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4 de octubre 2018    /   CIENCIA
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¿Por qué los psicópatas podrían ser útiles a la sociedad?

4 de octubre 2018    /   CIENCIA     por          
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Entre un 1% y un 20% de la población (depende del estudio que se consulte) padece psicopatía. De ellos, una diminuta parte acaba despanzurrando a sus congéneres con objetos afilados. La inmensa mayoría deambula por estos lares con sus manos limpias de sangre y su conciencia en paz, pues una de las marcas de la casa del buen psicópata es la ausencia de remordimientos.

Los libros y los artículos que abordan el tema nos alertan de cómo darles esquinazo porque tener a un tipo o una tipa sin escrúpulos rondando nuestra vida no es plato de buen agrado.

Sin embargo, hay pocos que se adentren en el por qué: en la razón por la que estos individuos forman parte de nuestra sociedad. Uno de los pocos libros que ahonda en la cuestión es La sabiduría de los psicópatas. Todo lo que los asesinos en serie pueden enseñarnos de la vida, de Kevin Dutton (Editorial Ariel, 2013), que alude a razones evolutivas para dar sentido a su desagradable presencia.

El autor está convencido de que su padre era un psicópata y de que él padece ansiedad. Y argumenta que ambos rasgos persisten porque han sido útiles para la evolución de nuestra especie. En el tiempo en el que nos paseábamos con taparrabos, los psicópatas eran aguerridos cazadores de bisontes y los ansiosos estaban alerta ante cualquier peligro lo que permitía la supervivencia del grupo.

¿Qué ocurre cuándo vivimos en una sociedad exenta de amenazas rupestres? ¿Siguen siendo «evolutivos» esos rasgos? Según el autor, algunos ámbitos pueden seguir resultando beneficiosos.

Centrándonos en el caso de los psicópatas, Dutton sintetiza sus características determinantes: «Sentido muy elevado de la propia valía, capacidad de persuasión, encanto superficial, falta de remordimientos y manipulación de los demás». Y apostilla que esta definición también la comparten políticos y líderes mundiales.

Para entender cómo funciona su mente, podemos remitirnos al dilema del ferrocarril. Imaginemos que un vagón está a punto de descarrilar y va a acabar con la vida de cinco personas. En poder de la persona a la que se somete a esta prueba está una palanca que permitirá desviar el vagón que colisionará contra un individuo que está en la otra vía. ¿Qué hacer? La mayoría de personas aprieta la palanca y salva cinco vidas a cambio de una.

El dilema se complica aún más. Para evitar la colisión con las cinco víctimas sería necesario empujar a un hombre muy corpulento a la vía del tren. Su cuerpo frenaría el avance del vagón y se salvarían. ¿Cuántas personas lo harían? En los test suelen ser el 10%. Y esos sujetos son los que suelen dar positivo también en otras pruebas para detectar síntomas de psicopatía.

La razón es que en la toma de decisiones, los individuos corrientes y molientes emplean dos zonas neurológicas diferentes dependiendo de si es una elección impersonal o personal. En cambio, los psicópatas no presentan esta diferenciación: los mecanismos neurológicos son siempre impersonales, por lo que pueden tomar una decisión más rápidamente y sin remordimientos. Como decía Tony Soprano mientras finiquitaba a algún desventurado: «Nada personal, sólo negocios». Si no nos enzarzamos en cuestiones morales, la decisión es como mínimo útil. Un psicópata habría rescatado a cinco personas a cambio de una muerte.

En una entrevista que realizó Dutton a Robin Dumbar, profesor de Psicología y Antropología de la evolución de la Universidad de Oxford (Reino Unido), éste afirmaba: «Creo que toda sociedad necesita unos individuos particulares que hagan el trabajo sucio. Gente que no tenga miedo de tomar decisiones duras. De hacer preguntas incómodas. De exponerse y correr riesgos. Y muchas veces esos individuos, por la propia naturaleza del trabajo al que se dedican, no son necesariamente personas con las que te podrías sentar a tomar un té por la tarde».

Desactivadores de explosivos, abogados, curas o periodistas

Y ¿cuáles son esos trabajos? ¿En qué ámbito laboral es más fácil toparse de bruces con un taimado psicópata? En algunas profesiones resulta más habitual encontrar sujetos de pulso firme y sorda empatía: ejecutivo, abogado, comunicador de radio o televisión, vendedor, cirujano, periodista, oficial de policía, clérigo, cocinero y funcionario. Son ocupaciones que requieren de frialdad, resistencia al estrés y, en ocasiones, falta de empatía.

Dutton también añade que entre las filas de los desactivadores de explosivos se hallan estos perfiles y cita un estudio en el que se comprobó que los más condecorados eran los que no experimentaban aceleración en el pulso cuando trasteaban un artefacto que podía explotar y, además, presentaban algunas otras características psicopáticas.

