27 de febrero 2023    /   IDEAS
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¿Cómo han llegado Rusia y Putin a una guerra en pleno siglo XXI? 

Mark Galeotti, experto en el país exsoviético, tiene varios libros sobre lo que llama «la nación más compleja del mundo». Se acaban de traducir al español dos de sus ensayos. Uno sobre la historia y otro sobre su mandatario.

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El 24 de febrero de 2022, el mundo amaneció o se acostó con una noticia terrible. Rusia acababa de atacar Ucrania desde varios puntos fronterizos, en un intento de invasión que desde el Kremlin se tildaba de «desnazificación». Aquel movimiento sacudió a Europa y generó un dominó de decisiones súbitas. Llegaron las sanciones, el envío de armas, la ayuda a millones de refugiados y el temblor por una amenaza global. Las alarmas sonaban desde hacía tiempo, pero muchos las oían como un simulacro. Hasta que la realidad impuso este timbre dramático.

Un año después, el conflicto perdura sin un horizonte claro. Las tropas rusas no han conseguido sus objetivos iniciales, la diplomacia entre representantes de ambos bloques se ha desvanecido y aún retumba entre la población esa cuestión incomprensible: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Para hacerse una idea de ese periplo hacia un conflicto en pleno siglo XXI que ya contabiliza miles de víctimas y pone en la cuerda floja el futuro energético de todo un continente, resulta recomendable acudir la visión de Mark Galeotti, experto en el asunto.

Putin

La editorial Capitán Swing acaba de publicar en castellano dos de sus ensayos más recientes. Con Una breve historia de Rusia (2020) y Tenemos que hablar de Putin (2019), el autor inglés recorre el origen de lo que llama «la nación más compleja del mundo» y trata de entender a su líder actual, sobre el que se han desatado diferentes teorías. ¿Es un loco, un sádico, un suicida o simplemente un nostálgico? Los adjetivos se acumulan y Galeotti sigue sin respuesta: todavía no ha desentrañado lo que pasa por su cabeza. Lógico: cada día hay un nuevo bandazo.

«Valdímir Putin sigue siendo muy opaco, un enigma», sintetiza, «y por eso depositamos en él todos nuestros miedos». El profesor de varias instituciones británicas y estadounidenses, nacido en Londres en 1965, no tiene una opinión cerrada. A pesar de que ha investigado mucho sobre su biografía, lo catalogue de «un yudoca, no un jugador de ajedrez» o contradiga la versión más extendida y afirme que «tiene aversión al riesgo, no es un macho aventurero».

Sus dudas son razonables. Y más cuando lo barruntado una noche se altera a las pocas horas. «No se sabe su siguiente paso. Creo que esencialmente no ha cambiado desde que se instaló en el Kremlin. Ahora, de todas formas, es más complicado. Entró en Ucrania pensando que iba a ser algo rápido y fácil. Que en dos semanas todo acabaría. Y se encontró con la resistencia, con la pérdida de algunos territorios, con el interés de Europa», enumera desde su despacho en la capital inglesa.

Putin cometió un error de cálculo tremendo. El putinismo murió en el instante en que los tanques cruzaron la linde para lo que en Rusia siguen catalogando como «estrategia militar»

Aún vemos, indica, a un hombre que quiere permanecer en el poder, que recluta más soldados de repente, que celebra elecciones para anexionar ciudades asediadas o que está tratando de «ganar a base de no perder». «Lo que creo que es ha cometido un error de cálculo tremendo», cavila, agregando que Putin nunca imaginó la determinación del pueblo ucraniano, la reacción del resto del mundo, la movilización de sus ciudadanos. El putinismo, incide, murió en el instante en que los tanques cruzaron la linde para lo que en Rusia siguen catalogando como «estrategia militar».

Todo este tiempo se han ido sucediendo análisis sobre la naturaleza de Putin y del alma rusa. Se dice que el exespía de la KGB se ha entronizado como un zar. O que pretende emular al sátrapa Stalin. Y que el pueblo, por su parte, consume propaganda a diario y favorece esa irracional escalada bélica. Según Galeotti, uno de los rasgos del país es su inseguridad. Así como la sensación de que son más europeos que los propios europeos: «Ellos dirán convencidos que el continente acaba en Vladivostok, no en los Urales o la frontera de Polonia».

