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29 de mayo 2018    /   IDEAS
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La cruzada de la ideología pura: ¿no se puede ser conservador y ateo o progresista y rico?

29 de mayo 2018    /   IDEAS     por          
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Cuando en España uno habla de la ultraderecha tiende a remitirse al referente más familiar del espécimen: un ultranacionalista, conservador, racista y, según las historias de nuestros abuelos, militarista, muy creyente y extremadamente recto en el discurso moral. Tanto es así que en España hoy en día seguimos asociando la bandera de España a la derecha, y la religión a lo conservador. Ahora bien, ¿es eso así exactamente? Los hay, claro, pero ni son todos ni seguramente sean mayoría.

Por romper clichés, tres ejemplos extremos. El primero, el hecho de que los protagonistas de los movimientos políticos más nacionalistas de nuestro país resultan ser de extrema izquierda (ERC, las CUP o Sortu).

El segundo, que Rafa Larreina, uno de los diputados de la coalición abertzale en el Congreso hace unos pocos años, es numerario del Opus Dei.

El tercero, que la ultraderecha europea ya es más económica que militar, muchas veces atea y no resulta inusual que sus líderes más icónicos sean homosexuales –como Pim Fortuyn o Jorg Haider–. Si a todo eso le sumas que la extrema derecha se suele nutrir del voto de los barrios obreros, esos que en teoría votan a la izquierda, el estereotipo empieza a tambalearse.

Lo de la extrema derecha es un ejemplo facilón, porque cuanto más extremada es la ideología más se le notan las (aparentes) contradicciones. Sin embargo, y en general, todas las ideologías tienen esas cosas.

Hay gobiernos de izquierda que privatizan y hay gobiernos de derechas que suben la inversión en política social. Hay organizaciones de izquierda que reciben donaciones millonarias, y organizaciones liberales que se lucran de las subvenciones. También hay líderes de izquierda religiosos y tradicionales hasta el tuétano, y líderes de derecha que exhiben su ateísmo.

El problema es que, en general, ese tipo de (aparentes) duplicidades tienden a generar malestar en el seno de los partidos, y les suelen causar algún que otro disgusto –basta recordar la postura de Bono con la Ley del Aborto o cómo soliviantó a muchos votantes del PP la postura de Cifuentes respecto al Orgullo gay–. La pregunta, por tanto, parece pertinente: si en general nadie comulga totalmente con los estereotipos de una ideología, ¿por qué exigimos a los líderes políticos que sí lo hagan?

El silogismo es ampliamente conocido: si eres de izquierda, no puedes ser rico. O no debes, vaya. Porque se supone que si eres de izquierdas, abogas por el reparto del dinero de forma equitativa y, en último término desde posiciones maximalistas, hasta por la abolición de la propiedad privada.

Tanto es así que en su día a muchos se les atragantó la imagen de Felipe González disfrutando, puro en ristre, de un maravilloso yate. Él, que había sido el ‘Isidoro’ de la transición, que había pasado de vestir chaqueta de pana a amasar una fortuna en intereses económicos en América Latina.

Algo similar ha sucedido hace poco con Pablo Iglesias, que hizo campaña criticando a quienes dirigían la política económica de la España de la crisis desde un pisazo que valía más o menos lo mismo que el casoplón que se ha comprado.

El choque entre lo dicho y lo hecho ha sido tan brutal que Iglesias tuvo que convocar un referéndum interno en su partido sobre su continuidad, consciente como era de que controla las estructuras de poder y de que iba a salir reforzado. Pero también es verdad que unos cuantos ya le han hecho ver al rey que va desnudo, y mucho además.

Las ambigüedades ideológicas, sin embargo, no funcionan de forma ambivalente. «Wolinski, un humorista gráfico asesinado en 2015 en el atentado del Charlie Hebdo, dijo que un hombre de derechas con ideas de izquierda era simpático, pero que uno de izquierdas con ideas de derecha era repugnante». La frase la rememora Enric Nomdedéu, uno de los líderes de Compromís en la Comunidad Valenciana. «Él mismo lo sufrió: algunos de sus personajes protagonizaron campañas para marcas como IBM, Mars o el papel de fumar Rizla +. Recibió críticas por ello. ¡Un hombre de izquierdas ganando dinero con la publicidad, algo tan capitalista!», ironiza.

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De hecho, se suele dar la circunstancia de que alguien en el ala conservadora de un partido de izquierda tiene mucha peor prensa que alguien progresista en un partido conservador.

Buena muestra de ello es el caso de Marisa González, que fuera directora de comunicación tanto de Alberto Ruiz Gallardón como de Cristina Cifuentes, y en ambos casos con notable éxito en una tarea: hacer que sus jefes parecieran más progresistas de lo que realmente eran.

Gallardón, por ejemplo, fue votado durante años por muchos que luego no votaban a Aguirre, y Cifuentes hizo campaña luciendo su condición de moderna motera tatuada, republicana y proabortista. Gallardón cometió el error de prescindir de los servicios de su rasputina en cuanto llegó al Ministerio, y fue como si la máscara se le cayera de golpe.

