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8 de noviembre 2012    /   BUSINESS
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‘Quants’: científicos que se meten a financieros

8 de noviembre 2012    /   BUSINESS     por          
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La película Margin Call (2011), dirigida por J.C. Chandor, narra las últimas horas previas a un derrumbe bancario en una entidad de ficción que podemos identificar fácilmente con Lehman Brothers, cuya estrepitosa caída en septiembre de 2008 desencadenó el contagio mundial de esta crisis rampante. El polvo que se levantó en aquella catástrofe todavía no ha acabado de posarse en el suelo y aún nos impide ver el camino con claridad.

Uno de los personajes de la película, un joven financiero novato, que es el primero en darse cuenta de que algo va muy pero que muy mal, es interrogado por sus superiores sobre su preparación en una reunión del alto nivel. Cuenta que es ingeniero aeronáutico por el Instituto de Tecnología de Massachusets (MIT), doctorado con una tesis sobre propulsión, y que, además, tiene un máster en la Universidad de Pennsylvania. Impresionante.

—Así que eres científico espacial —resume uno de los trajeados jefes.
—Sí, bueno, lo era…
—¿Y qué haces aquí?
—En realidad, señor, esto es cuestión de números, solo cambian las cosas que se suman. Y para serle franco la oferta económica aquí era mucho más tentadora.

Este personaje (el único consciente del desastre que se avecina) y este fragmento del filme vienen a ilustrar un movimiento que se ha dado en las últimas décadas en el mundo de las finanzas cuando se comienzan a fichar para menesteres económicos a científicos de toda índole: físicos, matemáticos, informáticos, químicos, incluso biólogos, algunos de ellos provenientes de las mejores universidades.

Si antes investigaban en planetas extrasolares nuevos materiales, o biología molecular, ahora dedican su talento a maximizar el beneficio financiero. Hasta un 15 % de los que salen de las mejores escuelas científicas se enfocan a este sector. Sin ir más lejos: el último premio Nobel de Economía se ha otorgado a dos matemáticos, Alvin E. Roth y Lloyd S. Shapley, hecho que ha ocurrido ya en otras ocasiones. A los científicos que trabajan en bolsa se les conoce como quants, que viene de analista cuantitativo. La Wikipedia lleva la lista de quants históricos hasta el mismísimo Tales de Mileto como pionero, pero…, en fin…

Hay quants en España, pero no muchos, alrededor de un centenar, según calcula Maite Martínez, que trabaja para el Grupo Santander. Maite es doctora en matemáticas por la Universidad Autónoma de Madrid y llevaba cinco años dando clase allí cuando decidió saltar al mundo de las finanzas. “Mi rama tenía que ver con la economía financiera. Además, a mí me gusta aplicar las matemáticas al mundo real, y en la economía es casi donde más estrechamente se aplican”, explica. Eso lo sabemos todos: hemos aprendido a sumar en la cola del supermercado. Los primeros tiempos, sin embargo, fueron difíciles: “Yo manejaba perfectamente las matemáticas del asunto, entendía las ecuaciones”, cuenta Martínez, “pero lo que todavía no conocía bien eran los conceptos financieros que había detrás y que pueden llegar a ser muy complejos. Me llevó medio año dominar el asunto”.

Aunque a ambas las llamen ciencias, la Economía y la Física son muy distintas. Mientras que la Física puede hacer predicciones muy exactas sobre los fenómenos naturales (a veces, como en la mecánica cuántica, con precisión de decenas de decimales), la Economía es más bien una ciencia descriptiva, que no puede predecir el futuro y que, como bien es sabido, suele explicar los fenómenos económicos a toro pasado. Siendo estricto, no es una ciencia. De ahí el interés en que los quants expliquen los fenómenos financieros y consigan hacer las decisiones correctas con el mínimo error. De que, de alguna manera, persigan la utopía imposible de ‘cientificar’ la Economía. De domar una realidad indomable, al fin y al cabo.

“Hay también grandes diferencias entre la universidad y las finanzas. En la universidad, por ejemplo, no estás tan enfocado a objetivos, puedes estudiar cosas que no tienen aplicación inmediata y puedes pasarte una temporada y no obtener resultados, no poder aplicar un teorema”, dice Martínez. “En el banco se buscan aplicación y resultados”.

Así, el mundo de las finanzas se ha visto colonizado por las integrales, las derivadas, el cálculo de probabilidades, las ecuaciones más complejas y otra fauna matemática. Además, resulta extremadamente importante la programación informática. Los estudios sobre movimientos brownianos (el movimiento aleatorio que tiene una grano de polen en el seno de un fluido que, además, demuestra la existencia de moléculas), que fueron sistematizados por Albert Einstein, han sido utilizados posteriormente en finanzas para aproximarse a la evolución de las fluctuaciones de las divisas, de los tipos y de las acciones.