Galeotti define al país como un palimpsesto: los lienzos se van superponiendo y para averiguar de dónde proceden hay que rascar. Las actitudes del pasado —las soviéticas o de otras épocas de gloria— tardan mucho en morir. Por ejemplo, ese afán conquistador que se dio durante el reinado de Iván III el Grande, en el siglo XV, continuó con los Romanov, del XVII al XX, o con la URSS. Y posteriormente no ha muerto, ni con los herederos de la disuelta Unión Soviética ni con Putin, que ya suma más de dos décadas de poder.

La clave para entender a Putin y sus acciones a lomos del Estado es, argumenta Galeotti, indagar en esas huellas pretéritas. Algunas afloran en los lugares más insospechados y muestran el peso de la Historia, incluso la más reciente.

«Hay una anécdota muy gráfica. Una vez estaba dando una conferencia en la universidad de Moscú delante de 200 estudiantes. Era 2014 o 2015, después de la anexión de Crimea, y hablé algo del ejército en el Donbás. Rápidamente me preguntaron cómo sabía eso, lo pusieron en duda los colegas que estaban conmigo. Es una actitud muy soviética, la de pensar que lo que ellos escuchan es lo correcto y la de no querer otras versiones», expone Galeotti, que tiene prohibido pisar el país.

El autor enlaza el chascarrillo con la «excusa» de atribuir la existencia de nazis para ocupar Ucrania: «Es como un Gran Hermano, y lo pintan como liberar a la primera provincia eslava, la Rus de Kiev, mientras que ensanchan sus fronteras como hicieron en otras latitudes», explica.

De todos modos, advierte, es simplista tratar a Rusia como imperialista. ¿Acaso no lo han sido Reino Unido, India o China?, se pregunta el especialista. Acepta que estamos como en una máquina del tiempo. Que el país se está desgarrando y hay quien se posiciona firmemente en contra del mando absoluto de Putin, pero quien cree en la necesidad de un sistema firme para sostenerlo.

Putin

Galeotti vira hacia el siglo XIX y las presiones que aguantó Nicolás II antes de la Revolución para justificar al líder actual. Además, repasa, con el poder de Lenin y luego de Stalin, con la Segunda Guerra Mundial y los gulags, el pueblo dejó de verse como una fuerza marxista o un experimento comunista y se alzó como una aldea global.

Y eso es, quizás, lo que pretende Putin. «Me parece que no está tratando de retrotraerse a nada específico, pero sí creo que está más cerca del imperio zarista que de la Unión Soviética. En términos territoriales, no es alguien que quiera recuperar los estados bálticos. Para él son otra cosa. Ucrania y Bielorrusia son diferentes. Las ve como parte de las tierras rusas eslavas. Y no es que las quiera unir, sino tenerlas en órbita. Bajo su influencia. Lo que quiere es ser una gran potencia y que sea reconocida, pero no ir tomando terreno hasta que España sea ortodoxa», bromea.

Incluso pensando en que todavía reside cierto hálito del homo sovieticus, la gente no estaría por la labor de volver atrás. «Puede que algunos tengan una nostalgia selectiva, que rememoren la sensación de pertenecer a una comunidad o la estabilidad económica, pero ninguno querría vivir eso otra vez. ¡Muchos tienen abuelos muertos en campos!», exclama. El giro de Putin, de hecho, no es tan extraño: ya se metió en la guerra de Chechenia, ya amenazó a Georgia con Osetia y ya usó la brutalidad de su armamento en Siria. Para él, asegura, no existe una idealización del pasado, sino una cuestión de estrategia.

«Podría pensarse en vías alternativas mediante las cuales Rusia podría establecerse como una gran potencia del siglo XXI: todavía tiene fortalezas tecnológicas, una enorme influencia y capital humano. Pero a la hora de la verdad, creo que Putin es un geopolítico del siglo XIX. Napoleón o Bismarck se reconocerían en lo que está haciendo y lo considerarían bastante normal. Siente que necesita demostrar su poder y ratificarlo de una manera que nadie pueda confundirlo. Y eso se traduce en capacidad militar, en el miedo que le tengan, no en dinamismo económico o flexibilidad para negociar», añade.

