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17 de febrero 2014    /   CREATIVIDAD
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Tu vida es una infografía

17 de febrero 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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La inmortalidad no es una cuestión etérea. Ni siquiera mística. Se trata de un puñado de datos. Pero la perpetuidad no es algo eterno. Es algo reciente. Algo propio del mundo digital. Desde que se produjo el Big Bang hasta que las máquinas empezaron a cincelar digitalmente los alientos humanos apenas quedaron rastros de los miles de millones de personas que pisaron la Tierra. El presente, hasta hace muy poco, duraba tan solo un instante.

El mundo de los ceros y los unos creó la eternidad. En lugares protegidos del planeta trabajan, sin pausa, inmensos centros de datos que registran para siempre la estela humana. El presente se ha vuelto perpetuo y ya solo depende de un manojo de bits. En la historia del futuro no solo habrá un Copérnico y un Leonardo. También habrá millones de Martas y Mustafás. La eternidad se ha democratizado.

Puede, incluso, que el advenimiento digital haya traído una nueva justificación de la existencia. El pasado ha repetido durante más de veinte siglos esta frase de la Biblia: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás». Reducir un humano a una colección de corpúsculos ya no funciona. La ciencia y la tecnología hacen creer que un individuo procede de una serie de datos y, cuando su cuerpo desaparece, los deja aquí. «Información eres y a la información volverás».

A comienzos del XXI los humanos descubrieron que sus dispositivos, en realidad, eran testigos exhaustivos de su vida. Lo fueron desde el momento en que empezaron a utilizar un móvil y cualquier tecnología conectada a internet. Pero hasta que alguien dio la voz de alarma nadie cayó en que un clic puede ser también un registro. Al conocerlo surgió la escisión. Los que optan por tecnologías que no dejan rastro y los que pasan por la Red como un caracol.

Pero hay una alternativa más. Recoger datos propios y organizarlos para alcanzar una meta, conocerse mejor, controlar algún aspecto de la vida o cambiar un comportamiento. Estas estadísticas se han convertido en fotos de cualquier detalle vital. Desde el control de una enfermedad al rendimiento deportivo. Desde las horas de sueño a la presteza con la que se olvida un amor.

Ni los registros ni la contabilidad son nuevos. Es algo que solía hacer la ciencia, las empresas, los institutos de investigación y los deportistas de élite. El asunto no iba mucho más allá hasta hace unos siete años. La afición de calibrar el rendimiento físico, el consumo de calorías o las veces que se saca al perro empezó a extenderse entre la población cuando la tecnología lo convirtió en algo muy fácil. Cuando una pulsera pudo medir pulsaciones y una app fue capaz de construir una infografía a partir de las horas de insomnio. Cuando los sensores y acelerómetros que recogen los datos bajaron su precio.

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miCoach Soccer (una app de Adidas que recibe información de un chip incrustado en la zapatilla)

Hace siete años el periodista Gary Wolf creó, junto al escritor Kevin Kelly, un blog para hablar de ese creciente interés por la medición personal y estos nuevos dispositivos. Lo llamó Quantified Self y el nombre quedó para el movimiento en su totalidad. «Entre 2007 y 2008 ocurrió algo que apuntaba claramente hacia una dirección. El seguimiento de la localización y una cierta conciencia geoespacial, el life-logging (utilizar tecnología vestible para registrar datos personales) y el uso de unos primeros sensores digitales. Esas eran las grandes pistas de que algo iba a ocurrir», cuenta Wolf. «El movimiento QS (Quanfified Self) nació como un pequeño grupo en la bahía de San Francisco y hoy es ya una comunidad internacional con más de 100 grupos en todo el mundo».

El colaborador de la revista Wired cree que «casi todo lo que hacemos genera datos». La actividad registrada por ordenadores, por móviles, por puestos de control fronterizos, por transacciones bancarias… Esta información se ha utilizado, sobre todo, para fines comerciales, pero, según el estadounidense, resultaría muy útil si se empleara con fines médicos y para mejorar la calidad de vida. Además, continúa, «veo el seguimiento personal como una forma más para tomar consciencia y reflexionar sobre uno mismo. Es algo útil e interesante por sí mismo».

En el último festival de música y cultura interactiva South By Southwest (Austin, EE UU) hablaron de la importancia de este movimiento y llegaron a decir, incluso, que el interés por My Data (Mis datos) estaba desplazando al Big Data (Grandes conjuntos de datos).

