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4 de octubre 2018    /   IDEAS
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‘Puellae doctae’: cuando a las mujeres se les permitió ser eruditas en el siglo XVI

4 de octubre 2018    /   IDEAS     por          
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La primera mujer matriculada en una universidad española fue María Elena Maseras en 1876. Antes, si querías ir a la universidad, tenías que recurrir a trucos como vestirte de hombre, como hizo Concepción Arenal entre 1841 y 1846. Esto es por lo menos lo que dicen los libros de historia, olvidando que tres siglos antes hubo un grupo de pioneras que se convirtieron en una fascinante excepción: no solo estudiaron en la universidad, sino que algunas fueron incluso profesoras en ella. Formaban parte de las llamadas puellae doctae.

Entremos en contexto: estamos entre finales del siglo XV y en pleno XVI. Los ideales del Renacimiento y el Humanismo han llegado a España: se da importancia a la formación, al individuo, las lenguas clásicas están de moda y las universidades empiezan a aparecer como setas por toda la península.

En las familias aristocráticas y pertenecientes a círculos intelectuales se daba mucha importancia a la educación de los hijos en los saberes humanistas. Y no dejaban fuera a las hijas: así, de pronto, apareció una generación (muy pequeña, hablamos de una minoría privilegiada) de jóvenes mujeres expertas en cultura clásica, en filosofía, en latín, griego, hebreo y otras lenguas.

Lo único que no se les enseñaba –aunque hubo excepciones– era retórica, porque se consideraba que era lo que daba acceso al poder y, bueno, parecían pensar, tampoco hay que pasarse con lo de la igualdad, que al fin y al cabo acabamos de salir de la Edad Media.

El papel de las cortes

Estas puellae doctae (niñas sabias) de buena familia y bien conectadas veían además todos sus esfuerzos de estudios recompensados por un ambiente propicio también en las cortes, en las que coincidieron mujeres que impulsaban ese modelo. El mejor ejemplo es el de Isabel la Católica, quien, siempre muy preocupada por su propia falta de educación, no quiso que sus hijas tuviesen el mismo problema. Para ello, llamó a varias de estas mujeres para instruirlas tanto a ella como a su prole en todo el saber clásico.

Esto dio como resultado que, por ejemplo, Catalina de Aragón, hija menor de Isabel y Fernando y futura primera mujer de Enrique VIII de Inglaterra, hablase castellano, latín (ambos los escribía también), griego y francés (y posiblemente aprendiera también inglés más adelante). Había estudiado también derecho, filosofía, literatura clásica, aritmética, heráldica…

En Portugal, en la corte de Lisboa, pasó algo similar unos años después, en la época de la infanta María de Portugal (1521-1577). Ella misma, de quien se decía que tenía un talento especial para las lenguas, había sido educada en ese ideal, y de mayor se rodeó también de mujeres eruditas, como cuenta Cristina Borreguero en su artículo Puellae doctae en las cortes peninsulares, y aprovechó su fortuna para proteger las artes.

Beatriz Galindo para Isabel I, Luisa de Sigea para María de Portugal

Pero ¿quiénes eran ellas?, ¿qué sabemos? Desgraciadamente y, salvo algunas excepciones, sabemos muy poco. Tenemos sus nombres y podemos seguir un poco sus pasos a través de referencias sobre todo en cartas, pero casi nunca son ellas, que claro que escribieron, y mucho, las firmantes, ya que se conserva muy poco de su propia producción.

Una de las mujeres más importantes del grupo fue Beatriz Galindo (1465-1535), cuyo dominio del latín hablado y escrito ya a los 15 años le valió el sobrenombre de «la Latina». Todo parecía indicar que iba a acabar siendo monja, pero poco antes de entrar en el convento fue llamada por Isabel I para unirse a la corte: fue ella una de las educadoras de las infantas y, además, tenía bastante influencia sobre la reina, que valoraba mucho sus consejos.

Más adelante fundó, entre otras cosas, el Hospital de la Concepción de Nuestra Señora, conocido como Hospital de la Latina y, sí, posiblemente responsable del nombre del barrio madrileño.

Su equivalente en la corte de Lisboa, más literaria (la corte) que lingüística, fue Luisa de Sigea. Nacida en 1522, su dominio de las lenguas era impresionante se mire por donde se mire: francés, portugués, español, italiano, latín, griego, hebreo, árabe y siríaco. Además, sabía de historia, filosofía y poesía y tuvo una producción literaria, con poemas en castellano y latín, bastante importante, especialmente teniendo en cuenta que no llegó a cumplir los 40 años.

Las universitarias

Pero no todas crecieron de la mano de la realeza. Están las que pisaron las universidades y llegaron en ellas a puestos en los que incluso ahora las mujeres son minoría. El caso más conocido es el de Luisa de Medrano, nacida en 1484, sobre la que hay bastante consenso a la hora de reconocerla como primera profesora universitaria en el mundo hispánico y que llegó incluso a ser catedrática de Latín en la Universidad de Salamanca a los 24 años (sucediendo a Antonio de Nebrija).

