21 de noviembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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La psicodelia española nació en un patio andaluz

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La psicodelia, con sus loops infinitos y reverberación pomposa. Por definición, un sonido que replica las experiencias con setas mágicas, mezcalina o LSD parecía no tener cabida en la España de los 60, cuando el aislamiento cultural y el paternalista nacionalcatolicismo sirvieron de barrera contra las sustancias alucinógenas que, en los territorios vecinos, ya eran de lo más mainstream.

Triste proceder. Todos los conjuntos (término que, por cierto, deberíamos recuperar) se veían obligados a enviar sus discos a la Dirección General de Radiodifusión y Televisión, que calificaba como «no radiables» aquellos títulos relacionados con el contacto físico, el mundo de la noche y, en general, que filtraran cualquier atisbo de vicio.

Las bandas psicodélicas que se oteaban en el horizonte anglosajón casi no consiguieron ser «radiables». Pero, en España, hay algunos tesoros enterrados. Smash, con su fusión de psicodelia y folclore andaluz, sí consiguieron franquear al mismo Franco.

Los sevillanos, pioneros del underground progresivo, dejaron un documento inestimable, el «Manifiesto de lo borde» donde, además de criticar la esclavitud moral de sus coetáneos, plantean una forma de vida disruptiva:

«No se trata de hacer flamenco-pop ni blues aflamencado, sino de corromperse por derecho. Sólo puede uno corromperse por el palo de la belleza. Imagínate a Bob Dylan en un cuarto, con una botella de Tío Pepe, Diego el del Gastor, a la guitarra, y la Fernanda y la Bernarda de Utrera haciendo el compás, y dile: canta ahora tus canciones. ¿Qué le entraría a Dylan por ese cuerpecito? Pues lo mismo que a Manuel [Molina] cuando empieza a cantar por bulerías con sonido eléctrico:

                                                          Aunque digan lo contrario,

                                                          yo sé bien que esto es la guerra,

                                                         puñalaítas de muerte

                                                          me darían si pudieran.»

smash-efeeme-com

Si algo bueno ocurrió gracias a las bases militares de Rota, Morón o San Pablo, es que los americanos traían música. Vinilos de rock clandestinos, que caían en manos de aquellos jóvenes españoles con ganas de libertad.

Gualberto García, guitarrista de Smash y otras bandas de rock andaluz, cuenta, en una entrevista para efeeme.com, cómo tocaban canciones de Pink Floyd, Yardbirds, Beatles o Hollies ante oídos españoles inexpertos que sólo pedían pasodobles. Los tiempos eran rancios y anárquicos, por lo que Gualberto dejó el grupo por un tiempo (era demasiado «suave y comercial») y voló a EEUU para vivir la contracultura del Woodstock y Jimi Hendrix.

Pero si hay una piedra angular del rock progresivo andaluz, tiene que ser Triana. Atención a esta maravillosa portada: tres jipis mezclando psicodelia con flamenco en un patio andaluz.

Guarda ciertas reminiscencias con la portada del Before Today, de Ariel Pink’s Haunted Graffiti. ¿Es el de Triana el primer graffiti de la historia con el nombre de la banda pintado en la pared?

triana-elmundano-wordpress-com

ariel-pink-www-spin-com

«La música de nuestro tiempo, pero no la de nuestro espacio», decían ellos. Aun así, consiguieron un primer puesto en las listas de ventas. Será porque sus directos inducían al público hacia un viaje lisérgico, un trance que comenzaba a despertar conciencias.

Misma década de los 70, misma España gris, surge en Barcelona otra genial banda de rock psicodélico, con influencias acid-folk, Pan y Regaliz. Se atrevieron a cantar en inglés y consiguieron un sonido muy carismático, con influencias africanas. Su paso, desafortunadamente, fue breve. Su música era tan buena que llegaron a pincharla en varios pubs ingleses.

En mayo del 71, Granollers fue epicentro del primer Festival de Música Progresiva en España (y el primer festival al aire libre). Sus asistentes, la también primera generación de soñadores psicodélicos y valientes, jugaron por unas horas a ser libres.

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Durante esas intensas noches de amor, paz, alucinógenos y buena música, tocarán Smash y Pan y Regaliz, junto a otras bandas como Maquina!, más jazzeros y eléctricos. Barcelona, siempre aventajada en creación artística, parió otro de los mejores sonidos del progresivo español.