Medir palpitaciones
La medición empezó a registrar lo más físico. Hizo de la piel humana una cinta de cassette de la que extraer datos. Los primeros gadgets controlaban el movimiento diario, las calorías consumidas, la actividad cardiaca, los kilómetros recorridos… Algunas marcas deportivas inauguraron un mercado de dispositivos vestibles que crece progresivamente y que, según un estudio de BI Intelligence, alcanzará los 12.000 millones de dólares en cinco años. Por el momento, el número de aparatos de QS se triplicó de 2011 a 2012, y en ese último año se vendieron 8,3 millones de gadgets de fitness, relojes inteligentes y tecnología vestible conectada a internet, de acuerdo con la compañía ShotTracker.

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Dispositivo para medir el ejercicio físico de Atlas

La tecnología, en sus mediciones, sigue también su filosofía más íntima: intentar ser invisible e introducirse, silenciosamente, entre cualquier pliegue del mundo. En sus primeras versiones, como ocurrió siempre, los dispositivos son grandes y aparatosos. Una pulsera, un brazalete, una casco…

Pero las funciones tienden a integrarse en un solo dispositivo para que el humano no acabe convirtiéndose en un ridículo árbol de navidad del que cuelgan todo tipo de gadgets.

Algunas marcas, como Samsung o Sony, han creado relojes inteligentes que incorporan funciones de medición personal. Relojes que, además de dar la hora, cuentan los pasos que da su dueño. Los sensores se van integrando en la ropa y los sistemas de medición acabarán formando parte de Internet Of Everything (IoE), esa red donde los objetos, las personas y los datos se entrelazarán y comunicarán constantemente en tiempo real.

La ubicuidad de los sensores y la sucesiva reducción de su coste hará cualquier cosa medible. De las más íntimas pulsiones al número de partículas de plomo del aire que respiramos. Esa información se compartirá en esa nube inmensa atiborrada de datos. Muchos usuarios de Quantified Self (QS) publican ya, y desde hace años, sus estadísticas en las redes sociales. Y cada vez habrá más números y más datos. Tantos que My Data, en realidad, no desplazará nada. Solo hará más inmensa la masa gigante del Big Data.

Medir dolencias
Los síntomas se pueden traducir a un gráfico digital. Esta información lleva años compartiéndose en webs como CureTogether o PatientsLikeMe. Muchas personas que padecen una enfermedad intentan aprender de la experiencia de otros. Muchos miles de individuos. Y cada vez son más.

También hay cientos de apps que ayudan a reducir el peso, controlar el asma (Propeller Health), comprobar si el alcohol bebido afecta a la coordinación y los reflejos (Boozerlyzer)… Muchos hablan de su efecto terapéutico por el mero hecho de emplearlas. La medición hace que el individuo esté más atento a su dolencia e incluso algunos profesionales de las compañías que diseñan estas aplicaciones hablan de un cierto efecto placebo.

Hoy es solo el inicio. Pero la industria médica, probablemente, sea una de las que más uso haga de estas tecnologías de automedición.

Medir costumbres
En 2005 el experto en información visual Nicholas Felton publicó su primer informe anual. El libro reunía una serie de infografías que mostraban distintos aspectos de su vida durante el año que acababa de terminar. El número de días que había pasado en el extranjero, las millas recorridas, los grupos que más había escuchado, las fotos que había hecho y cuántas en cada país visitado, los mejores libros leídos… La vida personal se mostraba de una forma inédita y The New York Times habló entonces de una narrativa tan bien diseñada que borra la línea entre arte y datos.

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Infografía de la actividad de Feltron en 2012

Felton siguió publicando sus informes anuales pero quiso contagiar su hábito de anotar cada movimiento al resto de la humanidad. Para ello creó una aplicación gratuita, junto a Ryan Case, llamada Daytum. Esta app diseña unos gráficos elegantes para mostrar la información que cada usuario introduce en su cuenta.

Este tipo de gráficos muestran el pasado de un vistazo y, además, permiten descubrir hábitos que de otra manera pasarían desapercibidos. Ocurre con Daytum y con muchas otras aplicaciones similares. Themail, creado por Fernanda Viégas, analiza los mensajes de una cuenta de correo y los convierte en un gráfico lleno de círculos y columnas de palabras. Los términos más empleados aparecen en un tamaño mayor y el volumen del círculo refleja la extensión del mensaje.

