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29 de diciembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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¡Que la madre haga de atrezzo!

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¿Tenían vergüenza? ¿Estaban de luto? ¿Era impuro posar con un niño? No es que tuviesen algo que ocultar. Tampoco había una cuestión religiosa detrás. Los primeros retratos fotográficos requerían una paciencia que los niños difícilmente podrían soportar. Para que los más pequeños pudieran mantenerse quietos durante una exposición lenta (unos treinta segundos), sus madres los sujetaban, escondidas bajo enormes telas.

El hecho de que el niño fuese el verdadero protagonista del retrato explica que la madre se convirtiese en sofá, cortina o fondo floral. Aunque este tipo de fotografía ha tenido otras muchas lecturas que van desde la invisibilidad social de la mujer en el siglo XIX y la vergüenza de quienes creerían que no merecían ser retratadas a la necesidad de eternizar a los difuntos.

Por tétrico que pueda parecer el resultado, en la imagen definitiva, recortada con una forma ovalada en la que solo aparecía el niño, la madre desaparecía completamente. En algunos casos, llegaba a mimetizarse tanto con el fondo que se convertía en parte de la decoración y todavía hoy resulta complicado detectar a algunas de ellas. La mayoría de estas madres, precisamente porque están sin estar, acaban convirtiéndose hoy en las protagonistas sobre las que es difícil evitar preguntarse qué hacen bajo una tela o por qué no tienen cabeza.

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Linda Fragni Nagler encontró una de estas fotografías en Ebay y ya no pudo dejar de coleccionarlas. Ha llegado a reunir miles de imágenes que emplean esta técnica conocida como ‘madres ocultas’ o ‘madres fantasma’. Su libro, ‘The hidden mother’, recopila 1002 retratos decimonónicos en los que aparecen madres invisibles y, en menor medida, algún padre oculto. La técnica de la ‘madre oculta’, según esta coleccionista, se dio hasta 1920.

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Las madres no solo se cubrían con telas: a veces, también se escondían tras una silla y dejaban ver las manos que sujetaban al bebé o posaban con normalidad y después se rascaba la cabeza de la imagen hasta eliminar su rostro.

2c

En alguna de estas fotografías incluso se llega a utilizar la técnica que permitía ‘decapitar’ a la gente en los retratos. Así, vemos el cuerpo de una madre sin cabeza sujetando a su bebé. Y esta es la parte que parece evocar cierta diversión: los retratos de personas aparentemente decapitadas y con su propia cabeza sobre una mano, fue una técnica con la que hombres y mujeres se divertían en el siglo XIX.

tumblr_mu0rw6RY101sk7svqo3_1280

Pero este subgénero fotográfico tiene varias lecturas posibles y el misterio que rezuman las imágenes ha desembocado en un debate aún más tétrico: ¿Están muertos esos niños? ¿Están realmente vivas las madres? En algunas fotografías, ambas opciones parecen incuestionables porque tanto las madres como los niños transmiten expresiones y gestos que impiden dudar de su vitalidad.

Que la fotografía post mortem fuese igual de popular y que compartiesen época ha planteado la duda de los más escépticos, convencidos de que se trata de niños muertos que sus madres sujetan para mantenerlos con una apariencia más viva. Opiniones hay de todo tipo: los niños están muertos o están vivos; las madres están muertas o vivas; hacen de soporte para que el niño no se mueva o para que parezca vivo. Quizá la simple duda sea una idea que pretende avivar el morbo que desprenden unas fotos que hoy resultan macabras o, según se mire, incluso divertidas.

2b

En los foros de fotografía y artículos publicados al respecto, los fotógrafos que conocen esta técnica se afanan en defender que los niños estaban vivos y que esta idea no es más que un bulo que circula por internet: una bola de nieve que sigue creciendo y de la que, dicen, fuera de internet ni siquiera puede encontrarse en los libros de historia ni de fotografía comentario alguno al respecto. El debate llegó a tal punto en la sección de comentarios del blog Ridiculously Interesting que el autor escribió un segundo post incluyendo los argumentos más relevantes que había propiciado el debate entre fotógrafos y expertos en la época victoriana.

