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12 de noviembre 2019    /   IDEAS
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¿De verdad estamos progresando?

12 de noviembre 2019    /   IDEAS     por          
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Progresar es una palabra arrojadiza que tiene mala imagen. Los conservadores llaman peyorativamente «progres» a las personas o los partidos que defienden ideas renovadoras. Por su parte, estos ven con malos ojos a tales conservadores cuando utilizan esa misma palabra, pues entienden que tras ella se oculta la ambición, la codicia y el enriquecimiento desmesurado.

Pero progresar no es ninguna de esas dos cosas.

Tal vez la mejor definición de lo que es progresar proceda de Jorge Wagensberg, que fue profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles en la Universidad de Barcelona hasta el 2016.

Wagensberg escribió: «Progresar es ganar independencia frente a la incertidumbre del entorno».

Vivimos rodeados de incertidumbre. En el trabajo, en la salud, en las relaciones afectivas. Leemos en la prensa la noticia de una tragedia y no podemos evitar el pensar que eso me podía haber sucedido a mí.

De hecho, es tanta la incertidumbre que nos acompaña en nuestra vida que muchas veces nos acaba bloqueando. Y lo único que podemos hacer para evitarlo es tratar de ganar independencia frente a su omnímodo poder.

Se trata de una lucha lenta e imprecisa, pero la buena noticia es que contamos con muchas y muy diversas armas para afrontarla.

Ganamos independencia cada vez que leemos un libro, aprendemos un idioma, nos emparejamos, forjamos amistades, practicamos deporte, conocemos países, vemos una película, una obra de teatro o una serie que nos inspira.

Es una batalla individual y colectiva. Individualmente, progresar es un viaje hacia el control, la autoconciencia, la socialización, el conocimiento, la empatía.

En cambio, colectivamente la travesía es mucho más difícil porque, como ya hemos visto, la idea de qué es el progreso no solo no es uniforme, sino que en muchas ocasiones es incluso antagónica. Lo que para unos es progresar para otros es todo lo contrario.

La primera vez que se habló del progreso como un objetivo compartido fue en 1961, durante el discurso de Kennedy en la Casa Blanca frente a los embajadores de los países latinoamericanos. Lo tituló precisamente Alianza para el progreso.

La Alianza para el progreso supuso una ayuda de 20.000 millones de dólares durante 10 años para afrontar los problemas de «techo, trabajo y tierra, salud y escuela».  Es decir, los factores fundamentales para que esos países menos desarrollados pudieran «ganar independencia frente a la incertidumbre del entorno». Pero, como ya sabemos, la cosa no salió tan bien como se esperaba.

Tal vez la razón del fracaso debiéramos buscarla en esa frase que hemos escuchado cientos de veces y que debería entrar a formar parte de las grandes falsedades de la historia: «Nada detiene el progreso».

Y es falsa porque la palabra progreso, al igual que libertad, independencia, felicidad y muchas otras, puede llegar a volverse contra sí misma, alcanzando la paradoja en la que nos encontramos ahora mismo: el mayor enemigo del progreso es el progreso.

El progreso que destruye el medio ambiente (por poner el ejemplo más obvio) nos hace más dependientes de la incertidumbre del entorno. Probablemente más que en ningún momento del pasado, pues sus consecuencias comienzan ya a considerarse  irreversibles y devastadoras.

Es una tragedia nacida de otra paradoja atroz: crecimos como especie gracias al progreso, hasta conseguir que, como consecuencia de ello, sea ese mismo progreso el que acabe con nosotros.

Progresar es una palabra arrojadiza que tiene mala imagen. Los conservadores llaman peyorativamente «progres» a las personas o los partidos que defienden ideas renovadoras. Por su parte, estos ven con malos ojos a tales conservadores cuando utilizan esa misma palabra, pues entienden que tras ella se oculta la ambición, la codicia y el enriquecimiento desmesurado.

Pero progresar no es ninguna de esas dos cosas.

Tal vez la mejor definición de lo que es progresar proceda de Jorge Wagensberg, que fue profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles en la Universidad de Barcelona hasta el 2016.

Wagensberg escribió: «Progresar es ganar independencia frente a la incertidumbre del entorno».

Vivimos rodeados de incertidumbre. En el trabajo, en la salud, en las relaciones afectivas. Leemos en la prensa la noticia de una tragedia y no podemos evitar el pensar que eso me podía haber sucedido a mí.

De hecho, es tanta la incertidumbre que nos acompaña en nuestra vida que muchas veces nos acaba bloqueando. Y lo único que podemos hacer para evitarlo es tratar de ganar independencia frente a su omnímodo poder.

Se trata de una lucha lenta e imprecisa, pero la buena noticia es que contamos con muchas y muy diversas armas para afrontarla.

Ganamos independencia cada vez que leemos un libro, aprendemos un idioma, nos emparejamos, forjamos amistades, practicamos deporte, conocemos países, vemos una película, una obra de teatro o una serie que nos inspira.

Es una batalla individual y colectiva. Individualmente, progresar es un viaje hacia el control, la autoconciencia, la socialización, el conocimiento, la empatía.

En cambio, colectivamente la travesía es mucho más difícil porque, como ya hemos visto, la idea de qué es el progreso no solo no es uniforme, sino que en muchas ocasiones es incluso antagónica. Lo que para unos es progresar para otros es todo lo contrario.

La primera vez que se habló del progreso como un objetivo compartido fue en 1961, durante el discurso de Kennedy en la Casa Blanca frente a los embajadores de los países latinoamericanos. Lo tituló precisamente Alianza para el progreso.

La Alianza para el progreso supuso una ayuda de 20.000 millones de dólares durante 10 años para afrontar los problemas de «techo, trabajo y tierra, salud y escuela».  Es decir, los factores fundamentales para que esos países menos desarrollados pudieran «ganar independencia frente a la incertidumbre del entorno». Pero, como ya sabemos, la cosa no salió tan bien como se esperaba.

Tal vez la razón del fracaso debiéramos buscarla en esa frase que hemos escuchado cientos de veces y que debería entrar a formar parte de las grandes falsedades de la historia: «Nada detiene el progreso».

Y es falsa porque la palabra progreso, al igual que libertad, independencia, felicidad y muchas otras, puede llegar a volverse contra sí misma, alcanzando la paradoja en la que nos encontramos ahora mismo: el mayor enemigo del progreso es el progreso.

El progreso que destruye el medio ambiente (por poner el ejemplo más obvio) nos hace más dependientes de la incertidumbre del entorno. Probablemente más que en ningún momento del pasado, pues sus consecuencias comienzan ya a considerarse  irreversibles y devastadoras.

Es una tragedia nacida de otra paradoja atroz: crecimos como especie gracias al progreso, hasta conseguir que, como consecuencia de ello, sea ese mismo progreso el que acabe con nosotros.

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