14 de febrero 2017    /   IDEAS
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Quedada para llorar: ya hay más de 17.000 personas inscritas

14 de febrero 2017    /   IDEAS     por          
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A estas alturas quedan pocos tabúes por superar, uno de ellos es el llanto en público. Pero no sufran. O sí, prepárense para hacerlo a la vista de los demás, porque 2017 podría pasar a la historia como el año del desfogue grupal.

Varios usuarios de Facebook han lanzado una serie de eventos denominados Quedada para llorar, programados el 6 de abril en distintas ciudades de España. La convocatoria más multitudinaria, en Barcelona, ya cuenta con 17.000 inscritos y más de 16.000 personas interesadas.

Su responsable no se lo cree: «El año pasado estaba estresado por los exámenes de la universidad y monté, junto a una amiga, esta quedada de broma. Se unieron unas 20 personas, publicamos cuatro memes nihilistas y ahí quedó la cosa. Pero este curso, de un día para otro, el evento se hizo viral. La gente empezó a publicar sus memes y se convirtió todo en algo muy raro», cuenta David Bustos.

Llorar en grupo como fenómeno viral; efectivamente vivimos tiempos raros. Lo cierto es que la cultura que compartimos se caracteriza por invitar al extremo contrario: reprimir las lágrimas para no evidenciar nuestra fragilidad. El análisis de nuestro estado anímico está determinado por el aprendizaje vital y el contexto en el que hemos crecido, no sólo familiar, también social y cultural. Se denomina proceso de socialización. Desde pequeños aprendemos las reglas para ser personas válidas de cara a la sociedad, y una de ellas es que llorar puede ser un signo de debilidad.

Desde pequeños aprendemos las reglas para ser personas válidas de cara a la sociedad, y una de ellas es que llorar puede ser un signo de debilidad

Especialmente desde la perspectiva de género. El sociólogo Erick Pescador lleva años borrando los vestigios de esa masculinidad tradicional que reafirma al hombre abrupto frente a sus congéneres. Es la que más reparos pone al lagrimeo fácil: «A pesar de que parezca un comportamiento del pasado, la represión del llanto se repite incluso en los más jóvenes. Todavía se dice en las aulas “no llores, que pareces una nenaza”, o se cortan las lágrimas por ser símbolo de debilidad frente al modelo hegemónico masculino».

Según cuenta a Yorokobu, el llanto de un niño suele provocar entre sus compañeros un cierto miedo al contagio, e intentan minusvalorar la causa de las lágrimas alegando que nada merece ser llorado. Para el sociólogo, las formas de ser hombre deberían ser tan diversas como respetadas, pero aún queda un largo trecho hasta el aprendizaje de la libertad.

Desde que alcanzamos la edad para replicar el canon social, la emotividad tiende a diluirse. En general el llanto emocional pasa de ser un recurso comunicativo de la infancia a motivo de escarnio en la adultez. Tanto en hombres como mujeres. Resulta paradójico que en pleno auge de los remedios sanadores al por mayor —previo pago—, uno de los mayores quitapesares queda confinado a la intimidad. ¿Le oprime la vida? Tráguese las lágrimas, riegue su flora intestinal.

Quizás nos relajaríamos con el asunto si interiorizáramos las bondades de un buen berrinche. Francisco Javier Cantero, profesor de Psicología Social en la Universidad de Sevilla, observa tres beneficios fundamentales: «Llorar sirve para desbloquear la mente del estado de embotamiento al que ha estado sometida. Es una válvula de escape de nuestras emociones. En segundo lugar está el correlato fisiológico; llorando liberamos hormonas con efectos calmantes, opiáceos endógenos y oxitocina, que reducen la percepción de dolor, el estrés, la ansiedad y la angustia. Por último cabe indicar que el llanto es un SOS a nuestros apoyos sociales. Percibir este apoyo también sirve para reducir la tensión».

Aglutina más propiedades que la quinoa y por eso no extraña que algunas figuras acudan al llanto de manera asidua. Los aficionados al tenis recordarán la final entre Nadal y Federer en el Open de Australia de 2009 por dos motivos: la exhibición de ambos con victoria del manacorí y el sollozo pospartido del mito suizo. Este año fue Federer quien ganó y volvimos a verle llorar.

