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4 de julio 2017    /   CINE/TV
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Radio (Gaga) para revitalizar la televisión

4 de julio 2017    /   CINE/TV     por          
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La televisión puede usarse para muchas cosas, pero raramente se utiliza para amplificar la voz de aquellos a los que la sociedad situó en sus márgenes. Por tanto, que aparezca un programa concebido con ese objetivo merece el aplauso antes incluso de su visionado. Pero si encima el resultado es entretenido, el formato es oro. Y justamente eso es lo que ocurre con Radio Gaga (Movistar+).

Extraer lo mejor de la radio e inyectárselo a la televisión. Y hacerlo bien. Podría parecer que la idea les llovió del cielo, pero proviene de un programa homónimo que se emite en Bélgica. Y los belgas, a su vez, se inspiraron para el título en una canción de Queen, cuya letra resume la esencia de lo que luego plasmaron en pantalla.

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Dos tipos se desplazan a un lugar repleto de historias que esperan ser contadas. Para los primeros programas de la versión española, por ejemplo, se eligieron un par de centros. Uno de salud mental y otro de acogida de inmigrantes. Allí se detiene la vetusta Volkswagen Caravelle y no se moverá en 48 horas. Luego levantan una antena de radio con un alcance de 300 metros y montan una caravana que hace de pequeño estudio radiofónico.

Por allí desfilan todos los que tengan ganas de contar su vida. Tan simple como eso. Delante tienen a los presentadores, pero se hace un reparto de transistores para que su historia llegue a aquellos con los que conviven diariamente. Los protagonistas se abren por completo, se entregan. Cuando terminan, piden una canción. Y se la dedican a quien les da la gana.

Los presentadores son Manuel Burque (guionista, cómico, actor) y Quique Peinado (periodista y escritor lanzado a la fama por la sobremesa televisiva). Dos tipos principalmente enfocados al humor, pero que se enfrentan a testimonios que harían retorcerse en la silla al entrevistador más experimentado. Y superan la prueba. No es extraño verlos conteniendo las lágrimas cuando los relatos más peliagudos se apoderan de la caravana.

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En Carmina o revienta, la película de Paco León, un personaje suelta que «la vida es tan bonita que parece de verdad». Mucha vida hay en los relatos de este programa, que sin duda encierra belleza, a ratos trágica y a ratos esperanzadora. Y también hay mucha honestidad. Brutal, como aquel disco de Calamaro. Si Radio Gaga tuviera que definirse con un único adjetivo, no puede ser otro que emocionante.

El primer episodio fue sobrecogedor. Los presentadores hablan de tú a tú al que se acerca y hasta intentan rebajar el tono de la narración. Siempre con respeto y verdadera atención a lo que escuchan. Cuando preguntan no buscan escarbar en la herida, sino que transmiten un genuino deseo de saber más.

Gracias a la permanente huída del morbo se consiguen declaraciones sorprendentes. Algunas, demasiado duras para descontextualizarlas aquí. Los habitantes del centro de salud mental desvelan sus sueños y sus infancias. Explican las enfermedades que padecen de la forma más pedagógica posible: primero, el nombre técnico, y después, con sus propias palabras.

También puede verse en el debut la conmovedora charla con una mujer que, como cantaba el Lichis, no se sabe si sonríe o aprieta los dientes. Tras el accidente de su marido, ex policía local, se dedica a cuidarlo sin que él recuerde quién es ella. Y a sus dos hijos, claro. Cuando Peinado le pregunta qué hace en el poco tiempo que le queda para ella después de acostarlos, responde que aprovecha para planchar.

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Acercarle el micro a la gente origina sorpresas. Es el caso de una mujer con trastorno esquizoadaptativo, otra usuaria de la residencia de salud mental. Cuando le piden un chiste, para sorpresa de los presentadores, cuenta uno de locos. Y vuela los límites del humor que los propensos a la ofensa se empeñan en invocar durante su abundante tiempo libre.

En el segundo programa hay una coincidencia con el primero. Los inmigrantes también utilizan su momento para agradecer la labor de los trabajadores del centro. Es un instante hermoso, y así lo reflejan las caras de sus cuidadores. Otro aspecto llamativo es que, cuando uno de los protagonistas concluye su testimonio, lo primero que hace es abrazarse a un compañero. Y sonreír.

En el centro de acogida temporal, ubicado en un espectacular castillo, se cruzan las historias y los países. Un marroquí cuenta cómo se drogó para soportar ir enganchado al camión, un maliense que acaba de conseguir sus papeles apenas puede hablar por la alegría, y una gambiana se sorprende de la fuerza de las mujeres occidentales. Sus tres hijas, además, ejemplifican la integración de la generación que nació y creció en España.

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Los inmigrantes comparten comida y palmas alrededor del fuego con los presentadores. También un partido de fútbol. El marroquí lleva una vieja camiseta de España, de cuando José Antonio Reyes iba a la selección. Y una mujer, en lugar de pedir una canción, la canta. Redemption song, de Bob Marley. Su potente letra resuena por el castillo para poner el broche de oro al programa.

Hasta ahora, únicamente se han emitido dos capítulos. A la pareja Peinado-Burque aún le quedan cuatro paradas. Un centro de rehabilitación en Barcelona, un pueblo turolense en el que apenas resisten 50 habitantes, una residencia de Oviedo donde comparten su días jóvenes y ancianos, y el sevillano barrio de las Tres mil viviendas.

El reto es grande. Si mantiene el nivel, se consagrará como el mayor revulsivo de la parrilla televisiva. El espectador sabe perfectamente que un programa tiene detrás documentación, producción, montaje y demás trucos del medio. Pero, a veces, alguien logra que se olvide. Radio Gaga es una de esas excepciones. Porque, muy de vez en cuando, la tele es tan bonita que parece de verdad.

