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21 de agosto 2013    /   BUSINESS
por
 

Queremos pintar su casa

21 de agosto 2013    /   BUSINESS     por          
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–Señor, queremos pintar su casa porque se ve re fea.
–¿Y qué tiene?, contestó Alejandro Maggi cuando un grupo de jóvenes artistas tocó a su puerta.
–Creemos que si pintamos toda la calle podemos reactivar el barrio, se va a ver más lindo, le va a gustar, le contestaron.

Alejandro y otro vecinos dejaron que aquellos estudiantes de la Escuela Nacional de Bellas Artes se apropiaran de la calle Emilio Reus, donde vivía desde hace 10 años. Hasta 1992, este lugar de Montevideo, Uruguay, estaba completamente abandonado y deteriorado hasta que decidieron rescatarlo. Se pusieron de acuerdo con los propietarios de las casas, construidas por el español, Emilio Reus, y trajeron el arte a la calle.

A finales del siglo XIX, el financista catalán llegó a Montevideo con la idea de volverse rico. Entre sus decenas de proyectos, estuvo el de construir un barrio con 66 hectáreas, que se convertiría en el hogar de miles de obreros, zapateros y carpinteros – en su mayoría judíos– que vivían en pensiones de mala muerte o pseudo chabolas a las afueras de la ciudad.

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Aunque parecía una gran idea que pretendía atraer inversión y activar la zona, no se pudieron cumplir los pagos, se retrasaron las obras por las lluvias y hubo decenas de huelgas que afectaron la construcción el barrio que al final tuvo que rematarse. Solo unas cuantas calles: Emilio Reus, Colegiales y el Paisaje de la Fuente, conservaron el estilo innovador y romántico en sus casitas de dos pisos con techos de madera al estilo parisino.

Durante varias décadas, el barrio siguió decayendo hasta que los artistas intervinieron. Los habitantes de Reus aceptaron fácilmente el trato que les ofreció Jorge Errandónea, director de la Escuela de Bellas Artes, que imitó una experiencia similar que había reactivado el barrio Sur durante los años 60. Se compraron los materiales y entre todos se pusieron a pintar cada fachada de un tono distinto, arreglaron los balcones y pusieron adoquines.

Algunas de las viviendas, que en aquel momento estaban abandonadas, se recuperaron con la ayuda del gobierno. Los artistas empezaron a hacer actividades en la calle, invitaron a los habitantes a recuperar el espacio público, a renovarse a través del color. Aunque ahora, empieza a decaer nuevamente, los vecinos recuerdan con alegría aquel tiempo en el que llenaron los balcones de macetas como si fuera una fachada cordobesa. Algunas casas se conservan así, pero algunos habitantes insisten en que se necesita una nueva remodelación.

“Un barrio nunca está terminado. Habitar es construir, transformar el espacio, dejar huella. Habitar es convivir, sentir y valorar la presencia de los vecinos”, se lee en una de las paredes de la calle Emilio Reus, la más representativa que mezcla el arte callejero con una arquitectura modernista, diferente al resto de la ciudad. Los domingos, los músicos se reúnen aquí a ritmo de candombe. Los tambores resuenan por la delgada calle peatonal, que colorea un Montevideo que tira a gris.

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–Señor, queremos pintar su casa porque se ve re fea.
–¿Y qué tiene?, contestó Alejandro Maggi cuando un grupo de jóvenes artistas tocó a su puerta.
–Creemos que si pintamos toda la calle podemos reactivar el barrio, se va a ver más lindo, le va a gustar, le contestaron.

Alejandro y otro vecinos dejaron que aquellos estudiantes de la Escuela Nacional de Bellas Artes se apropiaran de la calle Emilio Reus, donde vivía desde hace 10 años. Hasta 1992, este lugar de Montevideo, Uruguay, estaba completamente abandonado y deteriorado hasta que decidieron rescatarlo. Se pusieron de acuerdo con los propietarios de las casas, construidas por el español, Emilio Reus, y trajeron el arte a la calle.

A finales del siglo XIX, el financista catalán llegó a Montevideo con la idea de volverse rico. Entre sus decenas de proyectos, estuvo el de construir un barrio con 66 hectáreas, que se convertiría en el hogar de miles de obreros, zapateros y carpinteros – en su mayoría judíos– que vivían en pensiones de mala muerte o pseudo chabolas a las afueras de la ciudad.

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Aunque parecía una gran idea que pretendía atraer inversión y activar la zona, no se pudieron cumplir los pagos, se retrasaron las obras por las lluvias y hubo decenas de huelgas que afectaron la construcción el barrio que al final tuvo que rematarse. Solo unas cuantas calles: Emilio Reus, Colegiales y el Paisaje de la Fuente, conservaron el estilo innovador y romántico en sus casitas de dos pisos con techos de madera al estilo parisino.

Durante varias décadas, el barrio siguió decayendo hasta que los artistas intervinieron. Los habitantes de Reus aceptaron fácilmente el trato que les ofreció Jorge Errandónea, director de la Escuela de Bellas Artes, que imitó una experiencia similar que había reactivado el barrio Sur durante los años 60. Se compraron los materiales y entre todos se pusieron a pintar cada fachada de un tono distinto, arreglaron los balcones y pusieron adoquines.

Algunas de las viviendas, que en aquel momento estaban abandonadas, se recuperaron con la ayuda del gobierno. Los artistas empezaron a hacer actividades en la calle, invitaron a los habitantes a recuperar el espacio público, a renovarse a través del color. Aunque ahora, empieza a decaer nuevamente, los vecinos recuerdan con alegría aquel tiempo en el que llenaron los balcones de macetas como si fuera una fachada cordobesa. Algunas casas se conservan así, pero algunos habitantes insisten en que se necesita una nueva remodelación.

“Un barrio nunca está terminado. Habitar es construir, transformar el espacio, dejar huella. Habitar es convivir, sentir y valorar la presencia de los vecinos”, se lee en una de las paredes de la calle Emilio Reus, la más representativa que mezcla el arte callejero con una arquitectura modernista, diferente al resto de la ciudad. Los domingos, los músicos se reúnen aquí a ritmo de candombe. Los tambores resuenan por la delgada calle peatonal, que colorea un Montevideo que tira a gris.

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