Algo similar sucede con la corrupción: los escándalos de índole económica siempre han afectado mucho más a la fidelidad del electorado de izquierdas que al de derechas. A Felipe González, por ejemplo, fueron el desgaste y los continuos escándalos de la época los que le hicieron caer.

En España han tenido que pasar veinte años para que, a golpe de sentencias, se cuestione el legado económico de la época de José María Aznar, cuyos brotes crecieron con especial fuerza en la Comunidad de Madrid y la Comunidad Valenciana, que tienen ya más presidentes con problemas con la Justicia que sin ellos.

«No es tanto una cuestión de pureza como de coherencia», explica Ignacio Urquizu, diputado del PSOE y autor del libro La crisis de representación en España, que toma el caso del chalet de Iglesias para explicarse.

«En España hace años que hay una crisis política que se asocia con una crisis de representación. En este diagnóstico, Podemos defendió que el ‘no nos representan’ era porque había una casta que vivía de forma distinta a los demás, que era corrupta… Se presentaban como alguien como los demás, los perdedores de la crisis. Pero, claro, cuando empiezan a comportarse como lo que denunciaban, pasan a tener un problema de credibilidad. No es la pureza, es la coherencia y la credibilidad», zanja.

«Es profundamente cínico pretender algo diferente al derecho de todos a vivir lo mejor que podamos. Y no cuenta tanto lo que tenemos, sino el cómo lo hemos conseguido», considera Nomdedéu. «Pero es que hay una izquierda bocazas que ha hablado demasiado, ha criticado demasiado y ha puesto corsés que ahora quedan en evidencia frente a la realidad. Y una derecha supremacista que sí cree que no todos tenemos derecho a comer gambas de Dénia», completa.

El caso de Podemos es el más citado por la cercanía, pero pocas semanas atrás se daba algo en esa misma línea: la ya expresidenta de la Comunidad de Madrid se veía obligada a dimitir no ya por la importancia política de haber obtenido un máster de una forma ventajosa, sino porque edificó su campaña sobre la promesa de erradicar la corrupción.

Su trato de favor, y sus encubrimientos consecuentes, no tienen la gravedad que tiene el expolio de las cuentas públicas. Sin embargo, una promesa rota es uno de los peores pecados en política, especialmente si tus enemigos quieren que así sea.

Cuando en España uno habla de la ultraderecha tiende a remitirse al referente más familiar del espécimen: un ultranacionalista, conservador, racista y, según las historias de nuestros abuelos, militarista, muy creyente y extremadamente recto en el discurso moral. Tanto es así que en España hoy en día seguimos asociando la bandera de España a la derecha, y la religión a lo conservador. Ahora bien, ¿es eso así exactamente? Los hay, claro, pero ni son todos ni seguramente sean mayoría.

Por romper clichés, tres ejemplos extremos. El primero, el hecho de que los protagonistas de los movimientos políticos más nacionalistas de nuestro país resultan ser de extrema izquierda (ERC, las CUP o Sortu).

El segundo, que Rafa Larreina, uno de los diputados de la coalición abertzale en el Congreso hace unos pocos años, es numerario del Opus Dei.

El tercero, que la ultraderecha europea ya es más económica que militar, muchas veces atea y no resulta inusual que sus líderes más icónicos sean homosexuales –como Pim Fortuyn o Jorg Haider–. Si a todo eso le sumas que la extrema derecha se suele nutrir del voto de los barrios obreros, esos que en teoría votan a la izquierda, el estereotipo empieza a tambalearse.

Lo de la extrema derecha es un ejemplo facilón, porque cuanto más extremada es la ideología más se le notan las (aparentes) contradicciones. Sin embargo, y en general, todas las ideologías tienen esas cosas.

Hay gobiernos de izquierda que privatizan y hay gobiernos de derechas que suben la inversión en política social. Hay organizaciones de izquierda que reciben donaciones millonarias, y organizaciones liberales que se lucran de las subvenciones. También hay líderes de izquierda religiosos y tradicionales hasta el tuétano, y líderes de derecha que exhiben su ateísmo.

El problema es que, en general, ese tipo de (aparentes) duplicidades tienden a generar malestar en el seno de los partidos, y les suelen causar algún que otro disgusto –basta recordar la postura de Bono con la Ley del Aborto o cómo soliviantó a muchos votantes del PP la postura de Cifuentes respecto al Orgullo gay–. La pregunta, por tanto, parece pertinente: si en general nadie comulga totalmente con los estereotipos de una ideología, ¿por qué exigimos a los líderes políticos que sí lo hagan?

El silogismo es ampliamente conocido: si eres de izquierda, no puedes ser rico. O no debes, vaya. Porque se supone que si eres de izquierdas, abogas por el reparto del dinero de forma equitativa y, en último término desde posiciones maximalistas, hasta por la abolición de la propiedad privada.

Tanto es así que en su día a muchos se les atragantó la imagen de Felipe González disfrutando, puro en ristre, de un maravilloso yate. Él, que había sido el ‘Isidoro’ de la transición, que había pasado de vestir chaqueta de pana a amasar una fortuna en intereses económicos en América Latina.

