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1 de marzo 2012    /   CIENCIA
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¿De quién es el aire?

1 de marzo 2012    /   CIENCIA     por          
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El futuro no es invisible. Pero solo algunos lo pueden ver. Solo algunos lo pueden contar. El investigador del CSIC Antonio Lafuente lleva años estudiando la ciencia y lo que habita después del presente. Un día, en sus estudios, se encontró con los bienes comunes. Esos que pertenecen a todos los individuos y a nadie en particular. Esos que no pertenecen ni al estado ni a un terrateniente ni a una multinacional. El aire, por ejemplo. El genoma humano. El folclore. Las semillas. La naturaleza. La gastronomía. La artesanía. El conocimiento primitivo. Las ideas. La cultura. El habla.

“¿Quién inventó la rosa?”, pregunta el investigador. “¿Quién inventó el arroz basmati?”. Esos bienes son comunes. Pertenecen a la humanidad. Pertenecen a las comunidades. Son el procomún. “Lo que es de todos y lo que es de nadie al mismo tiempo”, dice Antonio Lafuente. “Son bienes que no se agotan aunque sí se pueden agraviar. El daño se produce cuando aparecen barreras a su uso o alguien los degrada”.

Un río pertenece al procomún. Pero un día llega una empresa y vierte sustancias tóxicas en sus aguas. “Eso convierte un bien de todos en algo sin calidad”, explica el granadino. “Todos los días surgen cientos de bienes comunes que tenemos que preservar”.

Los bienes comunes no hacen ruido. En esencia se gestionan por sí mismos. El sol está ahí para dar calor a todos. La lengua está ahí para que todo el mundo hable. Pero cuando se hacen más patentes es cuando resultan amenazados. “El día que lo pierdes es el día que vas a saber que lo tenías”, comenta Lafuenta. “El aire siempre ha estado ahí pero hemos empezado a plantearnos su existencia cuando han surgido los problemas. Todos los días hay miles de aviones en el cielo y millones de fábricas echando humo. Esto genera problemas respiratorios a muchas personas y esas comunidades se organizan para empezar a reclamar la preservación de ese bien común”.

El pensador Iván Illich intentó llamar la atención sobre las amenazas que sufren los bienes comunes en un artículo escrito en los años 80, llamado El silencio es un bien comunal. Relataba el austriaco que en la aldea de la costa dálmata a la que llegó en un barco, recién nacido, nunca habían visto un altavoz. Muy pocos habitantes habían escuchado el sonido amplificado que salía de su interior. Pero el mismo barco que llevó Illich a aquel lugar viajaba un megáfono.

“Hasta aquel día, hombres y mujeres hablaban con voces más o menos igualmente potentes. Todo eso cambiaría. El acceso al micrófono determinaría qué voces se amplificarían. El silencio dejó de ser un bien común. Se tornó un recurso por el que habrían de competir los altavoces. El lenguaje en sí pasó de ser un bien común local a un recurso nacional para la comunicación”, dice el ensayo. “La usurpación provocada por los altavoces destruye ese silencio que durante toda la historia le otorgara a cada hombre y mujer su propia voz. A menos que tengamos acceso a un altavoz, estamos silenciados”.

El procomún no tiene amo ni señor. Un estado y una empresa no son más jefes de la biodiversidad que una niña del desierto. “Hace unos años, unos científicos estadounidenses plantearon cambiar el eje del giro de la Tierra para controlar el cambio climático. Pero ante esta propuesta surge una pregunta. ¿El eje sobre el que gira el planeta es de unos estadounidenses o es de la población mundial? ¿Qué consecuencias podría acarrear a todo el ecosistema?”, cuestiona el investigador. “Las consecuencias de estos proyectos de geoingeniería son imprevisibles”.

El desarrollo de la tecnología ha planteado un nuevo escenario a los bienes comunes. “Las nuevas tecnologías hacen accesibles cosas que son de todos y de nadie. Por ejemplo, la biodiversidad. Los esquimales que vivían en los polos se han tenido que trasladar a otros lugares por el deshielo. El calentamiento global no lo han provocado ellos. Culpan a los países que más gases de efecto invernadero están emitiendo y, por eso, han llevado a juicio a EEUU”, explica Lafuente.

La tecnología está haciendo también que “bienes comunes como los fondos marinos se estén convirtiendo en algo privado con lo que muchas empresas están haciendo negocio”. Perdemos suelo. Y perdemos cielo. “Muchas personas reclaman los cielos perdidos. Antes se podía ver el firmamento lleno de estrellas. Ahora la luz de las ciudades esconde la galaxia. Las ciudades iluminan hacia el cielo y no hacia el suelo”.

