5 de junio 2018    /   BUSINESS
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Las trolas que tragaste (y te sigues zampando) sobre qué es comer sano

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A Margaret Thatcher le pusieron el mote de la ladrona de leche porque, siendo ministra de Educación, promulgó una ley para que no se incluyera la leche en los menús escolares para niños mayores de siete años. Debió haber escuchado que era mala. A fin de cuentas, mucha gente repite que no puede ser buena, cuando ningún animal la bebe en su edad adulta. O que todos los adultos son intolerantes a la lactosa. Incluso que la leche cruda es mejor. Chascarrillos y rumores sin base científica, todo sea dicho de paso.

Que si el agua adelgaza y conviene tomar ocho vasos al día. Que si los productos light no engordan. Que si comer carne roja produce (casi) tanto cáncer como fumar. Que si los antioxidantes son el elixir de la eterna juventud. Que si te convertirás en Superbananaman por comer (un producto radiactivo como es el) plátano. Que si… Que si… Que si… Mentiras podridas. Te dan gato por liebre, aunque pocas veces lo percibas.

Aclarar las diarreas mentales al respecto es uno de los objetivos del libro ¿Qué es comer sano? (Editorial Destino), del científico y profesor José Miguel Mulet. En él da respuesta a los 101 mitos más comunes y que más dudas generan entre la gente, tirando para ello de rigor científico y humor a partes iguales.

Para el profesor de biotecnología en la Universidad Politécnica de Valencia, en el mundo de la alimentación y la nutrición circulan un sinfín de mitos e informaciones falsas y, normalmente, resulta difícil filtrar toda esa información, lo que afecta a nuestros hábitos de compra –y también a nuestra salud–.

«La nutrición como disciplina científica es relativamente reciente y, como tal, está sujeta a un continuo cambio», explica el autor a Yorokobu. «A medida que tenemos más información, matizamos o descartamos lo que creíamos antes. Esto pasa en cualquier disciplina científica, pero en nutrición se nota más porque nos afecta al día a día.

El tema de la relación entre niveles de colesterol y accidentes cardiovasculares, las propiedades saludables del aceite de coco o la utilidad de las dietas disociativas, están siempre en continuo debate».

El conocido divulgador alicantino lleva años respondiendo a cuestiones de lo más variopinto a través de su blog Tomates con genes y también en las charlas que imparte, en las que trata de derribar falsos mitos y leyendas en torno a la alimentación.

Algunas de las preguntas que le hacen resultan bastante inverosímiles y tiran por el surrealismo. «Como acabar una charla de alimentación y que una señora te pida que le recomiendes un reumatólogo; o los señores que empiezan diciendo “lo mío, más que una pregunta, es un comentario” y están diez minutos hablando del tema más peregrino que se te ocurra», cuenta en clave de humor.

Pero también asegura que ha recibido algún comentario bastante glorioso en el blog. «Alguien me preguntó qué opinaba de que en vez de enterrar o incinerar cadáveres nos los tendríamos que comer, por evitar el desperdicio de alimentos. Todavía me da asco de pensarlo», comenta asombrado.

«U otro que me dijo que los tomates comparten genes con nosotros y por eso él hablaba con ellos. El increíble hombre que susurraba a los tomates, o el tomato whisperer. Aunque creo que la pregunta tonta más repetida es la de “¿Cuánto te paga Monsanto?”», asegura en relación a las críticas que siempre ha recibido por su supuesta defensa a ultranza de los transgénicos y de la multinacional Monsanto, la primera empresa en comercializarlos.

Este es uno de los temas más controvertidos de los incluidos en el manual. Mulet cuenta que la población comerá cada vez más transgénicos, aunque hay un temor aparentemente infundado a estos productos. Pero también asegura que los alimentos ecológicos no son tan sanos como nos parece.

«La tecnología transgénica, a pesar del aparente rechazo de la opinión pública, sigue subiendo y cada vez hay más aplicaciones y no tan solo de cara a los agricultores, sino también al consumidor», explica durante la entrevista.

«En cambio, los productos ecológicos, a pesar de todas las campañas de promoción y las generosas subvenciones, siguen teniendo unas cifras bastante discretas de consumo. Hay que tener en cuenta que ecológico solo hace referencia al método de cultivo, así que la composición nutricional y el efecto para la salud es similar al de la convencional».