Los que defienden que los niños están muertos se aferran a la idea de que pintar los coloretes después de hacer la foto era una costumbre de los fotógrafos post mortem para fingir que el niño estaba en su mejor momento y que, efectivamente, algunos de los niños que aparecen en estas fotos lucen mofletes rosados.

1b - copia

Ante los que defienden que los protagonistas de las fotos póstumas aparecen evidentemente muertos, ya sea metidos en ataúdes o con los ojos cerrados, también tienen respuesta: Margaret Gunning, autora de House of dreams, está convencida de que esa costumbre solo se daba al principio y que, con el paso de los años, la intencionalidad de estas fotografías pasó de fingir que los protagonistas estaban vivos, dándoles el aspecto que tendrían si estuviesen simplemente dormidos, a mostrar al difunto como tal para guardar un último recuerdo. Para lo primero habría sido necesaria una sujeción, de la que solía encargarse la madre, la niñera o una ayudante del fotógrafo.

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Aunque a mediados del siglo XIX la fotografía se abarató y se convirtió en un bien mucho más accesible, The Guardian resumió el proceso para retratar a un bebé como una auténtica odisea: «Un padre del siglo XIX tendría que vestir al bebé con un vestido almidonado, transportarlo, y puede que también a sus hermanos, hasta el estudio del fotógrafo más próximo tan temprano como fuera posible, subir las escaleras de varios pisos hasta el ático, organizar a la familia ante el fondo del estudio, conseguir que cada uno permaneciese quieto durante unos treinta segundos, repartir una buena cantidad de dinero, y luego esperar varios días hasta que las copias estuviesen terminadas, antes de enviarlas a la familia y amigos como tarjetas o pegarlas en álbumes».

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A pesar de que una fotografía era más asequible a mitad de siglo, muchas personas solo se retrataron una vez en la vida y los retratos infantiles se convirtieron en tesoros familiares. Dado que la tasa de mortalidad infantil era muy elevada, surgieron dos necesidades: la de retratar a un bebé muerto porque ya no iba a ser posible obtener otra fotografía suya y la de retratar a los niños vivos para demostrar que, a pesar de todo, lograban seguir adelante en un mundo en el que era tan probable morir antes de lo previsto.

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¿Tenían vergüenza? ¿Estaban de luto? ¿Era impuro posar con un niño? No es que tuviesen algo que ocultar. Tampoco había una cuestión religiosa detrás. Los primeros retratos fotográficos requerían una paciencia que los niños difícilmente podrían soportar. Para que los más pequeños pudieran mantenerse quietos durante una exposición lenta (unos treinta segundos), sus madres los sujetaban, escondidas bajo enormes telas.

El hecho de que el niño fuese el verdadero protagonista del retrato explica que la madre se convirtiese en sofá, cortina o fondo floral. Aunque este tipo de fotografía ha tenido otras muchas lecturas que van desde la invisibilidad social de la mujer en el siglo XIX y la vergüenza de quienes creerían que no merecían ser retratadas a la necesidad de eternizar a los difuntos.

Por tétrico que pueda parecer el resultado, en la imagen definitiva, recortada con una forma ovalada en la que solo aparecía el niño, la madre desaparecía completamente. En algunos casos, llegaba a mimetizarse tanto con el fondo que se convertía en parte de la decoración y todavía hoy resulta complicado detectar a algunas de ellas. La mayoría de estas madres, precisamente porque están sin estar, acaban convirtiéndose hoy en las protagonistas sobre las que es difícil evitar preguntarse qué hacen bajo una tela o por qué no tienen cabeza.

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Linda Fragni Nagler encontró una de estas fotografías en Ebay y ya no pudo dejar de coleccionarlas. Ha llegado a reunir miles de imágenes que emplean esta técnica conocida como ‘madres ocultas’ o ‘madres fantasma’. Su libro, ‘The hidden mother’, recopila 1002 retratos decimonónicos en los que aparecen madres invisibles y, en menor medida, algún padre oculto. La técnica de la ‘madre oculta’, según esta coleccionista, se dio hasta 1920.

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Las madres no solo se cubrían con telas: a veces, también se escondían tras una silla y dejaban ver las manos que sujetaban al bebé o posaban con normalidad y después se rascaba la cabeza de la imagen hasta eliminar su rostro.