Los quants son frecuentemente señalados como culpables por varias cosas. Por ejemplo, hay quien ve mal que un científico deje su apolíneo estudio de la naturaleza, que ampliará el conocimiento de la raza humana y traerá grandes avances, por la dionisiaca búsqueda del beneficio bancario. También hay quien los culpa de la creciente complejidad de los productos financieros cada vez más endiablados, del ‘capitalismo de casino’ imperante. “La verdad es que los quants tenemos mala prensa”, explica Martínez, “pero nosotros solo diseñamos los productos. Luego, otros departamentos deciden a quién o cómo se venden. Por ejemplo, otro banco puede entender lo que le estás vendiendo, pero quizás una Comunidad Autónoma o un particular puede que no tengan tan claro en qué están invirtiendo su dinero. Incluso un empleado de banca puede no comprender muy bien lo que está vendiendo”.

Esto recuerda el caso, el timo, de las participaciones preferentes en las que particulares ingenuos compraron un complejo producto financiero de alto riesgo y sugerente nombre (‘preferente’) que daba muy buen interés, lo que les hizo perder finalmente sus ahorros. Algunos ciudadanos analfabetos firmaron aquello con su huella dactilar o con una equis. “Hay gente que por conseguir alto interés corre mucho riesgo, y eso hay que tenerlo en cuenta. Pero, desde luego, el caso de las preferentes me parece muy mal, y pienso que hay productos que bajo ningún concepto deberían venderse en la calle”, dice Martínez, “hay que controlar eso del alguna manera”.

¿Llegaremos a poder predecir con exactitud los movimientos económicos? “Eso es una quimera”, dice Martínez, “se pueden hacer predicciones aproximadas, por ejemplo, de la evolución de una acción cuando no ocurre nada, utilizando el Teorema Central del Límite, un teorema clásico de las matemáticas. Pero, de pronto, ocurren guerras, catástrofes, o se descubren yacimientos petrolíferos y todo cambia. Y eso no se puede predecir”.

La película Margin Call (2011), dirigida por J.C. Chandor, narra las últimas horas previas a un derrumbe bancario en una entidad de ficción que podemos identificar fácilmente con Lehman Brothers, cuya estrepitosa caída en septiembre de 2008 desencadenó el contagio mundial de esta crisis rampante. El polvo que se levantó en aquella catástrofe todavía no ha acabado de posarse en el suelo y aún nos impide ver el camino con claridad.

Uno de los personajes de la película, un joven financiero novato, que es el primero en darse cuenta de que algo va muy pero que muy mal, es interrogado por sus superiores sobre su preparación en una reunión del alto nivel. Cuenta que es ingeniero aeronáutico por el Instituto de Tecnología de Massachusets (MIT), doctorado con una tesis sobre propulsión, y que, además, tiene un máster en la Universidad de Pennsylvania. Impresionante.

—Así que eres científico espacial —resume uno de los trajeados jefes.
—Sí, bueno, lo era…
—¿Y qué haces aquí?
—En realidad, señor, esto es cuestión de números, solo cambian las cosas que se suman. Y para serle franco la oferta económica aquí era mucho más tentadora.

Este personaje (el único consciente del desastre que se avecina) y este fragmento del filme vienen a ilustrar un movimiento que se ha dado en las últimas décadas en el mundo de las finanzas cuando se comienzan a fichar para menesteres económicos a científicos de toda índole: físicos, matemáticos, informáticos, químicos, incluso biólogos, algunos de ellos provenientes de las mejores universidades.

Si antes investigaban en planetas extrasolares nuevos materiales, o biología molecular, ahora dedican su talento a maximizar el beneficio financiero. Hasta un 15 % de los que salen de las mejores escuelas científicas se enfocan a este sector. Sin ir más lejos: el último premio Nobel de Economía se ha otorgado a dos matemáticos, Alvin E. Roth y Lloyd S. Shapley, hecho que ha ocurrido ya en otras ocasiones. A los científicos que trabajan en bolsa se les conoce como quants, que viene de analista cuantitativo. La Wikipedia lleva la lista de quants históricos hasta el mismísimo Tales de Mileto como pionero, pero…, en fin…

Hay quants en España, pero no muchos, alrededor de un centenar, según calcula Maite Martínez, que trabaja para el Grupo Santander. Maite es doctora en matemáticas por la Universidad Autónoma de Madrid y llevaba cinco años dando clase allí cuando decidió saltar al mundo de las finanzas. “Mi rama tenía que ver con la economía financiera. Además, a mí me gusta aplicar las matemáticas al mundo real, y en la economía es casi donde más estrechamente se aplican”, explica. Eso lo sabemos todos: hemos aprendido a sumar en la cola del supermercado. Los primeros tiempos, sin embargo, fueron difíciles: “Yo manejaba perfectamente las matemáticas del asunto, entendía las ecuaciones”, cuenta Martínez, “pero lo que todavía no conocía bien eran los conceptos financieros que había detrás y que pueden llegar a ser muy complejos. Me llevó medio año dominar el asunto”.

