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6 de junio 2012    /   IDEAS
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Quejólicos Anónimos

6 de junio 2012    /   IDEAS     por          
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La silla está dura, la cama blanda, la compra cara, la venta barata, el ordenador lento, la comida rápida, el sueldo corto, la semana larga, el incentivo bajo, el objetivo alto, la figura gorda, el menú flaco, el asiento estrecho, la chaqueta ancha, la película aburrida, la cerveza caliente, el café frío, la mente en blanco y el futuro negro.

El ‘quejólico’ padece una enfermedad que consiste en la necesidad de producir queja hasta el punto de la dependencia física de la misma, manifestada a través de determinados síntomas de abstinencia cuando no le es posible su expresión. El ‘quejólico’ no tiene control sobre los límites de su consumo y suele ir elevando a lo largo del tiempo su grado de intolerancia vital.

Esta severa intoxicación de malestar expresado aumenta con dimensiones de pandemia. Exaspera comprobar cómo la machacona queja martillea insistente las conversaciones. La ironía de profundo contenido agresivo. La inexorable mirada al vacío en el vaso, la imperfección del cristal o la impureza del líquido elemento. La ilusión es ingenua y la crítica docta. En la evaluación, la sonrisa es estúpida, y la valoración, cuanto más dura más sabia. El entusiasmo devalúa a quien lo expresa.

Hasta el momento no existe una causa común conocida de esta adicción, aunque varios factores pueden desempeñar un papel importante en su desarrollo, y las evidencias muestran que quien tiene un padre, madre o pareja ‘quejólicos’ tiene mayor probabilidad de padecer esta enfermedad. No está comprobado que exista predisposición genética.

Otros factores asociados a este padecimiento son la necesidad de aliviar la ansiedad, conflicto en relaciones interpersonales, depresión, baja autoestima, facilidad para conseguir atención y aceptación social del consumo de quejas.

El efecto atractor de la queja en las conversaciones y el incomprensible prestigio intelectual de la crítica contrastan con el escepticismo frente a la ilusión y el desprestigio, también intelectual, de la euforia. Es sorprendente, pero está comprobado que se nos presenta como más listo quien critica y encuentra defectos que aquel que alaba y señala virtudes. Mantener un tono sonriente y vital, presentarse feliz y entusiasmado, expresar confianza y transmitir ilusión, nos hace perder enteros en la escala de la admiración intelectual.

Lejos de manifestarse avergonzados o arrepentidos, los ‘quejólicos’ disparan arrogantes sus quejas hacia el futuro, amenazan con sus futuras reflexiones y son contundentes a la hora de afirmar que hasta la más feliz de las noticias encubre una fatalidad que nos perjudica. A diferencia del pesimista que provoca rechazo, el ‘quejólico’ se socializa mucho mejor, incluso atrae adeptos.

El tratamiento del ‘quejólico’ se concreta en dos abordajes: a) Nutricional, con la ingesta sistemática de sonrisas, y b) Postural, elevando la mirada a un cielo generosamente azul. Existe, a su vez, un tercer abordaje de apoyo grupal que Will W. y DR. Bob emprendieron, en 1935, en Akron (Ohio), inicialmente focalizado en la adicción alcohólica. En nuestro caso se concreta con la creación de una equivalente comunidad terapéutica que reúne a sus acólitos desde el sincero reconocimiento y arrepentimiento iniciando sus sesiones con la declaración: “Soy Juan y soy ‘quejólico’”.

Francesc Beltri Gebrat es socio de Mediterráneo Consultores

Foto: kaibara87 bajo licencia CC

La silla está dura, la cama blanda, la compra cara, la venta barata, el ordenador lento, la comida rápida, el sueldo corto, la semana larga, el incentivo bajo, el objetivo alto, la figura gorda, el menú flaco, el asiento estrecho, la chaqueta ancha, la película aburrida, la cerveza caliente, el café frío, la mente en blanco y el futuro negro.

El ‘quejólico’ padece una enfermedad que consiste en la necesidad de producir queja hasta el punto de la dependencia física de la misma, manifestada a través de determinados síntomas de abstinencia cuando no le es posible su expresión. El ‘quejólico’ no tiene control sobre los límites de su consumo y suele ir elevando a lo largo del tiempo su grado de intolerancia vital.