También asistiría el excéntrico Pau Riba, autor del primer disco de rock de la historia en catalán. Sus letras son una crítica feroz al ecosistema burgués y ultracatólico de la sociedad catalana, donde él mismo había nacido. En pleno 1970, se calcó esta portada del Niño Jesús reposando en un jardín psicodélico, en su genial álbum Diòptria.

Su incapacidad congénita para adaptarse a su puritana familia le hizo huir al reducto jipi de Formentera, donde viviría en una cueva, sin agua corriente y lejos de la civilización pudiente.

Tras su peregrinaje rural, volvió a Barcelona, para seguir contribuyendo en la contracultura catalana más transgresora.

Pese al papel primordial del festival de Granollers en la historia de la música española, la mala prensa hizo que su segunda edición jamás viera la luz. El sensacionalismo al servicio del régimen pintó el festival como una orgía de drogadictos disfrazados, mientras el resto de la sociedad seguía sumergida en un anacronismo ajeno a cualquier inquietud cultural.

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Posteriores a Granollers, pero también catalanes, son Gotic. En el 78, lanzan el dulce Escenes, un rock sinfónico virtuoso y romántico, puramente instrumental y con ciertos toques de jazz. Una de esas pequeñas joyas que, tristemente, se escaparon del recuerdo colectivo cuando terminó el apogeo del progresivo.

Más allá de Andalucía y Cataluña, también hubo vida. Crack, asturianos haciendo también rock sinfónico en plena industrialización, sólo duraron un año. Sin embargo, Si todo hiciera crack es un disco épico, en todos los sentidos; una armonía preciosista de guitarras, teclado y flauta. A pesar de sus majestuosas composiciones, pasaron sin pena ni gloria por España, aunque sí recibieron alabanzas desde el extranjero.

Pero el sinfónico más luminoso vino, por supuesto, de las islas. Los Canarios, con Teddy Bautista (más tarde, presidente de la SGAE) al frente, también le dieron al progresivo con su joya Ciclos, una dimensión onírica de Las cuatro estaciones de Vivaldi. Por desgracia, es su único disco de este género, bellamente artificioso y con instrumentación electrónica potente. Las cuatro estaciones son sustituidas por las cuatro etapas del desarrollo humano: niñez, juventud, madurez y vejez. Este fragmento, Paraíso remoto, con una estructura orquestal y matices folk, inicia el álbum.

Algunos supieron incorporar la psicodelia al hype del momento, el pop, y saborear el éxito. En la Madrid castiza de los 70, dos mujeres, Vainica Doble, lanzaron su primer single, Caramelo de limón, una oda popera-psicodélica al aperturismo.

La portada, del artista Iván Zulueta, representa una plaza de toros: en el ruedo, la España que combatía; en las gradas, la que se limitaba a contemplar.

vainica-doble

En este LP, cantan sobre mujeres enjauladas que sólo pueden bordar y prepararse para el altar, como Mariluz. Sus letras, atrevidas e insinuantes, irritaron a los censores, que retrasaron la publicación del disco tres meses por la canción Quién le pone el cascabel al gato:

«Niño, no duermas más

niño, despierta ya,

que hay que poner el cascabel al gato

que se lo pongas tú, no se lo pongo yo

que se lo ponga Rita».

Obviamente, la especulación venía de si el gato en cuestión era el caudillo.

El órgano Hammond tomó la palabra en la música comercial gracias a Módulos y su mítico Todo tiene su fin que, navegando por la corriente del pop, se convirtió de inmediato en número 1 de las listas de ventas.

Y como la psicodelia nos ayuda a comprender la naturaleza cíclica de todo, retornemos a Andalucía para terminar con dos últimos conjuntos. Cai, gaditanos psicodélicos de manual (por raro que eso suene), muy inspirados en Pink Floyd y con menos ingredientes flamencos que Smash o Triana. Menos original, quizá, pero la calidad interpretativa es mayúscula.

También de Cai eran Imán Califato Independiente, una psicodelia espacial, vasta, densa, deliciosa, casi enteramente instrumental y con pulsaciones flamencas. Sus integrantes vivían en una comuna vegetariana donde se cultivaba la agricultura y también el espíritu. Bien merece cerrar este recopilatorio (donde aún se nos quedan fuera unas cuantas bandas) con una de las reliquias más infravaloradas del progresivo español.