Con los futbolistas sucede cuando se despiden ante la prensa del club que les vio crecer. Siempre hay un balbuceo, un labio que tiembla y una voz que se rompe. «Este equipo me lo ha dado todo, no quiero llorar, pero…». Se ha convertido en costumbre marcharse con los ojos enrojecidos como ofrenda a la afición.

También se llora en la política. Y mucho. Ocurre de forma similar al fútbol: no importan los colores. Pablo Iglesias lo hizo tras su primer día en el Congreso, Pedro Sánchez al dejar el acta de diputado, Albert Rivera mientras conocía la realidad venezolana y Rajoy, bueno, lo suyo es el llanto seco por causas insondables; el presidente se emocionó en una finca de alcachofas. ¿Qué consecuencias tiene? Lo cierto es que no podemos calcular el rédito electoral de un gesto que muchas veces humaniza, pero que en el caso político, dada su desafección, contribuye a reforzar determinadas suspicacias.

El llanto emocional pasa de ser un recurso comunicativo de la infancia a motivo de escarnio en la adultez

Basta de mirarnos al ombligo, ¿cómo lloran otras culturas? Veamos el caso japonés de la mano de Minerva Terrades, profesora de la UAB especializada en Asia Oriental: «Los japoneses tienen tendencia a no mostrar sus emociones en público, sobre todo las que generan conflicto —aquellas que obligan al otro a preocuparse—, ya que eso interrumpe la armonía social por la que tanto velan», explica la docente. «La exhibición es una cualidad poco valorada en Japón; en cambio, se practica el estoicismo hasta casi el límite. Ellos creen que tienen que ser fuertes porque la sociedad es más importante que ellos —de ahí los suicidios de protesta— y que no tienen el derecho de exhibir su llanto, sino la obligación de solucionar sus problemas sin molestar, sin crear conflicto, sin pedir ayuda».

Terrades considera que la postura sensata respecto a la exhibición emocional se encuentra en un punto intermedio. «En nuestra sociedad parece que se imponga la informalidad en la mayoría de contextos; todo vale. Creo que debemos saber expresar nuestros sentimientos, pero con las personas indicadas en el momento adecuado. Siempre podemos encontrar buenos momentos para llorar y amigos con quien llorar, pero hay situaciones en que simplemente debemos comportarnos con dignidad».

El cauce entre lo terapéutico y lo indigno, ahí reposan nuestras lágrimas. Tras este recorrido por el lamento ajeno merece la pena volver al origen. Decíamos que 2017 quizás sea el año del lloro colectivo, dependerá de si la iniciativa emprendida en Facebook termina de cuajar. «No tenemos ni idea de qué pasará con el evento, ni siquiera hemos definido un lugar. Quizás nos plantemos en medio de Plaza de Cataluña y nos pongamos a llorar», expresa el organizador.

Desde aquí proponemos otra alternativa, una ubicación —sin salir de la provincia— diseñada para la emotividad: llorones del mundo, el 6 de abril nos vemos en los campos de alcachofas del Baix Llobregat.

A estas alturas quedan pocos tabúes por superar, uno de ellos es el llanto en público. Pero no sufran. O sí, prepárense para hacerlo a la vista de los demás, porque 2017 podría pasar a la historia como el año del desfogue grupal.

Varios usuarios de Facebook han lanzado una serie de eventos denominados Quedada para llorar, programados el 6 de abril en distintas ciudades de España. La convocatoria más multitudinaria, en Barcelona, ya cuenta con 17.000 inscritos y más de 16.000 personas interesadas.

Su responsable no se lo cree: «El año pasado estaba estresado por los exámenes de la universidad y monté, junto a una amiga, esta quedada de broma. Se unieron unas 20 personas, publicamos cuatro memes nihilistas y ahí quedó la cosa. Pero este curso, de un día para otro, el evento se hizo viral. La gente empezó a publicar sus memes y se convirtió todo en algo muy raro», cuenta David Bustos.

