15 de junio 2016    /   IDEAS
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Los economistas están enseñando a los políticos a manipularte

15 de junio 2016    /   IDEAS     por          
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Es obvio que las decadentes campañas y debates electorales, el cuelgue de los carteles entre risas enlatadas y abrazos de gente que no se soporta, y los mítines —con regidores que coordinan aplausos y ‘mensajes potentes’ cuando conecta con ellos el informativo de la televisión— ya no condicionan tanto a los votantes como en los viejos tiempos.

Hay algo peor que un mal actor: un mal actor de ciencia ficción (y ciencia política) que no sabe que hace el ridículo. Aquellas viejas escafandras de astronautas inverosímiles, los intereses empaquetados en falsa ideología, los terribles vídeos electorales o las pancartas son cosa de otra época y, por eso, hacen falta las nuevas herramientas que cientos de psicólogos economistas llevan afinando desde los años setenta.

Aunque pueda resultarle asombroso a cualquiera que se haya quedado atrapado en un atasco mientras una turba de babeantes, vociferantes y enloquecidos aprieta el claxon (¡Baaaaammm! ¡Baaaaaaammmmmm!) creyendo que va a deshacer mágicamente la cola como fuego sobre mantequilla, la inmensa mayoría de los economistas asumían hasta hace pocos años que los seres humanos son puramente racionales del mismo modo que muchos políticos los consideran esencialmente idiotas.

La racionalidad de la que hablaban consistía en lo siguiente: siempre tomamos las decisiones que más nos convienen, somos fundamentalmente egoístas y nuestras principales preferencias tienden a coincidir con las del resto (‘¿Te gusta conducir?’. Claro, a todos nos gusta conducir un BMW, pero no pagarlo).

Salvando algunas excepciones, éramos lógicos, fríos y, hasta cierto punto, previsibles. Por eso, hacer restallar el claxon como un látigo sobre el vehículo de delante, estamparse contra él por impaciencia o insultar es, seguramente, lo mejor que puede hacerse en un atasco. Es previsible y egoísta pero se puede debatir si es útil, si es lógico y si todos compartimos las preferencias de la jauría del bocinazo o preferiríamos amordazarla a perpetuidad.

Los economistas fingían creer algo tan increíble por cuatro motivos. Primero, aspiraban a que su disciplina adquiriese el rango de ciencia y para ello tenía que ser estrictamente racional y arrojar resultados previsibles y replicables.

Segundo, había que simplificar una realidad tan vasta para entenderla de algún modo y construir modelos útiles.

Tercero, se asumía que el ser humano era, en gran medida, un tipo utilitarista, analítico y frío que vivía sólo al servicio de sus propios intereses por mucho que no quisieran admitirlo los moralistas, las iglesias y los sensiblones de todos los partidos.

Y cuarto, muchos estudios sugerían que, incluso si las decisiones individuales no eran racionales, su cómputo global —la inteligencia colectiva del mercado— sí que lo parecía. 

Si el ser humano era utilitarista, egoísta y hasta cierto punto previsible, entonces bastaba con diseñar un marco de incentivos —de premios y recompensas— para que eligiera la opción que el político, el regulador o el dictador considerase deseable para la sociedad en su conjunto.

En otras palabras, iba a ser suficiente con imponer una multa a quien abusara del claxon como un animal para silenciarlo. En España esa multa, que despega como un cohete desde el suelo de los 80 euros y se eleva hasta la estratosfera de los 6.000 euros, no ha impedido, hasta la fecha, el insoportable guitarreo heavy del ¡Baaaaammm!¡ ¡Baaaaammm! a la entrada de las grandes ciudades todas las mañanas. 

Ser humildes no es una opción

Cuando vieron que una parte significativa del mundo —es decir, los conductores enfurecidos de nuestro atasco— no les daba la razón, empezaron a hablar de fallos del mercado. No eran los economistas los que se equivocaban aplicando modelos que no se correspondían con la realidad… sino que era la realidad la que tenía la maldita culpa de no adaptarse a sus modelos. ¡Era como si los hombres y mujeres del tiempo echasen la culpa a las nubes por estropearles el pronóstico! ¡A mí no me miréis si os ha llovido en la playa! ¡Mirad al cielo, idiotas!

Es verdad que había economistas que consideraban que el mercado era estrictamente racional y que si no lo veíamos claramente como tal era porque, al igual que los designios de dios, los caminos de su eficiencia eran a veces inescrutables.