La cultura juvenil de estas décadas era iconoclasta por defecto. Y lo fue también en España, donde todo comenzó a cuestionarse a través de la música, pese al esfuerzo franquista de mutilar los elementos subversivos que corrompieran su sociedad reprimida, recatolizada y autárquica.

La confrontación del orden y la libertad de romper conceptos preestablecidos pasaron de ser ideas peligrosas a conciertos de rock en todos los pueblos de España. Cabe pensar que si Franco fue relativamente permisivo con todas estas bandas es, ni más ni menos, porque habían nacido en suelo patrio. En realidad, no les prestaba ninguna atención pero, al menos, en general las dejaba estar.

La música foránea, sin embargo, era de lo más amenazante. Como un ejemplo de tantos, la notita proteccionista que el censor de turno dejó junto a Good Vibrations, tema de los Beach Boys prohibido en España:

«Su sentido es totalmente erótico, se subliman las excitaciones sexuales. Esta letra pertenece a los ambientes de los grupos drogradictos de USA: los HIP hippies cuya filosofía está basada en el sexo. La acción sexual según sus efectos determina la bondad o maldad de la acción. De ahí que esta subclase de USA que está tratando de cambiar radicalmente la moralidad se haya convertido en una amenaza social. La letra habla de Good Vibrations buenas vibraciones frente a Bad Vibrations malas vibraciones, que equivale a los actos sexuales. Esta filosofía no es conocida por el público español pero, aún y todo, si se tiene en cuenta que el disco es para la juventud y que está en un inglés que se entiende demasiado fácil y que, psicológicamente, las vibrations se asocian inmediatamente al orgasmo, creo que daría pie a muchísimos jóvenes a bailar por parecer graciosos. Considero, además, que su autorización daría pie a las revistas de tipo musical a ofrecer la letra en castellano. Por todo ello, considero que no debe autorizarse».

 

Recortes de prensa extraídos de: La web sense nom

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La psicodelia, con sus loops infinitos y reverberación pomposa. Por definición, un sonido que replica las experiencias con setas mágicas, mezcalina o LSD parecía no tener cabida en la España de los 60, cuando el aislamiento cultural y el paternalista nacionalcatolicismo sirvieron de barrera contra las sustancias alucinógenas que, en los territorios vecinos, ya eran de lo más mainstream.

Triste proceder. Todos los conjuntos (término que, por cierto, deberíamos recuperar) se veían obligados a enviar sus discos a la Dirección General de Radiodifusión y Televisión, que calificaba como «no radiables» aquellos títulos relacionados con el contacto físico, el mundo de la noche y, en general, que filtraran cualquier atisbo de vicio.

Las bandas psicodélicas que se oteaban en el horizonte anglosajón casi no consiguieron ser «radiables». Pero, en España, hay algunos tesoros enterrados. Smash, con su fusión de psicodelia y folclore andaluz, sí consiguieron franquear al mismo Franco.

Los sevillanos, pioneros del underground progresivo, dejaron un documento inestimable, el «Manifiesto de lo borde» donde, además de criticar la esclavitud moral de sus coetáneos, plantean una forma de vida disruptiva:

«No se trata de hacer flamenco-pop ni blues aflamencado, sino de corromperse por derecho. Sólo puede uno corromperse por el palo de la belleza. Imagínate a Bob Dylan en un cuarto, con una botella de Tío Pepe, Diego el del Gastor, a la guitarra, y la Fernanda y la Bernarda de Utrera haciendo el compás, y dile: canta ahora tus canciones. ¿Qué le entraría a Dylan por ese cuerpecito? Pues lo mismo que a Manuel [Molina] cuando empieza a cantar por bulerías con sonido eléctrico:

                                                          Aunque digan lo contrario,

                                                          yo sé bien que esto es la guerra,

                                                         puñalaítas de muerte

                                                          me darían si pudieran.»

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Si algo bueno ocurrió gracias a las bases militares de Rota, Morón o San Pablo, es que los americanos traían música. Vinilos de rock clandestinos, que caían en manos de aquellos jóvenes españoles con ganas de libertad.

