizo con un ‘reality check’ ante el referéndum del Brexit que de poco sirvió, vistos los resultados. También lo hacen The Huffington Post, la CNN o The Washington Post, que hace lo propio, vídeo incluido.

La NPR alemana, por su parte, ofrece una lista de consejos ante una oleada de noticias falsas, fundamentalmente centradas en la oleada de refugiados que ha vivido el país en el último año. ¿Recuerdas las denuncias de agresiones sexuales de un grupo de inmigrantes durante las celebraciones de nochevieja? Eran mentira.

Luego hay iniciativas nacidas expresamente para luchar contra los bulos. Es el caso de Snopes en EEUU, o su ‘alter ego’ indio para WhatsApp. Hay iniciativas en construcción secundadas por Google, como FullFact, o extensiones de Chrome para desmentir mentiras y dar contexto real, como RealDonaldContext (para hacer frente a la verborrea de Trump) o la española La Buloteca, uno más de los ejemplos de la fiebre nacional por el fact-cheking. También nuestra televisión pública (al menos el ‘lab’ online de la misma) se ha puesto manos a la obra con una original iniciativa de guerra contra las mentiras.

Tercer paso: slow news

Haciendo repaso, podemos coincidir en que las empresas periodísticas ya no controlan el flujo de contenidos, que las intermediarias digitales (Google, Facebook, Twitter) tampoco saben cómo evitar que se difundan contenidos falsos y que ya existían mentiras antes de internet, aunque no se difundieran tan rápido. También podemos coincidir en señalar que controlar la información tiene ciertas connotaciones peligrosas y controvertidas, y que no se puede sin embargo delegar el proceso de verificación y control únicamente en el lector. ¿Qué podemos hacer entonces, más allá de usar algunos de los recursos señalados y aplicar sus consejos?

Una de las tendencias más destacadas que ha traído aparejada esta situación es la de las llamadas slow news. La idea nace contra un modelo de última hora voraz, donde mucha gente retuitea o comparte contenido seducido por un titular y sin haber pinchado siquiera el enlace incluido en el mensaje. Se trata no de publicar el primero, sino de publicar más veraz. No hacerlo rápido, sino hacerlo bien.

Es cierto que también se pueden colar mentiras en reportajes, por más que se trabaje en ellos durante meses (como le pasó a Rolling Stone), o que se publiquen entrevistas falaces, con titulares tramposos. Sin embargo, cabe pensar que ahí al menos es más fácil descartar los errores producidos por las prisas. Los intencionales se pueden colar incluso bajo un long-form.

Cuarto paso: las preguntas clave

Hay ciertas pistas que pueden indicar, al final, que una historia es falsa. Primero, a quién puede interesar la publicación de algo determinado. Segundo, cuál es la fuente de la que viene la noticia (lo más creíble siempre viene identificado y, además, tiene un origen relevante). Lo tercero, el nombre o la apariencia del supuesto medio que lo comparte: todos conocemos a los grandes medios y, aunque es cierto que te la pueden colar, sus noticias falsas suelen ser más producto de errores que de malas intenciones.

Si un contenido es demasiado interesante como para ser real, demasiado oportuno como para ser pasado por alto, la fuente en la que se basa todo está poco clara y encima el medio que lo publica tiene un nombre que jamás viste antes y un diseño poco convencional, desconfía. En cualquier caso, desconfía como norma general y busca siempre contrastar esa misma información con otros: si los medios ‘grandes’ hacen su trabajo como deben, no se harán eco de noticias sin contrastar.

Otra cosa, claro está, es cuando la fuente oficial sea la que mienta, ya sea una compañía de hamburguesas o la asesora de la Casa Blanca. En esas situaciones sólo el sentido común y la decencia profesional pueden salvarnos de la mentira

Todos cometemos errores, servidor el primero. Hace unas semanas el panorama mediático español se alteró porque uno de los periodistas más conocidos del país había dado pie a una historia inverosímil que tenía todos los elementos para triunfar: una niña en apuros, unos padres heroicos y una situación desesperada ante la que actuar. Lo malo es que la historia era falsa.

Internet ha traído muchas cosas, la enorme mayoría buenas, a la industria de los medios. Una de ellas, por ejemplo, es la brutal exposición de cualquier creador de contenido, que ahora ve cómo sus errores son denunciados, expuestos y a menudo criticados en tiempo real. Digo que es bueno en aras de un bien mayor —conocer la verdad y descartar los errores— aunque tiene también una cara negativa: el ser señalado, la crítica despiadada de gente que tiene más motivos para permanecer callada que para abrir la boca y, en último término, el linchamiento. Internet al final es como el veneno: todo es veneno y nada es veneno, todo depende de la dosis… y de cómo se use.