A continuación, os dejamos el top tres de los mitos (falsos) de los que más ha oído hablar el científico valenciano a lo largo de su carrera:

Somos lo que comemos. Es una frase que, aunque con los años se ha convertido en un mantra, se usa realmente sin saber lo que se quiere decir. Mulet insiste en que la comida no tiene influencia en nuestro carácter y que, por el contrario, es solo una necesidad básica, una expresión cultural y, si me apuran, un acto social.

¿Cuál es entonces el origen real de la frasecita? Lo cierto es que su autor fue el filósofo alemán Ludwig Feuerbach y que este escribió la cita original en una reseña sobre el libro Enseñanza de la alimentación: para el pueblo (1850). Textualmente, escribió: «Si se quiere mejorar al pueblo, en vez de discursos contra los pecados denle mejores alimentos. El hombre es lo que come».

Y se quedó tan ancho el hombre. «La frase solo implica que la primera necesidad básica es alimentarse y que, si no tenemos alimentación, no podemos desarrollarnos como personas. No hay ningún significado esotérico», apunta en el libro Mulet.

El tomate ya no sabe a tomate. La pregunta es: ¿desde cuándo ocurre esto y a qué sabe el tomate ahora, entonces? «La realidad es que, ciertamente, hay muchos tomates insípidos, sobre todo fuera de temporada y si se producen lejos del lugar de consumo, ya que lo más probable es que los hayan recolectado verdes y hayan madurado en cámara», explica el autor.

Aun así, estos tomates saben a tomate, no a chorizo. Claro, que si uno tiene la opción de comerse un tomate madurado en la mata y en su temporada, lo encontrará más sabroso.

Raf, cherry o kumato. Mulet recuerda que ahora tenemos más variedades de tomate que nunca. «El sabor del tomate también cambia, y no es tan difícil encontrar tomates buenos, pero no vayas a una gran cadena en febrero ni busques tomates en Escandinavia. No estarán tan buenos».

Nuestras abuelas comían mejor. Seguro que el que soltó esta perla no se referiría, desde luego, a aquellas abuelas que vivieron la terrible posguerra y pasaron todo tipo de privaciones. En esa época, existía el racionamiento y algunos productos –como el azúcar, el café o el aceite– eran prácticamente considerados artículos de lujo, por lo que no era nada fácil hacerse con ellos.

«En aquella época abundaban los sucedáneos, imitaciones y falsificaciones, como el café de achicoria o el sucedáneo de chocolate hecho a base de algarrobas», añade Mulet. El autor confiesa a nuestra revista que este es un «mito fomentado por algunos gurús de la alimentación que dicen tonterías como “no coma nada que no hubiera comido su abuela”».

Además, explica en el libro que en los años cincuenta, en el planeta había cuatro mil millones de personas y mil millones de ellas pasaban hambre. «Ahora somos siete mil millones, y unos ochocientos millones pasan hambre. Por tanto, ahora hay más gente comiendo que en la época de la abuela. Ahora se come más, pero ¿se come mejor?», plantea.

Porque parece inevitable que cuando hay poca comida se rebajen los controles de seguridad alimentaria, si es que estos existen. Mulet comenta que, en tiempos de penuria, son frecuentes las enfermedades relacionadas con la seguridad alimentaria o la potabilización del agua. Si no, que se lo digan a aquellas abuelas que pasaron tantas penurias y estaban expuestas a multitud de intoxicaciones alimentarias.

«Aun así, y a pesar de los muchos esfuerzos que realizamos, todavía hay aspectos donde la comida no tiene todo el control que debería tener. Por ejemplo, la gente que va por la playa de bañista en bañista vendiendo latas o diferentes alimentos, ¿cuenta con algún cupo de formación para manipular alimentos?», reflexiona en el libro el bioquímico. «Así que hoy comemos con mucha más seguridad que en la época de la abuela».

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A Margaret Thatcher le pusieron el mote de la ladrona de leche porque, siendo ministra de Educación, promulgó una ley para que no se incluyera la leche en los menús escolares para niños mayores de siete años. Debió haber escuchado que era mala. A fin de cuentas, mucha gente repite que no puede ser buena, cuando ningún animal la bebe en su edad adulta. O que todos los adultos son intolerantes a la lactosa. Incluso que la leche cruda es mejor. Chascarrillos y rumores sin base científica, todo sea dicho de paso.