Gualberto García, guitarrista de Smash y otras bandas de rock andaluz, cuenta, en una entrevista para efeeme.com, cómo tocaban canciones de Pink Floyd, Yardbirds, Beatles o Hollies ante oídos españoles inexpertos que sólo pedían pasodobles. Los tiempos eran rancios y anárquicos, por lo que Gualberto dejó el grupo por un tiempo (era demasiado «suave y comercial») y voló a EEUU para vivir la contracultura del Woodstock y Jimi Hendrix.

Pero si hay una piedra angular del rock progresivo andaluz, tiene que ser Triana. Atención a esta maravillosa portada: tres jipis mezclando psicodelia con flamenco en un patio andaluz.

Guarda ciertas reminiscencias con la portada del Before Today, de Ariel Pink’s Haunted Graffiti. ¿Es el de Triana el primer graffiti de la historia con el nombre de la banda pintado en la pared?

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«La música de nuestro tiempo, pero no la de nuestro espacio», decían ellos. Aun así, consiguieron un primer puesto en las listas de ventas. Será porque sus directos inducían al público hacia un viaje lisérgico, un trance que comenzaba a despertar conciencias.

Misma década de los 70, misma España gris, surge en Barcelona otra genial banda de rock psicodélico, con influencias acid-folk, Pan y Regaliz. Se atrevieron a cantar en inglés y consiguieron un sonido muy carismático, con influencias africanas. Su paso, desafortunadamente, fue breve. Su música era tan buena que llegaron a pincharla en varios pubs ingleses.

En mayo del 71, Granollers fue epicentro del primer Festival de Música Progresiva en España (y el primer festival al aire libre). Sus asistentes, la también primera generación de soñadores psicodélicos y valientes, jugaron por unas horas a ser libres.

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Durante esas intensas noches de amor, paz, alucinógenos y buena música, tocarán Smash y Pan y Regaliz, junto a otras bandas como Maquina!, más jazzeros y eléctricos. Barcelona, siempre aventajada en creación artística, parió otro de los mejores sonidos del progresivo español.

También asistiría el excéntrico Pau Riba, autor del primer disco de rock de la historia en catalán. Sus letras son una crítica feroz al ecosistema burgués y ultracatólico de la sociedad catalana, donde él mismo había nacido. En pleno 1970, se calcó esta portada del Niño Jesús reposando en un jardín psicodélico, en su genial álbum Diòptria.

Su incapacidad congénita para adaptarse a su puritana familia le hizo huir al reducto jipi de Formentera, donde viviría en una cueva, sin agua corriente y lejos de la civilización pudiente.

Tras su peregrinaje rural, volvió a Barcelona, para seguir contribuyendo en la contracultura catalana más transgresora.

Pese al papel primordial del festival de Granollers en la historia de la música española, la mala prensa hizo que su segunda edición jamás viera la luz. El sensacionalismo al servicio del régimen pintó el festival como una orgía de drogadictos disfrazados, mientras el resto de la sociedad seguía sumergida en un anacronismo ajeno a cualquier inquietud cultural.

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Posteriores a Granollers, pero también catalanes, son Gotic. En el 78, lanzan el dulce Escenes, un rock sinfónico virtuoso y romántico, puramente instrumental y con ciertos toques de jazz. Una de esas pequeñas joyas que, tristemente, se escaparon del recuerdo colectivo cuando terminó el apogeo del progresivo.

Más allá de Andalucía y Cataluña, también hubo vida. Crack, asturianos haciendo también rock sinfónico en plena industrialización, sólo duraron un año. Sin embargo, Si todo hiciera crack es un disco épico, en todos los sentidos; una armonía preciosista de guitarras, teclado y flauta. A pesar de sus majestuosas composiciones, pasaron sin pena ni gloria por España, aunque sí recibieron alabanzas desde el extranjero.

Pero el sinfónico más luminoso vino, por supuesto, de las islas. Los Canarios, con Teddy Bautista (más tarde, presidente de la SGAE) al frente, también le dieron al progresivo con su joya Ciclos, una dimensión onírica de Las cuatro estaciones de Vivaldi. Por desgracia, es su único disco de este género, bellamente artificioso y con instrumentación electrónica potente. Las cuatro estaciones son sustituidas por las cuatro etapas del desarrollo humano: niñez, juventud, madurez y vejez. Este fragmento, Paraíso remoto, con una estructura orquestal y matices folk, inicia el álbum.

