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15 de noviembre 2016    /   CREATIVIDAD
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Proyecto Bradbury: 52 semanas, 52 cuentos

15 de noviembre 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Esta es la receta que dio el escritor estadounidense Ray Bradbury para escribir un cuento perfecto:

«Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos».

Partiendo de esta frase, un grupo de voluntarios iniciamos el pasado año El Proyecto Bradbury, aunque limitado a 13 relatos en 13 semanas. Las reglas eran simples: escribir un cuento nuevo cada semana, ni rescatado ni retocado. Se trataba de ser honesto con uno mismo.

De todos los participantes, el ajetreado Gustavo Palacios completó el reto inicial (los 13 relatos) y siguió hasta completar 52 relatos. Completó el verdadero reto Bradbury. En Un cementerio para lunáticos, donde publicó los relatos, reflexionó sobre el año de escritura: para escribir 52 relatos en 52 semanas es necesario tener fechas límites; conocer el final de cada cuento; desdeñar la perfección y tener un almacén de ideas (notas, recortes de prensa, objetos encontrados…). Consejos de sobra conocidos, comenta Palacios, que conviene recordar ya metidos en faena.

Fechas límite

Obligarse a publicar un relato aviva el cerebro. Esto requiere organización. Palacios me comenta su rutina creativa:

«Los días de trabajo iban entre el viernes y el martes. Lo cual no significaba que los escribiera durante esos días, sino que era el tiempo semanal dedicado a la escritura. Tiempo para buscar el tema y decidir cuál sería la historia».

Nos encontramos con un ejemplo de isla de tiempo, concepto propuesto por creadores como John Cleese y David Lynch. Mi siguiente pregunta, inevitable: cuánto tiempo llevaba escribir cada relato.

«Muchos de los cuentos los escribí en dos días», respondió Palacios. «Uno para asentar la historia, otro para terminarla. No necesariamente consecutivos. Al que menos tiempo dediqué fue a La maleza, que escribí en cinco horas. No encontré el tema hasta el último día, lo maduré mentalmente durante la mañana y lo escribí de una sentada por la tarde».

La maduración mental me recuerda que los prolíficos Mozart y Tesla trabajaron con frecuencia lejos del escritorio, tan sólo con la cabeza.

«El que me llevó más tiempo fue El ciego porque tuvo etapas distintas de documentación», me dijo Palacios. «Sobre los libros, los personajes, la historia. Fue al menos un mes y medio cocinándolo, mientras sacaba otras historias más rápidas. Fueron unas cinco sesiones de escritura».

Documentación inevitable para un relato que difícilmente se podría escribir en una sentada. El ciego es un ejercicio de estilo y temática borgiana, donde Borges relata a Bioy Casares los avatares de un cuento maldito a lo largo de un siglo.

Conocer el final

Hay autores que no colocan la primera palabra hasta saber el final. Otros, desdeñan esto. Prefieren asombrarse a sí mismos, dicen. Pero cuando uno se obliga a escribir un cuento por semana, hay poco espacio para la especulación, como señala Palacios. Otras veces no hay un final claro, pero sí una imagen (en algún punto impreciso del relato).

«/A falta de un final/ Muchas veces, una imagen ordena todo o soluciona los problemas de la escritura», comenta Palacios. «Y el trabajo reside en trazar el camino hacia esa imagen y cómo cerrar la historia».

El perfeccionismo como enemigo

«Hay que dejarse llevar por una determinación más fuerte que “lo ideal”, y es la noción de fin. De terminar algo», dice Palacios.

No falta razón a Palacios. Scott Fitzgerald se queja en sus cartas de sí mismo, de su afán perfeccionista: del tiempo y esfuerzo empleados en la reedición de sus textos que consideraba lastres para su carrera. Es un tema en el relato El taller de Palacios: aquí, personajes con inmenso talento y cultura se sienten incapaces de escribir una línea aquejados por la idea de la perfección.