Que si el agua adelgaza y conviene tomar ocho vasos al día. Que si los productos light no engordan. Que si comer carne roja produce (casi) tanto cáncer como fumar. Que si los antioxidantes son el elixir de la eterna juventud. Que si te convertirás en Superbananaman por comer (un producto radiactivo como es el) plátano. Que si… Que si… Que si… Mentiras podridas. Te dan gato por liebre, aunque pocas veces lo percibas.

Aclarar las diarreas mentales al respecto es uno de los objetivos del libro ¿Qué es comer sano? (Editorial Destino), del científico y profesor José Miguel Mulet. En él da respuesta a los 101 mitos más comunes y que más dudas generan entre la gente, tirando para ello de rigor científico y humor a partes iguales.

Para el profesor de biotecnología en la Universidad Politécnica de Valencia, en el mundo de la alimentación y la nutrición circulan un sinfín de mitos e informaciones falsas y, normalmente, resulta difícil filtrar toda esa información, lo que afecta a nuestros hábitos de compra –y también a nuestra salud–.

«La nutrición como disciplina científica es relativamente reciente y, como tal, está sujeta a un continuo cambio», explica el autor a Yorokobu. «A medida que tenemos más información, matizamos o descartamos lo que creíamos antes. Esto pasa en cualquier disciplina científica, pero en nutrición se nota más porque nos afecta al día a día.

El tema de la relación entre niveles de colesterol y accidentes cardiovasculares, las propiedades saludables del aceite de coco o la utilidad de las dietas disociativas, están siempre en continuo debate».

El conocido divulgador alicantino lleva años respondiendo a cuestiones de lo más variopinto a través de su blog Tomates con genes y también en las charlas que imparte, en las que trata de derribar falsos mitos y leyendas en torno a la alimentación.

Algunas de las preguntas que le hacen resultan bastante inverosímiles y tiran por el surrealismo. «Como acabar una charla de alimentación y que una señora te pida que le recomiendes un reumatólogo; o los señores que empiezan diciendo “lo mío, más que una pregunta, es un comentario” y están diez minutos hablando del tema más peregrino que se te ocurra», cuenta en clave de humor.

Pero también asegura que ha recibido algún comentario bastante glorioso en el blog. «Alguien me preguntó qué opinaba de que en vez de enterrar o incinerar cadáveres nos los tendríamos que comer, por evitar el desperdicio de alimentos. Todavía me da asco de pensarlo», comenta asombrado.

«U otro que me dijo que los tomates comparten genes con nosotros y por eso él hablaba con ellos. El increíble hombre que susurraba a los tomates, o el tomato whisperer. Aunque creo que la pregunta tonta más repetida es la de “¿Cuánto te paga Monsanto?”», asegura en relación a las críticas que siempre ha recibido por su supuesta defensa a ultranza de los transgénicos y de la multinacional Monsanto, la primera empresa en comercializarlos.

Este es uno de los temas más controvertidos de los incluidos en el manual. Mulet cuenta que la población comerá cada vez más transgénicos, aunque hay un temor aparentemente infundado a estos productos. Pero también asegura que los alimentos ecológicos no son tan sanos como nos parece.

«La tecnología transgénica, a pesar del aparente rechazo de la opinión pública, sigue subiendo y cada vez hay más aplicaciones y no tan solo de cara a los agricultores, sino también al consumidor», explica durante la entrevista.

«En cambio, los productos ecológicos, a pesar de todas las campañas de promoción y las generosas subvenciones, siguen teniendo unas cifras bastante discretas de consumo. Hay que tener en cuenta que ecológico solo hace referencia al método de cultivo, así que la composición nutricional y el efecto para la salud es similar al de la convencional».

A continuación, os dejamos el top tres de los mitos (falsos) de los que más ha oído hablar el científico valenciano a lo largo de su carrera:

Somos lo que comemos. Es una frase que, aunque con los años se ha convertido en un mantra, se usa realmente sin saber lo que se quiere decir. Mulet insiste en que la comida no tiene influencia en nuestro carácter y que, por el contrario, es solo una necesidad básica, una expresión cultural y, si me apuran, un acto social.