Algunos supieron incorporar la psicodelia al hype del momento, el pop, y saborear el éxito. En la Madrid castiza de los 70, dos mujeres, Vainica Doble, lanzaron su primer single, Caramelo de limón, una oda popera-psicodélica al aperturismo.

La portada, del artista Iván Zulueta, representa una plaza de toros: en el ruedo, la España que combatía; en las gradas, la que se limitaba a contemplar.

vainica-doble

En este LP, cantan sobre mujeres enjauladas que sólo pueden bordar y prepararse para el altar, como Mariluz. Sus letras, atrevidas e insinuantes, irritaron a los censores, que retrasaron la publicación del disco tres meses por la canción Quién le pone el cascabel al gato:

«Niño, no duermas más

niño, despierta ya,

que hay que poner el cascabel al gato

que se lo pongas tú, no se lo pongo yo

que se lo ponga Rita».

Obviamente, la especulación venía de si el gato en cuestión era el caudillo.

El órgano Hammond tomó la palabra en la música comercial gracias a Módulos y su mítico Todo tiene su fin que, navegando por la corriente del pop, se convirtió de inmediato en número 1 de las listas de ventas.

Y como la psicodelia nos ayuda a comprender la naturaleza cíclica de todo, retornemos a Andalucía para terminar con dos últimos conjuntos. Cai, gaditanos psicodélicos de manual (por raro que eso suene), muy inspirados en Pink Floyd y con menos ingredientes flamencos que Smash o Triana. Menos original, quizá, pero la calidad interpretativa es mayúscula.

También de Cai eran Imán Califato Independiente, una psicodelia espacial, vasta, densa, deliciosa, casi enteramente instrumental y con pulsaciones flamencas. Sus integrantes vivían en una comuna vegetariana donde se cultivaba la agricultura y también el espíritu. Bien merece cerrar este recopilatorio (donde aún se nos quedan fuera unas cuantas bandas) con una de las reliquias más infravaloradas del progresivo español.

La cultura juvenil de estas décadas era iconoclasta por defecto. Y lo fue también en España, donde todo comenzó a cuestionarse a través de la música, pese al esfuerzo franquista de mutilar los elementos subversivos que corrompieran su sociedad reprimida, recatolizada y autárquica.

La confrontación del orden y la libertad de romper conceptos preestablecidos pasaron de ser ideas peligrosas a conciertos de rock en todos los pueblos de España. Cabe pensar que si Franco fue relativamente permisivo con todas estas bandas es, ni más ni menos, porque habían nacido en suelo patrio. En realidad, no les prestaba ninguna atención pero, al menos, en general las dejaba estar.

La música foránea, sin embargo, era de lo más amenazante. Como un ejemplo de tantos, la notita proteccionista que el censor de turno dejó junto a Good Vibrations, tema de los Beach Boys prohibido en España:

«Su sentido es totalmente erótico, se subliman las excitaciones sexuales. Esta letra pertenece a los ambientes de los grupos drogradictos de USA: los HIP hippies cuya filosofía está basada en el sexo. La acción sexual según sus efectos determina la bondad o maldad de la acción. De ahí que esta subclase de USA que está tratando de cambiar radicalmente la moralidad se haya convertido en una amenaza social. La letra habla de Good Vibrations buenas vibraciones frente a Bad Vibrations malas vibraciones, que equivale a los actos sexuales. Esta filosofía no es conocida por el público español pero, aún y todo, si se tiene en cuenta que el disco es para la juventud y que está en un inglés que se entiende demasiado fácil y que, psicológicamente, las vibrations se asocian inmediatamente al orgasmo, creo que daría pie a muchísimos jóvenes a bailar por parecer graciosos. Considero, además, que su autorización daría pie a las revistas de tipo musical a ofrecer la letra en castellano. Por todo ello, considero que no debe autorizarse».

 

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Opiniones 6
  • Hace años me dio fuerte por este periodo y encontré el genial ensayo ‘Psicodelia, Hippies y Underground en España 1965-1980’ de Pepe García Lloret (2006). Tiene un listado con reviews de los 120 discos más significativos. Imprescindible.

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