Volvemos a la teoría de Dumbar: alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Y si bien, esto puede ser socialmente funcional, en el ámbito personal frecuentar psicópatas suele ser una ocurrencia nefasta. Pero normalmente no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde, pues no suelen ir acompañados de un letrero de neón que proclame su psicopatía.

Y porque una de sus características es «el encanto superficial». Un psicópata bien integrado sabe caer bien y, sobre todo, es hábil a la hora de escoger a sus víctimas: siempre acomete al rival más débil. Ese radar es tan sutil que puede activarse únicamente por la forma de caminar. Tal cual.

El psicópata Ted Bundy, que asesinó a 35 mujeres, aseguraba que para escoger a «una buena víctima» le bastaba con fijarse en sus andares. Y un estudio realizado por la Universidad Brock (Canadá) quiso ver qué había de cierto en la afirmación del célebre asesino en serie.

Para ello, grabaron a 12 estudiantes paseando por un pasillo de la universidad y les preguntaron si habían sufrido acoso en el pasado. Les hizo visionar esta grabación a sujetos que presentaban rasgos psicopáticos y a otros que no. Inmediatamente los psicópatas en ciernes identificaron a los más vulnerables. He ahí uno de los rasgos más indeseables de estos individuos: parasitan al resto de personas y saben escoger a los que opondrán menor resistencia. Y presentarse ante ellos como lobos con piel de cordero.

«Si algo tienen en común los psicópatas es una habilidad consumada para hacerse pasar por gente normal y corriente, mientras detrás de la fachada, de ese disfraz brutal y brillante, late el corazón refrigerado de un predador implacable y glacial», asegura Dutton.

Y aún hay más malas noticias: no tienen cura. Las terapias, lejos de ayudarles, les dotan de nuevas herramientas para seguir amargando a sus vecinos. En el libro ¿Es usted un psicópata? Viaje a través de la industria de la locura de Jon Ronson (Ediciones B, 2012), se constata el fracaso de los programas para tratar la psicopatía: «Si uno intentaba enseñarles a tener empatía, ellos lo aprovechaban astutamente como entrenamiento para aparentar empatía con vistas a sus fines perversos».

Sin cura y con saña, los psicópatas en pos de sus antisociales objetivos podrían ayudar a avanzar la sociedad, según la teoría de Dutton. Pero será mejor caminar con paso firme para no acabar siendo una de sus víctimas.

Entre un 1% y un 20% de la población (depende del estudio que se consulte) padece psicopatía. De ellos, una diminuta parte acaba despanzurrando a sus congéneres con objetos afilados. La inmensa mayoría deambula por estos lares con sus manos limpias de sangre y su conciencia en paz, pues una de las marcas de la casa del buen psicópata es la ausencia de remordimientos.

Los libros y los artículos que abordan el tema nos alertan de cómo darles esquinazo porque tener a un tipo o una tipa sin escrúpulos rondando nuestra vida no es plato de buen agrado.

Sin embargo, hay pocos que se adentren en el por qué: en la razón por la que estos individuos forman parte de nuestra sociedad. Uno de los pocos libros que ahonda en la cuestión es La sabiduría de los psicópatas. Todo lo que los asesinos en serie pueden enseñarnos de la vida, de Kevin Dutton (Editorial Ariel, 2013), que alude a razones evolutivas para dar sentido a su desagradable presencia.

El autor está convencido de que su padre era un psicópata y de que él padece ansiedad. Y argumenta que ambos rasgos persisten porque han sido útiles para la evolución de nuestra especie. En el tiempo en el que nos paseábamos con taparrabos, los psicópatas eran aguerridos cazadores de bisontes y los ansiosos estaban alerta ante cualquier peligro lo que permitía la supervivencia del grupo.

¿Qué ocurre cuándo vivimos en una sociedad exenta de amenazas rupestres? ¿Siguen siendo «evolutivos» esos rasgos? Según el autor, algunos ámbitos pueden seguir resultando beneficiosos.

Centrándonos en el caso de los psicópatas, Dutton sintetiza sus características determinantes: «Sentido muy elevado de la propia valía, capacidad de persuasión, encanto superficial, falta de remordimientos y manipulación de los demás». Y apostilla que esta definición también la comparten políticos y líderes mundiales.

Para entender cómo funciona su mente, podemos remitirnos al dilema del ferrocarril. Imaginemos que un vagón está a punto de descarrilar y va a acabar con la vida de cinco personas. En poder de la persona a la que se somete a esta prueba está una palanca que permitirá desviar el vagón que colisionará contra un individuo que está en la otra vía. ¿Qué hacer? La mayoría de personas aprieta la palanca y salva cinco vidas a cambio de una.

