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2 de junio 2014    /   CIENCIA
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¿Qué es la inteligencia?

2 de junio 2014    /   CIENCIA     por          
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¿Es inteligente un colibrí? ¿Un perro? ¿Un caballo? ¿Un cerdo vietnamita? ¿Nuestro jefe? Parece fácil demostrar la ausencia total de materia gris en toreros, futbolistas, tunos o exconsejeros de la desaparecida Cajamadrid, pero algunos cetáceos o incluso algunos moluscos e insectos pueden provocar dudas en la comunidad científica. Quizá no somos los más listos del ecosistema…
(Opinión)
Por ejemplo, los estorninos, cuando vuelan en bandadas, lo hacen dibujando entre todos la figura de un monstruoso pájaro gigante para defenderse de posibles predadores. Y eso hay que organizarlo y coreografiarlo, como las inauguraciones de los Juegos Olímpicos.
Pero nos tenemos que ir a la exquisita obra del biólogo y filósofo belga Maurice Maeterlinck, La vida de las termitas (1927) para encontrar el primer atisbo de que alguien atribuye inteligencia a un ser que no sea humano. Maeterlinck nos demuestra que el termitero se comporta como un ser de refinada inteligencia, autorregulado, en el que cada termita asume el papel de una célula de un organismo superior. Repelen agresiones, cultivan sus hongos, se dopan periódicamente para relajarse o para incrementar su capacidad de trabajo, son solidarias unas con otras, protegen a la Reina, auténtica mente virtual del conjunto. Y son capaces de construir y sostener de manera colectiva, estructuras climatizadas de hasta quince metros de altura y varios de diámetro, lo que en escala humana superaría de lejos a la torre Burj Khalifa de Abu Dhabi.
En 1950, el brillante matemático Alan Turing (de cuya misteriosa muerte ya hablamos aquí hace un tiempo) publicó en la revista Mind que «Si una máquina se comporta en todos los aspectos como inteligente, entonces debe ser inteligente». Y eso dio paso al Test de Turing, al que se somete a cualquier software que pretenda ser listo como un ser humano, y que a menudo pasa la prueba, lo que reta a neurofisiólogos y expertos en A.I. (Inteligencia Artificial).
Si para muchos científicos el desarrollo del lenguaje es la prueba máxima de que existe inteligencia en una especie (razón por la que excluíamos a los futbolistas en la entradilla de este artículo) para otros más afilados se trata del humor. Por ejemplo, ¿Cómo se divertirán los insectos? es el título de un estupendo disco de música electrónica del dúo Mecánica Popular (LP – El Cometa de Madrid).
Y es que, sin duda, el humor es un parámetro íntimamente ligado al desarrollo neuronal y cognitivo, que no al C.I. (Cociente Intelectual). Este cociente (no coeficiente, como se lee en muchos medios) es precisamente eso: un cociente, es decir, el resultado de una división, entre la edad mental y la edad biológica. El truco está en que la edad biológica se sabe con el DNI, pero para precisar la edad mental se requieren baterías de tests cada vez más discutibles y discutidos. ¿Cómo se acepta unánimemente que Goethe tenía un C.I. de 210? ¿Se deduce de la lectura de su soporífero y nada humorístico Werther? No falta quien sostiene que uno de los C.I. más altos que se conocen lo ostentaba Al Capone, de quien tampoco nos consta su talento para contar chistes.
También se habla mucho de delfines, orcas y ballenas, ya que los cetáceos en general tienen un lenguaje ultra sónico muy complejo que es objeto de estudio y de controversia. ¿El hecho de que no hayan desarrollado aparatos o tecnología implica que son menos listos que nosotros, o es que quizás son capaces de aprovechar y utilizar todo lo que ya hay en la Naturaleza, sin necesidad de crear nada nuevo?