Algunos le atribuyeron cualidades típicas de una inteligencia divina como la facultad para anticipar el futuro o se habló de una perfección que nunca seríamos capaces de comprender del todo. La realidad, sin embargo, era que las burbujas financieras, los movimientos demenciales e injustificados de los precios de muchas acciones y la capacidad de algunos traders para anticiparse y batir al todopoderoso mercado utilizando información privilegiada cuestionaron y debilitaron el poder de convicción de aquellas ideas.

Los psicólogos economistas, sobre todo a partir de los 70, empezaron a reventar la imagen de que cada uno de nosotros éramos actores totalmente racionales. Identificaron errores sistemáticos en nuestras decisiones (decimos que queremos trabajar y nos ponemos a mirar el WhatsApp) y se ofrecieron a corregirlos con diversas técnicas (silenciar los grupos más activos de WhatsApp, amenazar al grupo de tus primos con enviarles TODAS las fotos de tu boda).

Entonces se comenzó a asimilar —y esta es la tendencia hegemónica hoy en el mundo de la psicología— la mente humana con una computadora dedicada enteramente a procesar información. Así las cosas, hacía falta programarla adecuadamente o introducirle algunos algoritmos para evitarle aquellos fallos tan embarazosos.

Por supuesto, entre aquellos fallos se encuentran muchas de las pulsiones, intuiciones y reacciones irreflexivas que nos hacen humanos. Los psicólogos evolucionistas consideran que algunas de esas reacciones, aunque puedan parecer contraproducentes y absurdas, son las que nos han ayudado —y quizá sigan haciéndolo— a adaptarnos al entorno.

El derecho a portar miedo

De un modo parecido a los de aquella corriente mayoritaria que veía fallos en el mercado que en muchos casos se resolvían con un programa de premios y recompensas, esta nueva escuela apostó por que las políticas públicas se reformasen e hicieran más eficientes aprovechando los errores de razonamiento de los ciudadanos sin que estos lo supieran.

Se beneficiarían de la inestimable ayuda de la recolección de datos masivos y privados, que va a multiplicar la información minuto a minuto sobre nosotros en cuanto nos enfundemos la ropa inteligente que nos están preparando. Ahora sí que vamos a salir todos del armario, pero no del armario de nuestra sexualidad, sino del de nuestra conciencia, nuestros miedos y nuestros afectos. Si no salimos del armario, no worries, entrarán a por nosotros.

Este es el punto en el que estamos: muchos países, con Estados Unidos y Reino Unido a la cabeza, han lanzado nuevas instituciones durante la crisis para promover un tipo especialmente potente de mensajes subliminales con la finalidad declarada de ayudarnos a tomar unas decisiones que redundarán en nuestro bien y en el de la comunidad. 

La fuerza de este dispositivo es de tal magnitud —o al menos esas son las expectativas— que hay expertos sensatos como el profesor de Harvard Cass Sunstein que creen que los Estados podrán retirar las sanciones de algunas leyes porque a la gente, sencillamente, no se le ocurrirá incumplirlas.

En un mundo ideal en el que los políticos utilizasen los poderes públicos para satisfacer el interés general y no el suyo, algunos podrían hablar, con infinidad de matices, de una buena noticia. También podrían felicitarse si viviésemos en sociedades donde el interés general significase lo mismo para la inmensa mayoría de la población o, por lo menos, no significase exactamente lo contrario para dos bloques mayoritarios.

La realidad, sin embargo, es que ni en España ni en Latinoamérica existe una única versión del interés general y que nuestros políticos han utilizado sistemáticamente las leyes y las instituciones para manipular y enfrentar a la población en su beneficio.

¿Alguien cree que no harán lo mismo con unos instrumentos propagandísticos aún más poderosos? ¿Es imaginable que, pudiendo poner contra la pared a sus adversarios con mensajes subliminales, no actuarán de la misma manera que cuando los humillan o desprecian a las claras en la televisión? ¿Merece la pena aceptar instrumentos para silenciar a los macarras de los claxonazos, si esos mismos instrumentos me seducen para me trague la falsa ideología como si fueran programas políticos sinceros, los terribles vídeos electorales como si fuesen documentales o las ajadas pancartas como si fuesen arte efímero?

Son las preguntas que me hago mientras intento aceptar que estoy atrapado en el peor atasco de mi vida. 

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Es obvio que las decadentes campañas y debates electorales, el cuelgue de los carteles entre risas enlatadas y abrazos de gente que no se soporta, y los mítines —con regidores que coordinan aplausos y ‘mensajes potentes’ cuando conecta con ellos el informativo de la televisión— ya no condicionan tanto a los votantes como en los viejos tiempos.