La conquista de Ucrania, de hecho, es el paroxismo de este declive. Su «estupidez y torpeza» no convence ni a los nacionalistas, ni a los liberales, ni siquiera a los oligarcas

Se compara a Putin con Hitler, arguye, cuando está más cerca del príncipe Iván III o del zar Pedro I, el Grande: «Quiere hacerse un hueco en el panteón de los héroes de la construcción del gran Estado ruso. Aunque yo lo asemejaría más a Iván el Terrible, que tuvo un reinado de 40 años en el siglo XVI dividido en dos partes: al principio fue un hombre brutal y desagradable, pero también fue un estadista. Restableció un cierto grado de estabilidad en Moscovia, creó las bases de las instituciones para un verdadero Estado ruso, pero entonces sucumbió a la paranoia y el estadista se convirtió en el hombre que destruyó el Estado».

Lo mismo, salvando las distancias, que Putin. En su primer periodo como presidente fue un estadista, concede Galeotti: «Rescató a Rusia de la anarquía de los noventa, generó unos años de prosperidad, de buena calidad de vida, y se fue. Pero luego volvió. Con la paranoia de que Occidente conspiraba contra él», señala, «por eso los comparo: su trayectoria también encaja con la del estadista que destruye sus propios logros».

La conquista de Ucrania, de hecho, es el paroxismo de este declive. Su «estupidez y torpeza» no convence ni a los nacionalistas, ni a los liberales, ni siquiera a los oligarcas. ¿Una revuelta popular? «Hay mucha gente descontenta y hay riesgo para la élite, pero saben que una rebelión es arriesgada, así que se esconden y esperan a que esto acabe», esgrime.

¿Un final inminente? Galeotti prefiere no arriesgarse. La historia del país y los devaneos de su líder empujan a la prudencia. Cree, no obstante, que la derrota de Putin ya es un hecho. Y que los ucranianos han vencido simplemente por hacerles retroceder en varios frentes.

«La guerra ha sido un error garrafal. Y no creo que haya paz antes de que acabe el invierno. Seguirá un escenario como de Guerra Fría y, quizás, acabe con Rusia abandonando y quedándose con Crimea. Algo que no satisface del todo a Occidente ni a Ucrania, pero que se vería en Moscú como una derrota y podría causar la caída del gobierno», zanja.

El 24 de febrero de 2022, el mundo amaneció o se acostó con una noticia terrible. Rusia acababa de atacar Ucrania desde varios puntos fronterizos, en un intento de invasión que desde el Kremlin se tildaba de «desnazificación». Aquel movimiento sacudió a Europa y generó un dominó de decisiones súbitas. Llegaron las sanciones, el envío de armas, la ayuda a millones de refugiados y el temblor por una amenaza global. Las alarmas sonaban desde hacía tiempo, pero muchos las oían como un simulacro. Hasta que la realidad impuso este timbre dramático.

Un año después, el conflicto perdura sin un horizonte claro. Las tropas rusas no han conseguido sus objetivos iniciales, la diplomacia entre representantes de ambos bloques se ha desvanecido y aún retumba entre la población esa cuestión incomprensible: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Para hacerse una idea de ese periplo hacia un conflicto en pleno siglo XXI que ya contabiliza miles de víctimas y pone en la cuerda floja el futuro energético de todo un continente, resulta recomendable acudir la visión de Mark Galeotti, experto en el asunto.

Putin

La editorial Capitán Swing acaba de publicar en castellano dos de sus ensayos más recientes. Con Una breve historia de Rusia (2020) y Tenemos que hablar de Putin (2019), el autor inglés recorre el origen de lo que llama «la nación más compleja del mundo» y trata de entender a su líder actual, sobre el que se han desatado diferentes teorías. ¿Es un loco, un sádico, un suicida o simplemente un nostálgico? Los adjetivos se acumulan y Galeotti sigue sin respuesta: todavía no ha desentrañado lo que pasa por su cabeza. Lógico: cada día hay un nuevo bandazo.

«Valdímir Putin sigue siendo muy opaco, un enigma», sintetiza, «y por eso depositamos en él todos nuestros miedos». El profesor de varias instituciones británicas y estadounidenses, nacido en Londres en 1965, no tiene una opinión cerrada. A pesar de que ha investigado mucho sobre su biografía, lo catalogue de «un yudoca, no un jugador de ajedrez» o contradiga la versión más extendida y afirme que «tiene aversión al riesgo, no es un macho aventurero».

Sus dudas son razonables. Y más cuando lo barruntado una noche se altera a las pocas horas. «No se sabe su siguiente paso. Creo que esencialmente no ha cambiado desde que se instaló en el Kremlin. Ahora, de todas formas, es más complicado. Entró en Ucrania pensando que iba a ser algo rápido y fácil. Que en dos semanas todo acabaría. Y se encontró con la resistencia, con la pérdida de algunos territorios, con el interés de Europa», enumera desde su despacho en la capital inglesa.