Stanislav Lem en su extraordinaria novela Fiasco (Biblioteca de Autor, Alianza Editorial) pone el dedo en la llaga al constatar que la pugna entre ética y técnica puede desembocar en una absoluta incomprensión entre dos civilizaciones inteligentes, en el caso en que entraran en contacto, o dicho de otro modo, demuestra que la inteligencia no es algo universal, como las matemáticas o las leyes físicas.
El muy cuestionado Rupert Sheldrake, en su obra angular sobre lo que él llama la «resonancia mórfica» Una nueva ciencia de la vida (Ed. Kairós) plantea la inteligencia como algo colectivo que todos los miembros de una especie pueden compartir, casi en tiempo real, y trata de demostrar este punto de vista holístico con experimentos curiosos, como dos ratones enfrentados a idénticos laberintos, uno en Australia y otro en Inglaterra. Cuando uno de ellos resuelve el trayecto, el otro «capta» ese conocimiento y lo resuelve también.
Recientemente, sepias, calamares y moluscos cefalópodos han irrumpido en el selecto club de los animales que podrían ser considerados inteligentes, en según qué premisas. Esto es revolucionario, pues un chimpancé o un bonobo están muy próximos genéticamente a nosotros, pero los moluscos ni siquiera son vertebrados, y el abismo evolutivo es patente. Pero algunos científicos sostienen que los calamares tienen un cierto lenguaje articulado, pues pueden alterar los dibujos y colores de sus pieles con asombrosa versatilidad para organizar estrategias de caza colectiva, como hace el calamar de Humboldt (Dosidicus gigas).
Por su parte, el muy recomendable thriller ecológico (ojo, novelón de más de 1.200 páginas) El quinto día (Frank Schätzing, Booket, Planeta) explora esa idea de Gaia, formulada y sostenida por James Lovelock y Lynn Margulis desde 1969, en la que todo el planeta Tierra es en realidad un organismo complejo, interconectado, con una inteligencia colectiva capaz de revertir procesos o de provocar directamente el suicidio del organismo, con todos sus componentes, incluidos los seres humanos.
¿Realmente somos los más listos del ecosistema? Pues que se note.

¿Es inteligente un colibrí? ¿Un perro? ¿Un caballo? ¿Un cerdo vietnamita? ¿Nuestro jefe? Parece fácil demostrar la ausencia total de materia gris en toreros, futbolistas, tunos o exconsejeros de la desaparecida Cajamadrid, pero algunos cetáceos o incluso algunos moluscos e insectos pueden provocar dudas en la comunidad científica. Quizá no somos los más listos del ecosistema…
(Opinión)
Por ejemplo, los estorninos, cuando vuelan en bandadas, lo hacen dibujando entre todos la figura de un monstruoso pájaro gigante para defenderse de posibles predadores. Y eso hay que organizarlo y coreografiarlo, como las inauguraciones de los Juegos Olímpicos.
Pero nos tenemos que ir a la exquisita obra del biólogo y filósofo belga Maurice Maeterlinck, La vida de las termitas (1927) para encontrar el primer atisbo de que alguien atribuye inteligencia a un ser que no sea humano. Maeterlinck nos demuestra que el termitero se comporta como un ser de refinada inteligencia, autorregulado, en el que cada termita asume el papel de una célula de un organismo superior. Repelen agresiones, cultivan sus hongos, se dopan periódicamente para relajarse o para incrementar su capacidad de trabajo, son solidarias unas con otras, protegen a la Reina, auténtica mente virtual del conjunto. Y son capaces de construir y sostener de manera colectiva, estructuras climatizadas de hasta quince metros de altura y varios de diámetro, lo que en escala humana superaría de lejos a la torre Burj Khalifa de Abu Dhabi.
En 1950, el brillante matemático Alan Turing (de cuya misteriosa muerte ya hablamos aquí hace un tiempo) publicó en la revista Mind que «Si una máquina se comporta en todos los aspectos como inteligente, entonces debe ser inteligente». Y eso dio paso al Test de Turing, al que se somete a cualquier software que pretenda ser listo como un ser humano, y que a menudo pasa la prueba, lo que reta a neurofisiólogos y expertos en A.I. (Inteligencia Artificial).