El dilema se complica aún más. Para evitar la colisión con las cinco víctimas sería necesario empujar a un hombre muy corpulento a la vía del tren. Su cuerpo frenaría el avance del vagón y se salvarían. ¿Cuántas personas lo harían? En los test suelen ser el 10%. Y esos sujetos son los que suelen dar positivo también en otras pruebas para detectar síntomas de psicopatía.

La razón es que en la toma de decisiones, los individuos corrientes y molientes emplean dos zonas neurológicas diferentes dependiendo de si es una elección impersonal o personal. En cambio, los psicópatas no presentan esta diferenciación: los mecanismos neurológicos son siempre impersonales, por lo que pueden tomar una decisión más rápidamente y sin remordimientos. Como decía Tony Soprano mientras finiquitaba a algún desventurado: «Nada personal, sólo negocios». Si no nos enzarzamos en cuestiones morales, la decisión es como mínimo útil. Un psicópata habría rescatado a cinco personas a cambio de una muerte.

En una entrevista que realizó Dutton a Robin Dumbar, profesor de Psicología y Antropología de la evolución de la Universidad de Oxford (Reino Unido), éste afirmaba: «Creo que toda sociedad necesita unos individuos particulares que hagan el trabajo sucio. Gente que no tenga miedo de tomar decisiones duras. De hacer preguntas incómodas. De exponerse y correr riesgos. Y muchas veces esos individuos, por la propia naturaleza del trabajo al que se dedican, no son necesariamente personas con las que te podrías sentar a tomar un té por la tarde».

Desactivadores de explosivos, abogados, curas o periodistas

Y ¿cuáles son esos trabajos? ¿En qué ámbito laboral es más fácil toparse de bruces con un taimado psicópata? En algunas profesiones resulta más habitual encontrar sujetos de pulso firme y sorda empatía: ejecutivo, abogado, comunicador de radio o televisión, vendedor, cirujano, periodista, oficial de policía, clérigo, cocinero y funcionario. Son ocupaciones que requieren de frialdad, resistencia al estrés y, en ocasiones, falta de empatía.

Dutton también añade que entre las filas de los desactivadores de explosivos se hallan estos perfiles y cita un estudio en el que se comprobó que los más condecorados eran los que no experimentaban aceleración en el pulso cuando trasteaban un artefacto que podía explotar y, además, presentaban algunas otras características psicopáticas.

Volvemos a la teoría de Dumbar: alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Y si bien, esto puede ser socialmente funcional, en el ámbito personal frecuentar psicópatas suele ser una ocurrencia nefasta. Pero normalmente no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde, pues no suelen ir acompañados de un letrero de neón que proclame su psicopatía.

Y porque una de sus características es «el encanto superficial». Un psicópata bien integrado sabe caer bien y, sobre todo, es hábil a la hora de escoger a sus víctimas: siempre acomete al rival más débil. Ese radar es tan sutil que puede activarse únicamente por la forma de caminar. Tal cual.

El psicópata Ted Bundy, que asesinó a 35 mujeres, aseguraba que para escoger a «una buena víctima» le bastaba con fijarse en sus andares. Y un estudio realizado por la Universidad Brock (Canadá) quiso ver qué había de cierto en la afirmación del célebre asesino en serie.

Para ello, grabaron a 12 estudiantes paseando por un pasillo de la universidad y les preguntaron si habían sufrido acoso en el pasado. Les hizo visionar esta grabación a sujetos que presentaban rasgos psicopáticos y a otros que no. Inmediatamente los psicópatas en ciernes identificaron a los más vulnerables. He ahí uno de los rasgos más indeseables de estos individuos: parasitan al resto de personas y saben escoger a los que opondrán menor resistencia. Y presentarse ante ellos como lobos con piel de cordero.

«Si algo tienen en común los psicópatas es una habilidad consumada para hacerse pasar por gente normal y corriente, mientras detrás de la fachada, de ese disfraz brutal y brillante, late el corazón refrigerado de un predador implacable y glacial», asegura Dutton.

Y aún hay más malas noticias: no tienen cura. Las terapias, lejos de ayudarles, les dotan de nuevas herramientas para seguir amargando a sus vecinos. En el libro ¿Es usted un psicópata? Viaje a través de la industria de la locura de Jon Ronson (Ediciones B, 2012), se constata el fracaso de los programas para tratar la psicopatía: «Si uno intentaba enseñarles a tener empatía, ellos lo aprovechaban astutamente como entrenamiento para aparentar empatía con vistas a sus fines perversos».

Sin cura y con saña, los psicópatas en pos de sus antisociales objetivos podrían ayudar a avanzar la sociedad, según la teoría de Dutton. Pero será mejor caminar con paso firme para no acabar siendo una de sus víctimas.

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Opiniones 1
  • Obviamente o no has visto El Padrino o no la has entendido si para ilustrar el artículo has elegido al personaje de Michael Corleone. Te podría rebatir cada uno de los puntos pero es mejor que veas la película, que es una obra maestra.

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