Hay algo peor que un mal actor: un mal actor de ciencia ficción (y ciencia política) que no sabe que hace el ridículo. Aquellas viejas escafandras de astronautas inverosímiles, los intereses empaquetados en falsa ideología, los terribles vídeos electorales o las pancartas son cosa de otra época y, por eso, hacen falta las nuevas herramientas que cientos de psicólogos economistas llevan afinando desde los años setenta.

Aunque pueda resultarle asombroso a cualquiera que se haya quedado atrapado en un atasco mientras una turba de babeantes, vociferantes y enloquecidos aprieta el claxon (¡Baaaaammm! ¡Baaaaaaammmmmm!) creyendo que va a deshacer mágicamente la cola como fuego sobre mantequilla, la inmensa mayoría de los economistas asumían hasta hace pocos años que los seres humanos son puramente racionales del mismo modo que muchos políticos los consideran esencialmente idiotas.

La racionalidad de la que hablaban consistía en lo siguiente: siempre tomamos las decisiones que más nos convienen, somos fundamentalmente egoístas y nuestras principales preferencias tienden a coincidir con las del resto (‘¿Te gusta conducir?’. Claro, a todos nos gusta conducir un BMW, pero no pagarlo).

Salvando algunas excepciones, éramos lógicos, fríos y, hasta cierto punto, previsibles. Por eso, hacer restallar el claxon como un látigo sobre el vehículo de delante, estamparse contra él por impaciencia o insultar es, seguramente, lo mejor que puede hacerse en un atasco. Es previsible y egoísta pero se puede debatir si es útil, si es lógico y si todos compartimos las preferencias de la jauría del bocinazo o preferiríamos amordazarla a perpetuidad.

Los economistas fingían creer algo tan increíble por cuatro motivos. Primero, aspiraban a que su disciplina adquiriese el rango de ciencia y para ello tenía que ser estrictamente racional y arrojar resultados previsibles y replicables.

Segundo, había que simplificar una realidad tan vasta para entenderla de algún modo y construir modelos útiles.

Tercero, se asumía que el ser humano era, en gran medida, un tipo utilitarista, analítico y frío que vivía sólo al servicio de sus propios intereses por mucho que no quisieran admitirlo los moralistas, las iglesias y los sensiblones de todos los partidos.

Y cuarto, muchos estudios sugerían que, incluso si las decisiones individuales no eran racionales, su cómputo global —la inteligencia colectiva del mercado— sí que lo parecía. 

Si el ser humano era utilitarista, egoísta y hasta cierto punto previsible, entonces bastaba con diseñar un marco de incentivos —de premios y recompensas— para que eligiera la opción que el político, el regulador o el dictador considerase deseable para la sociedad en su conjunto.

En otras palabras, iba a ser suficiente con imponer una multa a quien abusara del claxon como un animal para silenciarlo. En España esa multa, que despega como un cohete desde el suelo de los 80 euros y se eleva hasta la estratosfera de los 6.000 euros, no ha impedido, hasta la fecha, el insoportable guitarreo heavy del ¡Baaaaammm!¡ ¡Baaaaammm! a la entrada de las grandes ciudades todas las mañanas. 

Ser humildes no es una opción

Cuando vieron que una parte significativa del mundo —es decir, los conductores enfurecidos de nuestro atasco— no les daba la razón, empezaron a hablar de fallos del mercado. No eran los economistas los que se equivocaban aplicando modelos que no se correspondían con la realidad… sino que era la realidad la que tenía la maldita culpa de no adaptarse a sus modelos. ¡Era como si los hombres y mujeres del tiempo echasen la culpa a las nubes por estropearles el pronóstico! ¡A mí no me miréis si os ha llovido en la playa! ¡Mirad al cielo, idiotas!

Es verdad que había economistas que consideraban que el mercado era estrictamente racional y que si no lo veíamos claramente como tal era porque, al igual que los designios de dios, los caminos de su eficiencia eran a veces inescrutables.

Algunos le atribuyeron cualidades típicas de una inteligencia divina como la facultad para anticipar el futuro o se habló de una perfección que nunca seríamos capaces de comprender del todo. La realidad, sin embargo, era que las burbujas financieras, los movimientos demenciales e injustificados de los precios de muchas acciones y la capacidad de algunos traders para anticiparse y batir al todopoderoso mercado utilizando información privilegiada cuestionaron y debilitaron el poder de convicción de aquellas ideas.

Los psicólogos economistas, sobre todo a partir de los 70, empezaron a reventar la imagen de que cada uno de nosotros éramos actores totalmente racionales. Identificaron errores sistemáticos en nuestras decisiones (decimos que queremos trabajar y nos ponemos a mirar el WhatsApp) y se ofrecieron a corregirlos con diversas técnicas (silenciar los grupos más activos de WhatsApp, amenazar al grupo de tus primos con enviarles TODAS las fotos de tu boda).

