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31 de octubre 2012    /   IDEAS
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¿Qué es más macho?

31 de octubre 2012    /   IDEAS     por          
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“¿Qué es más macho, la piña o el cuchillo?, ¿la bombilla o el autobús escolar?”, se preguntaba Laurie Anderson (la inquietante mujer de Lou Reed) en aquel visionario espectáculo multimedia llamado Home of the Brave.

¿El sujetador o las bragas? ¿La leche o el café? ¿El 20 o el 30? ¿Usted o yo? El lenguaje es un virus que viene del espacio, decía William S. Burroughs, viejo zorro de la generación ‘beatnik’, dinamitador de estereotipos de género y amigo personal de Anderson.

En castellano utilizamos el término transexual, pero en inglés la palabra shemale contiene muchos más matices. En Cuba distinguen a los niños entre machetes o hembritas en función de que lleven o no aretes (pendientes) perforando sus orejas, y bien es sabido la querencia de Tailandia por el tercer género, denominado allí ‘ladyboys’ que hasta dispone de aseos con un indicativo gráfico especial que causa regocijo entre los extranjeros. Las (o los) ‘ladyboys’ suelen ser artistas, cantantes…, y el culto al placer en todas sus formas es una de sus señas de identidad.

Qué duda cabe de que, si se pudiera cambiar de sexo de manera instantánea, reversible e indolora, todos estaríamos haciendo experimentos, y la vida sería bastante más divertida, sobre todo por las noches, pero la reciente polémica suscitada entre varios académicos de la RAE a propósito de la supuesta sexualización del lenguaje tiene difícil arreglo, habida cuenta de que el origen de todo se sitúa en la entrepierna.

En estos días ve la luz por fin un libro levantado a base de pasión literaria, transexualidad y ‘crowdfunding’ (micromecenazgo), El blues del Hada Azul, de Galileo Campanella (Editorial Stonewall) que explora nada más y nada menos que el mundo trans a través de la épica de los clásicos cuentos de hadas. Sus capítulos fueron viendo la luz en forma de blog durante meses y recibiendo el apoyo de cientos de lectores que ahora podrán palpar el volumen. Con sus más de 500 páginas y su compleja estructura, podría ser un híbrido entre Harry Potter, La Historia Interminable y el universo de las películas de David Cronenberg.

En esta inusual e iconoclasta epopeya, la recién descubierta transexualidad del Hada Azul de Pinocho se convierte en una metáfora de la realización personal que nació como un cuento de hadas para adultos (y una novela juvenil para mentes precoces).

Interrogado el autor acerca de estas sutilezas, admite que, para muchas personas transexuales, el deseo de experimentar ese cambio —esa armonización que implica pasar de un sexo anatómico equivocado al ‘correcto’ en el que perciben una diferencia clarísima— es muy intenso.

¿Pero hasta qué punto es cierta y evidente esta diferencia? Algunas personalidades como Antony Hegarty y Andrej Pejic están dando visibilidad a la androgenia, la intersexualidad y la transexualidad menos genital…, temas tabú todos ellos que Campanella reservará para la secuela de esta primera novela.

Así pues, podemos concluir que quizá la piña sea más macho que el cuchillo. Burroughs tenía razón una vez más…

“¿Qué es más macho, la piña o el cuchillo?, ¿la bombilla o el autobús escolar?”, se preguntaba Laurie Anderson (la inquietante mujer de Lou Reed) en aquel visionario espectáculo multimedia llamado Home of the Brave.

¿El sujetador o las bragas? ¿La leche o el café? ¿El 20 o el 30? ¿Usted o yo? El lenguaje es un virus que viene del espacio, decía William S. Burroughs, viejo zorro de la generación ‘beatnik’, dinamitador de estereotipos de género y amigo personal de Anderson.

En castellano utilizamos el término transexual, pero en inglés la palabra shemale contiene muchos más matices. En Cuba distinguen a los niños entre machetes o hembritas en función de que lleven o no aretes (pendientes) perforando sus orejas, y bien es sabido la querencia de Tailandia por el tercer género, denominado allí ‘ladyboys’ que hasta dispone de aseos con un indicativo gráfico especial que causa regocijo entre los extranjeros. Las (o los) ‘ladyboys’ suelen ser artistas, cantantes…, y el culto al placer en todas sus formas es una de sus señas de identidad.

Qué duda cabe de que, si se pudiera cambiar de sexo de manera instantánea, reversible e indolora, todos estaríamos haciendo experimentos, y la vida sería bastante más divertida, sobre todo por las noches, pero la reciente polémica suscitada entre varios académicos de la RAE a propósito de la supuesta sexualización del lenguaje tiene difícil arreglo, habida cuenta de que el origen de todo se sitúa en la entrepierna.

En estos días ve la luz por fin un libro levantado a base de pasión literaria, transexualidad y ‘crowdfunding’ (micromecenazgo), El blues del Hada Azul, de Galileo Campanella (Editorial Stonewall) que explora nada más y nada menos que el mundo trans a través de la épica de los clásicos cuentos de hadas. Sus capítulos fueron viendo la luz en forma de blog durante meses y recibiendo el apoyo de cientos de lectores que ahora podrán palpar el volumen. Con sus más de 500 páginas y su compleja estructura, podría ser un híbrido entre Harry Potter, La Historia Interminable y el universo de las películas de David Cronenberg.

En esta inusual e iconoclasta epopeya, la recién descubierta transexualidad del Hada Azul de Pinocho se convierte en una metáfora de la realización personal que nació como un cuento de hadas para adultos (y una novela juvenil para mentes precoces).

Interrogado el autor acerca de estas sutilezas, admite que, para muchas personas transexuales, el deseo de experimentar ese cambio —esa armonización que implica pasar de un sexo anatómico equivocado al ‘correcto’ en el que perciben una diferencia clarísima— es muy intenso.

¿Pero hasta qué punto es cierta y evidente esta diferencia? Algunas personalidades como Antony Hegarty y Andrej Pejic están dando visibilidad a la androgenia, la intersexualidad y la transexualidad menos genital…, temas tabú todos ellos que Campanella reservará para la secuela de esta primera novela.

Así pues, podemos concluir que quizá la piña sea más macho que el cuchillo. Burroughs tenía razón una vez más…

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