Internet es al final una plataforma de difusión de enorme potencia: tiene un alcance masivo e inmediato, con lo que cualquier cosa se sabe en todo el mundo en pocos minutos. El riesgo viene cuando eso que se comparte es falso y, más aún, cuando esa falsedad es intencionada.

El ejemplo de la historia de Nadia era una historia falsa, sin más. No había mala intención por parte de quien la contó, más allá de una práctica deficiente de lo que se supone que debemos hacer los periodistas —desconfiar de todo, comprobarlo todo— y que tantas veces, servidor el primero, olvidamos. Además, en este caso los mecanismos funcionaron, para lo bueno y para lo malo: se descubrió la mentira (había historia, pero era otra), y junto a ella el fraude, lo que salvó a la niña de un entorno de abusos a costa de que hubiera señalamiento y linchamiento del periodista que inició la cadena.

Fuera de nuestras fronteras, sin embargo, las mentiras intencionales han saltado a la escena política y en esta ocasión internet ha servido de potente plataforma de expansión sin ejercer de contrapoder. Así, muchos británicos descubrieron con horror las mentiras del Brexit cuando ya era demasiado tarde, y muchos estadounidenses fueron pasto de la propaganda —parece que rusa— que intervino en la campaña presidencial para decantarla a favor de Trump. De hecho, el padre de Breitbart, cabecera de falsedades ultra de referencia del nuevo presidente, se sienta ahora en el consejo de seguridad nacional de la primera potencia del mundo.

La cuestión es que una cosa es contar mentiras por error o dejación y otra muy distinta contarlas con intereses ocultos. En cualquier caso, las fake news, que no son más que noticias falsas, se han convertido en poco tiempo en una amenaza de primer orden. El potencial de alcance y movilización de las redes sociales y la falta de control sobre los contenidos que se comparten en la Red (como no podía ser de otra forma) han hecho que para mucha gente acabe siendo difícil distinguir realidades a veces sorprendentes de mentiras atractivas e indignantes.

Primer paso: nosotros, gatekeepers 

Una de las funciones del periodismo (además de distinguir lo importante de lo accesorio y de contar lo que sucede y explicarlo) ha sido siempre comprobar la veracidad de lo que se cuenta. Antes de internet, tener un medio de comunicación era algo inalcanzable para la mayoría, pero ahora crear un portal a través del que difundir contenido está al alcance de cualquiera. Si ese alguien tiene medios y recursos, además de una motivación, el efecto puede ser demoledor si las intenciones no son buenas.

¿Quiere eso decir que democratizar el acceso a la difusión de la información es negativo? En absoluto, pero de nuevo volvemos al veneno: el agua es necesaria e, ingerida en exceso, es sin embargo letal.

Antaño una de las críticas al periodismo ciudadano era advertir que, de la misma forma que no te pondrías en las manos de un ‘médico ciudadano’, no era recomendable confiar en lo que alguien no profesional pudiera contar. El argumento es falaz: hay una enorme cantidad de periodistas que son los peores enemigos del periodismo, y rigurosos profesionales que jamás han estudiado para ser periodistas titulados. Sin embargo, escondía una advertencia interesante: de alguna manera hay que controlar (entiéndase como control de calidad) la información que se comparte.

Ese control antes lo hacían los medios, también sujetos a sus intereses (económicos e ideológicos). Ahora son las compañías que distribuyen ese contenido las que quieren hacerlo (Google, Facebook, Twitter). Sin embargo, controlar el contenido al que se puede acceder es un peligroso antecedente. La mejor forma sería que fuera el propio lector el que supiera discernir lo real de lo falso, algo que no sólo no es sencillo, sino que supone una renuncia a la responsabilidad de quien publica. Sin embargo, algo de juicio sería recomendable… y a la vez casi imposible en una sociedad que, como defendían las antiguas teorías de la comunicación, parece engullir sin freno y creer a pies juntillas todo ese contenido de dudosa veracidad.

Segundo paso: recursos

Lo de las noticias falsas ha explotado ahora, pero no es nuevo. En España El Mundo sostuvo durante años una tesis inverosímil sobre una especie de golpe encubierto tras el atentado del 11M, de forma que se habría encubierto la participación de ETA en el mismo. Por citar otro ejemplo, El País llegó a publicar en portada una supuesta fotografía de Hugo Chávez entubado y al borde de la muerte que resultó no ser auténtica y que tuvo que retirar de la circulación. Ninguno de ambos ejemplos tuvo que ver con internet o las redes sociales. De hecho, en el segundo ejemplo se descubrió el error rápidamente gracias precisamente a la cantidad de comentarios de aviso recibidos a través de Twitter.

