24 de febrero 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: ¡Que te den morcilla!

24 de febrero 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Si sois amantes de este manjar, que alguien te desee tan delicioso regalo es algo que agradeces con lágrimas en los ojos. Pero no os equivoquéis. Porque podría ser que la morcilla regalada sea como la manzana de Blancanieves y os haga mucha pupita.

Se nos olvida, porque el paso del tiempo nos reblandece los recuerdos, que cuando nos dedican tan exquisita expresión nos están deseando la muerte. Así, como lo oís. Que te mueras, es lo que te están pidiendo. Pero no te desean una muerte sosegada y tranquila, en tu cama, rodeada de los tuyos que contemplan tristes tu ir apagándote, no. Te están deseando un traslado al otro mundo cargado de dolor, espasmos y sufrimiento. ¿Por qué?

El dicho data de la época en la que la rabia o hidrobobia campaba a sus anchas por las calles de las ciudades y pueblos. Las autoridades, que pensaban que los principales causantes de la posible epidemia eran los perros callejeros que habitaban las metrópolis, ordenaron que para cazarlos se les dieran morcillas envenenadas con estricnina.

La estricnina es un veneno muy fuerte, hoy prohibido, que causaba un terrible sufrimiento al animal: espasmos muy dolorosos que provocan la rigidez muscular y de las articulaciones, vómitos e incluso asfixia.

Esta práctica duró hasta finales del XIX. No es hasta 1891, según contaba Vicente Vega a José María Iribarren, que aparecen las primeras perreras municipales y el oficio de los laceros en las calles de Madrid –aunque también ocurrirá en otras ciudades paulatinamente-, empleados públicos que se dedicaban a capturar a los perros vagabundos con un lazo, sustituyendo así la animalada de matarlos con veneno. Claro, que donde los llevaban tampoco es que fueran –ni sean- hoteles de cinco estrellas precisamente, sino que recordaban más a la mansión de los horrores que a un resort.

Hoy, claro, la fuerza de la expresión está totalmente amortiguada y la usamos solo para indicar a alguien nuestro desprecio hacia su persona y/o su discurso. Pero conviene recordar que todo pasa y todo queda, como dijo el poeta, y que si es verdad que la rabia apenas tiene presencia amenazadora para nuestra salud, nuestras almas están ya más que saturadas de otro tipo de epidemias.

Es posible que, al hilo de esta enseñanza de hoy, cuando encendemos la televisión y vemos algún informativo, deseemos que le den morcilla a ciertos personajillos… Y, ¡ojo!,  puede que no estemos hablando tan metafóricamente…

Si sois amantes de este manjar, que alguien te desee tan delicioso regalo es algo que agradeces con lágrimas en los ojos. Pero no os equivoquéis. Porque podría ser que la morcilla regalada sea como la manzana de Blancanieves y os haga mucha pupita.

Se nos olvida, porque el paso del tiempo nos reblandece los recuerdos, que cuando nos dedican tan exquisita expresión nos están deseando la muerte. Así, como lo oís. Que te mueras, es lo que te están pidiendo. Pero no te desean una muerte sosegada y tranquila, en tu cama, rodeada de los tuyos que contemplan tristes tu ir apagándote, no. Te están deseando un traslado al otro mundo cargado de dolor, espasmos y sufrimiento. ¿Por qué?

El dicho data de la época en la que la rabia o hidrobobia campaba a sus anchas por las calles de las ciudades y pueblos. Las autoridades, que pensaban que los principales causantes de la posible epidemia eran los perros callejeros que habitaban las metrópolis, ordenaron que para cazarlos se les dieran morcillas envenenadas con estricnina.

La estricnina es un veneno muy fuerte, hoy prohibido, que causaba un terrible sufrimiento al animal: espasmos muy dolorosos que provocan la rigidez muscular y de las articulaciones, vómitos e incluso asfixia.

Esta práctica duró hasta finales del XIX. No es hasta 1891, según contaba Vicente Vega a José María Iribarren, que aparecen las primeras perreras municipales y el oficio de los laceros en las calles de Madrid –aunque también ocurrirá en otras ciudades paulatinamente-, empleados públicos que se dedicaban a capturar a los perros vagabundos con un lazo, sustituyendo así la animalada de matarlos con veneno. Claro, que donde los llevaban tampoco es que fueran –ni sean- hoteles de cinco estrellas precisamente, sino que recordaban más a la mansión de los horrores que a un resort.

Hoy, claro, la fuerza de la expresión está totalmente amortiguada y la usamos solo para indicar a alguien nuestro desprecio hacia su persona y/o su discurso. Pero conviene recordar que todo pasa y todo queda, como dijo el poeta, y que si es verdad que la rabia apenas tiene presencia amenazadora para nuestra salud, nuestras almas están ya más que saturadas de otro tipo de epidemias.

Es posible que, al hilo de esta enseñanza de hoy, cuando encendemos la televisión y vemos algún informativo, deseemos que le den morcilla a ciertos personajillos… Y, ¡ojo!,  puede que no estemos hablando tan metafóricamente…

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