Esta severa intoxicación de malestar expresado aumenta con dimensiones de pandemia. Exaspera comprobar cómo la machacona queja martillea insistente las conversaciones. La ironía de profundo contenido agresivo. La inexorable mirada al vacío en el vaso, la imperfección del cristal o la impureza del líquido elemento. La ilusión es ingenua y la crítica docta. En la evaluación, la sonrisa es estúpida, y la valoración, cuanto más dura más sabia. El entusiasmo devalúa a quien lo expresa.

Hasta el momento no existe una causa común conocida de esta adicción, aunque varios factores pueden desempeñar un papel importante en su desarrollo, y las evidencias muestran que quien tiene un padre, madre o pareja ‘quejólicos’ tiene mayor probabilidad de padecer esta enfermedad. No está comprobado que exista predisposición genética.

Otros factores asociados a este padecimiento son la necesidad de aliviar la ansiedad, conflicto en relaciones interpersonales, depresión, baja autoestima, facilidad para conseguir atención y aceptación social del consumo de quejas.

El efecto atractor de la queja en las conversaciones y el incomprensible prestigio intelectual de la crítica contrastan con el escepticismo frente a la ilusión y el desprestigio, también intelectual, de la euforia. Es sorprendente, pero está comprobado que se nos presenta como más listo quien critica y encuentra defectos que aquel que alaba y señala virtudes. Mantener un tono sonriente y vital, presentarse feliz y entusiasmado, expresar confianza y transmitir ilusión, nos hace perder enteros en la escala de la admiración intelectual.

Lejos de manifestarse avergonzados o arrepentidos, los ‘quejólicos’ disparan arrogantes sus quejas hacia el futuro, amenazan con sus futuras reflexiones y son contundentes a la hora de afirmar que hasta la más feliz de las noticias encubre una fatalidad que nos perjudica. A diferencia del pesimista que provoca rechazo, el ‘quejólico’ se socializa mucho mejor, incluso atrae adeptos.

El tratamiento del ‘quejólico’ se concreta en dos abordajes: a) Nutricional, con la ingesta sistemática de sonrisas, y b) Postural, elevando la mirada a un cielo generosamente azul. Existe, a su vez, un tercer abordaje de apoyo grupal que Will W. y DR. Bob emprendieron, en 1935, en Akron (Ohio), inicialmente focalizado en la adicción alcohólica. En nuestro caso se concreta con la creación de una equivalente comunidad terapéutica que reúne a sus acólitos desde el sincero reconocimiento y arrepentimiento iniciando sus sesiones con la declaración: “Soy Juan y soy ‘quejólico’”.

Francesc Beltri Gebrat es socio de Mediterráneo Consultores

Foto: kaibara87 bajo licencia CC

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Opiniones 11
  • Yo creo que es una enfermedad de España en general…no sé, yo he vivido en otros países y la verdad que la pandemia aquí esta muy extendida…qué pensáis

    • Pepito, yo soy argentina, y pensé que hablaban de mi país!! La pandemia de quejólicis, como tantas otras, está globalizada!!! Ya no hay escapatoria posible más que la cura definitiva por sobredosis!!

  • ¿Y para cuándo una asociación de familiares y amigos de quejólicos? Los afectados nos sentimos muy solos e incomprendidos. Aquellos que no viven esta situación nos miran con condescendencia y piensan que somos unos exagerados.

  • Me llamo Diego Jimenez. soy quejicólico y creo que el tema de este post es una auténtica tontería y que los comentarios son bastante flojillos. Mierda de Yorokobu…

  • ¡Hola, soy Orlando!! Antes era quejólico. Después de seguir el tratamiento Ludovico he conseguido sanarme. Ahora soy conformistólico y todo todo me parece bien, nada ha de cambiar porque todo es fenomenal y tiene que quedarse como está. He aprendido a no analizar las cosas y a aceptarlas como son, ¡Vivimos en el mejor de los mundos y estamos aquí para pasarlo genial!!!. Creo que me he curado y ya puedo vivir feliz en este mundo como uno más. ¡Hola sol! ¡Hola cielo!

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