Los bienes comunes nacieron con la propia historia de la humanidad. “Siempre ha habido comunidades y minorías que han defendido sus legítimos derechos”, dice el autor de El carnaval de la tecnociencia. Pero la idea del procomún sufrió un serio revés con la aparición de un ensayo en la revista Science en 1968. El título era La tragedia de los comunes (The tragedy of the Commons) y su autor, Garrett Hardin. El biólogo estadounidense describió un escenario imaginario de un pastizal. Lo dibujó como un espacio compartido por un determinado número de personas. Cada pastor tenía un número limitado de animales. Un día, los granjeros vieron que había más pasto del que los animales necesitaban. Cada pastor decidió, por su cuenta, llevar algún animal más. El alimento del ganado empezó a escasear. Habían sobreexplotado esa tierra y los animales murieron.

Hardin creó el mito de que los individuos no saben gestionar los bienes comunes y que solo los estados o los organismos privados pueden hacerlo. “El pensamiento neoliberal ha tomado el ensayo de Hardin para justificar su idea de que los bienes comunes no funcionan por sí solos y que para que un proyecto salga adelante es necesario privatizarlo”, comenta Lafuente.

Esta idea fue ganando terreno durante las últimas décadas del siglo XX. Pero en 2009 fue seriamente cuestionada. La Premio Nobel de Economía de ese año, Elinor Ostrom, llevaba años estudiando modelos de gestión de recursos comunes en todo el planeta. Lo contaba en su obra El gobierno de los bienes comunes. La economista californiana analizó los casos de éxito y fracaso de la administración de recursos de uso común y descubrió que el compromiso de todos y la capacidad de supervisión son fundamentales para el éxito de la gestión colectiva.

“Para que una comunidad funcione”, asevera Lafuente, “tienen que darse dos condiciones. No se puede confundir el bien común con el libre acceso y hay que conceder un reconocimiento a los que más trabajan por ellos. La propia gestión de estos recursos tiene que evitar que aparezcan personas que se aprovechen del trabajo de los demás”.

El procomún empieza a recuperar su prestigio. Y lo hace sobre tierra fértil. El viejo mundo se cae a trozos. La desconfianza en el sistema y la desesperanza frente a los modelos políticos y económicos campan por las calles de miles de ciudades del planeta. Las corporaciones han mostrado sus limitaciones. Los estados también. “Antes decíamos: ‘Hagamos que el sistema funcione’. Ahora sabemos que una parte de los problemas que tenemos no los puede resolver. ¿Qué hace, por ejemplo, un estado-nación gestionando el aire de la Tierra?”.

Muchos individuos no piden al estado o a una compañía que solucione sus problemas. Lo hacen ellos. Se organizan y luchan por sus intereses. “El caso del sida ha sido una escuela de colaboración global. Nos ha demostrado que otro mundo es posible”, enfatiza Lafuente.

“Al principio, esta enfermedad era una sentencia de muerte. En un primer momento esperaban a que la OMS aprobara los tratamientos que se les podía administrar. Pero los procesos eran lentos y empezaron a pensar: ‘Si me estoy muriendo, ¿por qué tengo que esperar?’. Comenzaron a cuestionarse si las organizaciones protegían realmente los intereses de los enfermos o protegían sus propios intereses y los de la industria farmacéutica. Los afectados se organizaron, intercambiaron sus experiencias, exigieron precios asequibles para sus medicinas… y en muy poco tiempo consiguieron avances muy importantes”, relata el investigador.

La colaboración y la organización de los individuos ha cobrado un impulso “casi milagroso”, según Lafuente, “con las nuevas tecnologías”. “Han conseguido reunir a cientos de personas a coste cero. Hoy miles de individuos pueden comunicarse por chat, foros u otros medios y transformar su conocimiento experiencial en conocimiento contrastado. Antes era necesario más tiempo para llegar a una conclusión. Ahora se consigue a la velocidad de la luz. Y esto ha originado nuevas formas de organización entre las personas”.

Los individuos empiezan a tomar consciencia de su poder. El día que descubren que no necesitan líderes, ni profetas, ni a papá-estado para resolver sus asuntos se produce, en palabras de Lafuente, ‘el proceso de rebelión de legos’. “En vez de lloriquear y tirar piedras a la policía, se levantan y hacen cosas. Se produce el fenómeno que denomino autoridad expandida. La ciencia y la tecnología han empoderado a las personas y las han convertido en tecnociudadanos”.