Medir el desamor
Las emociones, a lo largo de la historia, se entregaron al arte. El amor y el desamor, los celos y la admiración, fueron cantados, dibujados y recitados en poemas. Nadie sabía cómo encajar la forma etérea e invisible de los sentimientos en una tabla de números. Pero el interés por cuantificar todo, absolutamente todo, ha convertido el amor y el desamor en unas rayas y unos círculos.

Lam Thuy Vo relata la historia emocional de su divorcio en un blog que ha llamado Quantified Breakup. En una gráfica muestra una comparación entre el amor recibido y el amor percibido. La editora interactiva de Al Jazeera America explica ahí que el amor que siente una persona está en la cabeza y enfrenta en dos columnas una serie de globos que reflejan una interpretación visual del apoyo que le dieron sus amigos y el apoyo que percibió.

En otra infografía, titulada Texting the sorrows away (Ahogando mis penas en mensajes), muestra el número de mensajes que envió a sus amigos, sus compañeros de trabajo, su familia y su exmarido desde la separación. En total, 11.634.

La idea de relatar la ruptura surgió de una conversación con la persona que la contrató para dar un curso de Periodismo de datos digital e infografías en la Universidad de Massachusetts Amherst. «Iba con él a una conferencia y le hablé de mi reciente separación», indica Lam Thuy Vo. «Le conté que un divorcio lleva mucho tiempo, mucho papeleo (tanto que aún sigo en ello). Hablamos del tema durante un rato y, de pronto, me dijo: “¿Por qué no haces unas infografías sobre tu separación?”. Él pensaba que podía ser mi versión de las pinturas negras de Goya». La imagen del desgarro no es solo Saturno devorando a su hijo. También es una sucesión circular de pelotas verdes y rosas.

El blog Quantified Breakup se presenta así: «El divorcio es duro. Poner este proceso en números, imágenes y visualización de datos es útil. Me saca de estos momentos de tristeza y me ayuda a entender cómo, conforme pase el tiempo, las cosas estarán bien en el futuro (¡buscando tendencias positivas en los datos!). Espero que estas cosas-web puedan ayudarte a ti también».

Pasar la angustia a líneas y barras resultó ‘terapéutico’ para la editora interactiva. «Reunir información a menudo conlleva volver a leer mails antiguos y otras comunicaciones electrónicas», indica. «El proceso de reflejar los datos en gráficos se convirtió en una forma de enfrentarme a muchos detalles de lo que había pasado. Y, a la vez, me mantenía ocupada y en una actitud creativa».

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Infografía de Lam Thuy Vo sobre la relación entre el amor recibido y el amor percibido

El idioma de los números
Las palabras, durante siglos, han explicado el mundo. Los números calculaban ciertos asuntos y describían la abstracción. Pero ni todos los términos ni todos los dígitos son suficientes para expresar la vida. El humano nunca dejará de buscar nuevas narrativas ni de experimentar con lenguajes y signos. «Numerar las cosas permite hacer pruebas y comparaciones. Los números hacen los problemas menos graves emocionalmente y más manejables intelectualmente», escribió Gary Wolff en un artículo titulado The Data-Driven Life (La vida dirigida por datos).

«En el acogedor confín de la vida personal, rara vez usamos el poder de los números. Las técnicas de análisis que se han demostrado tan efectivas quedaban en la oficina y se rescataban de nuevo la mañana siguiente. La imposición de un régimen de registro de datos objetivos para uno mismo o una familia sonaba ridículo. Un periódico era respetable. Una hoja de cálculo era repulsiva».

Pero los datos, como cuenta Gary Wolff en su artículo de 2010, se están infiltrando en los reductos recónditos de la vida personal. «El sueño, el sexo, el ejercicio físico, el humor, la alimentación, la localización, la productividad e incluso el bienestar espiritual están siendo monotorizados y medidos, compartidos y publicados».

La vida de una persona puede leerse hoy en una serie de gráficos. Surgió por la rápida evolución y el abaratamiento de los sensores. Porque uno lleva siempre encima un teléfono inteligente o un dispositivo capaz de medir datos. Porque hoy parece que lo que no se comparte no existe y, por eso, cualquier información acaba en el escaparate de una red social.

De aquí a la poesía en código de barras apenas queda un hálito.

Imagen de portada: Infografía realizada por Feltron de la historia de su vida.