¿Cuál es entonces el origen real de la frasecita? Lo cierto es que su autor fue el filósofo alemán Ludwig Feuerbach y que este escribió la cita original en una reseña sobre el libro Enseñanza de la alimentación: para el pueblo (1850). Textualmente, escribió: «Si se quiere mejorar al pueblo, en vez de discursos contra los pecados denle mejores alimentos. El hombre es lo que come».

Y se quedó tan ancho el hombre. «La frase solo implica que la primera necesidad básica es alimentarse y que, si no tenemos alimentación, no podemos desarrollarnos como personas. No hay ningún significado esotérico», apunta en el libro Mulet.

El tomate ya no sabe a tomate. La pregunta es: ¿desde cuándo ocurre esto y a qué sabe el tomate ahora, entonces? «La realidad es que, ciertamente, hay muchos tomates insípidos, sobre todo fuera de temporada y si se producen lejos del lugar de consumo, ya que lo más probable es que los hayan recolectado verdes y hayan madurado en cámara», explica el autor.

Aun así, estos tomates saben a tomate, no a chorizo. Claro, que si uno tiene la opción de comerse un tomate madurado en la mata y en su temporada, lo encontrará más sabroso.

Raf, cherry o kumato. Mulet recuerda que ahora tenemos más variedades de tomate que nunca. «El sabor del tomate también cambia, y no es tan difícil encontrar tomates buenos, pero no vayas a una gran cadena en febrero ni busques tomates en Escandinavia. No estarán tan buenos».

Nuestras abuelas comían mejor. Seguro que el que soltó esta perla no se referiría, desde luego, a aquellas abuelas que vivieron la terrible posguerra y pasaron todo tipo de privaciones. En esa época, existía el racionamiento y algunos productos –como el azúcar, el café o el aceite– eran prácticamente considerados artículos de lujo, por lo que no era nada fácil hacerse con ellos.

«En aquella época abundaban los sucedáneos, imitaciones y falsificaciones, como el café de achicoria o el sucedáneo de chocolate hecho a base de algarrobas», añade Mulet. El autor confiesa a nuestra revista que este es un «mito fomentado por algunos gurús de la alimentación que dicen tonterías como “no coma nada que no hubiera comido su abuela”».

Además, explica en el libro que en los años cincuenta, en el planeta había cuatro mil millones de personas y mil millones de ellas pasaban hambre. «Ahora somos siete mil millones, y unos ochocientos millones pasan hambre. Por tanto, ahora hay más gente comiendo que en la época de la abuela. Ahora se come más, pero ¿se come mejor?», plantea.

Porque parece inevitable que cuando hay poca comida se rebajen los controles de seguridad alimentaria, si es que estos existen. Mulet comenta que, en tiempos de penuria, son frecuentes las enfermedades relacionadas con la seguridad alimentaria o la potabilización del agua. Si no, que se lo digan a aquellas abuelas que pasaron tantas penurias y estaban expuestas a multitud de intoxicaciones alimentarias.

«Aun así, y a pesar de los muchos esfuerzos que realizamos, todavía hay aspectos donde la comida no tiene todo el control que debería tener. Por ejemplo, la gente que va por la playa de bañista en bañista vendiendo latas o diferentes alimentos, ¿cuenta con algún cupo de formación para manipular alimentos?», reflexiona en el libro el bioquímico. «Así que hoy comemos con mucha más seguridad que en la época de la abuela».

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Opiniones 1
  • Me ha gustado el artículo.

    Propongo una idea a propósito de todo esto que nos dicen que es imprescindible comer o beber a diario para estar sano: hacer una lista de todas esas recomendaciones y ver cuánto sería al cabo del día.

    Frutos secos, carnes (¿o no?), lácteos (¿o no?), todo tipo de hierbas, agua, frutas, semillas de nombres y orígenes exóticos (=un pretexto para poner precios exagerados), verduras, legumbres, hidratos de carbono (¿o no?), vinos tinto (¿o alcohol no?), … y así.

    Y si además esta lista de alimentos imprescindibles fuera acompañada de las actividades físicas y ejercicios igualmente imprescindibles, pues mejor. Me veo todo el día comiendo, bebiendo y haciendo sentadillas. O lo que fuera.
    ¡Animo!

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