Lo ha demostrado el 15-M, la primavera árabe, Occupy Wall Street y muchos otros movimientos. “La gente está luchando por otras formas de presencia en el espacio público”, dice el estudioso de la ciencia y la tecnología. Y esto desembocará en una sociedad formada por la suma de tres espacios. “Lo nuevo es pensar el mundo en tres sectores: el público, el privado y el procomún. El sistema público tiene que encargarse de la regulación y la redistribución. El sector procomún está formado por todos los individuos y a ellos deberían pertenecer las leyes. El procomún se autorregula por la colaboración de las personas. A ellos pertenece el lenguaje, las iniciativas sociales, la riqueza oculta de las naciones, el voluntariado, el conocimiento tácito que tienen todas las comunidades y que aflora en los desastres naturales”.

“El estado es eficiente cuando todo está en orden”, continúa Lafuente. “Cuando se produce un desastre como el huracán Katrina o el accidente de la central nuclear de Fukushima el estado colapsa. Entonces aflora el conocimiento humano, aflora el procomún. La gente se organiza sola. Ese es uno de los valores más importantes que tenemos en el mundo: el capital relacional. Aunque nuestros modelos econométricos no lo miden y lo hacen invisible. Solo dan importancia a los mercados monetarios y financieros”.

Los sectores privado y público han mostrado sus limitaciones. “El sistema público está cada vez más acorralado por las organizaciones empresariales. Es cada vez más prisionero de sus pánicos”, asegura Lafuente. Aun así, los tres sectores son necesarios. Cada uno tiene su función y están obligados a convivir. “La relación será tensa. Unas veces dos sectores serán aliados y otras veces estarán enfrentados”.

El procomún está surgiendo desde las entrañas del planeta. “Es puro empoderamiento. No surge por buenismo (acciones y políticas de ayuda a los desfavorecidos). Es una cuestión de saber gestionarse”, indica el investigador. “En cada lugar el procomún tendrá que encontrar su propio estilo. Ese patrón organizativo tendrá que ser abierto y horizontal. No necesita jefes, pero necesita organización. Las comunidades tienen la palabra. Son las que tienen que dar respuestas. Tienen que expresarse por sí mismas, empoderarse por sí mismas”.

Ilustración: Luis B

Este artículo fue publicado en el número de marzo de Yorokobu

 

El futuro no es invisible. Pero solo algunos lo pueden ver. Solo algunos lo pueden contar. El investigador del CSIC Antonio Lafuente lleva años estudiando la ciencia y lo que habita después del presente. Un día, en sus estudios, se encontró con los bienes comunes. Esos que pertenecen a todos los individuos y a nadie en particular. Esos que no pertenecen ni al estado ni a un terrateniente ni a una multinacional. El aire, por ejemplo. El genoma humano. El folclore. Las semillas. La naturaleza. La gastronomía. La artesanía. El conocimiento primitivo. Las ideas. La cultura. El habla.

“¿Quién inventó la rosa?”, pregunta el investigador. “¿Quién inventó el arroz basmati?”. Esos bienes son comunes. Pertenecen a la humanidad. Pertenecen a las comunidades. Son el procomún. “Lo que es de todos y lo que es de nadie al mismo tiempo”, dice Antonio Lafuente. “Son bienes que no se agotan aunque sí se pueden agraviar. El daño se produce cuando aparecen barreras a su uso o alguien los degrada”.

Un río pertenece al procomún. Pero un día llega una empresa y vierte sustancias tóxicas en sus aguas. “Eso convierte un bien de todos en algo sin calidad”, explica el granadino. “Todos los días surgen cientos de bienes comunes que tenemos que preservar”.

Los bienes comunes no hacen ruido. En esencia se gestionan por sí mismos. El sol está ahí para dar calor a todos. La lengua está ahí para que todo el mundo hable. Pero cuando se hacen más patentes es cuando resultan amenazados. “El día que lo pierdes es el día que vas a saber que lo tenías”, comenta Lafuenta. “El aire siempre ha estado ahí pero hemos empezado a plantearnos su existencia cuando han surgido los problemas. Todos los días hay miles de aviones en el cielo y millones de fábricas echando humo. Esto genera problemas respiratorios a muchas personas y esas comunidades se organizan para empezar a reclamar la preservación de ese bien común”.

El pensador Iván Illich intentó llamar la atención sobre las amenazas que sufren los bienes comunes en un artículo escrito en los años 80, llamado El silencio es un bien comunal. Relataba el austriaco que en la aldea de la costa dálmata a la que llegó en un barco, recién nacido, nunca habían visto un altavoz. Muy pocos habitantes habían escuchado el sonido amplificado que salía de su interior. Pero el mismo barco que llevó Illich a aquel lugar viajaba un megáfono.