La inmortalidad no es una cuestión etérea. Ni siquiera mística. Se trata de un puñado de datos. Pero la perpetuidad no es algo eterno. Es algo reciente. Algo propio del mundo digital. Desde que se produjo el Big Bang hasta que las máquinas empezaron a cincelar digitalmente los alientos humanos apenas quedaron rastros de los miles de millones de personas que pisaron la Tierra. El presente, hasta hace muy poco, duraba tan solo un instante.

El mundo de los ceros y los unos creó la eternidad. En lugares protegidos del planeta trabajan, sin pausa, inmensos centros de datos que registran para siempre la estela humana. El presente se ha vuelto perpetuo y ya solo depende de un manojo de bits. En la historia del futuro no solo habrá un Copérnico y un Leonardo. También habrá millones de Martas y Mustafás. La eternidad se ha democratizado.

Puede, incluso, que el advenimiento digital haya traído una nueva justificación de la existencia. El pasado ha repetido durante más de veinte siglos esta frase de la Biblia: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás». Reducir un humano a una colección de corpúsculos ya no funciona. La ciencia y la tecnología hacen creer que un individuo procede de una serie de datos y, cuando su cuerpo desaparece, los deja aquí. «Información eres y a la información volverás».

A comienzos del XXI los humanos descubrieron que sus dispositivos, en realidad, eran testigos exhaustivos de su vida. Lo fueron desde el momento en que empezaron a utilizar un móvil y cualquier tecnología conectada a internet. Pero hasta que alguien dio la voz de alarma nadie cayó en que un clic puede ser también un registro. Al conocerlo surgió la escisión. Los que optan por tecnologías que no dejan rastro y los que pasan por la Red como un caracol.

Pero hay una alternativa más. Recoger datos propios y organizarlos para alcanzar una meta, conocerse mejor, controlar algún aspecto de la vida o cambiar un comportamiento. Estas estadísticas se han convertido en fotos de cualquier detalle vital. Desde el control de una enfermedad al rendimiento deportivo. Desde las horas de sueño a la presteza con la que se olvida un amor.

Ni los registros ni la contabilidad son nuevos. Es algo que solía hacer la ciencia, las empresas, los institutos de investigación y los deportistas de élite. El asunto no iba mucho más allá hasta hace unos siete años. La afición de calibrar el rendimiento físico, el consumo de calorías o las veces que se saca al perro empezó a extenderse entre la población cuando la tecnología lo convirtió en algo muy fácil. Cuando una pulsera pudo medir pulsaciones y una app fue capaz de construir una infografía a partir de las horas de insomnio. Cuando los sensores y acelerómetros que recogen los datos bajaron su precio.

adidas2
miCoach Soccer (una app de Adidas que recibe información de un chip incrustado en la zapatilla)

Hace siete años el periodista Gary Wolf creó, junto al escritor Kevin Kelly, un blog para hablar de ese creciente interés por la medición personal y estos nuevos dispositivos. Lo llamó Quantified Self y el nombre quedó para el movimiento en su totalidad. «Entre 2007 y 2008 ocurrió algo que apuntaba claramente hacia una dirección. El seguimiento de la localización y una cierta conciencia geoespacial, el life-logging (utilizar tecnología vestible para registrar datos personales) y el uso de unos primeros sensores digitales. Esas eran las grandes pistas de que algo iba a ocurrir», cuenta Wolf. «El movimiento QS (Quanfified Self) nació como un pequeño grupo en la bahía de San Francisco y hoy es ya una comunidad internacional con más de 100 grupos en todo el mundo».

El colaborador de la revista Wired cree que «casi todo lo que hacemos genera datos». La actividad registrada por ordenadores, por móviles, por puestos de control fronterizos, por transacciones bancarias… Esta información se ha utilizado, sobre todo, para fines comerciales, pero, según el estadounidense, resultaría muy útil si se empleara con fines médicos y para mejorar la calidad de vida. Además, continúa, «veo el seguimiento personal como una forma más para tomar consciencia y reflexionar sobre uno mismo. Es algo útil e interesante por sí mismo».

En el último festival de música y cultura interactiva South By Southwest (Austin, EE UU) hablaron de la importancia de este movimiento y llegaron a decir, incluso, que el interés por My Data (Mis datos) estaba desplazando al Big Data (Grandes conjuntos de datos).