Si para muchos científicos el desarrollo del lenguaje es la prueba máxima de que existe inteligencia en una especie (razón por la que excluíamos a los futbolistas en la entradilla de este artículo) para otros más afilados se trata del humor. Por ejemplo, ¿Cómo se divertirán los insectos? es el título de un estupendo disco de música electrónica del dúo Mecánica Popular (LP – El Cometa de Madrid).
Y es que, sin duda, el humor es un parámetro íntimamente ligado al desarrollo neuronal y cognitivo, que no al C.I. (Cociente Intelectual). Este cociente (no coeficiente, como se lee en muchos medios) es precisamente eso: un cociente, es decir, el resultado de una división, entre la edad mental y la edad biológica. El truco está en que la edad biológica se sabe con el DNI, pero para precisar la edad mental se requieren baterías de tests cada vez más discutibles y discutidos. ¿Cómo se acepta unánimemente que Goethe tenía un C.I. de 210? ¿Se deduce de la lectura de su soporífero y nada humorístico Werther? No falta quien sostiene que uno de los C.I. más altos que se conocen lo ostentaba Al Capone, de quien tampoco nos consta su talento para contar chistes.
También se habla mucho de delfines, orcas y ballenas, ya que los cetáceos en general tienen un lenguaje ultra sónico muy complejo que es objeto de estudio y de controversia. ¿El hecho de que no hayan desarrollado aparatos o tecnología implica que son menos listos que nosotros, o es que quizás son capaces de aprovechar y utilizar todo lo que ya hay en la Naturaleza, sin necesidad de crear nada nuevo?
Stanislav Lem en su extraordinaria novela Fiasco (Biblioteca de Autor, Alianza Editorial) pone el dedo en la llaga al constatar que la pugna entre ética y técnica puede desembocar en una absoluta incomprensión entre dos civilizaciones inteligentes, en el caso en que entraran en contacto, o dicho de otro modo, demuestra que la inteligencia no es algo universal, como las matemáticas o las leyes físicas.
El muy cuestionado Rupert Sheldrake, en su obra angular sobre lo que él llama la «resonancia mórfica» Una nueva ciencia de la vida (Ed. Kairós) plantea la inteligencia como algo colectivo que todos los miembros de una especie pueden compartir, casi en tiempo real, y trata de demostrar este punto de vista holístico con experimentos curiosos, como dos ratones enfrentados a idénticos laberintos, uno en Australia y otro en Inglaterra. Cuando uno de ellos resuelve el trayecto, el otro «capta» ese conocimiento y lo resuelve también.
Recientemente, sepias, calamares y moluscos cefalópodos han irrumpido en el selecto club de los animales que podrían ser considerados inteligentes, en según qué premisas. Esto es revolucionario, pues un chimpancé o un bonobo están muy próximos genéticamente a nosotros, pero los moluscos ni siquiera son vertebrados, y el abismo evolutivo es patente. Pero algunos científicos sostienen que los calamares tienen un cierto lenguaje articulado, pues pueden alterar los dibujos y colores de sus pieles con asombrosa versatilidad para organizar estrategias de caza colectiva, como hace el calamar de Humboldt (Dosidicus gigas).
Por su parte, el muy recomendable thriller ecológico (ojo, novelón de más de 1.200 páginas) El quinto día (Frank Schätzing, Booket, Planeta) explora esa idea de Gaia, formulada y sostenida por James Lovelock y Lynn Margulis desde 1969, en la que todo el planeta Tierra es en realidad un organismo complejo, interconectado, con una inteligencia colectiva capaz de revertir procesos o de provocar directamente el suicidio del organismo, con todos sus componentes, incluidos los seres humanos.
¿Realmente somos los más listos del ecosistema? Pues que se note.

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