Entonces se comenzó a asimilar —y esta es la tendencia hegemónica hoy en el mundo de la psicología— la mente humana con una computadora dedicada enteramente a procesar información. Así las cosas, hacía falta programarla adecuadamente o introducirle algunos algoritmos para evitarle aquellos fallos tan embarazosos.

Por supuesto, entre aquellos fallos se encuentran muchas de las pulsiones, intuiciones y reacciones irreflexivas que nos hacen humanos. Los psicólogos evolucionistas consideran que algunas de esas reacciones, aunque puedan parecer contraproducentes y absurdas, son las que nos han ayudado —y quizá sigan haciéndolo— a adaptarnos al entorno.

El derecho a portar miedo

De un modo parecido a los de aquella corriente mayoritaria que veía fallos en el mercado que en muchos casos se resolvían con un programa de premios y recompensas, esta nueva escuela apostó por que las políticas públicas se reformasen e hicieran más eficientes aprovechando los errores de razonamiento de los ciudadanos sin que estos lo supieran.

Se beneficiarían de la inestimable ayuda de la recolección de datos masivos y privados, que va a multiplicar la información minuto a minuto sobre nosotros en cuanto nos enfundemos la ropa inteligente que nos están preparando. Ahora sí que vamos a salir todos del armario, pero no del armario de nuestra sexualidad, sino del de nuestra conciencia, nuestros miedos y nuestros afectos. Si no salimos del armario, no worries, entrarán a por nosotros.

Este es el punto en el que estamos: muchos países, con Estados Unidos y Reino Unido a la cabeza, han lanzado nuevas instituciones durante la crisis para promover un tipo especialmente potente de mensajes subliminales con la finalidad declarada de ayudarnos a tomar unas decisiones que redundarán en nuestro bien y en el de la comunidad. 

La fuerza de este dispositivo es de tal magnitud —o al menos esas son las expectativas— que hay expertos sensatos como el profesor de Harvard Cass Sunstein que creen que los Estados podrán retirar las sanciones de algunas leyes porque a la gente, sencillamente, no se le ocurrirá incumplirlas.

En un mundo ideal en el que los políticos utilizasen los poderes públicos para satisfacer el interés general y no el suyo, algunos podrían hablar, con infinidad de matices, de una buena noticia. También podrían felicitarse si viviésemos en sociedades donde el interés general significase lo mismo para la inmensa mayoría de la población o, por lo menos, no significase exactamente lo contrario para dos bloques mayoritarios.

La realidad, sin embargo, es que ni en España ni en Latinoamérica existe una única versión del interés general y que nuestros políticos han utilizado sistemáticamente las leyes y las instituciones para manipular y enfrentar a la población en su beneficio.

¿Alguien cree que no harán lo mismo con unos instrumentos propagandísticos aún más poderosos? ¿Es imaginable que, pudiendo poner contra la pared a sus adversarios con mensajes subliminales, no actuarán de la misma manera que cuando los humillan o desprecian a las claras en la televisión? ¿Merece la pena aceptar instrumentos para silenciar a los macarras de los claxonazos, si esos mismos instrumentos me seducen para me trague la falsa ideología como si fueran programas políticos sinceros, los terribles vídeos electorales como si fuesen documentales o las ajadas pancartas como si fuesen arte efímero?

Son las preguntas que me hago mientras intento aceptar que estoy atrapado en el peor atasco de mi vida. 

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Opiniones 3
  • Como economista dos apreciaciones:
    La primera, el simil de la sanción por tocar el claxon. Si hubiese sanción real (qie que cualquier toque de claxon supusiese una multa efectiva) te aseguro que se reduciría a la mínima expresión esa sinrazón del conductor.
    La segunda. Totalmente de acuerdo en lineas generales con el artículo. Soy economista, pero también se observar al mundo y la gente que me rodea. Hay un factor fundamental en la ciencia económica, y no es el dinero. Es el ser humano. Esto implica que sea fácil explicar por qué ha ocurrido una crisis, burbuja, o cualquier comportamiento anómalo de la economía. Y sin embargo, resulta absurdo intentar predecir lo que ocurrirá.

  • I liked the first part of the article, but the second was quite limitative and hysterical. The role of the government is not to use these behavioural insights, but to avoid that other economic actors use them. For example: the ban for Ryanair to pre-tick boxes, because there is evidence that people are likely to go on with the default option.

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