Y, hablando de Nebrija, autor de la primera gramática del español, su hija Francisca no solo ayudó a su padre en la investigación y elaboración del famoso texto, sino que también ocupó la cátedra de Retórica (y he aquí una de las excepciones en este tema) en Alcalá de Henares que el humanista dejó libre tras su muerte.

También en la universidad estudió Juana de Contreras, quien en 1504 mantenía un debate que parece casi actual en unas cartas con su maestro Lucio Marineo Sículo: Juana quería referirse a sí misma como heroína en un texto y usar la forma latina heroina (primera declinación y forma que no existía en el latín clásico) y no herois, que Lucio insistía en que era lo correcto para ambos sexos.

Además, claro, al maestro le molestaba incluso más el empeño de Contreras en querer usar para sí ese sustantivo, dejándose llevar por la ambición en vez de las virtudes de su sexo.

La querella de las mujeres y el protofeminismo

Parece que Lucio Marineo Sículo tenía claro dónde se situaba en la llamada querella de las mujeres, un debate filosófico y político que empezó en el siglo XIV y se alargó hasta bien entrado el XVIII, sobre si las mujeres eran inferiores a los hombres por naturaleza.

Si bien él era en realidad algo avanzado para la época (tenía a una alumna de latín y reconocía que era buena y hay cartas en las que se deshace en elogios hablando de otras puellae doctae), sabía cuál era el lugar natural de las mujeres: son musas (inspiradoras de héroes), no heroínas.

En este debate participaron también algunas de la puellae doctae. Teresa de Cartagena, por ejemplo, religiosa del siglo XV y que también estuvo en la corte de Isabel la Católica, escribió el que podría ser el primer texto feminista escrito por una española: lo hizo cuando se enteró de que mucha gente ponía en duda que fuese ella quien había escrito el tratado místico Arboleda de los enfermos (era demasiado bueno para que lo hubiese escrito una mujer). En su respuesta, Admiración de las obras de Dios, defendía el nivel intelectual de las mujeres.

Las puellae doctae, que no eran algo exclusivo de la península, desaparecieron por aquí cuando dejó de estar de moda tanto pensar y tanto humanismo (siguió habiendo afortunadas excepciones, como Oliva de Sabuco).

Fueron víctimas colaterales de la Contrarreforma, que acabó con ese ambiente propicio para lo intelectual, lo científico y esos primeros tímidos intentos de defender que a lo mejor las mujeres (de buena familia) podían dedicarse a algo que no fuese ser un bonito adorno que además produce bebés.

La primera mujer matriculada en una universidad española fue María Elena Maseras en 1876. Antes, si querías ir a la universidad, tenías que recurrir a trucos como vestirte de hombre, como hizo Concepción Arenal entre 1841 y 1846. Esto es por lo menos lo que dicen los libros de historia, olvidando que tres siglos antes hubo un grupo de pioneras que se convirtieron en una fascinante excepción: no solo estudiaron en la universidad, sino que algunas fueron incluso profesoras en ella. Formaban parte de las llamadas puellae doctae.

Entremos en contexto: estamos entre finales del siglo XV y en pleno XVI. Los ideales del Renacimiento y el Humanismo han llegado a España: se da importancia a la formación, al individuo, las lenguas clásicas están de moda y las universidades empiezan a aparecer como setas por toda la península.

En las familias aristocráticas y pertenecientes a círculos intelectuales se daba mucha importancia a la educación de los hijos en los saberes humanistas. Y no dejaban fuera a las hijas: así, de pronto, apareció una generación (muy pequeña, hablamos de una minoría privilegiada) de jóvenes mujeres expertas en cultura clásica, en filosofía, en latín, griego, hebreo y otras lenguas.

Lo único que no se les enseñaba –aunque hubo excepciones– era retórica, porque se consideraba que era lo que daba acceso al poder y, bueno, parecían pensar, tampoco hay que pasarse con lo de la igualdad, que al fin y al cabo acabamos de salir de la Edad Media.

El papel de las cortes

Estas puellae doctae (niñas sabias) de buena familia y bien conectadas veían además todos sus esfuerzos de estudios recompensados por un ambiente propicio también en las cortes, en las que coincidieron mujeres que impulsaban ese modelo. El mejor ejemplo es el de Isabel la Católica, quien, siempre muy preocupada por su propia falta de educación, no quiso que sus hijas tuviesen el mismo problema. Para ello, llamó a varias de estas mujeres para instruirlas tanto a ella como a su prole en todo el saber clásico.

Esto dio como resultado que, por ejemplo, Catalina de Aragón, hija menor de Isabel y Fernando y futura primera mujer de Enrique VIII de Inglaterra, hablase castellano, latín (ambos los escribía también), griego y francés (y posiblemente aprendiera también inglés más adelante). Había estudiado también derecho, filosofía, literatura clásica, aritmética, heráldica…

En Portugal, en la corte de Lisboa, pasó algo similar unos años después, en la época de la infanta María de Portugal (1521-1577). Ella misma, de quien se decía que tenía un talento especial para las lenguas, había sido educada en ese ideal, y de mayor se rodeó también de mujeres eruditas, como cuenta Cristina Borreguero en su artículo Puellae doctae en las cortes peninsulares, y aprovechó su fortuna para proteger las artes.