Llorar en grupo como fenómeno viral; efectivamente vivimos tiempos raros. Lo cierto es que la cultura que compartimos se caracteriza por invitar al extremo contrario: reprimir las lágrimas para no evidenciar nuestra fragilidad. El análisis de nuestro estado anímico está determinado por el aprendizaje vital y el contexto en el que hemos crecido, no sólo familiar, también social y cultural. Se denomina proceso de socialización. Desde pequeños aprendemos las reglas para ser personas válidas de cara a la sociedad, y una de ellas es que llorar puede ser un signo de debilidad.

Desde pequeños aprendemos las reglas para ser personas válidas de cara a la sociedad, y una de ellas es que llorar puede ser un signo de debilidad

Especialmente desde la perspectiva de género. El sociólogo Erick Pescador lleva años borrando los vestigios de esa masculinidad tradicional que reafirma al hombre abrupto frente a sus congéneres. Es la que más reparos pone al lagrimeo fácil: «A pesar de que parezca un comportamiento del pasado, la represión del llanto se repite incluso en los más jóvenes. Todavía se dice en las aulas “no llores, que pareces una nenaza”, o se cortan las lágrimas por ser símbolo de debilidad frente al modelo hegemónico masculino».

Según cuenta a Yorokobu, el llanto de un niño suele provocar entre sus compañeros un cierto miedo al contagio, e intentan minusvalorar la causa de las lágrimas alegando que nada merece ser llorado. Para el sociólogo, las formas de ser hombre deberían ser tan diversas como respetadas, pero aún queda un largo trecho hasta el aprendizaje de la libertad.

Desde que alcanzamos la edad para replicar el canon social, la emotividad tiende a diluirse. En general el llanto emocional pasa de ser un recurso comunicativo de la infancia a motivo de escarnio en la adultez. Tanto en hombres como mujeres. Resulta paradójico que en pleno auge de los remedios sanadores al por mayor —previo pago—, uno de los mayores quitapesares queda confinado a la intimidad. ¿Le oprime la vida? Tráguese las lágrimas, riegue su flora intestinal.

Quizás nos relajaríamos con el asunto si interiorizáramos las bondades de un buen berrinche. Francisco Javier Cantero, profesor de Psicología Social en la Universidad de Sevilla, observa tres beneficios fundamentales: «Llorar sirve para desbloquear la mente del estado de embotamiento al que ha estado sometida. Es una válvula de escape de nuestras emociones. En segundo lugar está el correlato fisiológico; llorando liberamos hormonas con efectos calmantes, opiáceos endógenos y oxitocina, que reducen la percepción de dolor, el estrés, la ansiedad y la angustia. Por último cabe indicar que el llanto es un SOS a nuestros apoyos sociales. Percibir este apoyo también sirve para reducir la tensión».

Aglutina más propiedades que la quinoa y por eso no extraña que algunas figuras acudan al llanto de manera asidua. Los aficionados al tenis recordarán la final entre Nadal y Federer en el Open de Australia de 2009 por dos motivos: la exhibición de ambos con victoria del manacorí y el sollozo pospartido del mito suizo. Este año fue Federer quien ganó y volvimos a verle llorar.

Con los futbolistas sucede cuando se despiden ante la prensa del club que les vio crecer. Siempre hay un balbuceo, un labio que tiembla y una voz que se rompe. «Este equipo me lo ha dado todo, no quiero llorar, pero…». Se ha convertido en costumbre marcharse con los ojos enrojecidos como ofrenda a la afición.

También se llora en la política. Y mucho. Ocurre de forma similar al fútbol: no importan los colores. Pablo Iglesias lo hizo tras su primer día en el Congreso, Pedro Sánchez al dejar el acta de diputado, Albert Rivera mientras conocía la realidad venezolana y Rajoy, bueno, lo suyo es el llanto seco por causas insondables; el presidente se emocionó en una finca de alcachofas. ¿Qué consecuencias tiene? Lo cierto es que no podemos calcular el rédito electoral de un gesto que muchas veces humaniza, pero que en el caso político, dada su desafección, contribuye a reforzar determinadas suspicacias.