Posiciones y errores editoriales al margen, una fuente de bulos muy común en estos tiempos son las imágenes espectaculares sobre lugares remotos. Fotografías sobre supuestos eventos actuales que en el mejor de los casos se dieron mucho tiempo atrás y, en ocasiones, en lugares distintos. Ya en 2013 la BBC desmontó un bulo sobre la supuesta incineración de urnas electorales en Venezuela, a pesar de las críticas que en un primer momento recibieron por no haber cubierto esa supuesta información. Porque no, igual que no todas las mentiras vienen con internet, tampoco todas las mentiras son conservadoras.

De un tiempo a esta parte, son muchos los medios que han lanzado plataformas para hacer precisamente lo que se supone que los medios hacen siempre. La propia BBC lo hizo con un ‘reality check’ ante el referéndum del Brexit que de poco sirvió, vistos los resultados. También lo hacen The Huffington Post, la CNN o The Washington Post, que hace lo propio, vídeo incluido.

La NPR alemana, por su parte, ofrece una lista de consejos ante una oleada de noticias falsas, fundamentalmente centradas en la oleada de refugiados que ha vivido el país en el último año. ¿Recuerdas las denuncias de agresiones sexuales de un grupo de inmigrantes durante las celebraciones de nochevieja? Eran mentira.

Luego hay iniciativas nacidas expresamente para luchar contra los bulos. Es el caso de Snopes en EEUU, o su ‘alter ego’ indio para WhatsApp. Hay iniciativas en construcción secundadas por Google, como FullFact, o extensiones de Chrome para desmentir mentiras y dar contexto real, como RealDonaldContext (para hacer frente a la verborrea de Trump) o la española La Buloteca, uno más de los ejemplos de la fiebre nacional por el fact-cheking. También nuestra televisión pública (al menos el ‘lab’ online de la misma) se ha puesto manos a la obra con una original iniciativa de guerra contra las mentiras.

Tercer paso: slow news

Haciendo repaso, podemos coincidir en que las empresas periodísticas ya no controlan el flujo de contenidos, que las intermediarias digitales (Google, Facebook, Twitter) tampoco saben cómo evitar que se difundan contenidos falsos y que ya existían mentiras antes de internet, aunque no se difundieran tan rápido. También podemos coincidir en señalar que controlar la información tiene ciertas connotaciones peligrosas y controvertidas, y que no se puede sin embargo delegar el proceso de verificación y control únicamente en el lector. ¿Qué podemos hacer entonces, más allá de usar algunos de los recursos señalados y aplicar sus consejos?

Una de las tendencias más destacadas que ha traído aparejada esta situación es la de las llamadas slow news. La idea nace contra un modelo de última hora voraz, donde mucha gente retuitea o comparte contenido seducido por un titular y sin haber pinchado siquiera el enlace incluido en el mensaje. Se trata no de publicar el primero, sino de publicar más veraz. No hacerlo rápido, sino hacerlo bien.

Es cierto que también se pueden colar mentiras en reportajes, por más que se trabaje en ellos durante meses (como le pasó a Rolling Stone), o que se publiquen entrevistas falaces, con titulares tramposos. Sin embargo, cabe pensar que ahí al menos es más fácil descartar los errores producidos por las prisas. Los intencionales se pueden colar incluso bajo un long-form.

Cuarto paso: las preguntas clave

Hay ciertas pistas que pueden indicar, al final, que una historia es falsa. Primero, a quién puede interesar la publicación de algo determinado. Segundo, cuál es la fuente de la que viene la noticia (lo más creíble siempre viene identificado y, además, tiene un origen relevante). Lo tercero, el nombre o la apariencia del supuesto medio que lo comparte: todos conocemos a los grandes medios y, aunque es cierto que te la pueden colar, sus noticias falsas suelen ser más producto de errores que de malas intenciones.

Si un contenido es demasiado interesante como para ser real, demasiado oportuno como para ser pasado por alto, la fuente en la que se basa todo está poco clara y encima el medio que lo publica tiene un nombre que jamás viste antes y un diseño poco convencional, desconfía. En cualquier caso, desconfía como norma general y busca siempre contrastar esa misma información con otros: si los medios ‘grandes’ hacen su trabajo como deben, no se harán eco de noticias sin contrastar.

Otra cosa, claro está, es cuando la fuente oficial sea la que mienta, ya sea una compañía de hamburguesas o la asesora de la Casa Blanca. En esas situaciones sólo el sentido común y la decencia profesional pueden salvarnos de la mentira

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Opiniones 4
  • Y bueno de bonito nada,pero es muy buena la nota que acabo de leer sobre como se difunden las mentiras.En Uruguay decimos «estamos rodeados» frente a una situación como la que se describe en la nota. Take a walk on th slow side,buen slogan ,parafraseando al más rockero …..on the wilde side.

  • justa anoche estuve viendo en Madrid una obra de teatro sobre el tema: Couch Potato, solo estarán 2 viernes más en cartel. Pero su análisis de la desinformación es inteligente y divertido. Os lo recomiendo

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