La perfección, como Bradbury expone, se consigue sacando lo que está dentro. Quien quiera al menos un cuento perfecto debe recordar:

«Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos».

Esta es la receta que dio el escritor estadounidense Ray Bradbury para escribir un cuento perfecto:

«Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos».

Partiendo de esta frase, un grupo de voluntarios iniciamos el pasado año El Proyecto Bradbury, aunque limitado a 13 relatos en 13 semanas. Las reglas eran simples: escribir un cuento nuevo cada semana, ni rescatado ni retocado. Se trataba de ser honesto con uno mismo.

De todos los participantes, el ajetreado Gustavo Palacios completó el reto inicial (los 13 relatos) y siguió hasta completar 52 relatos. Completó el verdadero reto Bradbury. En Un cementerio para lunáticos, donde publicó los relatos, reflexionó sobre el año de escritura: para escribir 52 relatos en 52 semanas es necesario tener fechas límites; conocer el final de cada cuento; desdeñar la perfección y tener un almacén de ideas (notas, recortes de prensa, objetos encontrados…). Consejos de sobra conocidos, comenta Palacios, que conviene recordar ya metidos en faena.

Fechas límite

Obligarse a publicar un relato aviva el cerebro. Esto requiere organización. Palacios me comenta su rutina creativa:

«Los días de trabajo iban entre el viernes y el martes. Lo cual no significaba que los escribiera durante esos días, sino que era el tiempo semanal dedicado a la escritura. Tiempo para buscar el tema y decidir cuál sería la historia».

Nos encontramos con un ejemplo de isla de tiempo, concepto propuesto por creadores como John Cleese y David Lynch. Mi siguiente pregunta, inevitable: cuánto tiempo llevaba escribir cada relato.

«Muchos de los cuentos los escribí en dos días», respondió Palacios. «Uno para asentar la historia, otro para terminarla. No necesariamente consecutivos. Al que menos tiempo dediqué fue a La maleza, que escribí en cinco horas. No encontré el tema hasta el último día, lo maduré mentalmente durante la mañana y lo escribí de una sentada por la tarde».

La maduración mental me recuerda que los prolíficos Mozart y Tesla trabajaron con frecuencia lejos del escritorio, tan sólo con la cabeza.

«El que me llevó más tiempo fue El ciego porque tuvo etapas distintas de documentación», me dijo Palacios. «Sobre los libros, los personajes, la historia. Fue al menos un mes y medio cocinándolo, mientras sacaba otras historias más rápidas. Fueron unas cinco sesiones de escritura».

Documentación inevitable para un relato que difícilmente se podría escribir en una sentada. El ciego es un ejercicio de estilo y temática borgiana, donde Borges relata a Bioy Casares los avatares de un cuento maldito a lo largo de un siglo.

Conocer el final

Hay autores que no colocan la primera palabra hasta saber el final. Otros, desdeñan esto. Prefieren asombrarse a sí mismos, dicen. Pero cuando uno se obliga a escribir un cuento por semana, hay poco espacio para la especulación, como señala Palacios. Otras veces no hay un final claro, pero sí una imagen (en algún punto impreciso del relato).

«/A falta de un final/ Muchas veces, una imagen ordena todo o soluciona los problemas de la escritura», comenta Palacios. «Y el trabajo reside en trazar el camino hacia esa imagen y cómo cerrar la historia».

El perfeccionismo como enemigo

«Hay que dejarse llevar por una determinación más fuerte que “lo ideal”, y es la noción de fin. De terminar algo», dice Palacios.

No falta razón a Palacios. Scott Fitzgerald se queja en sus cartas de sí mismo, de su afán perfeccionista: del tiempo y esfuerzo empleados en la reedición de sus textos que consideraba lastres para su carrera. Es un tema en el relato El taller de Palacios: aquí, personajes con inmenso talento y cultura se sienten incapaces de escribir una línea aquejados por la idea de la perfección.

La perfección, como Bradbury expone, se consigue sacando lo que está dentro. Quien quiera al menos un cuento perfecto debe recordar:

«Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos».

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