Medir palpitaciones
La medición empezó a registrar lo más físico. Hizo de la piel humana una cinta de cassette de la que extraer datos. Los primeros gadgets controlaban el movimiento diario, las calorías consumidas, la actividad cardiaca, los kilómetros recorridos… Algunas marcas deportivas inauguraron un mercado de dispositivos vestibles que crece progresivamente y que, según un estudio de BI Intelligence, alcanzará los 12.000 millones de dólares en cinco años. Por el momento, el número de aparatos de QS se triplicó de 2011 a 2012, y en ese último año se vendieron 8,3 millones de gadgets de fitness, relojes inteligentes y tecnología vestible conectada a internet, de acuerdo con la compañía ShotTracker.

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Dispositivo para medir el ejercicio físico de Atlas

La tecnología, en sus mediciones, sigue también su filosofía más íntima: intentar ser invisible e introducirse, silenciosamente, entre cualquier pliegue del mundo. En sus primeras versiones, como ocurrió siempre, los dispositivos son grandes y aparatosos. Una pulsera, un brazalete, una casco…

Pero las funciones tienden a integrarse en un solo dispositivo para que el humano no acabe convirtiéndose en un ridículo árbol de navidad del que cuelgan todo tipo de gadgets.

Algunas marcas, como Samsung o Sony, han creado relojes inteligentes que incorporan funciones de medición personal. Relojes que, además de dar la hora, cuentan los pasos que da su dueño. Los sensores se van integrando en la ropa y los sistemas de medición acabarán formando parte de Internet Of Everything (IoE), esa red donde los objetos, las personas y los datos se entrelazarán y comunicarán constantemente en tiempo real.

La ubicuidad de los sensores y la sucesiva reducción de su coste hará cualquier cosa medible. De las más íntimas pulsiones al número de partículas de plomo del aire que respiramos. Esa información se compartirá en esa nube inmensa atiborrada de datos. Muchos usuarios de Quantified Self (QS) publican ya, y desde hace años, sus estadísticas en las redes sociales. Y cada vez habrá más números y más datos. Tantos que My Data, en realidad, no desplazará nada. Solo hará más inmensa la masa gigante del Big Data.

Medir dolencias
Los síntomas se pueden traducir a un gráfico digital. Esta información lleva años compartiéndose en webs como CureTogether o PatientsLikeMe. Muchas personas que padecen una enfermedad intentan aprender de la experiencia de otros. Muchos miles de individuos. Y cada vez son más.

También hay cientos de apps que ayudan a reducir el peso, controlar el asma (Propeller Health), comprobar si el alcohol bebido afecta a la coordinación y los reflejos (Boozerlyzer)… Muchos hablan de su efecto terapéutico por el mero hecho de emplearlas. La medición hace que el individuo esté más atento a su dolencia e incluso algunos profesionales de las compañías que diseñan estas aplicaciones hablan de un cierto efecto placebo.

Hoy es solo el inicio. Pero la industria médica, probablemente, sea una de las que más uso haga de estas tecnologías de automedición.

Medir costumbres
En 2005 el experto en información visual Nicholas Felton publicó su primer informe anual. El libro reunía una serie de infografías que mostraban distintos aspectos de su vida durante el año que acababa de terminar. El número de días que había pasado en el extranjero, las millas recorridas, los grupos que más había escuchado, las fotos que había hecho y cuántas en cada país visitado, los mejores libros leídos… La vida personal se mostraba de una forma inédita y The New York Times habló entonces de una narrativa tan bien diseñada que borra la línea entre arte y datos.

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Infografía de la actividad de Feltron en 2012

Felton siguió publicando sus informes anuales pero quiso contagiar su hábito de anotar cada movimiento al resto de la humanidad. Para ello creó una aplicación gratuita, junto a Ryan Case, llamada Daytum. Esta app diseña unos gráficos elegantes para mostrar la información que cada usuario introduce en su cuenta.

Este tipo de gráficos muestran el pasado de un vistazo y, además, permiten descubrir hábitos que de otra manera pasarían desapercibidos. Ocurre con Daytum y con muchas otras aplicaciones similares. Themail, creado por Fernanda Viégas, analiza los mensajes de una cuenta de correo y los convierte en un gráfico lleno de círculos y columnas de palabras. Los términos más empleados aparecen en un tamaño mayor y el volumen del círculo refleja la extensión del mensaje.

Medir el desamor
Las emociones, a lo largo de la historia, se entregaron al arte. El amor y el desamor, los celos y la admiración, fueron cantados, dibujados y recitados en poemas. Nadie sabía cómo encajar la forma etérea e invisible de los sentimientos en una tabla de números. Pero el interés por cuantificar todo, absolutamente todo, ha convertido el amor y el desamor en unas rayas y unos círculos.