Beatriz Galindo para Isabel I, Luisa de Sigea para María de Portugal

Pero ¿quiénes eran ellas?, ¿qué sabemos? Desgraciadamente y, salvo algunas excepciones, sabemos muy poco. Tenemos sus nombres y podemos seguir un poco sus pasos a través de referencias sobre todo en cartas, pero casi nunca son ellas, que claro que escribieron, y mucho, las firmantes, ya que se conserva muy poco de su propia producción.

Una de las mujeres más importantes del grupo fue Beatriz Galindo (1465-1535), cuyo dominio del latín hablado y escrito ya a los 15 años le valió el sobrenombre de «la Latina». Todo parecía indicar que iba a acabar siendo monja, pero poco antes de entrar en el convento fue llamada por Isabel I para unirse a la corte: fue ella una de las educadoras de las infantas y, además, tenía bastante influencia sobre la reina, que valoraba mucho sus consejos.

Más adelante fundó, entre otras cosas, el Hospital de la Concepción de Nuestra Señora, conocido como Hospital de la Latina y, sí, posiblemente responsable del nombre del barrio madrileño.

Su equivalente en la corte de Lisboa, más literaria (la corte) que lingüística, fue Luisa de Sigea. Nacida en 1522, su dominio de las lenguas era impresionante se mire por donde se mire: francés, portugués, español, italiano, latín, griego, hebreo, árabe y siríaco. Además, sabía de historia, filosofía y poesía y tuvo una producción literaria, con poemas en castellano y latín, bastante importante, especialmente teniendo en cuenta que no llegó a cumplir los 40 años.

Las universitarias

Pero no todas crecieron de la mano de la realeza. Están las que pisaron las universidades y llegaron en ellas a puestos en los que incluso ahora las mujeres son minoría. El caso más conocido es el de Luisa de Medrano, nacida en 1484, sobre la que hay bastante consenso a la hora de reconocerla como primera profesora universitaria en el mundo hispánico y que llegó incluso a ser catedrática de Latín en la Universidad de Salamanca a los 24 años (sucediendo a Antonio de Nebrija).

Y, hablando de Nebrija, autor de la primera gramática del español, su hija Francisca no solo ayudó a su padre en la investigación y elaboración del famoso texto, sino que también ocupó la cátedra de Retórica (y he aquí una de las excepciones en este tema) en Alcalá de Henares que el humanista dejó libre tras su muerte.

También en la universidad estudió Juana de Contreras, quien en 1504 mantenía un debate que parece casi actual en unas cartas con su maestro Lucio Marineo Sículo: Juana quería referirse a sí misma como heroína en un texto y usar la forma latina heroina (primera declinación y forma que no existía en el latín clásico) y no herois, que Lucio insistía en que era lo correcto para ambos sexos.

Además, claro, al maestro le molestaba incluso más el empeño de Contreras en querer usar para sí ese sustantivo, dejándose llevar por la ambición en vez de las virtudes de su sexo.

La querella de las mujeres y el protofeminismo

Parece que Lucio Marineo Sículo tenía claro dónde se situaba en la llamada querella de las mujeres, un debate filosófico y político que empezó en el siglo XIV y se alargó hasta bien entrado el XVIII, sobre si las mujeres eran inferiores a los hombres por naturaleza.

Si bien él era en realidad algo avanzado para la época (tenía a una alumna de latín y reconocía que era buena y hay cartas en las que se deshace en elogios hablando de otras puellae doctae), sabía cuál era el lugar natural de las mujeres: son musas (inspiradoras de héroes), no heroínas.

En este debate participaron también algunas de la puellae doctae. Teresa de Cartagena, por ejemplo, religiosa del siglo XV y que también estuvo en la corte de Isabel la Católica, escribió el que podría ser el primer texto feminista escrito por una española: lo hizo cuando se enteró de que mucha gente ponía en duda que fuese ella quien había escrito el tratado místico Arboleda de los enfermos (era demasiado bueno para que lo hubiese escrito una mujer). En su respuesta, Admiración de las obras de Dios, defendía el nivel intelectual de las mujeres.

Las puellae doctae, que no eran algo exclusivo de la península, desaparecieron por aquí cuando dejó de estar de moda tanto pensar y tanto humanismo (siguió habiendo afortunadas excepciones, como Oliva de Sabuco).

Fueron víctimas colaterales de la Contrarreforma, que acabó con ese ambiente propicio para lo intelectual, lo científico y esos primeros tímidos intentos de defender que a lo mejor las mujeres (de buena familia) podían dedicarse a algo que no fuese ser un bonito adorno que además produce bebés.

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