La televisión puede usarse para muchas cosas, pero raramente se utiliza para amplificar la voz de aquellos a los que la sociedad situó en sus márgenes. Por tanto, que aparezca un programa concebido con ese objetivo merece el aplauso antes incluso de su visionado. Pero si encima el resultado es entretenido, el formato es oro. Y justamente eso es lo que ocurre con Radio Gaga (Movistar+).

Extraer lo mejor de la radio e inyectárselo a la televisión. Y hacerlo bien. Podría parecer que la idea les llovió del cielo, pero proviene de un programa homónimo que se emite en Bélgica. Y los belgas, a su vez, se inspiraron para el título en una canción de Queen, cuya letra resume la esencia de lo que luego plasmaron en pantalla.

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Dos tipos se desplazan a un lugar repleto de historias que esperan ser contadas. Para los primeros programas de la versión española, por ejemplo, se eligieron un par de centros. Uno de salud mental y otro de acogida de inmigrantes. Allí se detiene la vetusta Volkswagen Caravelle y no se moverá en 48 horas. Luego levantan una antena de radio con un alcance de 300 metros y montan una caravana que hace de pequeño estudio radiofónico.

Por allí desfilan todos los que tengan ganas de contar su vida. Tan simple como eso. Delante tienen a los presentadores, pero se hace un reparto de transistores para que su historia llegue a aquellos con los que conviven diariamente. Los protagonistas se abren por completo, se entregan. Cuando terminan, piden una canción. Y se la dedican a quien les da la gana.

Los presentadores son Manuel Burque (guionista, cómico, actor) y Quique Peinado (periodista y escritor lanzado a la fama por la sobremesa televisiva). Dos tipos principalmente enfocados al humor, pero que se enfrentan a testimonios que harían retorcerse en la silla al entrevistador más experimentado. Y superan la prueba. No es extraño verlos conteniendo las lágrimas cuando los relatos más peliagudos se apoderan de la caravana.

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En Carmina o revienta, la película de Paco León, un personaje suelta que «la vida es tan bonita que parece de verdad». Mucha vida hay en los relatos de este programa, que sin duda encierra belleza, a ratos trágica y a ratos esperanzadora. Y también hay mucha honestidad. Brutal, como aquel disco de Calamaro. Si Radio Gaga tuviera que definirse con un único adjetivo, no puede ser otro que emocionante.

El primer episodio fue sobrecogedor. Los presentadores hablan de tú a tú al que se acerca y hasta intentan rebajar el tono de la narración. Siempre con respeto y verdadera atención a lo que escuchan. Cuando preguntan no buscan escarbar en la herida, sino que transmiten un genuino deseo de saber más.

Gracias a la permanente huída del morbo se consiguen declaraciones sorprendentes. Algunas, demasiado duras para descontextualizarlas aquí. Los habitantes del centro de salud mental desvelan sus sueños y sus infancias. Explican las enfermedades que padecen de la forma más pedagógica posible: primero, el nombre técnico, y después, con sus propias palabras.

También puede verse en el debut la conmovedora charla con una mujer que, como cantaba el Lichis, no se sabe si sonríe o aprieta los dientes. Tras el accidente de su marido, ex policía local, se dedica a cuidarlo sin que él recuerde quién es ella. Y a sus dos hijos, claro. Cuando Peinado le pregunta qué hace en el poco tiempo que le queda para ella después de acostarlos, responde que aprovecha para planchar.

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Acercarle el micro a la gente origina sorpresas. Es el caso de una mujer con trastorno esquizoadaptativo, otra usuaria de la residencia de salud mental. Cuando le piden un chiste, para sorpresa de los presentadores, cuenta uno de locos. Y vuela los límites del humor que los propensos a la ofensa se empeñan en invocar durante su abundante tiempo libre.

En el segundo programa hay una coincidencia con el primero. Los inmigrantes también utilizan su momento para agradecer la labor de los trabajadores del centro. Es un instante hermoso, y así lo reflejan las caras de sus cuidadores. Otro aspecto llamativo es que, cuando uno de los protagonistas concluye su testimonio, lo primero que hace es abrazarse a un compañero. Y sonreír.

En el centro de acogida temporal, ubicado en un espectacular castillo, se cruzan las historias y los países. Un marroquí cuenta cómo se drogó para soportar ir enganchado al camión, un maliense que acaba de conseguir sus papeles apenas puede hablar por la alegría, y una gambiana se sorprende de la fuerza de las mujeres occidentales. Sus tres hijas, además, ejemplifican la integración de la generación que nació y creció en España.

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Los inmigrantes comparten comida y palmas alrededor del fuego con los presentadores. También un partido de fútbol. El marroquí lleva una vieja camiseta de España, de cuando José Antonio Reyes iba a la selección. Y una mujer, en lugar de pedir una canción, la canta. Redemption song, de Bob Marley. Su potente letra resuena por el castillo para poner el broche de oro al programa.

Hasta ahora, únicamente se han emitido dos capítulos. A la pareja Peinado-Burque aún le quedan cuatro paradas. Un centro de rehabilitación en Barcelona, un pueblo turolense en el que apenas resisten 50 habitantes, una residencia de Oviedo donde comparten su días jóvenes y ancianos, y el sevillano barrio de las Tres mil viviendas.

El reto es grande. Si mantiene el nivel, se consagrará como el mayor revulsivo de la parrilla televisiva. El espectador sabe perfectamente que un programa tiene detrás documentación, producción, montaje y demás trucos del medio. Pero, a veces, alguien logra que se olvide. Radio Gaga es una de esas excepciones. Porque, muy de vez en cuando, la tele es tan bonita que parece de verdad.

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