“Hasta aquel día, hombres y mujeres hablaban con voces más o menos igualmente potentes. Todo eso cambiaría. El acceso al micrófono determinaría qué voces se amplificarían. El silencio dejó de ser un bien común. Se tornó un recurso por el que habrían de competir los altavoces. El lenguaje en sí pasó de ser un bien común local a un recurso nacional para la comunicación”, dice el ensayo. “La usurpación provocada por los altavoces destruye ese silencio que durante toda la historia le otorgara a cada hombre y mujer su propia voz. A menos que tengamos acceso a un altavoz, estamos silenciados”.

El procomún no tiene amo ni señor. Un estado y una empresa no son más jefes de la biodiversidad que una niña del desierto. “Hace unos años, unos científicos estadounidenses plantearon cambiar el eje del giro de la Tierra para controlar el cambio climático. Pero ante esta propuesta surge una pregunta. ¿El eje sobre el que gira el planeta es de unos estadounidenses o es de la población mundial? ¿Qué consecuencias podría acarrear a todo el ecosistema?”, cuestiona el investigador. “Las consecuencias de estos proyectos de geoingeniería son imprevisibles”.

El desarrollo de la tecnología ha planteado un nuevo escenario a los bienes comunes. “Las nuevas tecnologías hacen accesibles cosas que son de todos y de nadie. Por ejemplo, la biodiversidad. Los esquimales que vivían en los polos se han tenido que trasladar a otros lugares por el deshielo. El calentamiento global no lo han provocado ellos. Culpan a los países que más gases de efecto invernadero están emitiendo y, por eso, han llevado a juicio a EEUU”, explica Lafuente.

La tecnología está haciendo también que “bienes comunes como los fondos marinos se estén convirtiendo en algo privado con lo que muchas empresas están haciendo negocio”. Perdemos suelo. Y perdemos cielo. “Muchas personas reclaman los cielos perdidos. Antes se podía ver el firmamento lleno de estrellas. Ahora la luz de las ciudades esconde la galaxia. Las ciudades iluminan hacia el cielo y no hacia el suelo”.

Los bienes comunes nacieron con la propia historia de la humanidad. “Siempre ha habido comunidades y minorías que han defendido sus legítimos derechos”, dice el autor de El carnaval de la tecnociencia. Pero la idea del procomún sufrió un serio revés con la aparición de un ensayo en la revista Science en 1968. El título era La tragedia de los comunes (The tragedy of the Commons) y su autor, Garrett Hardin. El biólogo estadounidense describió un escenario imaginario de un pastizal. Lo dibujó como un espacio compartido por un determinado número de personas. Cada pastor tenía un número limitado de animales. Un día, los granjeros vieron que había más pasto del que los animales necesitaban. Cada pastor decidió, por su cuenta, llevar algún animal más. El alimento del ganado empezó a escasear. Habían sobreexplotado esa tierra y los animales murieron.

Hardin creó el mito de que los individuos no saben gestionar los bienes comunes y que solo los estados o los organismos privados pueden hacerlo. “El pensamiento neoliberal ha tomado el ensayo de Hardin para justificar su idea de que los bienes comunes no funcionan por sí solos y que para que un proyecto salga adelante es necesario privatizarlo”, comenta Lafuente.

Esta idea fue ganando terreno durante las últimas décadas del siglo XX. Pero en 2009 fue seriamente cuestionada. La Premio Nobel de Economía de ese año, Elinor Ostrom, llevaba años estudiando modelos de gestión de recursos comunes en todo el planeta. Lo contaba en su obra El gobierno de los bienes comunes. La economista californiana analizó los casos de éxito y fracaso de la administración de recursos de uso común y descubrió que el compromiso de todos y la capacidad de supervisión son fundamentales para el éxito de la gestión colectiva.

“Para que una comunidad funcione”, asevera Lafuente, “tienen que darse dos condiciones. No se puede confundir el bien común con el libre acceso y hay que conceder un reconocimiento a los que más trabajan por ellos. La propia gestión de estos recursos tiene que evitar que aparezcan personas que se aprovechen del trabajo de los demás”.

El procomún empieza a recuperar su prestigio. Y lo hace sobre tierra fértil. El viejo mundo se cae a trozos. La desconfianza en el sistema y la desesperanza frente a los modelos políticos y económicos campan por las calles de miles de ciudades del planeta. Las corporaciones han mostrado sus limitaciones. Los estados también. “Antes decíamos: ‘Hagamos que el sistema funcione’. Ahora sabemos que una parte de los problemas que tenemos no los puede resolver. ¿Qué hace, por ejemplo, un estado-nación gestionando el aire de la Tierra?”.