El llanto emocional pasa de ser un recurso comunicativo de la infancia a motivo de escarnio en la adultez

Basta de mirarnos al ombligo, ¿cómo lloran otras culturas? Veamos el caso japonés de la mano de Minerva Terrades, profesora de la UAB especializada en Asia Oriental: «Los japoneses tienen tendencia a no mostrar sus emociones en público, sobre todo las que generan conflicto —aquellas que obligan al otro a preocuparse—, ya que eso interrumpe la armonía social por la que tanto velan», explica la docente. «La exhibición es una cualidad poco valorada en Japón; en cambio, se practica el estoicismo hasta casi el límite. Ellos creen que tienen que ser fuertes porque la sociedad es más importante que ellos —de ahí los suicidios de protesta— y que no tienen el derecho de exhibir su llanto, sino la obligación de solucionar sus problemas sin molestar, sin crear conflicto, sin pedir ayuda».

Terrades considera que la postura sensata respecto a la exhibición emocional se encuentra en un punto intermedio. «En nuestra sociedad parece que se imponga la informalidad en la mayoría de contextos; todo vale. Creo que debemos saber expresar nuestros sentimientos, pero con las personas indicadas en el momento adecuado. Siempre podemos encontrar buenos momentos para llorar y amigos con quien llorar, pero hay situaciones en que simplemente debemos comportarnos con dignidad».

El cauce entre lo terapéutico y lo indigno, ahí reposan nuestras lágrimas. Tras este recorrido por el lamento ajeno merece la pena volver al origen. Decíamos que 2017 quizás sea el año del lloro colectivo, dependerá de si la iniciativa emprendida en Facebook termina de cuajar. «No tenemos ni idea de qué pasará con el evento, ni siquiera hemos definido un lugar. Quizás nos plantemos en medio de Plaza de Cataluña y nos pongamos a llorar», expresa el organizador.

Desde aquí proponemos otra alternativa, una ubicación —sin salir de la provincia— diseñada para la emotividad: llorones del mundo, el 6 de abril nos vemos en los campos de alcachofas del Baix Llobregat.

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Opiniones 2
  • Llorar sigue teniendo un problema sin resolver, y es que cuando lloras tienes un momento en el que te cierras y difícilmente dejas entrar incluso a las personas más cercanas. Al hacer eso, dificualtas la tarea a gente que realmente quiere y puede ayudarte a solucionar por lo que quiera que llores. Por eso pienso que llorar es algo no efectivo, práctico ni eficiente.

  • ¿Llorar sigue teniendo un problema?, ¿el mismo problema que tiene defecar y no dejar entrar a tus personas más cercanas a que lo compartan contigo?, ¿el mismo problema que tiene estar enfermo y no salir a la calle para compartirlo?, ¿el mismo problema que cuando observamos a un animal herido y se refugia?. Si lloras de felicidad, ya sea por tí o por otros, ¿acaso te cierras y no lo compartes?, si te emborrachas, ¿acaso te importa la exposición pública?, si te apetece darle un beso a tu pareja, ¿te escondes y no lo compartes?, ¿o sólo sucede cuando lloras de tristeza, te sientes vulnerable, no encuentras consuelo, y no te apetece ver ni hablar con nadie?, ¿acaso todo eso puede definirse como conducta antisocial?. ¿Llorar sigue teniendo un problema, sin embargo, el hecho de que haya parejas que no compartan las cuentas bancarias no lo tiene?.

    VENGA!, dejémonos ya de gilipolleces, por favor, cada uno gestiona sus emociones, y su intimidad, como le sale de donde le salga, influido por lo que sea…¿que, aún así, queréis seguir quedadas para lo que sea?, por mí perfecto, pero por favor, si os jode que en el colegio, o en la tele, o en la publicidad, nos digan como sentir, como vivir, no pretendáis ser vosotros (por «vosotros» me refiero a la marabunta de facebook, tuiter, etc,etc…en definitiva, internet) quien establezca como hacerlo. Si lloro en privado, ¿porque debo hacerlo en público¿, ¿porq vosotros decís que soy uno más de los que han sido abducidos y debo liberarme de esa carga?, sí, claro…al final se trata del mismo perro con diferente collar.

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