Lam Thuy Vo relata la historia emocional de su divorcio en un blog que ha llamado Quantified Breakup. En una gráfica muestra una comparación entre el amor recibido y el amor percibido. La editora interactiva de Al Jazeera America explica ahí que el amor que siente una persona está en la cabeza y enfrenta en dos columnas una serie de globos que reflejan una interpretación visual del apoyo que le dieron sus amigos y el apoyo que percibió.

En otra infografía, titulada Texting the sorrows away (Ahogando mis penas en mensajes), muestra el número de mensajes que envió a sus amigos, sus compañeros de trabajo, su familia y su exmarido desde la separación. En total, 11.634.

La idea de relatar la ruptura surgió de una conversación con la persona que la contrató para dar un curso de Periodismo de datos digital e infografías en la Universidad de Massachusetts Amherst. «Iba con él a una conferencia y le hablé de mi reciente separación», indica Lam Thuy Vo. «Le conté que un divorcio lleva mucho tiempo, mucho papeleo (tanto que aún sigo en ello). Hablamos del tema durante un rato y, de pronto, me dijo: “¿Por qué no haces unas infografías sobre tu separación?”. Él pensaba que podía ser mi versión de las pinturas negras de Goya». La imagen del desgarro no es solo Saturno devorando a su hijo. También es una sucesión circular de pelotas verdes y rosas.

El blog Quantified Breakup se presenta así: «El divorcio es duro. Poner este proceso en números, imágenes y visualización de datos es útil. Me saca de estos momentos de tristeza y me ayuda a entender cómo, conforme pase el tiempo, las cosas estarán bien en el futuro (¡buscando tendencias positivas en los datos!). Espero que estas cosas-web puedan ayudarte a ti también».

Pasar la angustia a líneas y barras resultó ‘terapéutico’ para la editora interactiva. «Reunir información a menudo conlleva volver a leer mails antiguos y otras comunicaciones electrónicas», indica. «El proceso de reflejar los datos en gráficos se convirtió en una forma de enfrentarme a muchos detalles de lo que había pasado. Y, a la vez, me mantenía ocupada y en una actitud creativa».

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Infografía de Lam Thuy Vo sobre la relación entre el amor recibido y el amor percibido

El idioma de los números
Las palabras, durante siglos, han explicado el mundo. Los números calculaban ciertos asuntos y describían la abstracción. Pero ni todos los términos ni todos los dígitos son suficientes para expresar la vida. El humano nunca dejará de buscar nuevas narrativas ni de experimentar con lenguajes y signos. «Numerar las cosas permite hacer pruebas y comparaciones. Los números hacen los problemas menos graves emocionalmente y más manejables intelectualmente», escribió Gary Wolff en un artículo titulado The Data-Driven Life (La vida dirigida por datos).

«En el acogedor confín de la vida personal, rara vez usamos el poder de los números. Las técnicas de análisis que se han demostrado tan efectivas quedaban en la oficina y se rescataban de nuevo la mañana siguiente. La imposición de un régimen de registro de datos objetivos para uno mismo o una familia sonaba ridículo. Un periódico era respetable. Una hoja de cálculo era repulsiva».

Pero los datos, como cuenta Gary Wolff en su artículo de 2010, se están infiltrando en los reductos recónditos de la vida personal. «El sueño, el sexo, el ejercicio físico, el humor, la alimentación, la localización, la productividad e incluso el bienestar espiritual están siendo monotorizados y medidos, compartidos y publicados».

La vida de una persona puede leerse hoy en una serie de gráficos. Surgió por la rápida evolución y el abaratamiento de los sensores. Porque uno lleva siempre encima un teléfono inteligente o un dispositivo capaz de medir datos. Porque hoy parece que lo que no se comparte no existe y, por eso, cualquier información acaba en el escaparate de una red social.

De aquí a la poesía en código de barras apenas queda un hálito.

Imagen de portada: Infografía realizada por Feltron de la historia de su vida.

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Opiniones 15
  • Interesantísima reflexión, aunque en algunos casos (como el de la separación) la base es la percepción, siempre subjetiva, por mucho que cuantificarla la convierta en dato. Precisamente ahí radica, en mi opinión, el “factor humano”, la emotividad, comprensible desde sí misma pero intraducible e incuantificable, y por tanto imposible de expresar con exactitud científica en datos. Y por eso tampoco creo que jamás habrá poesía en código de barras… Aunque la idea es más que atractiva 🙂

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