Putin cometió un error de cálculo tremendo. El putinismo murió en el instante en que los tanques cruzaron la linde para lo que en Rusia siguen catalogando como «estrategia militar»

Aún vemos, indica, a un hombre que quiere permanecer en el poder, que recluta más soldados de repente, que celebra elecciones para anexionar ciudades asediadas o que está tratando de «ganar a base de no perder». «Lo que creo que es ha cometido un error de cálculo tremendo», cavila, agregando que Putin nunca imaginó la determinación del pueblo ucraniano, la reacción del resto del mundo, la movilización de sus ciudadanos. El putinismo, incide, murió en el instante en que los tanques cruzaron la linde para lo que en Rusia siguen catalogando como «estrategia militar».

Aún vemos, indica, a un hombre que quiere permanecer en el poder, que recluta más soldados de repente, que celebra elecciones para anexionar ciudades asediadas o que está tratando de «ganar a base de no perder». «Lo que creo que es ha cometido un error de cálculo tremendo», cavila, agregando que Putin nunca imaginó la determinación del pueblo ucraniano, la reacción del resto del mundo, la movilización de sus ciudadanos. El putinismo, incide, murió en el instante en que los tanques cruzaron la linde para lo que en Rusia siguen catalogando como «estrategia militar».

Todo este tiempo se han ido sucediendo análisis sobre la naturaleza de Putin y del alma rusa. Se dice que el exespía de la KGB se ha entronizado como un zar. O que pretende emular al sátrapa Stalin. Y que el pueblo, por su parte, consume propaganda a diario y favorece esa irracional escalada bélica. Según Galeotti, uno de los rasgos del país es su inseguridad. Así como la sensación de que son más europeos que los propios europeos: «Ellos dirán convencidos que el continente acaba en Vladivostok, no en los Urales o la frontera de Polonia».

Galeotti define al país como un palimpsesto: los lienzos se van superponiendo y para averiguar de dónde proceden hay que rascar. Las actitudes del pasado —las soviéticas o de otras épocas de gloria— tardan mucho en morir. Por ejemplo, ese afán conquistador que se dio durante el reinado de Iván III el Grande, en el siglo XV, continuó con los Romanov, del XVII al XX, o con la URSS. Y posteriormente no ha muerto, ni con los herederos de la disuelta Unión Soviética ni con Putin, que ya suma más de dos décadas de poder.

La clave para entender a Putin y sus acciones a lomos del Estado es, argumenta Galeotti, indagar en esas huellas pretéritas. Algunas afloran en los lugares más insospechados y muestran el peso de la Historia, incluso la más reciente.

«Hay una anécdota muy gráfica. Una vez estaba dando una conferencia en la universidad de Moscú delante de 200 estudiantes. Era 2014 o 2015, después de la anexión de Crimea, y hablé algo del ejército en el Donbás. Rápidamente me preguntaron cómo sabía eso, lo pusieron en duda los colegas que estaban conmigo. Es una actitud muy soviética, la de pensar que lo que ellos escuchan es lo correcto y la de no querer otras versiones», expone Galeotti, que tiene prohibido pisar el país.

El autor enlaza el chascarrillo con la «excusa» de atribuir la existencia de nazis para ocupar Ucrania: «Es como un Gran Hermano, y lo pintan como liberar a la primera provincia eslava, la Rus de Kiev, mientras que ensanchan sus fronteras como hicieron en otras latitudes», explica.

De todos modos, advierte, es simplista tratar a Rusia como imperialista. ¿Acaso no lo han sido Reino Unido, India o China?, se pregunta el especialista. Acepta que estamos como en una máquina del tiempo. Que el país se está desgarrando y hay quien se posiciona firmemente en contra del mando absoluto de Putin, pero quien cree en la necesidad de un sistema firme para sostenerlo.

Putin

Galeotti vira hacia el siglo XIX y las presiones que aguantó Nicolás II antes de la Revolución para justificar al líder actual. Además, repasa, con el poder de Lenin y luego de Stalin, con la Segunda Guerra Mundial y los gulags, el pueblo dejó de verse como una fuerza marxista o un experimento comunista y se alzó como una aldea global.

