21 de diciembre 2016    /   IDEAS
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La ‘pareja’: esa quimera que puede ser tan escurridiza

21 de diciembre 2016    /   IDEAS     por          
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Es la quimera una criatura mitológica que mezcla de manera más o menos afortunada varios animales sin un criterio claro y en contra de las leyes más elementales de la genética. Pero tiene una segunda acepción que sugiere el retrato de algo imposible, perseguido de manera fútil, como una curva en matemáticas se acerca a una asíntota sin lograr tocarla jamás.

Los etruscos ya la representaban en el siglo IV a.C., y en no pocas ocasiones la quimera aparece como un león de cuyo lomo emerge la cabeza de una cabra desconcertada preguntándose qué hace allí, y la cola del león es una gran serpiente cuya cabeza también se pregunta si debe comerse o no a la cabra, y si en ese caso podrían acusarla de canibalismo, pues ambos forman parte del mismo animal. No sería grave, pues entre los reptiles esta práctica puede suceder con relativa frecuencia.

Chaplin ya ofreció en 1925 La quimera del oro, que en realidad se titulaba The Gold Rush, pero podríamos decir que hay quimeras visuales, como los cuadros de Escher y las hay musicales, como las óperas de Wagner; gustativas como los platos deconstruidos de Ferrán Adriá, olfativas como el perfume que persigue Jean Baptiste Grenouille en la novela de Patrik Suskind; o fugaces como una idea que no logramos atrapar al filo de la duermevela.

La auténtica Quimera, la hija de Tifón y Equidna, murió bajo la lluvia de flechas que le disparó Belerefonte montado en el caballo alado Pegasus. Nuestras quimeras personales son más modestas y tienen finales menos épicos, pero las flechas pueden acabar con ellas con igual eficacia, aunque el arquero ejecutor sea nuestra propia incapacidad para ser felices. Así, las quimeras de nuestros propósitos se van diluyendo como un azucarillo en el café a medida que el peso de los años enfría el ardor de la voluntad.

Frecuente es perseguir nuestra sombra sin advertir que debería ser al revés hasta que ya casi es demasiado tarde. Casi. Porque con la necesaria determinación podemos transformar una quimera en una mascota deliciosa, que responda a nuestras caricias y que nos haga compañía en los años oscuros en los que ya nada queda por perseguir. En ese tiempo en que la presa y el cazador se encuentran por fin y en vez de terminar con un disparo su relación inician una amistad que les llevará de la mano a la Siguiente Pantalla.

Ello nos provoca no pocos requiebros en la biografía, pues en discernir qué es importante y qué no lo es deberíamos invertir la mejor parte de nuestra inteligencia, en vez de perseguir a esa sombra que siempre parece burlarnos y que en realidad nos es totalmente fiel.

De todas las quimeras posibles, la más escurridiza es eso que conocemos como pareja, porque lo es en las dos acepciones con las que comenzaba este texto. Por una parte es un animal de cuatro piernas y cuatro brazos, con dos cabezas y, a veces, un solo corazón.

Pero sólo a veces, de ahí la segunda acepción.

Es la quimera una criatura mitológica que mezcla de manera más o menos afortunada varios animales sin un criterio claro y en contra de las leyes más elementales de la genética. Pero tiene una segunda acepción que sugiere el retrato de algo imposible, perseguido de manera fútil, como una curva en matemáticas se acerca a una asíntota sin lograr tocarla jamás.

Los etruscos ya la representaban en el siglo IV a.C., y en no pocas ocasiones la quimera aparece como un león de cuyo lomo emerge la cabeza de una cabra desconcertada preguntándose qué hace allí, y la cola del león es una gran serpiente cuya cabeza también se pregunta si debe comerse o no a la cabra, y si en ese caso podrían acusarla de canibalismo, pues ambos forman parte del mismo animal. No sería grave, pues entre los reptiles esta práctica puede suceder con relativa frecuencia.

Chaplin ya ofreció en 1925 La quimera del oro, que en realidad se titulaba The Gold Rush, pero podríamos decir que hay quimeras visuales, como los cuadros de Escher y las hay musicales, como las óperas de Wagner; gustativas como los platos deconstruidos de Ferrán Adriá, olfativas como el perfume que persigue Jean Baptiste Grenouille en la novela de Patrik Suskind; o fugaces como una idea que no logramos atrapar al filo de la duermevela.

La auténtica Quimera, la hija de Tifón y Equidna, murió bajo la lluvia de flechas que le disparó Belerefonte montado en el caballo alado Pegasus. Nuestras quimeras personales son más modestas y tienen finales menos épicos, pero las flechas pueden acabar con ellas con igual eficacia, aunque el arquero ejecutor sea nuestra propia incapacidad para ser felices. Así, las quimeras de nuestros propósitos se van diluyendo como un azucarillo en el café a medida que el peso de los años enfría el ardor de la voluntad.

Frecuente es perseguir nuestra sombra sin advertir que debería ser al revés hasta que ya casi es demasiado tarde. Casi. Porque con la necesaria determinación podemos transformar una quimera en una mascota deliciosa, que responda a nuestras caricias y que nos haga compañía en los años oscuros en los que ya nada queda por perseguir. En ese tiempo en que la presa y el cazador se encuentran por fin y en vez de terminar con un disparo su relación inician una amistad que les llevará de la mano a la Siguiente Pantalla.

Ello nos provoca no pocos requiebros en la biografía, pues en discernir qué es importante y qué no lo es deberíamos invertir la mejor parte de nuestra inteligencia, en vez de perseguir a esa sombra que siempre parece burlarnos y que en realidad nos es totalmente fiel.

De todas las quimeras posibles, la más escurridiza es eso que conocemos como pareja, porque lo es en las dos acepciones con las que comenzaba este texto. Por una parte es un animal de cuatro piernas y cuatro brazos, con dos cabezas y, a veces, un solo corazón.

Pero sólo a veces, de ahí la segunda acepción.

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Opiniones 1
  • Me gustó la introducción y el desarrollo pero creo que en el cierre esperaba que se ahondara más en justamente por qué ha de ser la ansiada «pareja» una quimera. Aún así, buen post.

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