Aunque a ambas las llamen ciencias, la Economía y la Física son muy distintas. Mientras que la Física puede hacer predicciones muy exactas sobre los fenómenos naturales (a veces, como en la mecánica cuántica, con precisión de decenas de decimales), la Economía es más bien una ciencia descriptiva, que no puede predecir el futuro y que, como bien es sabido, suele explicar los fenómenos económicos a toro pasado. Siendo estricto, no es una ciencia. De ahí el interés en que los quants expliquen los fenómenos financieros y consigan hacer las decisiones correctas con el mínimo error. De que, de alguna manera, persigan la utopía imposible de ‘cientificar’ la Economía. De domar una realidad indomable, al fin y al cabo.

“Hay también grandes diferencias entre la universidad y las finanzas. En la universidad, por ejemplo, no estás tan enfocado a objetivos, puedes estudiar cosas que no tienen aplicación inmediata y puedes pasarte una temporada y no obtener resultados, no poder aplicar un teorema”, dice Martínez. “En el banco se buscan aplicación y resultados”.

Así, el mundo de las finanzas se ha visto colonizado por las integrales, las derivadas, el cálculo de probabilidades, las ecuaciones más complejas y otra fauna matemática. Además, resulta extremadamente importante la programación informática. Los estudios sobre movimientos brownianos (el movimiento aleatorio que tiene una grano de polen en el seno de un fluido que, además, demuestra la existencia de moléculas), que fueron sistematizados por Albert Einstein, han sido utilizados posteriormente en finanzas para aproximarse a la evolución de las fluctuaciones de las divisas, de los tipos y de las acciones.

Los quants son frecuentemente señalados como culpables por varias cosas. Por ejemplo, hay quien ve mal que un científico deje su apolíneo estudio de la naturaleza, que ampliará el conocimiento de la raza humana y traerá grandes avances, por la dionisiaca búsqueda del beneficio bancario. También hay quien los culpa de la creciente complejidad de los productos financieros cada vez más endiablados, del ‘capitalismo de casino’ imperante. “La verdad es que los quants tenemos mala prensa”, explica Martínez, “pero nosotros solo diseñamos los productos. Luego, otros departamentos deciden a quién o cómo se venden. Por ejemplo, otro banco puede entender lo que le estás vendiendo, pero quizás una Comunidad Autónoma o un particular puede que no tengan tan claro en qué están invirtiendo su dinero. Incluso un empleado de banca puede no comprender muy bien lo que está vendiendo”.

Esto recuerda el caso, el timo, de las participaciones preferentes en las que particulares ingenuos compraron un complejo producto financiero de alto riesgo y sugerente nombre (‘preferente’) que daba muy buen interés, lo que les hizo perder finalmente sus ahorros. Algunos ciudadanos analfabetos firmaron aquello con su huella dactilar o con una equis. “Hay gente que por conseguir alto interés corre mucho riesgo, y eso hay que tenerlo en cuenta. Pero, desde luego, el caso de las preferentes me parece muy mal, y pienso que hay productos que bajo ningún concepto deberían venderse en la calle”, dice Martínez, “hay que controlar eso del alguna manera”.

¿Llegaremos a poder predecir con exactitud los movimientos económicos? “Eso es una quimera”, dice Martínez, “se pueden hacer predicciones aproximadas, por ejemplo, de la evolución de una acción cuando no ocurre nada, utilizando el Teorema Central del Límite, un teorema clásico de las matemáticas. Pero, de pronto, ocurren guerras, catástrofes, o se descubren yacimientos petrolíferos y todo cambia. Y eso no se puede predecir”.

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Opiniones 6
  • Y realicé un postgrado de técnicas cuantitativas sobre productos financieros,,,y salí alucinado. Te das cuenta que unos pocos entiende esas fórmulas, que enteras, ocupan varios folios. Es como todo en la vida, el problema no es el medio (coche, arma, fórmulas, etc) sino para que se usa y quién las usa.
    El problema de estas fórmulas que se utilizaron para productos financieros es que se basaban en un riesgo muy bajo de que apareciese una crisis de tal magnitud, que en parte venia provocado por dichos productos. Por lo tanto, se hizo una «bola» tan grande que ha sido imposible de parar.

  • *SPOILER ALERT*

    De hecho no sé si recordáis hacia el final de la película que el personaje de Sanley Tucci recuerda que él antes hacía puentes y calcula el tiempo que ha ahorrado a la gente a que ha usado uno de sus puentes desde que lo han construido. Un modo de decir que antes hacía cosas que tenían una mejora visible y cuantificable en la vida de las personas.

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