Y eso es, quizás, lo que pretende Putin. «Me parece que no está tratando de retrotraerse a nada específico, pero sí creo que está más cerca del imperio zarista que de la Unión Soviética. En términos territoriales, no es alguien que quiera recuperar los estados bálticos. Para él son otra cosa. Ucrania y Bielorrusia son diferentes. Las ve como parte de las tierras rusas eslavas. Y no es que las quiera unir, sino tenerlas en órbita. Bajo su influencia. Lo que quiere es ser una gran potencia y que sea reconocida, pero no ir tomando terreno hasta que España sea ortodoxa», bromea.

Incluso pensando en que todavía reside cierto hálito del homo sovieticus, la gente no estaría por la labor de volver atrás. «Puede que algunos tengan una nostalgia selectiva, que rememoren la sensación de pertenecer a una comunidad o la estabilidad económica, pero ninguno querría vivir eso otra vez. ¡Muchos tienen abuelos muertos en campos!», exclama. El giro de Putin, de hecho, no es tan extraño: ya se metió en la guerra de Chechenia, ya amenazó a Georgia con Osetia y ya usó la brutalidad de su armamento en Siria. Para él, asegura, no existe una idealización del pasado, sino una cuestión de estrategia.

«Podría pensarse en vías alternativas mediante las cuales Rusia podría establecerse como una gran potencia del siglo XXI: todavía tiene fortalezas tecnológicas, una enorme influencia y capital humano. Pero a la hora de la verdad, creo que Putin es un geopolítico del siglo XIX. Napoleón o Bismarck se reconocerían en lo que está haciendo y lo considerarían bastante normal. Siente que necesita demostrar su poder y ratificarlo de una manera que nadie pueda confundirlo. Y eso se traduce en capacidad militar, en el miedo que le tengan, no en dinamismo económico o flexibilidad para negociar», añade.

La conquista de Ucrania, de hecho, es el paroxismo de este declive. Su «estupidez y torpeza» no convence ni a los nacionalistas, ni a los liberales, ni siquiera a los oligarcas

Se compara a Putin con Hitler, arguye, cuando está más cerca del príncipe Iván III o del zar Pedro I, el Grande: «Quiere hacerse un hueco en el panteón de los héroes de la construcción del gran Estado ruso. Aunque yo lo asemejaría más a Iván el Terrible, que tuvo un reinado de 40 años en el siglo XVI dividido en dos partes: al principio fue un hombre brutal y desagradable, pero también fue un estadista. Restableció un cierto grado de estabilidad en Moscovia, creó las bases de las instituciones para un verdadero Estado ruso, pero entonces sucumbió a la paranoia y el estadista se convirtió en el hombre que destruyó el Estado».

Lo mismo, salvando las distancias, que Putin. En su primer periodo como presidente fue un estadista, concede Galeotti: «Rescató a Rusia de la anarquía de los noventa, generó unos años de prosperidad, de buena calidad de vida, y se fue. Pero luego volvió. Con la paranoia de que Occidente conspiraba contra él», señala, «por eso los comparo: su trayectoria también encaja con la del estadista que destruye sus propios logros».

La conquista de Ucrania, de hecho, es el paroxismo de este declive. Su «estupidez y torpeza» no convence ni a los nacionalistas, ni a los liberales, ni siquiera a los oligarcas. ¿Una revuelta popular? «Hay mucha gente descontenta y hay riesgo para la élite, pero saben que una rebelión es arriesgada, así que se esconden y esperan a que esto acabe», esgrime.

¿Un final inminente? Galeotti prefiere no arriesgarse. La historia del país y los devaneos de su líder empujan a la prudencia. Cree, no obstante, que la derrota de Putin ya es un hecho. Y que los ucranianos han vencido simplemente por hacerles retroceder en varios frentes.

«La guerra ha sido un error garrafal. Y no creo que haya paz antes de que acabe el invierno. Seguirá un escenario como de Guerra Fría y, quizás, acabe con Rusia abandonando y quedándose con Crimea. Algo que no satisface del todo a Occidente ni a Ucrania, pero que se vería en Moscú como una derrota y podría causar la caída del gobierno», zanja.

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Opiniones 1
  • ¿Y por qué Mark Galeotti no habla de los hechos de Maidan de 2014, de la intervención de los Usa en la caída del gobierno ucraniano de entonces, del atlantismo de los gobiernos europeos siervos de los americanos, del “Fuck Ue” de la Nuland, de la ley deZelensky que echa de la Rada los partidos de la ooposición, del alto grado de corrupción de su gobierno, del batallón Azov filo-nazi, etc.?

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