Muchos individuos no piden al estado o a una compañía que solucione sus problemas. Lo hacen ellos. Se organizan y luchan por sus intereses. “El caso del sida ha sido una escuela de colaboración global. Nos ha demostrado que otro mundo es posible”, enfatiza Lafuente.

“Al principio, esta enfermedad era una sentencia de muerte. En un primer momento esperaban a que la OMS aprobara los tratamientos que se les podía administrar. Pero los procesos eran lentos y empezaron a pensar: ‘Si me estoy muriendo, ¿por qué tengo que esperar?’. Comenzaron a cuestionarse si las organizaciones protegían realmente los intereses de los enfermos o protegían sus propios intereses y los de la industria farmacéutica. Los afectados se organizaron, intercambiaron sus experiencias, exigieron precios asequibles para sus medicinas… y en muy poco tiempo consiguieron avances muy importantes”, relata el investigador.

La colaboración y la organización de los individuos ha cobrado un impulso “casi milagroso”, según Lafuente, “con las nuevas tecnologías”. “Han conseguido reunir a cientos de personas a coste cero. Hoy miles de individuos pueden comunicarse por chat, foros u otros medios y transformar su conocimiento experiencial en conocimiento contrastado. Antes era necesario más tiempo para llegar a una conclusión. Ahora se consigue a la velocidad de la luz. Y esto ha originado nuevas formas de organización entre las personas”.

Los individuos empiezan a tomar consciencia de su poder. El día que descubren que no necesitan líderes, ni profetas, ni a papá-estado para resolver sus asuntos se produce, en palabras de Lafuente, ‘el proceso de rebelión de legos’. “En vez de lloriquear y tirar piedras a la policía, se levantan y hacen cosas. Se produce el fenómeno que denomino autoridad expandida. La ciencia y la tecnología han empoderado a las personas y las han convertido en tecnociudadanos”.

Lo ha demostrado el 15-M, la primavera árabe, Occupy Wall Street y muchos otros movimientos. “La gente está luchando por otras formas de presencia en el espacio público”, dice el estudioso de la ciencia y la tecnología. Y esto desembocará en una sociedad formada por la suma de tres espacios. “Lo nuevo es pensar el mundo en tres sectores: el público, el privado y el procomún. El sistema público tiene que encargarse de la regulación y la redistribución. El sector procomún está formado por todos los individuos y a ellos deberían pertenecer las leyes. El procomún se autorregula por la colaboración de las personas. A ellos pertenece el lenguaje, las iniciativas sociales, la riqueza oculta de las naciones, el voluntariado, el conocimiento tácito que tienen todas las comunidades y que aflora en los desastres naturales”.

“El estado es eficiente cuando todo está en orden”, continúa Lafuente. “Cuando se produce un desastre como el huracán Katrina o el accidente de la central nuclear de Fukushima el estado colapsa. Entonces aflora el conocimiento humano, aflora el procomún. La gente se organiza sola. Ese es uno de los valores más importantes que tenemos en el mundo: el capital relacional. Aunque nuestros modelos econométricos no lo miden y lo hacen invisible. Solo dan importancia a los mercados monetarios y financieros”.

Los sectores privado y público han mostrado sus limitaciones. “El sistema público está cada vez más acorralado por las organizaciones empresariales. Es cada vez más prisionero de sus pánicos”, asegura Lafuente. Aun así, los tres sectores son necesarios. Cada uno tiene su función y están obligados a convivir. “La relación será tensa. Unas veces dos sectores serán aliados y otras veces estarán enfrentados”.

El procomún está surgiendo desde las entrañas del planeta. “Es puro empoderamiento. No surge por buenismo (acciones y políticas de ayuda a los desfavorecidos). Es una cuestión de saber gestionarse”, indica el investigador. “En cada lugar el procomún tendrá que encontrar su propio estilo. Ese patrón organizativo tendrá que ser abierto y horizontal. No necesita jefes, pero necesita organización. Las comunidades tienen la palabra. Son las que tienen que dar respuestas. Tienen que expresarse por sí mismas, empoderarse por sí mismas”.

Ilustración: Luis B

Este artículo fue publicado en el número de marzo de Yorokobu

 

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Opiniones 8
  • muy buen artículo !

    los «nuevos comunes» tienen además la capacidad de competir en el mercado con éxito, generar nuevos estándares y cambiar industrias; pensad en wikipedia o en linux, o en cómo crece el hardware abierto

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