Algo similar ha sucedido hace poco con Pablo Iglesias, que hizo campaña criticando a quienes dirigían la política económica de la España de la crisis desde un pisazo que valía más o menos lo mismo que el casoplón que se ha comprado.

El choque entre lo dicho y lo hecho ha sido tan brutal que Iglesias tuvo que convocar un referéndum interno en su partido sobre su continuidad, consciente como era de que controla las estructuras de poder y de que iba a salir reforzado. Pero también es verdad que unos cuantos ya le han hecho ver al rey que va desnudo, y mucho además.

Las ambigüedades ideológicas, sin embargo, no funcionan de forma ambivalente. «Wolinski, un humorista gráfico asesinado en 2015 en el atentado del Charlie Hebdo, dijo que un hombre de derechas con ideas de izquierda era simpático, pero que uno de izquierdas con ideas de derecha era repugnante». La frase la rememora Enric Nomdedéu, uno de los líderes de Compromís en la Comunidad Valenciana. «Él mismo lo sufrió: algunos de sus personajes protagonizaron campañas para marcas como IBM, Mars o el papel de fumar Rizla +. Recibió críticas por ello. ¡Un hombre de izquierdas ganando dinero con la publicidad, algo tan capitalista!», ironiza.

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De hecho, se suele dar la circunstancia de que alguien en el ala conservadora de un partido de izquierda tiene mucha peor prensa que alguien progresista en un partido conservador.

Buena muestra de ello es el caso de Marisa González, que fuera directora de comunicación tanto de Alberto Ruiz Gallardón como de Cristina Cifuentes, y en ambos casos con notable éxito en una tarea: hacer que sus jefes parecieran más progresistas de lo que realmente eran.

Gallardón, por ejemplo, fue votado durante años por muchos que luego no votaban a Aguirre, y Cifuentes hizo campaña luciendo su condición de moderna motera tatuada, republicana y proabortista. Gallardón cometió el error de prescindir de los servicios de su rasputina en cuanto llegó al Ministerio, y fue como si la máscara se le cayera de golpe.

Algo similar sucede con la corrupción: los escándalos de índole económica siempre han afectado mucho más a la fidelidad del electorado de izquierdas que al de derechas. A Felipe González, por ejemplo, fueron el desgaste y los continuos escándalos de la época los que le hicieron caer.

En España han tenido que pasar veinte años para que, a golpe de sentencias, se cuestione el legado económico de la época de José María Aznar, cuyos brotes crecieron con especial fuerza en la Comunidad de Madrid y la Comunidad Valenciana, que tienen ya más presidentes con problemas con la Justicia que sin ellos.

«No es tanto una cuestión de pureza como de coherencia», explica Ignacio Urquizu, diputado del PSOE y autor del libro La crisis de representación en España, que toma el caso del chalet de Iglesias para explicarse.

«En España hace años que hay una crisis política que se asocia con una crisis de representación. En este diagnóstico, Podemos defendió que el ‘no nos representan’ era porque había una casta que vivía de forma distinta a los demás, que era corrupta… Se presentaban como alguien como los demás, los perdedores de la crisis. Pero, claro, cuando empiezan a comportarse como lo que denunciaban, pasan a tener un problema de credibilidad. No es la pureza, es la coherencia y la credibilidad», zanja.

«Es profundamente cínico pretender algo diferente al derecho de todos a vivir lo mejor que podamos. Y no cuenta tanto lo que tenemos, sino el cómo lo hemos conseguido», considera Nomdedéu. «Pero es que hay una izquierda bocazas que ha hablado demasiado, ha criticado demasiado y ha puesto corsés que ahora quedan en evidencia frente a la realidad. Y una derecha supremacista que sí cree que no todos tenemos derecho a comer gambas de Dénia», completa.

El caso de Podemos es el más citado por la cercanía, pero pocas semanas atrás se daba algo en esa misma línea: la ya expresidenta de la Comunidad de Madrid se veía obligada a dimitir no ya por la importancia política de haber obtenido un máster de una forma ventajosa, sino porque edificó su campaña sobre la promesa de erradicar la corrupción.

Su trato de favor, y sus encubrimientos consecuentes, no tienen la gravedad que tiene el expolio de las cuentas públicas. Sin embargo, una promesa rota es uno de los peores pecados en política, especialmente si tus enemigos quieren que así sea.

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Opiniones 3
  • Borja, en España nunca ha habido políticos de izquierda. Solo antifranquistas, me viene a la mente una frase que oí hace tiempo «los esclavos no querían ser libres, querían ser los amos»
    Ni Felipe, ni ZP, ni Iglesias, ni ningún sindicalista eran de izquierdas, quizás pensaban que lo eran, pero no.
    Hace muchos años trabajaba para un sr. que era del PSOE, ex PC y orgulloso de su pasado familiar repulicano, Maquis etc. El día uno de mayo el y los de más concejales del PSOE iban a la manifestación, internacional y rosa al viento puño en alto, su empleados trabajábamos 10 horas sin contrato sin un día libre todo el verano. Media hora para un bocadillo que por supuesto pagábamos nosotros.
    Eso sí un tío comprometido con la causa.

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