5 de mayo 2020    /   IDEAS
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Que no te quiten la calle

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«La calle es mía», nos advirtió el ministro de Gobernación Fraga Iribarne en 1976. Y con ello dejó claro su poder. Pero también dejo claro, sin proponérselo, que el otro poder, el verdadero, está en la calle.

La calle es un lugar abstracto marcado por dos líneas de edificios. En ocasiones, un espacio denostado (ir de calle, hacer la calle, dormir en la calle). Pero también un territorio honorífico para quienes aparecen con su nombre en una de ellas.

En cualquiera de los dos casos, una cosa es cierta: Fraga tenía razón, el poder está en la calle. En las manifestaciones de los obreros, en los desfiles de los militares, en los maratones de los deportistas, en las cabalgatas de los Reyes Magos o en las celebraciones del orgullo LGTB.

Lo que sucede sucede en la calle. Lo que se sabe se sabe en la calle.

De hecho, antes de la llegada de las redes sociales, en la calle ya funcionaban otros sistemas analógicos bastante similares: los llamados mentideros.

Madrid, por ejemplo, contó con tres grandes mentideros a lo largo del Siglo de Oro. El intelectual, situado en pleno barrio de las letras y donde se reunían escritores, artistas y gentes del teatro. El burgués, llamado de Las Losas de Palacio, más frecuentado por quienes buscaban influencias económicas o políticas. Y, el más importante, el de Las Gradas de San Felipe.

Este último, situado en las escalinatas del Convento de San Felipe, era el auténtico centro de cotilleos, bulos y fake news. Lo que pasaba, o más concretamente, lo que se decía que pasaba en España y sus colonias partía siempre de esas escalinatas.

Como cualquier otra gran ciudad de Europa, la Villa y Corte de Madrid se alimentaba de estos mentideros. A ellos llegaban los transeúntes por las calles aledañas como los auténticos followers del siglo XVII.

Pero ahora esas mismas calles están vacías. Y ello nos produce una conmoción colectiva cuando vemos las fotos de sus aceras sin nadie que las recorra. Es un vacío físico, pero es también un vacío de poder.

Porque la calle fomenta ese instinto gregario que nos empodera como individuos. Porque es ahí donde somos uno y, a la vez, somos muchos cuando nos juntamos («No me formen grupos», les decía la policía franquista a los estudiantes al verlos reunirse antes de una manifestación).

Pero ahora, con la irrupción de la pandemia que estamos sufriendo en la actualidad, la calle se ha trasladado a las pantallas de nuestros ordenadores. No es lo mismo. Nos falta esa sensación de energético placer que nos ofrece la calle. Porque es ahí donde surge el encuentro con lo inesperado y lo sorprendente. El espacio de azar que tal vez nos lleve a tropezarnos con esa situación que lo cambiará todo.

Vacía, la calle nos recuerda la vida que nos falta. Y en especial, todas aquellas cosas que la hacían interesante: el poder, el disfrute, la aventura, la libertad.

Cuando volvamos a ella, que no se nos olvide cancelar las videollamadas y apagar los ordenadores. Entonces será cuando podremos abrazar a los desconocidos para celebrar juntos el haber recuperado la calle. El único lugar de todos, que a todos nos pertenece.

«La calle es mía», nos advirtió el ministro de Gobernación Fraga Iribarne en 1976. Y con ello dejó claro su poder. Pero también dejo claro, sin proponérselo, que el otro poder, el verdadero, está en la calle.

La calle es un lugar abstracto marcado por dos líneas de edificios. En ocasiones, un espacio denostado (ir de calle, hacer la calle, dormir en la calle). Pero también un territorio honorífico para quienes aparecen con su nombre en una de ellas.

En cualquiera de los dos casos, una cosa es cierta: Fraga tenía razón, el poder está en la calle. En las manifestaciones de los obreros, en los desfiles de los militares, en los maratones de los deportistas, en las cabalgatas de los Reyes Magos o en las celebraciones del orgullo LGTB.

Lo que sucede sucede en la calle. Lo que se sabe se sabe en la calle.

De hecho, antes de la llegada de las redes sociales, en la calle ya funcionaban otros sistemas analógicos bastante similares: los llamados mentideros.

Madrid, por ejemplo, contó con tres grandes mentideros a lo largo del Siglo de Oro. El intelectual, situado en pleno barrio de las letras y donde se reunían escritores, artistas y gentes del teatro. El burgués, llamado de Las Losas de Palacio, más frecuentado por quienes buscaban influencias económicas o políticas. Y, el más importante, el de Las Gradas de San Felipe.

Este último, situado en las escalinatas del Convento de San Felipe, era el auténtico centro de cotilleos, bulos y fake news. Lo que pasaba, o más concretamente, lo que se decía que pasaba en España y sus colonias partía siempre de esas escalinatas.

Como cualquier otra gran ciudad de Europa, la Villa y Corte de Madrid se alimentaba de estos mentideros. A ellos llegaban los transeúntes por las calles aledañas como los auténticos followers del siglo XVII.

Pero ahora esas mismas calles están vacías. Y ello nos produce una conmoción colectiva cuando vemos las fotos de sus aceras sin nadie que las recorra. Es un vacío físico, pero es también un vacío de poder.

Porque la calle fomenta ese instinto gregario que nos empodera como individuos. Porque es ahí donde somos uno y, a la vez, somos muchos cuando nos juntamos («No me formen grupos», les decía la policía franquista a los estudiantes al verlos reunirse antes de una manifestación).

Pero ahora, con la irrupción de la pandemia que estamos sufriendo en la actualidad, la calle se ha trasladado a las pantallas de nuestros ordenadores. No es lo mismo. Nos falta esa sensación de energético placer que nos ofrece la calle. Porque es ahí donde surge el encuentro con lo inesperado y lo sorprendente. El espacio de azar que tal vez nos lleve a tropezarnos con esa situación que lo cambiará todo.

Vacía, la calle nos recuerda la vida que nos falta. Y en especial, todas aquellas cosas que la hacían interesante: el poder, el disfrute, la aventura, la libertad.

Cuando volvamos a ella, que no se nos olvide cancelar las videollamadas y apagar los ordenadores. Entonces será cuando podremos abrazar a los desconocidos para celebrar juntos el haber recuperado la calle. El único lugar de todos, que a todos nos pertenece.

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