2c

En alguna de estas fotografías incluso se llega a utilizar la técnica que permitía ‘decapitar’ a la gente en los retratos. Así, vemos el cuerpo de una madre sin cabeza sujetando a su bebé. Y esta es la parte que parece evocar cierta diversión: los retratos de personas aparentemente decapitadas y con su propia cabeza sobre una mano, fue una técnica con la que hombres y mujeres se divertían en el siglo XIX.

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Pero este subgénero fotográfico tiene varias lecturas posibles y el misterio que rezuman las imágenes ha desembocado en un debate aún más tétrico: ¿Están muertos esos niños? ¿Están realmente vivas las madres? En algunas fotografías, ambas opciones parecen incuestionables porque tanto las madres como los niños transmiten expresiones y gestos que impiden dudar de su vitalidad.

Que la fotografía post mortem fuese igual de popular y que compartiesen época ha planteado la duda de los más escépticos, convencidos de que se trata de niños muertos que sus madres sujetan para mantenerlos con una apariencia más viva. Opiniones hay de todo tipo: los niños están muertos o están vivos; las madres están muertas o vivas; hacen de soporte para que el niño no se mueva o para que parezca vivo. Quizá la simple duda sea una idea que pretende avivar el morbo que desprenden unas fotos que hoy resultan macabras o, según se mire, incluso divertidas.

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En los foros de fotografía y artículos publicados al respecto, los fotógrafos que conocen esta técnica se afanan en defender que los niños estaban vivos y que esta idea no es más que un bulo que circula por internet: una bola de nieve que sigue creciendo y de la que, dicen, fuera de internet ni siquiera puede encontrarse en los libros de historia ni de fotografía comentario alguno al respecto. El debate llegó a tal punto en la sección de comentarios del blog Ridiculously Interesting que el autor escribió un segundo post incluyendo los argumentos más relevantes que había propiciado el debate entre fotógrafos y expertos en la época victoriana.

Los que defienden que los niños están muertos se aferran a la idea de que pintar los coloretes después de hacer la foto era una costumbre de los fotógrafos post mortem para fingir que el niño estaba en su mejor momento y que, efectivamente, algunos de los niños que aparecen en estas fotos lucen mofletes rosados.

1b - copia

Ante los que defienden que los protagonistas de las fotos póstumas aparecen evidentemente muertos, ya sea metidos en ataúdes o con los ojos cerrados, también tienen respuesta: Margaret Gunning, autora de House of dreams, está convencida de que esa costumbre solo se daba al principio y que, con el paso de los años, la intencionalidad de estas fotografías pasó de fingir que los protagonistas estaban vivos, dándoles el aspecto que tendrían si estuviesen simplemente dormidos, a mostrar al difunto como tal para guardar un último recuerdo. Para lo primero habría sido necesaria una sujeción, de la que solía encargarse la madre, la niñera o una ayudante del fotógrafo.

babies

Aunque a mediados del siglo XIX la fotografía se abarató y se convirtió en un bien mucho más accesible, The Guardian resumió el proceso para retratar a un bebé como una auténtica odisea: «Un padre del siglo XIX tendría que vestir al bebé con un vestido almidonado, transportarlo, y puede que también a sus hermanos, hasta el estudio del fotógrafo más próximo tan temprano como fuera posible, subir las escaleras de varios pisos hasta el ático, organizar a la familia ante el fondo del estudio, conseguir que cada uno permaneciese quieto durante unos treinta segundos, repartir una buena cantidad de dinero, y luego esperar varios días hasta que las copias estuviesen terminadas, antes de enviarlas a la familia y amigos como tarjetas o pegarlas en álbumes».

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A pesar de que una fotografía era más asequible a mitad de siglo, muchas personas solo se retrataron una vez en la vida y los retratos infantiles se convirtieron en tesoros familiares. Dado que la tasa de mortalidad infantil era muy elevada, surgieron dos necesidades: la de retratar a un bebé muerto porque ya no iba a ser posible obtener otra fotografía suya y la de retratar a los niños vivos para demostrar que, a pesar de todo, lograban seguir adelante en un mundo en el que era tan probable morir antes de lo previsto.

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